Mensaje del Obispo de Nueve de Julio, Mons. Martín de
Elizalde OSB, dirigido a los fieles de su diócesis el 8 de agosto de
2001, solemnidad de Santo Domingo de Guzmán, titular de la diócesis y de
la iglesia catedral
Justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio
de nuestro Señor Jesucristo.
Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos
afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Más aún, nos gloriamos hasta en las mismas tribulaciones,
porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido
derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
Romanos 5, 1-5
La crisis no puede apagar la
esperanza
El primer año del nuevo milenio
se encuentra ya promediado, y la sensación que se vive en nuestra patria
está muy lejos de ser optimista, por la terrible crisis que vivimos,
financiera y política, social y moral. Al experimentar tantas
dificultades, el ánimo de todos se ensombrece, se manifiestan la
preocupación y el desánimo: corremos el riesgo de perder la esperanza.
Pero ¿qué esperanza? Si el objetivo de gobernantes y
gobernados fuera solamente salir de la crisis, equilibrar las cuentas,
devolvernos el relativo bienestar que nos daba el Estado providente,
estaríamos ciertamente equivocados. Esforzándonos por alcanzar esas
metas, repetiríamos el mismo camino que hicimos hasta aquí, engañados
por el espejismo de un usufructo de riquezas aparentes y perecederas, y
sin llegar nunca a sentar las bases de una comunidad justa, responsable,
orientada hacia los valores auténticos. Es decir, cometeríamos los
mismos errores, seríamos culpables del mismo pecado, condenados a un
esfuerzo sin retribución alguna.
Nuestra esperanza no puede ser la de restablecer la
situación que teníamos hace un tiempo, y que se nos antoja casi
privilegiada frente a la que contemplamos hoy día. Recordemos que nuestra
esperanza tiene fundamentos más verdaderos, se manifiesta con pruebas y
signos más nobles, y no apunta a una solución pasajera, sino a lo
definitivo: una relación más fraterna, que contribuya a encaminar a toda
la familia argentina hacia un encuentro reconciliado, reconquistando el
deseo de vivir en paz y armonía en una tierra tan rica como esta que Dios
nos dio, y capacitándonos para ello con el ejercicio de la generosidad
espiritual; con un trabajo cuyo producto no alcance solamente para saciar
las necesidades más elementales de la gente, sino que sea la expresión
del compromiso de todos para construir una sociedad mejor; con un Estado
eficiente, al servicio de los ciudadanos y con dirigentes probos y por
encima de toda sospecha.
La situación que vivimos tiene responsables, sin duda;
pero muchos que buscan ahora señalarlos y acusarlos - cuando el reloj de
la historia no puede retroceder -, no lo hacen por amor a la verdad y la
justicia. No se recuperarán tan fácilmente las oportunidades perdidas ni
los dineros dilapidados, las injusticias cometidas no podrán ser todas
ellas reparadas. Más que al pasado hay que mirar al futuro, y aprender
esta dura lección para no repetir los errores. Es claro que tiene que
haber justicia, que se deben declarar los delitos y señalar los errores,
no para la venganza, sino para satisfacer por el daño, para dejar un
ejemplo y para nuestra instrucción.
Debemos reconocer que, en cierto sentido, culpables
somos todos. Por acción, algunos, los más responsables; por omisión,
los que no supimos cumplir como ciudadanos. Muchos han sido partícipes de
las decisiones políticas, y también usufructuarios, a veces
inconscientes, de ventajas espurias. Hemos convivido con la inmoralidad
que señalamos, hemos compartido una visión materialista y egoísta; con
nuestro desinterés por los demás, hemos agravado la inseguridad en
nuestra sociedad, que tanto nos preocupa. Y lo que es más serio, no
supimos proponer valores, ni a la sociedad en marcha, ni a los jóvenes,
ni a los que están en búsqueda, yendo más bien hacia lo que en realidad
nos perjudicaba.
La crisis argentina es profunda, tanto que no hay ya
tiempo ni espacio para lamentos. Solo queda encender la lámpara de la
esperanza, que ilumine nuestra inteligencia, inspire lo que es recto a los
responsables de la Nación y, fortaleciendo la voluntad, haga de cada
ciudadano un miembro útil, maduro, discreto, para la tarea enorme que nos
aguarda. Para vencer la crisis, hay que saber dónde nos equivocamos, en
qué obstáculos caímos, con qué fuimos tentados para pecar tanto. Y hay
que recomponer las metas, alentando la esperanza, pues Dios nos ha dado el
mundo y su promesa, con un gesto que no es solo el acto creador, sino que
lo confió a nuestro ingenio y laboriosidad para que nos sirva en el
camino hacia lo eterno e infinito.
