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NAVIDAD FIESTA DE LA FRATERNIDAD
Mensaje de monseñor Luis Héctor
Villalba, arzobispo de Tucumán para la Navidad (Diciembre de 2005)
1. Estamos celebrando la Navidad, el nacimiento de Jesucristo
Deseo
con estas líneas tener la posibilidad de visitarlos, de llegar a cada
uno de ustedes y ser capaz de iluminar sus inteligencias y penetrar
sus corazones con la estrella de Belén.
Jesús
nació en el momento de la gran expansión del Imperio Romano, bajo el
emperador César Augusto que comenzó a reinar en el año 27 antes de
Cristo y reinó hasta el año 14 después de Cristo. El horizonte
político en que nace y se desarrollan los primeros años de la vida de
Cristo es el de este emperador de quien la historia recuerda su nombre
y sus gestas.
En
este contexto se sitúa, en un cuadro administrativo más reducido,
Palestina, un oscuro rincón del Imperio de aquel tiempo, en donde se
realiza un censo. Y, restringiendo aún más nuestro foco de atención,
encontramos una pequeña ciudad: Belén.
Este
país y este pueblo iban a ser los elegidos por Dios para hace la mayor
aportación a la humanidad.
Un día
–según cuenta el Evangelio de Lucas– llegó una orden de Roma según la
cual el emperador ordenaba un censo que obligaría a José y a María su
esposa, que estaba embarazada, a desplazarse hasta Belén. “Mientras
se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre” dice san
Lucas. Y agrega el evangelista: “María dio a luz a su Hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en el albergue” (Lc. 2,67).
Todo
esto podría ser una simple crónica familiar acerca de un nacimiento.
Pero
sobre esta narración desciende una luz que da significado al
acontecimiento y lo pone en el centro de toda la historia humana. El
nacimiento de Jesucristo es el hecho más importante de toda la
historia del mundo, el que divide la historia en antes y después de
Cristo.
Un
acontecimiento que no pertenece solamente al pasado, sino al hoy:
porque hoy Jesucristo, resucitado y vivo, se nos da a nosotros como se
dio aquella Noche Buena en Belén.
El
Credo que rezamos resume de manera clara el sentido profundo del
nacimiento de Jesucristo: “Por nosotros los hombres y por nuestra
salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de
María la Virgen y se hizo hombre”.
Este
es el prodigio de la Navidad. El Verbo de Dios se ha hecho carne, el
Hijo de Dios se ha hecho hombre naciendo en la gruta de Belén.
Este
Mensaje va dirigido a cada hombre. Con el nacimiento de Dios en la
tierra, la humanidad es elevada.
El
nacimiento del Verbo Encarnado es el comienzo de una nueva posibilidad
abierta a todo ser humano, según palabras de San Juan: “Pero a
todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el
poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1,12).
2.
Navidad debe despertar en cada uno de nosotros la conciencia de este
doble tesoro que nos ha sido entregado: el gozo de ser hijos de Dios y
la certidumbre y alegría de tener hermanos.
El
hombre vive, trabaja, crea, sufre, ama, duda, cae y se levanta con los
demás.
Navidad es la fiesta de la fraternidad.
No
basta, pues, en la Navidad de Nuestro Salvador, con alegrarnos dentro
del silencio de la contemplación solitaria; nos es preciso, además,
regocijarnos juntos, fraternalmente, de suerte que nuestro gozo se
exteriorice y se traduzca en una alegría compartida con nuestros
hermanos.
Por
tanto, sería conveniente que, con ocasión de la Navidad, revisáramos
nuestra relación con los demás. Preguntémonos: ¿Qué hemos hecho de
nuestros hermanos?
Debemos rechazar todo lo que hiere el amor y hace sufrir al hermano.
Que el
amor hacia los demás posea esa ternura, esa sencillez, esa discreción,
llena de respeto hacia todo hombre, por pobre y mísero que sea.
Debemos dejar los juicios temerarios acerca del prójimo, las críticas,
las condenas, el ver únicamente los defectos ajenos.
Navidad nos enseña a ser humildes y no creernos superiores a nadie, a
ser mansos y no violentos para con todos los hombres, a estar atentos
hacia aquellos que son más débiles para poder servirlos.
En
Navidad, Jesús está delante nuestro como un niño pequeño, dentro de la
debilidad, del abandono sin reserva a los hombres; dentro de la
humildad, de la pobreza, dentro de la “no-resistencia” a los hombres.
Navidad es algo muy serio, para nosotros y para todos. Ser hombre y
tener un corazón de niño delante de Dios, amando a los demás con ese
mismo corazón. Con la humildad que no se cree superior a nadie, y el
corazón abierto a todos.
¡Éste
es el mensaje del Niño Jesús!
¡Feliz
Navidad a todos!
Mons.
Luis
Héctor Villalba,
arzobispo de
Tucumán
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