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 PARA LA CUARESMA DE 2005, AÑO DE LA EUCARISTÍA
AÑO DIOCESANO DE LA FAMILIA


Mensaje de monseñor Martín de Elizalde, OSB, obispo de Nueve de Julio
para la Cuaresma de 2005



I. CUARESMA Y VIDA CRISTIANA


“Cada año la Cuaresma se nos propone como un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Nos invita a recorrer un itinerario espiritual de preparación para revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Cristo, sobre todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado”.


Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y demás ministros, religiosos y religiosas, consagrados, seminaristas y fieles todos:

Con las palabras citadas arriba comienza el Papa Juan Pablo II su Mensaje para la Cuaresma del corriente año. Ellas constituyen una síntesis clara y sencilla del sentido de este tiempo litúrgico y nos recuerdan de qué manera debemos nosotros participar en él para obtener los frutos de tal camino, que es siempre personal y a la vez interior y comunitario. A muchos les parecerá algo extraño, como cosa de otros tiempos, aplicar el espíritu en un momento determinado a la oración y a una caridad más intensa y generosa, asumiendo con fidelidad las prácticas corporales de penitencia, de ayuno y de corrección de las actitudes contrarias al amor de Dios y a las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. Todo esto puede ser algo distante de la vida de muchos, incluso de los que se consideran cristianos y miembros de la Iglesia. Pero este hecho, por desgracia tan generalizado, no puede llevarnos al olvido del Evangelio y su doctrina, constantemente afirmada y propuesta por la Iglesia a lo largo de veinte siglos. La Cuaresma del cristiano no consiste en una cantidad de observancias mortificantes, mecánicas y sin sentido. Grave error sería el pensarlo. Al contrario, es la expresión de la comunión con Cristo, el acompañamiento que con humildad hace cada discípulo suyo, desde su pobreza, para actuar aquí en la tierra como Él mismo le enseñara, para alcanzar después la eternidad, renovando en cada Pascua su adhesión a Él por la participación en las fuentes de la gracia.

¿Cuáles son las obras de la Cuaresma? Oración y vida sacramental, que es presencia de Dios en el alma; penitencia y limosna, para crecer en la libertad del amor divino y ensanchar el corazón a la medida de la comunión con los hermanos; escucha de la Palabra y seguimiento evangélico, para que los actos inspirados en la enseñanza y el ejemplo del Redentor, lo reflejen y testimonien su verdad. Y todo ello en la perspectiva de la Pascua, donde la promesa de la vida eterna se hace ya presente desde aquí, en nuestra peregrinación, es decir en este espacio limitado de tiempo, cuarenta días, que es imagen de la vida terrenal.


La Cuaresma, encuentro renovado con Cristo

“El modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación realizada a través de los signos es seguir con fidelidad el proceso del año litúrgico. Los Pastores deben dedicarse a la catequesis mistagógica, tan valorada por los Padres de la Iglesia, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia, orientando a los fieles a pasar de los signos al misterio y a centrar en él toda la vida (Juan Pablo II,  Carta apostólica Quédate con nosotros, Señor, 18).

El Año litúrgico constituye un camino que hacemos con Jesús en su vida terrena y al mismo tiempo en su dimensión trascendente. Es comunión con la experiencia y las esperanzas de nuestros Padres y es encuentro con Él, en el anticipo de la gloria que nos está prometida. Es la práctica del Evangelio, como lo vivían sus discípulos que lo seguían y conversaban con Él, con la fuerza de la Pascua, la vida nueva del Resucitado en nosotros. La Cuaresma nos permite encontrarnos con Cristo, al contemplar la bondad de su vida y la grandeza de su misión, Él, Jesús, acepta ser destinado por el pecado de los hombres a un aparente fracaso, a una condena injusta y cruel, a la muerte en la cruz. Nosotros hacemos nuestros sus sentimientos (cfr. Fil 2,5); la actualización litúrgica pone en presente y realiza con eficacia lo que celebramos.

