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RECONCILIACIÓN Y RENOVACIÓN JUBILAR


Carta pastoral de Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, 
con ocasión de la Cuaresma 2000


Queridos sacerdotes y diáconos, hermanos y hermanas de la Iglesia diocesana:

Hemos comenzado el año jubilar en la pasada Navidad, recordando los dos mil años de Jesucristo nuestro Salvador. Esta ocasión nos compromete para que le demos a Cristo una respuesta personal y generosa: es una llamada a la conversión y a la renovación de nuestro vínculo con el Señor. El relieve mediático que se le ha dado en nuestra sociedad y en nuestra cultura al cambio de milenio, puede hacer que olvidemos el verdadero significado del Jubileo del nacimiento de Jesús; que lo confundamos con tantos otros hechos de la historia y de la comunidad humana, cuando se trata en realidad de algo con un sentido muy propio, profundamente arraigado en la fe y con una trascendencia fundamental para el futuro de cada uno de nosotros.

La repercusión de la celebración que ha hecho la sociedad - celebración del Milenio que comienza -, nos puede ayudar, por contraste, a reflexionar sobre la celebración cristiana, la nuestra. Esta es jubilar, es decir, memoria de algo que ha sucedido y sigue estando vivo y vigente. Para ello, comencemos situando el Jubileo de Jesucristo, y luego vayamos señalando, como lo seguiremos haciendo a lo largo de este año de gracia, las riquezas que nos ofrece la Iglesia.


Memoria y presencia

Encuentro con Jesucristo, por la conversión y por la profundización del anuncio; celebración de la salvación en la Iglesia, actualizada en la palabra y en la eucaristía y en los demás sacramentos; comunión evangelizadora, a través del testimonio y de la solidaridad.

La celebración litúrgica actualiza la obra de Cristo. Como en la Eucaristía, el sacrificio único e irrepetible del Hijo de Dios se hace presente a través de la memoria: Hagan esto en memoria mía. Memoria que no es solo recuerdo de algo que pasó y ya no está, y en parte se recupera por un esfuerzo imaginativo. La memoria de la liturgia, la memoria de la vida de la Iglesia, es una presencia eficaz, que actúa y produce los mismos efectos que entonces, cuando tuvo lugar el acontecimiento fundador, la acción original. Como en el rito de la Confirmación dice el celebrante: Concédenos que lo que tu amor realizó en los comienzos de la Iglesia se realice también hoy en el corazón de los creyentes. No es una mera recordación, un transportarse imaginariamente en el tiempo a sucesos del pasado, sino la identidad de un encuentro, en el cual esa acción salvífica de Dios se renueva para beneficio de quienes han creído. Este hecho tiene lugar en la Iglesia, por la intercesión de la misma Iglesia, a la cual ha sido confiado. La Memoria es eficaz en la eucaristía y en los sacramentos: cuando hablamos de la presencia de Cristo en las especies eucarísticas, de la autoridad apostólica por la sucesión de los Doce; de la potestad y la autoridad conferidos a Pedro y sus sucesores.

La Iglesia es familia en sentido horizontal, coincidentes todos en el tiempo y en el espacio, que es el mundo, y comprende a los que formamos parte de ella, participando de los santos misterios y con el mismo nombre de cristianos. Pero es también familia en sentido vertical: estamos unidos a Dios, Padre y Creador, a su Hijo, Jesucristo, nuestro Salvador, al Espíritu Santo, que es amor y regalo para los fieles renacidos en el bautismo. De Dios descienden hasta nosotros los bienes más preciados, y los hemos recibido por Jesucristo en la Iglesia, que es el templo del Espíritu. La continuidad de la Iglesia a través de los siglos nos permite sentirnos parte de esa familia de hijos de Dios, por la gracia de Jesucristo, hermanos de todos los que nos han precedido y en comunión con ellos, la nube tan grande de testigos (Hebr. 12,1) que nos precede y nos alienta. El Año Jubilar lo viviremos en este doble contexto, la familia espiritual de hoy, cuantos aquí estamos, y la familia en la cual se trasmite la vida que nos viene de lo alto.

El Jubileo participa de esa actualización litúrgica y eclesial, nos recuerda el hoy, en el cual se realiza el misterio de salvación; acercándonos a él, para recibir sus frutos y bendiciones. Por eso la memoria del nacimiento del Mesías nos lleva a renovar en nosotros la fidelidad que le prometimos, a proponernos vivir con seriedad nuestro compromiso con fe, amor y esperanza.


