Durante cuarenta y cinco años he
tenido el honor y el deber de desempeñarme como Misionero Oblato,
proclamando el Mensaje de la salvación y de la esperanza que brota de la
Muerte y Resurrección de Cristo.
He iniciado "el buen combate" en el marco de
la preparación y realización del Concilio Vaticano II, convocado por el
Papa Juan XXIII, y celebrado en los años 1962-1965.
Este Concilio era considerado por Pablo VI como el gran
catecismo de los tiempos modernos, con su carga vitalizadora.
a) Redescubrió la trascendente dignidad de la persona
humana como la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado
por sí misma".
b) Acercó la Biblia al Pueblo de Dios.
c) Revitalizó el enfoque de la Iglesia esencialmente
Misionera.
Experimenté con gozo el Concilio, en su universal
proyección de luz, sal y semilla. Las Conferencias Episcopales de
Medellín y Puebla rejuvenecieron, con su dinámica promoción, el
servicio pastoral de nuestra Iglesia en América.
Después de maduros estudios y reflexiones, planifiqué
las opciones pastorales, haciendo mío el pensamiento del benemérito
Obispo Fray Bartolomé de las Casas:
1. Anunciar a Cristo, sólo a El.
2. Ofrecer su mensaje liberador, sin imponerlo jamás.
3. Tener en cuenta la idiosincrasia y los valores
autóctonos.
4. Proceder lentamente, con paciencia y respeto.
5. No esperar en recompensa otras cosa que cruces y
dolores.
Hoy, este mi "buen combate" va concluyendo.
Me dispongo a analizar los fracasos y logros, errores y
aciertos obtenidos, desde la dimensión humana, cultural, ambiental y
eclesial, en primer lugar con respecto a mi servicio evangelizador en
Formosa y el Chaco.
Veamos en primer lugar
los obstáculos:
A mi llegada a la provincia de Formosa, no se me
ofrecieron cursos preparatorios para la inserción y ambientación de
misioneros y extranjeros en la nueva cultura.
Otra dificultad era el desconocimiento del idioma
castellano; además mi carácter impulsivo e impaciente.
También carecía de la facultad de valorar, con el
debido respeto, a la cultura e idiosincrasia latinoamericanas.
Por otra parte, durante los primeros años, no
contábamos con Hermanos Oblatos argentinos para interiorizarnos,
inculturándonos debidamente en el ambiente formoseño.
Entre las ventajas
señalaría:
La valoración, de parte de los señores obispos,
sacerdotes y fieles, de nuestro celo apostólico; destacando nuestro
esfuerzo físico: recorríamos la inmensa zona pastoral, a caballo primero
y luego en Jeep.
El Buen Pastor de Formosa, monseño Pacífico Scozzina
OFM, y en el Chaco el valiente obispo Italo Di Stéfano, nos acompañaron
repetidas veces durante semanas en estas interesantes y sufridas giras
misionales.
La colaboración espontánea de casi todos los sectores
eclesiales y sociales para realizar e incrementar nuestra acción
pastoral.
Se pudo construir templos y capillas; mediante un
proyecto de promoción humana, edificamos un centenar de viviendas con los
aborígenes, y para ellos.
Esta acción pastoral comunitaria fructificó también
en Ateneos juveniles y canchas de deportes. Contábamos con grupos
folclóricos y elencos teatrales.
Preparamos a los adolescentes mediante la catequesis de
confirmación, integrándolos, a la vez, en centros juveniles y
deportivos.
En la segunda etapa de mi "buen combate" la
Madre Iglesia me confirió el Episcopado: Don y Gracia que me sorprendió
conmoviéndome profundamente.
Al llegar a la Conferencia Episcopal fui acogido
fraternalmente por los Obispos que me brindaron un ambiente amable y
participativo.
Arribé a La Rioja gratamente impactado por tanto amor
y cariño hacia mi persona: el nuevo Padre Obispo.
Percibí un ambiente muy diferente a Formosa y Chaco.
Monseñor Cándido Rubiolo, Administrador Apostólico, me introdujo con
paciente sabiduría en la idiosincrasia riojana.
Con inmenso gozo sentí la profunda religiosidad
popular en La Rioja, ¡qué decir del Tincunaco, de la profunda devoción
a San Nicolás, de las solemnes Fiestas patronales en todos los pueblos,
con la masiva participación de los fieles a las Novenas!