Bien común y responsabilidad
de todos
Como pastor de la diócesis de
Nueve de Julio, en este mes en que celebramos a nuestro Patrono, Santo
Domingo de Guzmán, deseo llegar a todos ustedes, queridos hermanos,
queridos hijos e hijas, con un mensaje que los confirme en la confianza en
Dios, en la adhesión sinceramente renovada a su ley de amor y al
Evangelio de Jesucristo; que los comprometa en la tarea de seguir
construyendo esta patria terrenal, que debe reflejar la justicia y la
bondad que se encuentran en el cielo, su modelo.
Solamente así cambiará la situación tan grave que
estamos viviendo, reorientando nuestros intereses y nuestras perspectivas,
adoptando los métodos que sean más coherentes con los principios que
Jesús nos enseñó, practicando la solidaridad, asumiendo la austeridad y
la renuncia a fáciles ganancias, para compartir de verdad, reconociendo
en los pobres el rostro de Cristo, sabiendo que no somos dueños
absolutos, sino depositarios y administradores de los bienes recibidos.
Estará siempre el peligro de los demagogos, de las
promesas fáciles y de las soluciones mágicas; nos veremos libres de
ello, si comprendemos, de una vez por todas, que la esperanza está en la
verdad y en la justicia. Pero también se debe recordar que la gestión
gubernativa y las iniciativas de las instituciones que tienen una
autoridad legítima, deben ser acatadas y tenidas en cuenta, ya que sería
irresponsable denunciar lo que está mal o no funciona como debiera, y no
responder con nuestra colaboración a quienes les reclamamos para que lo
remedien.
Si hay excesos en los planes de los tecnócratas, que
ven la realidad desde su propio ángulo y no llegan a considerar la
situación y las necesidades de los hombres, también los hay en la
ceguera de algunos dirigentes, que promueven una protesta irracional, sin
atender, tampoco ellos, a la totalidad de la realidad, centrados como
están en sus posturas sectoriales. Hay una falta de eficiencia que se
origina en la crisis de autoridad, y ésta a su vez procede de la falta de
transparencia y de objetivos para el bien común, pero se debe también a
la falta de consenso nacional y de acuerdo entre los responsables de la
política.
Las exigencias justas de los ciudadanos deben estar
acompañadas de su disposición constructiva, uniendo propuestas y
esfuerzos, en el respeto a quienes tienen la misión de conducir. La
violencia, con su séquito de destrucción y de injusticia, no es la
solución. Más allá de la legítima protesta, nunca se puede justificar
el apoderarse de espacios que son de todos y para el uso de todos, ni
limitar la libertad de las personas sin los recaudos que señala la ley.
Embarcarnos en una escalada de este tipo solo puede traer males mayores, y
ciertamente dejará sin resolver los males que actualmente nos afligen. La
convivencia en una nación con una tradición civil como la nuestra tiene
otros canales y medios para expresarse y buscar las vías de salida de la
crisis.
El texto de la carta de San Pablo a los cristianos de
Roma que hemos escogido para iluminar nuestra reflexión nos muestra que
es Jesús quien nos abre las puertas de la esperanza. Es su obra, y nos da
también los medios para que colaboremos con Él. La tribulación que
hemos estado viviendo será provechosa, como enseñanza, como
purificación, como virtud, nos dice el Apóstol. Ahora nos queda por
comprender que esa gloria anunciada y prometida, no es una gloria humana,
sino la gloria de Dios, que supera todo y lo engloba todo, esperanza de
seguro cumplimiento para los hombres que ama el Señor.
La Iglesia, con sus pastores y sus fieles tiene una
palabra que decir a la sociedad; con humildad, con espíritu de
colaboración y de servicio, ofreciéndose para lo que sea necesario, pues
es obediencia a la misión recibida de Cristo. Esta propuesta cristiana,
de actitudes morales, compromiso, generosidad, solidaridad, es la misma de
siempre, y desde hace dos mil años es lanzada frente al mundo.
