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MISA EN EL CONGRESO DE LAICOS
Homilía de
monseñor Luis H. Villalba, arzobispo de Tucumán y presidente de la
Comisión Episcopal para el Apostolado Laico, en la misa celebrada con
ocasión del Congreso de Laicos (Buenos Aires, 9 de octubre de 2005)
Textos: Is. 2, 1-5;
Sal. 95; Rom. 10, 9-18; Mc. 16, 15-20.
Queridos hermanos y hermanas:
1. Hoy es el
Domingo Mundial de las Misiones y estamos celebrando la Misa por la
Evangelización de los Pueblos.
La
lectura profética de Isaías, al proponer la visión de todas las gentes
que afluyen hacia el templo del monte del Señor, nos pone en sintonía
con esa corriente salvífica que se ofrece a todos los hombres sin
distinción de lengua, de raza o de nación.
En
el Evangelio de San Marcos hemos escuchado nuevamente el mandato
misionero: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a
toda la creación” (Mc. 16,15). La respuesta no se hizo
esperar, el evangelista afirma: “Ellos fueron a predicar por todas
partes” (Mc. 16,20).
El
apóstol Pablo nos dirá cómo se da la salvación mediante la misión.
Nos
dice que se da la salvación si se invoca al Señor; pero para invocarlo
es necesario creer; y para creer es preciso oír hablar; y para oír
hablar es necesario anunciar, y para anunciar es necesario ser
enviados (Rom. 10,13-15).
La obra de la evangelización es la obra permanente de la Iglesia:
es su misión esencial. Pero, a la vez, podemos decir que “ésta es
la hora de la evangelización”.
En
la Exhortación sobre la Vocación y Misión de los laicos en la Iglesia
y en el Mundo, el Papa Juan Pablo II dice que “la Iglesia tiene que
dar hoy un gran paso adelante en su evangelización; debe entrar en una
nueva etapa histórica de su dinamismo misionero” (Christifideles
Laici, 35).
La
Iglesia está llamada, a causa de su misión evangelizadora, a servir al
hombre y a la sociedad. Así lo expresa el Concilio Vaticano II,
afirmando que la “Iglesia, persiguiendo su propio fin salvífico, no
sólo comunica al hombre la vida divina, sino que, en cierto modo,
también difunde el reflejo de su luz sobre el universo mundo, sobre
todo por el hecho de que sana y eleva la dignidad de la persona
humana, consolida la cohesión de la sociedad, y llena de más profundo
sentido la actividad cotidiana de los hombres. Cree la Iglesia que de
esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera
comunidad, puede ofrecer una gran ayuda para hacer más humana la
familia de los hombres y su historia” (Gaudium et Spes,
40).
En
esta contribución de la Iglesia a la familia humana, corresponde a los
laicos, a causa de su índole secular, un rol propio e
insustituible en la animación cristiana del orden temporal (Cf.
Christifideles Laici, 36).
En
efecto, es misión de los laicos ordenar las realidades temporales
según la voluntad de Dios, en el vasto campo de la cultura, de la vida
económica y social y de la acción política.
La
Iglesia en los últimos años, especialmente a partir dels Concilio
Vaticano II, ha sentido la necesidad de exhortar a los laicos a
comprometerse en la construcción de la ciudad temporal y en el
servicio al bien común. Se hace urgente una presencia más directa y
específica del laico cristiano en la sociedad, para la promoción de la
persona y del bien común.
El
Documento Navega Mar Adentro del Episcopado Argentino, al
explicar la tercera de las acciones, afirma que “participar
activamente en la construcción del bien común en nuestra patria es hoy
una necesidad impostergable” (N° 97).
El
Congreso de Laicos tiene como lema: “Hacia la Argentina del
Bicentenario” y quiere, precisamente, profundizar el proceso de
participación de los laicos como miembros de la Iglesia en la vida del
país, consolidando su condición de ciudadanos.
El
Papa Juan Pablo II en Christifideles Laici afirma que los
fieles laicos “no han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan
en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo... sino que les confía
una vocación que afecta, precisamente, a su condición intramundana...
El ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una
realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente,
una realidad teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su
designio en su situación intramundana, y les comunica la particular
vocación de «buscar el Reino de Dios tratando las cosas temporales y
ordenándolas según Dios» (LG 31)” (N° 15).
