MISA POR EL
ETERNO DESCANSO DE
SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Homilía de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio,
en la misa por el eterno descanso de Su Santidad Juan Pablo II
(Iglesia Catedral, Nueve de Julio, 8 de abril de 2005)
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia de
Cristo, aquí y en todos los lugares de la tierra, se congrega en estos días de
dolor para celebrar la Eucaristía y orar por el alma del Santo Padre Juan
Pablo II. La figura amada del Pontífice recientemente desaparecido llegaba al
corazón y a la inteligencia de todos, hombres y mujeres. No solo porque los
medios difundían su imagen y su voz, sino porque esa multiplicación mediática
esta vez era sincera y reproducía una acción genuina, una presencia
incansable, en el esfuerzo por estar cerca de todos y lográndolo de hecho, en
sus viajes y encuentros, en su palabra serena, luminosa, oportuna, en su
imagen personal, bondadosa y expresiva, que parecía dirigirse con afabilidad a
cada uno. Es ciertamente justo que se ponga de relieve cuanto hizo por la paz
en el mundo, en defensa de los más pobres y pequeños, de su constancia al
alentar y de su coraje al denunciar. Nadie duda que fue gracias a Juan Pablo
II que pudo superarse el hasta entonces irreductible antagonismo de los
bloques y se superó la era de las hegemonías. Y es preciso afirmar también
cómo supo instalar el discurso ético y la proyección espiritual en un mundo
materialista, cuyas utopías son tan limitadas como su mismo horizonte. Los
líderes religiosos, los hombres de Estado y los comentaristas han sido
unánimes en estos días para reconocer esos merecimientos, que son de escala
mundial. Nosotros mismos, aquí en la Argentina, recordamos con gratitud y
emoción sus gestiones inspiradas para evitar la guerra con Chile y su visita
en 1982 durante una guerra tan cruel como incomprensible.
Hoy, en esta
Santa Misa, nos encontramos como Iglesia. No nos sorprende que Dios lo haya
llamado; si bien sentimos y lloramos la ausencia de nuestro Padre y Pastor,
estamos seguros y confiados que ello ha sido para que recibiera el premio
merecido, la vida eterna. Encomendando su alma con fe, agradecemos su misión y
su servicio de Padre universal de los creyentes. Sucesor de Pedro, Príncipe y
cabeza de los apóstoles, recibió del mismo Señor la tarea de conducir a su
Iglesia, de enseñar con fidelidad la Verdad, de sostener y confortar a sus
hermanos. La presencia del Pontífice Romano es, para nosotros, la presencia de
quien recibió de Cristo el ser para la Iglesia, que con amor
pastoral velase por su pueblo, sostuviese la comunión de la caridad, guiase
las conciencias y el obrar de los discípulos.
Un largo
pontificado ha sido el de Juan Pablo II, pero no olvidamos a aquellos que, en
el espacio de una vida, nosotros hemos tenido la dicha inmensa de conocer como
pastores de la Iglesia Universal: Pío XI, el Papa enérgico del orden mundial
amenazado por los totalitarismos; Pío XII, el Papa de la paz, que defendió a
las Iglesias perseguidas y las víctimas del odio racial, y expresó en su
magisterio la atención por las nuevas condiciones del mundo y de la sociedad;
el Beato Juan XXIII, con su apertura social, su sensibilidad a la cultura y a
los estilos de una nueva manera de vivir y de expresarse, con la propuesta
luminosa del Concilio y el testimonio transparente de su fe y de su simpatía;
Pablo VI, tan hondo y espiritual, rico en doctrina y de toda sensibilidad
humana, que comprendió las aspiraciones del hombre contemporáneo para que
pudiera recibir mejor la Palabra de Cristo; Juan Pablo I, de quien nos queda
su expresión de bondad y un signo de invitación para emprender juntos el
camino de la Vida, que hemos seguido después bajo su sucesor, Juan Pablo II, a
quien ahora despedimos. En esa sucesión impresionante resalta mejor la
universalidad del ministerio papal y su raíz evangélica.