¿No estamos pagando el precio de nuestra sordera, de
la indiferencia de los hombres, satisfechos de sí mismos, distraídos de
lo esencial? Así es, sin duda, cuando se olvida a Dios, se relega o
desprecia su culto; cuando no se respeta lo más precioso, que es la vida
humana, ni en los pobres y débiles, ni en los ancianos y enfermos, y se
la ataca con el aborto y la difusión de prácticas que promueven la
inmoralidad; cuando, bajo la etiqueta de la ciencia y la in-vestigación,
se manipula la creación desde el ori-gen mismo de la vida humana. El
desorden moral y el ansia de satisfacciones, aún a precio de la
injusticia, como el afán de lucro a todos los niveles y los ex-cesos de
una ciencia al servicio de intereses comerciales, nos dicen claramente que
lo que estamos viviendo es el precio de una elección equivocada.
Los obispos argentinos invitan a todos los fieles a
rezar por la Patria. Esta es nuestra responsabilidad como cristianos,
porque justamente la oración es parte importantísima de nuestra
vocación. El Señor nos enseñó a orar, con el Padre nuestro, y no
podemos ser infieles a esta misión, pidiendo que se haga la voluntad
divina en la tierra y en el cielo. Pero orar nos compromete; no podemos
pedir sin estar dispuestos a ponerlo en práctica nosotros mismos. Y la
oración es también fruto de la esperanza. De una esperanza que está
fundamentada en el amor y la fuerza de Dios, y que retoma la memoria de un
largo camino hecho junto a El. Esta llamada a la oración y a la acción,
dirigida a los cristianos, es a la vez una llamada a todos los
conciudadanos, para que atiendan al mensaje de la justicia y del bien
común.
La peregrinación diocesana a
Luján: 2 de setiembre
Jesús, antes de morir, confió
su madre a Juan, el discípulo, y en éste, nos entregó a su madre (Jn,
19,26-27). Por eso acudimos a ella con la certeza de que seremos
escuchados, y que tomará nuestras súplicas, nuestras aflicciones,
nuestras alegrías, para presentárselas a su Hijo. Madre de la Iglesia,
es ejemplo e intercesora, y desde siempre el pueblo fiel la ha honrado con
sus gestos y sus plegarias, la ha visitado en sus santuarios, la ha puesto
como Señora de la Patria, de los hogares y de los corazones.
Entre las advocaciones con que se la venera entre
nosotros, la primera sin duda en la estima y la devoción del pueblo
argentino es la de Luján, adonde cada año peregrina nuestra diócesis.
Este año, el próximo domingo 2 de setiembre, la honraremos de manera
especial en su santuario, con una intención principal: orar por la
Patria argentina.
Ante todo, en la presencia de Dios, reconociendo su
poder y su grandeza, encomendaremos a María Santísima los sufrimientos y
las necesidades de los argentinos, rogando por una solución que asegure
la justicia y el bienestar de todos, y nos conceda encaminarnos con una
conciencia sana, hacia un destino mejor.
Recordaremos con gratitud los beneficios recibidos, y
por desgracia, tantas veces desaprovechados, cuando no convertidos en
instrumento de división entre los hermanos, de injusticia, de goce
egoísta, de olvido de Dios.
Le pediremos a ella que interceda ante Dios por
nosotros, y nos obtenga el perdón de nuestras faltas personales;
solicitaremos que sane las heridas del alma y nos otorgue la gracia de la
corrección de lo que está mal, y la reparación del daño realizado;
confiaremos a su piedad maternal las oportunidades que de ahora en más
nos conceda el Señor.
Aunque las circunstancias vuelven más difícil para
muchas familias el participar en la peregrinación, creemos que es
importante que a pesar de todo lo hagamos, ya que este esfuerzo será una
demostración de fe y del deseo de superación que anima al pueblo fiel de
la Argentina, y de la dióce-sis en particular.
Ruego a los Curas Párrocos que trasmitan la fervorosa
e insistente invitación que la Iglesia diocesana les dirige a todos los
fieles, para encontrarnos el domingo 2 de setiembre en Luján. Y los que
estemos allí, seamos conscientes de que llevamos la representación de
quienes no podrán acudir, y oremos por ellos, y démosle gracias a Dios
por María, en su nombre, confiando que nos encontraremos pronto en
tiempos mejores.