Los
discípulos del Señor, no siendo del mundo, están en el mundo y deben
ser sal de la tierra, la luz del mundo, el fermento en la masa, el
pequeño grano de mostaza del cual nacerá el árbol que dará
hospitalidad a todos los hombres.
La
vocación específica de ustedes consiste en manifestar a Cristo en sus
vidas e introducir el Evangelio, como una levadura, en la realidad del
mundo en la que viven y trabajan.
Son
miembros de la Iglesia en el corazón del mundo.
2. El primado de
la vida espiritual
Para
animar cristianamente el orden temporal hace falta en el laico una
“competencia” que nace de una preparación cualificada y actualizada,
hace falta, asimismo, una garantía de moralidad, no sólo por
coherencia con su fe, sino por amor al país, a una auténtica
democracia y al espíritu de servicio, y hace falta una garantía de
claridad para darse cuenta de la incompatibilidad de las opciones
inhumanas y en oposición con la fe y la moral cristiana.
Ya
el Papa Juan XXIII, en Pacem in terris, decía que no se puede
actuar adecuada y eficazmente en las instituciones de nuestra vida
social si no se es científicamente competente y no se
cuenta con “idoneidad técnica y
experiencia profesional” (N° 148).
Pero
si la competencia es necesaria, no es suficiente.
Para
animar cristianamente el orden temporal se debe dar el primado a la
vida espiritual.
No
tengamos temor de que volverse a Cristo sea evadirse de la situación
real. Por el contrario, el grave riesgo que se debe evitar es volcarse
en la realidad social sin afirmar nuestra propia identidad cristiana.
Un documento afirma: “que si no hemos hecho lo suficiente en el
mundo de las realidades temporales no es por ser cristianos, sino por
no serlo más”.
Se
trata de crecer en una viva y madura comunión con el Señor, en la
escucha de su Palabra, en la participación en los sacramentos, en la
oración asidua y constante, seguros del axioma que dice que si hay
muchas cosas por hacer, por eso mismo, se ha de rezar más.
El
hombre de acción debe saber aprender a escuchar los consejos. Entre
los cuales se encuentra el consejo de Dios en la oración. Podemos
decir, con Santa Teresa, que las mejores acciones son las que brotan
de la oración. La verdadera oración lleva a la acción. La oración y la
acción no son incompatibles, son complementarias.
Además, el testimonio de muchos hombres de nuestro tiempo que han
vivido intensamente su compromiso temporal, nos confirma en esta
conciencia.
El
actuar en las realidades temporales, como todo obrar responsable en
este mundo marcado por el pecado, requiere una gran fe evangélica, una
fuerte espiritualidad.
Dios
quiera que el futuro de nuestra sociedad esté, de verdad, en las manos
de hombres y mujeres, que habiendo recibido la buena noticia del
Evangelio, caminen humildemente, conscientes de su debilidad, pero con
coraje, confiados en la fuerza de Dios, hacia la santidad cristiana.
Frente a todas las tentaciones del hedonismo y del materialismo, que
siempre nos amenazan, es necesario tener bien claro y recordar
continuamente que si se debe condenar todo angelismo que considere al
hombre como puro espíritu, es verdad que en todo tiempo y en todo
lugar, lo que constituye la dignidad fundamental del hombre es su alma
inmortal, con una inteligencia capaz de entender racionalmente y con
una voluntad capaz de dar libremente gloria a Dios. Por eso, si bien
todas las técnicas, todas las realidades sociales y todos los
progresos económicos y sociales pueden ser aceptados y, más aún,
buscados, lo que en definitiva cuenta es la santidad de la vida,
alimentada de la fe y de la gracia.
Se
debe tener bien claro en la mente y en la voluntad la diferencia entre
las cosas eternas y las relativas. Esto no quiere decir que se deba
disminuir la acción específicamente social, temporal, sino que se la
debe poner en el orden objetivo de las cosas, lo que permitirá
alcanzar una solución más justa y eficaz en el plano estrictamente
natural.
Los
fines últimos de la vida humana tienen que ser buscados con decisión
por el laico comprometido en lo temporal.