Comunión en la Iglesia

Este año jubilar es también año dedicado a la eucaristía, justamente porque es el memorial del sacrificio de Cristo, su regalo más preciado, su presencia siempre renovada y actual en la Iglesia, a quien, por el ministerio de los sacerdotes, se le confió la celebración. Jesús resucitado, al hacerse presente en la eucaristía, nos alcanza la gracia que obtuvo para nosotros, y en el mismo acto de culto le expresamos nuestra adoración y alabanza, nuestro compromiso y nuestro deseo. Esa actualización del misterio de Jesús crucificado por nosotros, resucitado por el Padre y que se encuentra en la gloria, que se da en la celebración eucarística, se realiza también de manera semejante en los demás sacramentos. El Santo Padre ha querido confirmar en el año jubilar la misión de la Iglesia, ya que es por ella que nos alcanza el perdón de Cristo y la incorporación a Él.

En nuestro país, con este mismo motivo, se ha convocado para un Encuentro Eucarístico Nacional, bajo el lema: ¡Lo reconocemos al partir el pan! a realizarse en la ciudad de Córdoba los días 8, 9 y 10 de setiembre del corriente año 2000, en el cual celebraremos su presencia y podremos reflexionar sobre este misterio del amor divino. La eucaristía es a la vez realidad que nos acompaña siempre en nuestro camino y llave para abrir nuestros corazones a una comprensión de fe y de caridad para interpretar bajo su luz toda nuestra existencia. Es fuente y cima, de ella procede toda la riqueza de la vida cristiana y hacia ella, como a su perfección en la alabanza, en la acción de gracias, en la ofrenda y en la súplica, converge cuanto es y tiene la creatura humana.

Una celebración fructuosa del Jubileo nos impone hacer más explícita nuestra adhesión y colaboración con los ministros, profundizar en la comunión con el Papa y los obispos, participar con renovado fervor en la vida sacramental. El gesto de peregrinar, a Roma y a los Santos Lugares, a la Iglesia Catedral y demás templos designados para obtener en ella la Indulgencia plenaria, es un símbolo de esa actitud eclesial, manifestando exteriormente uno de los artículos del Credo: Creo en la Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. La devota visita y oración para pedir el don de la Indulgencia, rezando por las intenciones del Pontífice, es también gesto de comunión y fidelidad. Los requisitos sacramentales, la confesión y la comunión, sellan con el misterio de la gracia, esa actitud del cristiano que, con humildad y confianza, ruega por encontrarse con la paz y la misericordia que vienen de Dios. Las obras de caridad y de solidaridad que alivian al hermano necesitado, son anuncio vivido del evangelio y compromiso con el mismo, para hacer también presente a Cristo en su bondad y en su compasión. Así también, los enfermos y afligidos que ofrecen a Dios sus sufrimientos, todos los que, de alguna manera, padecen contrariedades y aflicciones, dificultades de cualquier tipo, y las presentan ante el Señor, participan de los méritos de los santos por la comunión, y realizan una obra meritoria, grata a Dios, porque así se unen a la Pasión de Cristo. Y todo esto se hace en y por la Iglesia, no sólo como una iniciativa personal o un programa de asistencia social o una política para la comunidad. Forma parte del HOY de Cristo, presente en medio de los suyos.


El sacramento de la Reconciliación

Muchas veces los hombres hemos pecado, e incluso, con el propósito manifiesto de buscar el bien, a veces concebido de manera egoísta, hemos procurado mal y dolor: La Iglesia no deja de reconocerlo, y por la voz del Santo Padre ha pedido y pide perdón. En el Calendario del Año Santo 2000, el 8 de marzo, Miércoles de Ceniza, se encuentra designado como Día de la Petición de Perdón, y el Papa Juan Pablo II hará ese pedido pública y solemnemente en nombre de la Iglesia Católica.

Nuestra Iglesia diocesana también manifiesta su pesar por las heridas que hubiere causado a la conciencia de nuestros hermanos y hermanas, ya sea por las deficiencias en la vida y el apostolado de sus sacerdotes y consagrados, y por los malos ejemplos de sus fieles, así como por el descuido, el desinterés, el escándalo, de los cuales nosotros, los miembros de la Iglesia, nos hayamos hecho culpables. Y cada uno de nosotros tiene que hacerlo, además, en forma personal, confesando sus culpas y omisiones, las actitudes de las familias y de los grupos, en la vida social y económica, pues obrando así nos hemos apartado de Dios. A Él deseamos volver, arrepentidos y enmendados, acusándonos porque hemos contribuido a que sean muchos los que no pueden ver como creíble el mensaje de la Iglesia, por nuestro testimonio tan pobre.