María, Madre e intercesora
En toda la diócesis, la Virgen
es honrada bajo diferentes títulos, pero en todos ellos se encuentra la
misma piedad y la confesión sincera de la Iglesia, que la Virgen María
es la Madre de Dios. Esta devoción mariana ha inspirado poner bajo su
protección especial a muchas ciudades y pueblos, por los templos
parroquiales y capillas que le están dedicados. Celebramos de esta manera
los misterios de la misión y vocación de María, tan vinculada a la obra
redentora de Jesús, su Hijo, como la Inmaculada Concepción y la
Asunción, los Dolores; los nombres y advocaciones de los lugares donde se
manifestaron las gracias que, por ella, Dios quiso dar a su pueblo:
Luján, Fátima, el Valle, Guadalupe, Itatí, y de las tradiciones de
familias religiosas y de escuelas espirituales, formadoras de la piedad y
de la oración, como el Carmen. Por eso, es importante que sepamos
mantenernos y crecer en la doctrina de la Iglesia, no atribuyendo a María
lo que no le corresponde, ni apartándonos de la genuina comunión
eclesial. El encuentro confiado con María, que es Madre, nos pacifica y
nos da confianza: ella intercede por nosotros ante su Hijo.
Los frutos del Jubileo
Abramos nuestro corazón a la
esperanza, ciertos que la gloria de Dios resplandecerá sobre nosotros, no
por mérito ni esfuerzo humanos, sino por Jesucristo, el Hijo de Dios. El
Año Jubilar ha sido la celebración de las maravillas que hizo el Señor,
a los dos mil años del nacimiento de Jesús, y nos compromete para este
comienzo del tercer Milenio. Los frutos de conversión de este tiempo de
gracia, la invitación tan insistente a la santidad, acompañarán el
camino del Pueblo de Dios. No podemos quejarnos si no somos consecuentes,
si desoímos la Palabra de Dios, si repetimos los errores que la
experiencia misma debería hacernos evitar. Tenemos nuevamente la ocasión
para encontrar lo que nos fue prometido, y que esperamos ver cumplido, con
la certeza de la fe. María, Madre e intercesora, nos asista en estos
momentos.
La celebración del Año Jubilar concluyó con la Carta
Apostólica del Papa Juan Pablo II: Al comenzar el nuevo Milenio.
En ella, además de resumir las principales etapas del Jubileo y los
objetivos logrados, el Papa hace una propuesta audaz de renovación
pastoral, cuyo ámbito es la santidad. Para los hombres, la santidad es la
presencia de Dios en el alma, con el reconocimiento exterior o sin él. En
verdad, la santidad no es un título, sino una gracia, y la Iglesia, con
un reconocimiento público y solemne, como es la beatificación y la
canonización, solamente afirma que una determinada persona se encuentra
entre los santos, junto a Dios, y que su vida es digna de ser imitada y
por eso es puesta como modelo para los cristianos. La santidad a la cual
debemos aspirar es justamente la vida según la voluntad divina, con amor
y fidelidad. A partir de esa comunión sincera con el Señor, se da el
testimonio de los cristianos y su colaboración en la obra evangelizadora.
No es solamente el hacer de nosotros, sino vivir con gozo el ser
de Dios presente, para que inspire y dirija nuestros actos, y nos conceda
colaborar en la difusión del Evangelio, en el conocimiento de la Iglesia
y en la participación de todos en los sacramentos y en la escucha de la
Palabra.
También será un gesto evangelizador el testimonio de
serenidad en las pruebas y de constancia en el trabajo de recuperación
que nos aguarda a todos los argentinos, hecho con espíritu de fe, con
generosidad y desinterés personal, atentos al valor de la vida y
promoviendo los fines más elevados de la sociedad y de cada uno de los
hombres y mujeres. Obrando como cristianos, con confianza en Dios y
obedeciendo a sus mandamientos, acompañándolo con la oración y la
alabanza, con la alegría que brota de la esperanza, transmitirá el
conocimiento del Salvador y de su obra redentora, para que el mundo crea y
descubra la esperanza verdadera.
* * *
Con San Pablo podemos concluir, seguros que la
esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. La
difícil situación nos debe hacer crecer, como todo sufrimiento lo hace,
y nos empuja y dispone para una tarea emprendida con grandeza de ánimo,
pero sobre todo con esa esperanza que nos viene de Dios por Jesucristo. En
nuestro encuentro en Luján, a los pies de María Santísima y confiando
en su intercesión nos dirigiremos a Dios, pidiendo por nuestra Patria y
renovaremos nuestro compromiso, de cristianos y de argentinos, para la
construcción de una sociedad más justa, a la vez que ofreceremos los
sacrificios de estos momentos, para que sean aliviados quienes más
padecen porque menos tienen, no solo materialmente, sino los que se
encuentran en la peor pobreza, que es la pobreza espiritual y la
desesperanza.
Con mi bendición y mi afecto pastoral, unidos en la
plegaria, bajo la protección de María Santísima, Madre Inmaculada,
Nuestra Señora de Luján.
Mons. Martín de Elizalde OSB,
obispo de Nueve de Julio