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HAY QUE PROMOVER Y
ENALTECER
EL DERECHO A LA VIDA
Mensaje de Mons. Martín de Elizalde OSB,
obispo
de Nueve de Julio
con motivo del Día del Niño por Nacer
25 de marzo de 2004
Hay fechas que se han instituido para recordar a personalidades o
acontecimientos del pasado, y otras que, a partir de una referencia muy
concreta en el tiempo y el espacio, invitan a una acción coherente,
desarrollada hacia adelante y destinada a impregnar en profundidad el
pensamiento y el obrar de los hombres y mujeres. Por la solemnidad litúrgica
de la Anunciación del Señor, tradicionalmente celebrada el 25 de marzo, la
Iglesia contempla el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y lo
actualiza en la fe y la vida de los fieles. No es una mirada hacia el pasado
que se limita a valorar lo sucedido, sino que de la venida del Verbo en
nuestra carne, acogido en el vientre de María Santísima, la conciencia del
creyente se eleva con gratitud a Dios y la comunidad eclesial se aplica a
difundir la Buena Noticia de Salvación, para que sea conocida y aceptada por
todos.
Que el Hijo de
Dios haya tomado nuestra naturaleza, que estuviera durante los nueve meses de
gestación en el vientre de su Madre Inmaculada, y que fuera en todo semejante
a nosotros menos en el pecado, da a la vida humana una dignidad muy grande, ya
que a través de ella se ha manifestado la salvación, asociándonos a ella con
nuestra decidida participación. Para quienes tenemos la fe de Cristo,
entonces, la generación de una nueva vida y su desarrollo durante la gestación
nos acerca a los misterios con los que Dios ha expresado su amor por nosotros.
Desde la creación
del hombre y de la mujer, en la conciencia moral natural se encuentra este
sentido de respeto y de tutela de la vida humana, en todas sus etapas. Cuando
se trata de la vida del niño por nacer, indefenso y llamado a una existencia
que debe culminar en la felicidad del encuentro con Dios, inocente de
cualquier falta deliberada y personal, ese respeto tiene que ser
constantemente recordado, promovido y enaltecido. Muchas iniciativas
legislativas y administrativas, que se sienten justificadas por la cultura más
difundida hoy por ciertos medios de comunicación y vigente en algunos
ambientes de la sociedad, desconocen ese respeto y tutela de la vida.
Tales proyectos
se apoyan en una mentalidad que está cerrada a lo trascendente, que solo mira
lo inmediato y busca evitar pretendidos inconvenientes (que lo son solamente
porque contradicen un ansia inmadura de libertad, como los embarazos llamados
“no deseados”), y alcanzar eficazmente resultados que limiten la natalidad y
hagan desaparecer los fetos con malformaciones o enfermedades. La aceptación
abierta y pública del aborto asoma desgraciadamente en el horizonte, por las
declaraciones de políticos, legisladores y hasta de una jueza propuesta para
la Corte Suprema de Justicia de la Nación. No debemos olvidar que el aborto
es un crimen, y que las consecuencias de su práctica marcarán de manera
trágica la vida y las costumbres de nuestra sociedad, en una dirección que
agravará la situación moral de la misma.
La recordación
que se propone hoy, a partir del misterio de la Encarnación, nos sitúa frente
a la responsabilidad de proteger la vida del niño por nacer.
Pero ello no se puede limitar a la condición siempre necesaria que es la
preservación de la vida del feto en el vientre materno. Requiere las
condiciones previas, como son la formación moral y espiritual para el amor, la
responsabilidad en la vida afectiva y sexual (que no se debe confundir con la
mera prevención del embarazo), el acompañamiento de los padres y de los
educadores en el proceso existencial de jóvenes y adolescentes, así como de
los profesionales de la salud, asistentes sociales y responsables comunitarios
para apoyar a aquellas mujeres que por sus limitaciones culturales y el riesgo
físico y social que corren se encuentran más expuestas, y cuyos hijos serán
las primeras víctimas por abandono o descuido. Es preciso tener presente el
mandamiento divino: NO MATARÁS. Y que una aplicación indispensable del mismo
es la promoción efectiva de la familia y de las condiciones necesarias para
que en ella se albergue, segura y protegida, la vida de cada niño nacido y por
nacer. Después de la familia toca a la escuela esta responsabilidad, y
lamentamos que, bajo pretexto de una educación sexual, de manera más o menos
directa se contribuya a deformar las conciencias de niños y jóvenes. Ya las
prácticas contraceptivas, el permisivismo moral, la droga y el alcohol, con la
ausencia de los padres y el silencio de los formadores, están minando las
bases de la conciencia de los jóvenes, y no se puede buscar el remedio en una
información superficial y carente de fundamentos éticos y espirituales. La
falta de respeto por la vida del niño por nacer se agrega amenazadoramente a
este cuadro doloroso.
En este día,
dedicado a “la vida del niño por nacer” invito a todos los fieles cristianos,
hijos de la Iglesia, y a los hombres y mujeres de buena voluntad, a que sean
siempre respetuosos de la vida y que se esfuercen por promover las formas más
adecuadas para protegerla, evitando los riesgos y carencias que por el egoísmo
o la imprevisión de la sociedad pueden afectarla. Con la oración rogamos a
Dios y con la difusión de los principios evangélicos ofrecemos al mundo el
servicio de nuestro testimonio, la palabra de verdad que ha sido confiada a la
Iglesia.
Nueve de
Julio,
25 de marzo de 2004
Mons. Martín de Elizalde OSB,
Obispo de Nueve de Julio
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2467 del 31 de marzo de 2004 |