Al comenzar el año jubilar, para recibir con fruto la Indulgencia plenaria, para reconciliarnos plenamente con Dios y para reparar el mal hecho con nuestros actos, palabras y pensamientos, tenemos que disponernos con la participación en el sacramento del Perdón y de la Reconciliación. Confesando nuestras culpas con los requisitos que nos enseña la doctrina católica - arrepentimiento, dolor de los pecados, manifestación de los mismos al sacerdote, propósito de enmienda, cumplir la penitencia que nos sea impuesta - recibiremos la absolución sacramental y estaremos en condiciones de acercarnos a recibir la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por lo tanto, invito a todos los fieles cristianos de la diócesis a que, durante el mes de marzo, a partir del Miércoles de Ceniza, que cae este año el 8 de marzo, se renueven espiritualmente con una confesión bien preparada y hecha con fervor, para señalar así el comienzo del itinerario que nos proponemos realizar durante este año jubilar. Esta confesión marcará, no solamente la posibilidad de obtener la indulgencia, sino que ha de indicar para la conciencia de cada uno de los fieles y para toda la familia diocesana, la reconciliación que nos acerca a Dios y a los hermanos.

Los Sres. Curas Párrocos procurarán que durante el mes de marzo, en todos los templos y capillas, después de una adecuada preparación, se ofrezca a los fieles la posibilidad de tomar parte en la celebración del sacramento de la Reconciliación, invitando, si fuere necesario hacerlo para dar más facilidades a los mismos fieles, a sacerdotes de otros lugares. Esta celebración de la reconciliación, en las primeras semanas de Cuaresma, será también una adecuada preparación para la Pascua y sus efectos perdurarán en la renovación de la vida cristiana de nuestras comunidades.


Celebraciones especiales

Dejo entonces el pedido de una preocupación especial por la celebración del sacramento del Perdón, así como invito a los Párrocos y fieles a obtener la Indulgencia jubilar peregrinando hasta los templos que se han señalado para ello, de manera habitual - Catedral de Nueve de Julio, parroquias de Trenque Lauquen, Pehuajó, Gral. Villegas y Lincoln - o con motivo de las fiestas patronales en los templos parroquiales - 17 de marzo, San Patricio, en O´Brien; 19 de marzo, San José, en Gral. Pinto, Salliqueló, Mones Cazón y Dudignac; y en las capillas donde se celebra al menos una vez por mes.

Quiero señalar dos oportunidades que merecen una consideración especial en la vida diocesana, y en las cuales todos los que participen podrán, con las condiciones acostumbradas, obtener la Indulgencia plenaria. La primera es la consagración de la iglesia parroquial de Santa Teresita, en Henderson, que se realizará el domingo 5 de marzo a las 10, y que es el rito solemne con el cual el obispo dedica ese templo a Dios, como signo de la presencia de Cristo y como imagen de la santidad de los fieles. La segunda es la ordenación presbiteral del diácono Mariano Cortés, el sábado 25 de marzo, a las 10.30, en la parroquia de Ameghino. De esta manera, toda la comunidad podrá asociarse a la alegría por estas bendiciones que nos concede el Señor, y que son, a la vez, compromiso renovado de nuestro amor y servicio a Él y a los hombres y mujeres que nos son confiados.

Entre las circunstancias en las cuales será también posible acceder, en las condiciones acostumbradas, a la Indulgencia plenaria, se agrega ahora la clausura de las misiones populares que tienen lugar en pueblos y en barrios de nuestra diócesis.

Termino esta Carta enviándoles mi bendición afectuosa, prenda de toda clase de bienes espirituales, con el deseo que este Año Jubilar nos vea crecer en la generosidad y la entrega, para que nuestra vocación de cristianos nos haga ser siempre testigos del Reino que viene y, a la vez, trabajar por la transformación del mundo. Que la protección de la Santísima Virgen, nuestra Madre, tan venerada por nuestro pueblo, nos asista en este camino.


Nueve de Julio, 16 de febrero de 2000

Mons. Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio  


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2256, del 15 de marzo de 2000


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