ENCUENTRO
CATEQUÍSTICO DIOCESANO
Mensaje
de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, en el Encuentro
Catequístico Diocesano (Los Toldos - General Viamonte),
20 de agosto de 2005
Queridos
hermanos sacerdotes, queridos religiosos y religiosas,
queridos
amigos:
En el ENCADI de este año
nos encontramos reunidos para reflexionar sobre la identidad del
catequista, de acuerdo con el tema, tan importante y tan amplio,
fijado para el Encuentro Nacional de Catequesis (ENAC). Para transmitir es
preciso tener, y más aún ser. Se puede tener conocimientos y método, pero ello
no basta, porque es preciso que cuanto se intenta trasmitir, sea aplicado en
la vida toda del que debe hacerlo, y más aún, esté de tal manera incorporado,
que se identifique con él: “Es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).
Por eso, para atender a la identidad del catequista, es preciso considerar el
mensaje que debe hacer llegar a los demás: la vida nueva de Cristo.
Quiero recordarles
brevemente lo que les decía en nuestro encuentro diocesano del año pasado
acerca de la visión unitaria de la catequesis, para que ella informe de verdad
la vida de cada creyente, y es que la incorporación a la Iglesia por el
Bautismo y demás sacramentos de iniciación se exprese en toda la existencia
del cristiano. La catequesis no puede ser solamente entrega de conocimientos,
sino alimento para la fe, y ésta volcada en la espiritualidad y en la acción.
Decía: “Esta contextualización eclesial de la catequesis es absolutamente
necesaria, ya que es el camino para la participación plena en la vida de la
Iglesia, no solo en la adquisición de conocimientos que constituyen la
doctrina, sino por la aplicación de esta en la totalidad de la existencia del
cristiano”.
Por la participación de los
catequizandos en la vida de la Iglesia se afianza y se realiza cuanto se
recibe en la catequesis misma, o mejor dicho, la catequesis, si se considera
en su aspecto más completo, requiere el compromiso en la práctica evangélica
de todos y de cada uno, catequistas y catequizandos, tanto en la comunión
sacramental y la oración como en el ejercicio de los apostolados y en los
gestos propios del discípulo de Jesús: la caridad, la misión, la unidad, el
sostenimiento de la Iglesia y en todos los aspectos que hacen a la vocación
laical.
La identidad del catequista
entonces se encuentra definida por su pertenencia a la Iglesia y su
participación en ella y, reitero, tanto en lo interior (fe y espiritualidad)
como en lo exterior (testimonio). Sobre esto vamos a reflexionar en esta
jornada, y los invito a tener muy en cuenta el vínculo entre lo que se dice y
lo que se hace, lo que se profesa y lo que se vive, que es lo propio de la
identidad, pero no para detenerse allí, sino vincular también, en una visión
abarcante, la totalidad del ser cristiano que es misión del catequista formar
en cada uno de los catequizandos que le son confiados. Los destinatarios de la
catequesis, estos hermanos y hermanas que nos son confiados, hijos de Dios y
miembros de la Iglesia, son una referencia capital para la identidad del
catequista.
Pero en esta ocasión, ya
que el tema principal es justamente la identidad del catequista y se va a
trabajar sobre ello en los plenarios y en los talleres, me parece oportuno
insistir más bien en los otros dos temas , o más bien en las coordenadas que
deseamos presentar para acompañar la tarea del catequista. Se trata, en el Año
de la Eucaristía que proclamara Juan Pablo II, de este sacramento, y también
de la familia, pues en el quinquenio de preparación para los cincuenta años de
la creación de la diócesis, el presente año lo hemos dedicado a esta
institución fundamental.
La Eucaristía
Nuestra catequesis está
tradicionalmente orientada hacia la primera recepción de la comunión
eucarística, y más recientemente, y con menor impacto, hacia la Confirmación.
Pero se trata de la única oportunidad, o casi, que tienen nuestros niños de
formarse en la fe, y no solo con vistas a un acontecimiento que por una
desgraciada deformación tiene a veces más importancia social que religiosa. En
el Año de la Eucaristía el Papa quiso que profundizáramos en el sentido y la
práctica de la Eucaristía. Para los catequistas, no puede tratarse de la
primera comunión solamente, como una meta a alcanzar, sino de una
preparación, fundada y con garantías de continuidad, a la totalidad de la vida
cristiana, que tiene su fuente y su cima en la Eucaristía. La dificultad que
experimentamos para motivar a los niños y a sus familias para una práctica
eucarística como enseña y pide la Iglesia tiene que preocuparnos seriamente.
Sin duda la enseñanza que se trasmite no llega a expresar la riqueza del
misterio y a justificar su necesidad. Y sin embargo ella, la Eucaristía, es
esencial para la existencia y la identidad del cristiano. Y por eso mismo debe
estar muy presente en la vida y el testimonio de los catequistas.