En Juan Pablo II
esta vocación se realizó con particular linealidad y contundencia. Señalemos
algunos aspectos más evidentes. El Amor de hacia los hombres
demostrado por la Misericordia divina, en cuyo día, que él mismo le destinara
en el calendario litúrgico, el Señor quiso llevárselo, ese Amor lo expuso para
nosotros en sus encíclicas doctrinales sobre las personas trinitarias, y lo
completó con un claro compromiso personal, casi como una confidencia, en sus
escritos para el Año Jubilar y acerca del nuevo Milenio, en forma de
invitación dirigida a toda la familia humana y para una conversión renovada de
los cristianos. Nos predicó el Evangelio con opciones definidas
y propuestas exigentes, profundamente ancladas en el amor por sus hermanos. La
paz, la justicia, la caridad, brotan del Evangelio. El mensaje de salvación
dirigido a todo el mundo, el diálogo de las culturas, la propuesta lanzada a
quienes aún no creen en Cristo, la búsqueda incansable y humilde de la unidad
de los cristianos, el aprecio por las tradiciones religiosas del cristianismo
oriental, y tantas otras cuestiones vitales han estado presentes en su
abundante y generosa palabra. No podemos silenciar su preocupación expresada
tantas veces, por la vida humana, que debe ser respetada desde la misma
concepción, y por la familia, atacada desde diversos frentes, y que
constituyen un área de particular importancia en este momento del mundo y de
nuestra patria. La santidad: el Evangelio nos conduce a la
santidad, santidad que recibimos en la Iglesia, en las celebraciones
litúrgicas y en especial en la Eucaristía, la oración y la adoración, la
piedad mariana, el testimonio y los ejemplos de los santos, justamente, él que
beatificó y canonizó a tantísimas figuras de grandísimo relieve espiritual y
humano, que son intercesores ante Dios y modelos de vida. De muchas manera el
Papa Juan Pablo ha querido mostrar como el centro de la vida eclesial se sitúa
en la santidad, que es la presencia viva de Dios que habita en sus fieles por
Jesucristo en el Espíritu Santo. La Iglesia es participación en el inefable
encuentro de lo divino y lo humano, en el Salvador, en su Palabra, en la
vocación de cada fiel. Las últimas cartas de Su Santidad sobre la Virgen María
y sobre la Eucaristía han sido justamente para invitarnos, con el énfasis de
las íntimas experiencias de su vida de unión honda con el Señor, a tomar ese
camino en la fe y la generosidad. Durante mucho tiempo sus orientaciones
servirán a la Iglesia como guía segura, y a través de ellas, él permanece con
nosotros.
El Señor
Resucitado, en la Octava pascual, en la noche del último de estos ocho días
que son un solo día de regocijo espiritual, se ha llevado a Juan Pablo II. De
la pasión ofrecida por el mundo y por la Iglesia, le ha hecho abrir los ojos a
la luz indefectible de la eternidad. El anuncio pascual es la gracia de
Cristo, el Hijo de Dios que se nos ha dado y es el origen y la vida de la
Iglesia, con la continuidad de su presencia salvadora ofrecida por su pueblo.
El anuncio pascual es Cristo Resucitado; el anuncio pascual es la Iglesia,
misterio de santidad y templo del Señor; el anuncio pascual tomó durante 26
años la palabra y los gestos de este Pontífice maravilloso para expresarse, de
un Papa a quien era imposible no amar y sentir cercano. Con una mirada
cristiana de fe, de verdad, aunque extrañaremos su falta, nos alimenta la
certeza que la Iglesia no será abandonada, y que hemos de encontrarlo a él con
los santos, para siempre junto a Dios.
Mons. Martín de Elizalde OSB,
obispo
de Nueve de Julio
|