Así como necesitamos signos y ejemplos, como la verdad llega a nosotros por  la palabra, como nos educamos con la repetición de los gestos y apreciamos los sabores y los colores por los sentidos, la experiencia del tiempo nos enseña en la continuidad de las acciones y en la intensidad de los acontecimientos. Por la encarnación, el encuentro con Dios se da en este marco, haciéndonos gustar su riqueza y relacionándolo con el misterio de Cristo y, simultáneamente, con la vida de la comunidad. Los textos de la liturgia, en su maravillosa variedad, nos sostienen y educan, nos permiten profundizar en el sentido de cada tiempo litúrgico, para aplicar en nuestra propia existencia la experiencia misma de Cristo que nos renueva y nos sana. El itinerario cuaresmal, desde el gesto inicial de humildad expresado por la imposición de la ceniza y el testimonio de Jesús retirado durante cuarenta días en la montaña desierta, donde lo tentó el demonio, nos quiere centrar en una opción decidida por Dios, que se hace completa en la Pasión y en la Cruz, misterio en el que participamos.

A través de las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, especialmente de los evangelios de los domingos, la Palabra de Dios nos invita a dejarnos transformar por la gracia, adhiriéndonos de corazón al programa de conversión propio de este tiempo litúrgico. Por este proceso de purificación sincera, de reconciliación con Dios y con los hermanos, nos disponemos para encontrar, en las celebraciones pascuales, los frutos esperados. Tiempo propicio, tiempo de salvación: “Somos, pues, los ayudantes de Dios, y ahora les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido. Dice la Escritura: ‘En el momento fijado te escuché, en la día de la salvación te ayudé’. Este es el momento favorable, este es el día de la salvación” (2 Cor 6, 1-2)


La Cuaresma, señal y distintivo del cristiano

Ya en la antigüedad, los Padres de la Iglesia se referían a la Cuaresma como el tiempo que, en realidad, simboliza la vida toda del cristiano. En efecto, decían, esforzarnos por reparar nuestras faltas, corregir nuestras acciones, adiestrarnos en el cumplimiento de los mandamientos divinos, practicar la caridad y la limosna, el perdón y la reconciliación, buscar el encuentro con Dios para llegar a la auténtica libertad de hijos suyos, que es lo propio de la Cuaresma, tendría que ser la preocupación constante de los discípulos de Cristo. La conversión, en una palabra. Una Pascua sin el acompañamiento de Cristo en su Pasión es una verdadera ilusión. Sin Él, no podremos hacer este camino.

Los valores que se inculcan especialmente en este tiempo no puede ser que se tengan en cuenta solamente durante la Cuaresma, y nada más. Siempre debemos orar (l Tes 5,17; l Pe 4,7), siempre pedir perdón por nuestras faltas (Mt 6,16), enmendarnos, hacer limosna (Mt 6,4), apartarnos del mal, alejarnos de todo lo que sea ocasión de esclavitud, que es sometimiento al pecado (Mt 26,41). Y todo ello para gozarnos en la felicidad de Dios, para vivir en comunión con todos, para alcanzar la paz de la conciencia. No pensemos que “cuaresmal” es sinónimo de tristeza, de vida apagada. Al contrario, el esfuerzo de este tiempo nos otorga la serenidad a los pies de Jesús, la “mejor parte”, que es anticipo de la eternidad (Lc 10,41).

Los discípulos de Jesús, formados en la escuela de la Cuaresma y orientados hacia la Pascua, se esfuerzan en este tiempo por vivir estrechamente la comunión con Él. Haciéndolo son Iglesia, son el Pueblo de Dios, de modo que por la observancia cuaresmal se entrenan espiritualmente y manifiestan exteriormente su verdadera condición de testigos y anunciadores del Evangelio.


