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UNA DESPEDIDA FRATERNAL


Con este título , el obispo emérito de Concepción, monseñor Bernardo Witte, OMI, escribió el siguiente mensaje a manera de despedida de su diócesis y también de la Argentina. La copia enviada a AICA llevaba adherida una esquelita que decía: ¡Adiós!


"He combatido el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la Fe" (2 Tim 4,7)


Llegando al final de mi servicio episcopal quisiera analizar, con humilde admiración, las palabras de San Pablo en el epígrafe. Aclaro sinceramente que sólo intenté llevar a cabo este buen combate, dejando al juicio divino el logro.

Veamos la temática con las tres frases del Apóstol.


I. "He combatido el buen combate"

Durante cuarenta y cinco años he tenido el honor y el deber de desempeñarme como Misionero Oblato, proclamando el Mensaje de la salvación y de la esperanza que brota de la Muerte y Resurrección de Cristo.

He iniciado "el buen combate" en el marco de la preparación y realización del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, y celebrado en los años 1962-1965.

Este Concilio era considerado por Pablo VI como el gran catecismo de los tiempos modernos, con su carga vitalizadora.

a) Redescubrió la trascendente dignidad de la persona humana como la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma".

b) Acercó la Biblia al Pueblo de Dios.

c) Revitalizó el enfoque de la Iglesia esencialmente Misionera.

Experimenté con gozo el Concilio, en su universal proyección de luz, sal y semilla. Las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla rejuvenecieron, con su dinámica promoción, el servicio pastoral de nuestra Iglesia en América.

Después de maduros estudios y reflexiones, planifiqué las opciones pastorales, haciendo mío el pensamiento del benemérito Obispo Fray Bartolomé de las Casas:

1. Anunciar a Cristo, sólo a El.

2. Ofrecer su mensaje liberador, sin imponerlo jamás.

3. Tener en cuenta la idiosincrasia y los valores autóctonos.

4. Proceder lentamente, con paciencia y respeto.

5. No esperar en recompensa otras cosa que cruces y dolores.

Hoy, este mi "buen combate" va concluyendo.

Me dispongo a analizar los fracasos y logros, errores y aciertos obtenidos, desde la dimensión humana, cultural, ambiental y eclesial, en primer lugar con respecto a mi servicio evangelizador en Formosa y el Chaco.

Veamos en primer lugar los obstáculos:

A mi llegada a la provincia de Formosa, no se me ofrecieron cursos preparatorios para la inserción y ambientación de misioneros y extranjeros en la nueva cultura.

Otra dificultad era el desconocimiento del idioma castellano; además mi carácter impulsivo e impaciente.

También carecía de la facultad de valorar, con el debido respeto, a la cultura e idiosincrasia latinoamericanas.

Por otra parte, durante los primeros años, no contábamos con Hermanos Oblatos argentinos para interiorizarnos, inculturándonos debidamente en el ambiente formoseño.

Entre las ventajas señalaría:

La valoración, de parte de los señores obispos, sacerdotes y fieles, de nuestro celo apostólico; destacando nuestro esfuerzo físico: recorríamos la inmensa zona pastoral, a caballo primero y luego en Jeep.

El Buen Pastor de Formosa, monseño Pacífico Scozzina OFM, y en el Chaco el valiente obispo Italo Di Stéfano, nos acompañaron repetidas veces durante semanas en estas interesantes y sufridas giras misionales.

La colaboración espontánea de casi todos los sectores eclesiales y sociales para realizar e incrementar nuestra acción pastoral.

Se pudo construir templos y capillas; mediante un proyecto de promoción humana, edificamos un centenar de viviendas con los aborígenes, y para ellos.

Esta acción pastoral comunitaria fructificó también en Ateneos juveniles y canchas de deportes. Contábamos con grupos folclóricos y elencos teatrales.

Preparamos a los adolescentes mediante la catequesis de confirmación, integrándolos, a la vez, en centros juveniles y deportivos.

En la segunda etapa de mi "buen combate" la Madre Iglesia me confirió el Episcopado: Don y Gracia que me sorprendió conmoviéndome profundamente.

Al llegar a la Conferencia Episcopal fui acogido fraternalmente por los Obispos que me brindaron un ambiente amable y participativo.

Arribé a La Rioja gratamente impactado por tanto amor y cariño hacia mi persona: el nuevo Padre Obispo.

Percibí un ambiente muy diferente a Formosa y Chaco. Monseñor Cándido Rubiolo, Administrador Apostólico, me introdujo con paciente sabiduría en la idiosincrasia riojana.

Con inmenso gozo sentí la profunda religiosidad popular en La Rioja, ¡qué decir del Tincunaco, de la profunda devoción a San Nicolás, de las solemnes Fiestas patronales en todos los pueblos, con la masiva participación de los fieles a las Novenas!

Proseguí la planificada visita misionera de San Nicolás por el decanato Oeste. Así descubrí la bondad y riqueza humana del pueblo Riojano, de manera que lo sentí en el corazón con su espontaneidad, sencillez y generosidad. Me llené de asombro y admiración por la grandeza humana y pastoral de mi antecesor, Mons. E. Angelelli, cuyo grato recuerdo vivía en el alma del pueblo.

Pude conducir la diócesis a pesar de mis grandes limitaciones; con la ayuda incondicional de amigos Obispos, del clero, de los religiosos y las religiosas y de los movimientos laicales.

Con mi lema: "Evangelizar a los pobres", el Señor me concedió pastorear este amado pueblo sufrido y esperanzado durante quince años.

