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Conjugar mejor el verbo compartir


Homilía de monseñor Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán, en la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced, patrona de la arquidiócesis

(24 de setiembre de 2005)



Queridos hermanos:


1. Estamos celebrando nuestra fiesta patronal

El patrono es el santo titular de una Iglesia, de un pueblo, de una nación. El patrono es el defensor, el protector. La Virgen de la Merced es nuestra defensora y nuestra protectora. Es la que nos cuida, la que nos protege, la que nos ampara, nos ayuda. No solamente en las circunstancias extraordinarias, sino en todos los momentos de nuestra vida.


2. Nuestra Señora de la Merced es la patrona de nuestra Arquidiócesis

Hoy, en su día, queremos pedirle por nuestra Iglesia diocesana, por sus sacerdotes y diáconos, por sus consagrados y consagradas, por sus fieles laicos: por los niños, por los jóvenes, por las familias, por los ancianos, por los enfermos.  Le pedimos por nuestros seminaristas y por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Le pedimos, especialmente, que acompañe nuestro Plan Arquidiocesano de Pastoral para llevar adelante la Nueva Evangelización.

El Episcopado Argentino en su Documento Navega Mar Adentro nos convoca a emprender “una nueva etapa en la evangelización… mediante una acción pastoral más orgánica, renovada y eficaz, procurando que todo miembro del pueblo de Dios, toda comunidad cristiana, todo decanato, parroquia, asociación o movimiento, se inserten activamente en la pastoral orgánica de cada diócesis” (N° 2). Para poder realizar esta tarea evangelizadora y misionera le pedimos a Nuestra Señora de la Merced el don de la santidad. El recordado Papa Juan Pablo II nos decía que “La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad” y agregaba: “En realidad, poner toda la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias” (Novo Millennio Ineunte, 30-31).

Hoy debemos renovar nuestro deseo de ser santos. Este deseo de ser santos debe estar en el centro de nuestro corazón. “La voluntad de Dios es que sean santos” nos dice San Pablo (1 Tes. 4,3).

Es un compromiso que nos afecta a todos los cristianos: “Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”, nos enseña el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 40).


3. Jesús dijo en el Evangelio: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn. 3,5). Se refería al Bautismo que es un verdadero nacimiento en el Espíritu, que nos convierte en hijos de Dios, partícipes de su propia vida y miembros de la familia de Dios, que es la Iglesia.

La espiritualidad cristiana arranca del Bautismo.

En definitiva, ser santos es vivir la hondura de nuestro Bautismo, esto es: la gracia de la adopción y la similitud con Cristo. El Papa Juan Pablo II nos decía: “Preguntar a alguien: «¿Quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle: «¿Quieres ser santo?» Significa ponerlo en el camino del Sermón de la Montaña: «Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt. 5,48)” (Novo Millennio Ineunte, 31). El Señor compara nuestra tarea a la del pescador. Para que se produzca la pesca, se requieren ciertas condiciones: que alguien conduzca la nave, que conozca el lugar y el tiempo oportunos, que se echen las redes. Sin duda esto supone conocimiento del oficio, destreza, dedicación, esfuerzo, trabajo. Esto es lo que hace el agente de pastoral. Pero el que produce la pesca, el que la hace fecunda, es Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto significa que, en último término, la eficacia, el resultado de nuestra labor, no depende de nuestras fuerzas, de nuestros cálculos, sino de la gracia de Dios que todo lo puede. La obra de la evangelización no es un simple trabajo humano, por más elevado que sea. En la obra de la salvación, Dios es el agente principal. San Pablo lo expresa con toda claridad: “Ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios” (Ef. 2, 8). En la medida en que nuestra vida sea verdaderamente cristiana, será necesariamente misionera. Por eso debemos atender prioritariamente a nuestra vida espiritual, a nuestra vida interior. Juan Pablo II escribió: “Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad” (Redemptoris missio, 90). Hoy se lo pedimos al Señor por la intercesión de Nuestra Señora de la Merced.