A manera de sugerencias
para incorporar como horizonte en nuestra tarea y para su reflexión, les
propongo las siguientes preguntas:
¿Presentamos a la Eucaristía como la acción de la Iglesia, o solamente en
clave individualista e intimista?
Al presentar la práctica
eclesial de la adoración del Santísimo Sacramento ¿se distingue adecuadamente
en su praxis de la Misa y se trasmite la doctrina de manera clara y completa?
¿Preparamos la
celebración eucarística con un sentido de comunión universal, o solamente como
una ejercitación, con elementos didácticos, pero que no convence como la obra
del mismo Señor Jesucristo y no va a tener continuidad en el contexto de la
vida ordinaria? (pensemos en ciertas celebraciones con niños)
¿Qué estilo de
celebraciones litúrgicas preparamos y alentamos? No olvidemos que una de las
propuestas de Juan Pablo II para este Año eucarístico es justamente la de
profundizar en el conocimiento de la celebración y mejorar su calidad
espiritual y su elocuencia.
Y
más concretamente con relación a los propios catequistas, ¿cómo es la práctica
eucarística de ellos mismos?
La familia
Al hablar de la identidad
del catequista, es claro que surge de inmediato la manera como cada uno vive
su propia condición familiar. Pero tampoco se debe circunscribir el tema a
este único aspecto. Si la catequesis debe abarcar la totalidad de la vida
cristiana, en su intensidad evangélica, para que sea luego desarrollada por
cada uno de los bautizados según su vocación, para alcanzar la santidad, es
imperioso incorporar a la catequesis aquello que se refiere a la familia. Es
decir, cuanto la Iglesia nos enseña sobre el matrimonio, sobre la vida y su
generación, sobre el espíritu que debe reinar en la familia, el amor de los
padres y de los hijos, las responsabilidades recíprocas, según el modelo
trazado en la condición encarnada del Hijo de Dios. La crisis de la
institución familiar, que está a la vista, no requiere solamente soluciones
sociales o sicológicas, ni competen estas a la Iglesia, sino que pide el
afirmarse en la base sólida del amor participado de Dios, que da la vida y
confía a sus criaturas no solo la trasmisión de la misma sino su desarrollo,
capacitación y orientación a través de la fidelidad a la gracia.
También aquí
les ofrezco algunas sugerencias:
¿Cómo se trata de la
familia en la catequesis? ¿Se limita a la presentación del sacramento del
Matrimonio?
¿Se instruye sobre el
plan de Dios en la creación del hombre?
¿Se dan pautas para una
comprensión verdaderamente cristiana del amor, de la sexualidad, de los hijos?
¿Cómo trasmite el
catequista, a través de su propia existencia como bautizado casado, soltero,
consagrado, separado, el sentido de la familia?
¿Cómo se puede enlazar
la catequesis inicial con las cuestiones que surgirán más adelante en la vida
de nuestros niños y jóvenes, en el contexto de la civilización hedonista
actual, con las iniciaciones prematuras y la libertad irrestricta de los
adolescentes en este campo?
Espero que hemos de
aprovechar esta jornada. Agradezco a los organizadores, al P. Juan y a la
Junta de catequesis, a los que dirigirán los talleres, a nuestro orador
invitado, el P. Quijano, al P. Roberto Peña y a la comunidad parroquial de Los
Toldos, y a cuantos hicieron posible este Encuentro y han colaborado y están
hoy colaborando para que sea un éxito, es decir, que nos ayude a crecer en la
fe, a valorar nuestra tarea eclesial, a fortalecer la identidad. Gracias a
todos ustedes por su presencia y entusiasmo, por destinarle tiempo en cada una
de sus comunidades a una misión que la Iglesia tanto necesita y valora, y hoy,
en particular, por estar aquí.
Para darle más densidad
espiritual a nuestros Encuentros, desde hoy tenemos con nosotros una reliquia
de San Pío X, nuestro Patrono, promotor de la participación frecuente en la
Eucaristía, gran renovador de la catequesis y de la práctica eucarística de
los niños. Que su intercesión nos proteja y nos anime su ejemplo. Y como
prenda de las gracias espirituales que deseamos alcanzar para poder trasmitir,
en la Santa Misa de hoy, al concluir se impartirá la Bendición papal, con las
condiciones acostumbradas, que son, les recuerdo, encontrarse en gracia de
Dios, participar de la comunión con la debida preparación, rezar por las
intenciones del Sumo Pontífice y hacer la Profesión de fe (Credo). Y
confesarse en este mismo día, o haberlo hecho en los inmediatamente
precedentes o hacerlo en los siguientes
Mons. Martín de Elizalde OSB,
obispo
de Nueve de Julio
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