En el transcurso del tiempo, logré aclarar el drama de la trágica muerte de monseñor Enrique Angelelli; precisando que las fuerzas del mal, que asesinaron a los sacerdotes Carlos y Gabriel, y al laico Wenceslao, también querían matar al Obispo. Pero su muerte fue a causa de un accidente de tránsito. Es de esperar que el testigo, ex presbítero Arturo Pinto, recobre la memoria de aquella tragedia.

Luego serví al Señor con entusiasmo y satisfacción, durante nueve años, en la diócesis de Concepción.

Con mi lema: "Con María, Madre Jesús", compartí con mi amada grey un tiempo de gozo, serenidad y esperanza.

Muy diferente encontré mi nueva Iglesia diocesana en el ambiente tucumano.

Los cañaverales, las rutas asfaltadas, los carros cañeros con su dulce carga, los ingenios con sus chimeneas humeantes, los rostros sonrientes de los trabajadores y trabajadoras, todo esto me parecía un sueño, una promesa y esperanza.

Los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos me hicieron sentir plenamente aceptado como su Padre Obispo. La visita misionera con la imagen de la Patrona Diocesana, la Inmaculada, me permitió interiorizarme de los grandes valores del tucumano y la profundidad de su espíritu cristiano.

Se pudo finalizar la construcción de la Casa de Retiro y mejorar el Hogar de Ancianos. En un proyecto comunitario se logró la construcción de 84 viviendas para los pobres.

Los templos están los domingos repletos y diariamente encuentro los confesionarios concurridos.

¡Qué gozo y consuelo en medio de agraviantes cuestiones laborales y sociales!

¡Mi corazón exulta agradecido al Señor por haber ordenado dos Obispos y unos cuarenta sacerdotes!

Veo con profunda satisfacción un sano optimismo frente al futuro eclesial: el servicio comunitario se arraiga, madurando la participación fundamentada en la esperanza.

Tratamos de aprovechar los medios de comunicación social para irradiar la Verdad y la Esperanza cristianas, contando con Radio María y tres emisoras FM.


II. "He concluido mi carrera"

Una visión retrospectiva me urge exclamar: "¡Mirad y ved qué bueno es el Señor"!

Porque gracias a su bondad y misericordia, asistencia y animación, en medio de mis debilidades y limitaciones, he tenido el honor y el consuelo de evangelizar eficazmente durante cuarenta y cinco años en la Argentina, mi segunda Patria.

Las visitas «Ad limina».

Las cuatro entrevistas con el Santo Padre en las visitas «Ad limina» son ricas experiencias de consuelo y de paz. Se trata de compartir con el sucesor de Pedro las alegrías, penas y esperanzas. Son horas del gozo espiritual con su carga de emoción, pero también de profundización en la unidad eclesial.

Quisiera expresar mi sincera admiración a las Iglesias de La Rioja y Concepción que me sostuvieron con filial amabilidad, apoyándome fielmente, lo que me hizo sentir amado y valorado.

Debo agradecer a los hermanos Obispos, a los Oblatos y sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, por su apoyo y paciencia para conmigo.

Sé que no siempre ha sido fácil permanecer a mi lado, soportando mi carácter colérico.

Agradezco también a mis parientes y bienhechores que me prestaron imponderable apoyo: tanto espiritual como financiero. El Señor premie su bondad.

Menciono además la invalorable ayuda de Adveniat y de la "Iglesia que sufre".

Mi reconocimiento a los laicos y Movimientos por su entrega generosa a la acción evangelizadora; en especial a los Cursillistas, Encuentro Matrimonial y los Carismáticos. Ellos brindaron decisivo apoyo al ministerio episcopal.

Debo también pedir perdón a quienes he ofendido o lastimado, para poder ofrendar al Señor reconciliado, estos cuarenta y cinco años maravillosos como entusiasta Misionero Oblato de María Inmaculada.


III. "He guardado la Fe"

Siempre he considerado un deber sagrado cuidar y defender íntegramente el precioso tesoro de la Fe Católica: como he jurado al asumir la responsabilidad episcopal.

Además estimo que no sólo guardé la Fe: el Señor me ha concedido crecer gradualmente con gozo y júbilo en esta misma Fe.

Desde esta fuerza pude impulsar a los diocesanos a asumir firmemente este precioso tesoro de la Revelación Divina, mostrándoles sobre todo la primacía de la acción salvífica de Dios en medio de nosotros.

El gozo de haber abrazado y proclamado infatigablemente las consoladoras verdades de Cristo, durante cuarenta y cinco años, me permite hoy abrirme con un corazón dilatado hacia la hora, en la que el Señor me llamará a rendirle cuenta de toda mi vida.


IV. Resumen

A los amados hermanos Obispos de todo el país, juntamente con mis hermanos Oblatos, los sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y fieles laicos de Formosa, Sáenz Peña, La Rioja y Concepción, les aseguro mi grato recuerdo, les prometo mi oración y en especial una bendición diaria, desde Alemania, solicitándoles encarecidamente un piadoso recuerdo por este indigno servidor del Señor.

¡La Argentina es la tierra de María! Por ello imploro la maternal intercesión de la Santísima Virgen sobre el noble pueblo argentino, que me aceptó y valoró durante tantos años como Misionero Oblato de María Inmaculada.


7 de agosto de 2001

Mons. Bernardo Witte OMI, obispo Emérito de Concepción


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº  2332, del 29 de agosto de 2001


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