Ser
cristiano es creer, pensar, contemplar la vida eterna, la vida divina,
la comunión con Dios, el estar con Cristo. El mirar a los fines
últimos le permite al cristiano ver más allá de los bienes inmediatos
y de no caer en la idolatría. Ello le permite aceptar un momentáneo
insuceso o un ganar menos o gozar de menos poder, teniendo a la vista
la plenitud del don divino. Cuando este don no es pregustado, el
hombre se apega al poder, se sirve de todos los medios para obtener,
de cualquier modo, éxito en su empresa.
Esto
lo enseña San Ignacio de Loyola, al comenzar los Ejercicios
Espirituales, en la primera parte del Principio y Fundamento: “El
hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro
Señor, y mediante esto salvar su ánima” (Ejercicios Espirituales,
n. 23).
El
discernimiento evangélico nos pide saber distinguir las cosas
esenciales y las accesorias. Para ello ayuda examinar los temas
contingentes a la luz del horizonte escatológico, a la luz de la vida
eterna. Solamente mirando la vida eterna podemos tener una visión
correcta sobre la vida presente. Solamente mirando la tierra desde lo
alto, podemos distinguir lo esencial de lo accidental. Si no tenemos
la certeza de que somos ciudadanos del cielo, de que somos hijos de
Dios para la eternidad, corremos el peligro de no valorar como
corresponde los bienes de este mundo.
El
laico comprometido en lo temporal se debe educar a una correcta
valoración de los bienes penúltimos, esto es, de los bienes de esta
tierra. A saber apreciar los bienes de este mundo, mirados con una
actitud evangélica, con el estilo de Jesús y de los santos que usaban
de los bienes penúltimos para enriquecer la vida humana, la auténtica
convivencia, pero siempre en relación a la vida eterna.
En este punto se aplica la segunda parte del Principio y Fundamento de
San Ignacio de Loyola:
“Y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el
hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es
criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas,
quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto
para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a
todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de
nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no
queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que
pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente
en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos
conduce para el fin que somos criados” (Ejercicios Espirituales,
n. 23).
No
se debe olvidar que la eficacia “social” de la acción del laico en el
mundo está, ante todo, condicionada por su santidad. La cual no
consiste en una piedad sentimental o en la realización de algunas
prácticas religiosas, sino que depende de una fe profunda y viva, de
una auténtica esperanza cristiana y de una caridad que sea capaz de
hacer comprender “desde adentro” los problemas de la sociedad, que
ayuda a resolverlos según la justicia, y que alimenta la generosidad
indispensable para que el amor al prójimo se transforme en obras
concretas dirigidas a transformar la sociedad respetando a cada
hombre.
La
santidad del cristiano importa la capacidad de vivir la vida de la
gracia de modo tal que la sociedad vea la “bondad” de sus obras (esto
es, el espíritu, el empeño, el esfuerzo, su sensibilidad para afrontar
los problemas) y dé gloria al Padre que está en los Cielos.
En
el cristiano, el compromiso en lo temporal no es solamente un medio
para lograr el propio interés y el de sus familiares y amigos. No debe
ser tampoco un título de prestigio. Es, ante todo, un exigente
servicio de la caridad.
La
caridad expresa bien la entrega, la dedicación, el sacrificio, la
generosidad, el compromiso trasparente y coherente de este servicio.
A la
caridad se oponen las diversas formas de ambigüedad, de engaño, de
utilitarismo, de maquiavelismo, de búsqueda de intereses personales o
corporativos, de renuncia a los auténticos valores.
Por
el contrario, el compromiso temporal, la política, es en sí misma un
bien, un acto de amor hacia la comunidad.
Tenemos que estar convencidos que no bastan los medios humanos para
que la transformación de la sociedad se realice conforme al Plan
querido por Dios. Hace falta, también, una sólida vida espiritual Así
lo dice Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte: “No nos
hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los
instrumentos externos” (N° 43).
El
laico se santifica buscando el Reino de Dios de una manera propia. Es
llamado a obrar su santificación no fuera de las tareas terrenas que
se le confían, sino impregnando de un profundo sentido religioso las
propias obligaciones. El laico está llamado a santificarse aceptando
corresponder a esa interna acción del Espíritu, y permaneciendo como
es, hombre entre los hombres.
Le
pedimos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen, el don de la
santificación de los laicos. Que así sea.
Mons.
Luis
Héctor Villalba,
arzobispo de
Tucumán
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