AÑO
DIOCESANO DE LA VOCACIÓN CRISTIANA
Y LA MISIÓN 2006
Reflexión de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de
Julio
(Diciembre de 2005)
En el camino
preparatorio para la celebración del cincuentenario de la creación de
la diócesis de Santo Domingo en Nueve de Julio, se propusieron para
cada año un tema o motivo central, para pedir a Dios por esas
intenciones e incluirlos en la renovación espiritual y pastoral que
debe acompañarnos en la recordación de una fecha tan importante.
Los reiteramos
aquí:
2003 Fe y Bautismo
2004 Eucaristía
2005 Familia
2006 Vocación
cristiana y Misión
2007 Iglesia
De esta manera,
unidos a las propuestas del Santo Padre y a la misión de la Iglesia de
llegar con su mensaje a todos los hombres, quisimos especialmente, en
nuestra Iglesia particular, reavivar nuestra fe y nuestra práctica
cristiana, y alcanzar a quienes se encuentran más cercanos a nosotros,
y con quienes compartimos la historia y el espacio geográfico.
El año que termina,
2005, tenía como motivo temático LA FAMILIA. Dios quiso que por
ella se trasmitiera la vida y tuvieran los hombres y mujeres, creados
por él, el espacio donde encontrar el amor y la felicidad, para
animarse recíprocamente para la misión que deben cumplir en el mundo.
Por eso, la familia fundada en el sacramento del matrimonio instituido
por Jesús, es un signo del amor de Cristo por su Iglesia, es una
escuela de vida y para el bien obrar, es un medio indispensable para
generar actitudes nobles y constructivas, con la responsabilidad
social y el equilibrio de las personas, es la iglesia doméstica, donde
se ofrece en la santidad de vida el culto espiritual, donde se reza,
donde se educa en la fe y se practica la caridad. Cuando en la familia
cristiana se viven estos valores, la gracia de Dios sostiene y hace
crecer aquellas condiciones humanas por las que todos aspiran. Al
coincidir con el AÑO DE LA EUCARISTÍA, que el Papa Juan Pablo
II proclamara, se muestra el vínculo entre la gracia de Dios, por la
presencia del Señor Resucitado en la Eucaristía, sacramento de
redención, comunión y presencia, y la familia en el santuario del
hogar.
Ahora, para el
nuevo año, 2006, el motivo central dentro del quinquenio preparatorio
es VOCACIÓN CRISTIANA Y MISIÓN. Recibimos una llamada de Dios
–vocación–, para
vivir en la fe; por eso tenemos la gracia y la dicha de haber sido
incorporados a la Iglesia, de recibir el Bautismo y los demás
sacramentos, de ser educados en la doctrina del Evangelio y de
experimentar la comunión, renovada en la Eucaristía y expresada en los
vínculos de la caridad. La llamada de Dios, la vocación cristiana, nos
congrega, pero también nos envía –misión–, para anunciar a
Cristo, para dar testimonio con nuestros actos, para colaborar
comprometidos con la Iglesia.
El fiel cristiano
accede a esta responsabilidad desde su bautismo, pero la misma se hace
más evidente y comprometida con el sacramento de la Confirmación.
La venida del Espíritu Santo, en Pentecostés, es el acta de nacimiento
de la Iglesia querida por Jesucristo. A partir de ese momento, los
apóstoles vieron confirmada su oración, confortado el ánimo,
intensificado su celo, inspirados para canalizar cuanto habían
recibido de Jesús, superando los temores, venciendo los obstáculos de
lenguas y culturas, las distancias, las persecuciones y los odios. Con
razón, entonces, la Iglesia sitúa a partir de la recepción de este
sacramento, el segundo entre los de la Iniciación, la responsabilidad
madura, el compromiso efectivo, de cada uno de los fieles.
En este año debemos
profundizar en la conciencia de la llamada del cristiano, del sentido
de su elección por Dios, de su pertenencia a la Iglesia, a la luz del
sacramento del Espíritu Santo. También, por consiguiente, aplicar a
las distintas tareas y funciones a las que está llamado el fiel, el
sacramento de la Confirmación; procurando que quienes lo reciben,
tengan la debida conciencia y preparación, y que a partir de ese
momento de gracia, se incorporen activamente a la vida litúrgica y
sacramental, al apostolado y la catequesis, a la comunión de bienes y
de esfuerzos en la caridad, a la propuesta evangelizadora hacia
quienes aún no conocen a Jesús o se han apartado de Él.
Un aspecto
particular que estamos invitados a tener en cuenta es la llamada a la
vida sacerdotal, ya que la Iglesia tiene continuidad por la
tradición apostólica con la imposición de manos, con que los sucesores
de los Apóstoles constituyen en el ministerio de la Palabra y de la
Eucaristía a sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos. Asimismo,
debemos recordar la importancia de la vida consagrada, con la
respuesta generosa de quienes Dios invita para el servicio de los
hermanos y la predicación de la Buena Noticia en la consagración
religiosa, tanto de los que expresan el rostro orante y silencioso de
Cristo, paciente y sereno, como de los que se arriesgan en todo el
mundo, por la caridad, la educación en la fe y toda forma de
testimonio.
Mons. Martín de Elizalde OSB,
obispo
de Nueve de Julio |