4. A la Virgen de la Merced le encomendamos nuestra Provincia

Los hombres tenemos un origen común. Todos hemos sido creados por Dios. Dios está en el origen de la vida de cada persona humana. Nuestro origen es un Dios que nos ama. Nuestra identidad está en Dios que es Padre. Nosotros somos sus hijos: “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente” (1 Jn. 3,1). Por ello toda vida humana es sagrada e inviolable. Dios, que es familia, nos creó como familia a su imagen y semejanza. Si somos hijos de Dios, que es nuestro Padre, nosotros somos hermanos. El existir con otros y el vivir juntos es lo que quiere Dios de nosotros. Por eso en el principio de la vida social está Dios. Desde hace algunos años la sociedad se ha hecho más despareja y existen en ella grandes y graves desigualdades. Las diferencias sociales, económicas y culturales son cada vez mayores. Se ha venido dando entre nosotros un proceso de división, de “fragmentación” de la estructura social. Además de la dificultad de no tener lo necesario para una vida digna, a los nuevos pobres, a los “excluidos”, se les agrega el dolor de quedar afuera. Fuera del sistema imperante, fuera de las necesidades mínimas de comida, educación, vestido, fuera de lo que significa vivir dignamente. Fuera de los trabajos, fuera de los seguros sociales, al margen de la vida normal de la sociedad. Estos hermanos están no sólo en la periferia de nuestra ciudad, sino también en la periferia de los derechos, de las posibilidades de trabajo, de educación. En la periferia de la dignidad. Los pobres no simplemente quedan afuera, ya no son ciudadanos, aunque voten. Causa dolor, indignación y  vergüenza que en tiempos electorales se repartan bolsones. Esto no sólo humilla al necesitado y no respeta su dignidad de persona, sino que además denigra a la política. Los problemas sociales no se resuelven con el clientelismo, sino con educación, con trabajo y con salarios dignos. El que trabaja tiene derecho a una justa remuneración, de manera que el salario sea suficiente para el sustento del trabajador y de su familia.


5. Vivir la solidaridad desde el compartir, es el lema de esta fiesta

La solidaridad es una virtud eminentemente cristiana.

La solidaridad es una exigencia de la fraternidad humana y cristiana. Si somos hijos de un mismo Padre y hermanos entre nosotros debemos ser necesariamente solidarios. Jesucristo nos dice: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25,40). La conciencia de la comunión con Jesucristo y con los hermanos nos lleva a ser solidarios, a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materiales, como espirituales. Compartir es hacer a otros partícipes de algún bien que tenemos, espiritual o material. Compartir es expresión de comunión que identifica a la comunidad de los discípulos de Jesús: “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común” (Hech. 2,44). El amor solidario nos lleva a prolongar la actitud del Señor y, como dice la Primera Carta de San Pedro, “a poner al servicio de los demás los dones que hemos recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Ped. 4,10). Así, poniendo en común los dones, todos podemos dar y recibir, y experimentar la alegría de compartir.

Los desafíos de la Nueva Evangelización y las necesidades de los más pobres nos reclaman que en estas fiestas conjuguemos mejor el verbo compartir, con más generosidad, responsabilidad y alegría. ¡“María enséñanos a compartir”!

Compartir no sólo con una acción con la que doy algo de mis bienes, sino compartir con una actitud de vida que nace del hacerme solidario con el otro. Compartir dando al otro mi propia vida pues siento la vida del otro como propia. ¡“María enséñanos a compartir”!

La Virgen María nos enseña a estar atentos, con una mirada delicada para descubrir lo que el hermano necesita “no tienen vino… “, acercando las necesidades del hermano al Señor, pero también acercando al hermano necesitado a Jesús. ¡“María enséñanos a compartir”!

María no se limita a socorrer al hermano en su necesidad material, también la Virgen comparte su fe, invita a creer y confiar en Jesús: “Hagan todo lo que les diga”. ¡“María enséñanos a compartir”!

Que Nuestra Señora de la Merced interceda por nuestra Provincia y nos alcance a todos la gracia de compartir nuestra vida solidariamente con nuestros hermanos. ¡“María enséñanos a compartir”!


Mons. Luis Héctor Villalba, arzobispo de Tucumán



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