Proseguí la planificada visita misionera de San
Nicolás por el decanato Oeste. Así descubrí la bondad y riqueza humana
del pueblo Riojano, de manera que lo sentí en el corazón con su
espontaneidad, sencillez y generosidad. Me llené de asombro y admiración
por la grandeza humana y pastoral de mi antecesor, Mons. E. Angelelli,
cuyo grato recuerdo vivía en el alma del pueblo.
Pude conducir la diócesis a pesar de mis grandes
limitaciones; con la ayuda incondicional de amigos Obispos, del clero, de
los religiosos y las religiosas y de los movimientos laicales.
Con mi lema: "Evangelizar a los pobres", el
Señor me concedió pastorear este amado pueblo sufrido y esperanzado
durante quince años.
En el transcurso del tiempo, logré aclarar el drama de
la trágica muerte de monseñor Enrique Angelelli; precisando que las
fuerzas del mal, que asesinaron a los sacerdotes Carlos y Gabriel, y al
laico Wenceslao, también querían matar al Obispo. Pero su muerte fue a
causa de un accidente de tránsito. Es de esperar que el testigo, ex
presbítero Arturo Pinto, recobre la memoria de aquella tragedia.
Luego serví al Señor con entusiasmo y satisfacción,
durante nueve años, en la diócesis de Concepción.
Con mi lema: "Con María, Madre Jesús",
compartí con mi amada grey un tiempo de gozo, serenidad y esperanza.
Muy diferente encontré mi nueva Iglesia diocesana en
el ambiente tucumano.
Los cañaverales, las rutas asfaltadas, los carros
cañeros con su dulce carga, los ingenios con sus chimeneas humeantes, los
rostros sonrientes de los trabajadores y trabajadoras, todo esto me
parecía un sueño, una promesa y esperanza.
Los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los
laicos me hicieron sentir plenamente aceptado como su Padre Obispo. La
visita misionera con la imagen de la Patrona Diocesana, la Inmaculada, me
permitió interiorizarme de los grandes valores del tucumano y la
profundidad de su espíritu cristiano.
Se pudo finalizar la construcción de la Casa de Retiro
y mejorar el Hogar de Ancianos. En un proyecto comunitario se logró la
construcción de 84 viviendas para los pobres.
Los templos están los domingos repletos y diariamente
encuentro los confesionarios concurridos.
¡Qué gozo y consuelo en medio de agraviantes
cuestiones laborales y sociales!
¡Mi corazón exulta agradecido al Señor por haber
ordenado dos Obispos y unos cuarenta sacerdotes!
Veo con profunda satisfacción un sano optimismo frente
al futuro eclesial: el servicio comunitario se arraiga, madurando la
participación fundamentada en la esperanza.
Tratamos de aprovechar los medios de comunicación
social para irradiar la Verdad y la Esperanza cristianas, contando con
Radio María y tres emisoras FM.
Una visión retrospectiva me urge
exclamar: "¡Mirad y ved qué bueno es el Señor"!
Porque gracias a su bondad y misericordia, asistencia y
animación, en medio de mis debilidades y limitaciones, he tenido el honor
y el consuelo de evangelizar eficazmente durante cuarenta y cinco años en
la Argentina, mi segunda Patria.
Las visitas «Ad limina».
Las cuatro entrevistas con el Santo Padre en las
visitas «Ad limina» son ricas experiencias de consuelo y de paz. Se
trata de compartir con el sucesor de Pedro las alegrías, penas y
esperanzas. Son horas del gozo espiritual con su carga de emoción, pero
también de profundización en la unidad eclesial.
Quisiera expresar mi sincera admiración a las Iglesias
de La Rioja y Concepción que me sostuvieron con filial amabilidad,
apoyándome fielmente, lo que me hizo sentir amado y valorado.
Debo agradecer a los hermanos Obispos, a los Oblatos y
sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, por su apoyo y paciencia para
conmigo.
Sé que no siempre ha sido fácil permanecer a mi lado,
soportando mi carácter colérico.
Agradezco también a mis parientes y bienhechores que
me prestaron imponderable apoyo: tanto espiritual como financiero. El
Señor premie su bondad.
Menciono además la invalorable ayuda de Adveniat y de
la "Iglesia que sufre".
Mi reconocimiento a los laicos y Movimientos por su
entrega generosa a la acción evangelizadora; en especial a los
Cursillistas, Encuentro Matrimonial y los Carismáticos. Ellos brindaron
decisivo apoyo al ministerio episcopal.
Debo también pedir perdón a quienes he ofendido o
lastimado, para poder ofrendar al Señor reconciliado, estos cuarenta y
cinco años maravillosos como entusiasta Misionero Oblato de María
Inmaculada.