La Cuaresma, escuela de vida

“Dios y Padre nuestro, que por medio de admirables sacramentos nos concedes participar ya en este mundo de los bienes celestiales, guíanos en esta vida y condúcenos a la luz donde tú habitas. Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo ...” (Misal Romano: Oración colecta, sábado de la segunda semana de Cuaresma)

Haríamos mal en interpretar el significado de este tiempo en clave individualista. El ayuno, que es una de sus características, desemboca en la limosna; el esfuerzo personal se dirige hacia la caridad, que es amor de Dios y amor de los hermanos. Y la Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos más fuertemente marcados por la Eucaristía, por la participación en las grandes celebraciones que culminan en la Semana Santa, por el énfasis puesto en el sacramento del Perdón, por las prácticas tradicionales de devoción que, como el Via Crucis, tienen tanto arraigo entre los fieles. En muchas partes, la generosidad material de los cristianos se expresa en la Cuaresma, donde las limosnas recogidas, fruto de su generosidad, se destinan a programas de ayuda a los más necesitados y a la obra evangelizadora. Es así que los cristianos, movidos por el Espíritu Santo presente en los misterios que se celebran en este tiempo, tanto los sacramentos instituidos por el mismo Jesucristo como las acciones sagradas y  las iniciativas de devoción y de caridad, desde esta tierra se encuentran en comunión con Dios y se encaminan a la vida verdadera.

El mismo esfuerzo de conversión, para estabilizarse en una conducta que sea reflejo de la santidad de Cristo y de la enseñanza del Evangelio, y que es  también propio de este tiempo cuaresmal, distingue la vida del cristiano. Lo que, por la gracia y nuestra humilde dedicación, constituye el fruto de la Cuaresma, por nuestra aplicación a ello durante la misma, nos adiestra para permanecer fieles todo el año a este modo de vida con Cristo.

Cuanto hacemos ahora no es para discontinuarlo enseguida, sino para arraigarlo y afianzarlo en la conducta ordinaria. Lo que aprendemos en la escuela de Cristo en el tiempo de Cuaresma y en lo que nos debemos ejercitar con generosidad, se prolonga en la vida del cristiano, en todo tiempo y lugar.


El año de la Eucaristía

En el Año dedicado especialmente a la Eucaristía por el Santo Padre, debemos reflexionar sobre el sentido pascual del sacramento. En el misterio de la crucifixión, muerte y resurrección de Jesús, no podemos ignorar el pecado que apartó al hombre de Dios y que fue vencido por Él, dándonos la reconciliación y el nuevo nacimiento. Con la Cuaresma, la Iglesia quiere justamente hacernos participar en el camino de retorno al Padre, principalmente por la Eucaristía que nos alimenta y nos congrega. Un fruto muy particularmente deseado de este Año eucarístico será la participación fructuosa y frecuente en la Santa Misa. El espíritu cuaresmal, de arrepentimiento por los pecados y de ansia de encuentro con Dios, tiene en la Eucaristía una expresión elocuente y maravillosamente adaptada. En el desarrollo de la Misa, desde el principio nos ponemos en la presencia de Dios para implorar el perdón, y en el transcurso de la celebración somos instruidos por la Palabra y acompañamos la ofrenda de los dones con nuestra propia entrega. La presencia del Señor resucitado, que nos conforta y se entrega como comida y bebida, nos establece en la comunión que nos une a Él y a todos los hermanos.

Los formularios litúrgicos para la Eucaristía durante la Cuaresma, expresan en su variada riqueza la sabiduría tradicional de la Iglesia, que supo ver en la participación durante este tiempo en el Sacramento, el punto más alto, la forma más perfecta de hacer junto al Señor el camino que, por su  muerte, lleva a la Vida. La Eucaristía, actualización de la Pascua, tiene su preparación en la Cuaresma de cada año y en la cuaresma de nuestra vida.



II. LA FAMILIA


Domingo, Eucaristía, Familia

“La asamblea dominical es un lugar privilegiado de unidad. En dicha asamblea las familias cristianas viven una de las manifestaciones más cualificadas de su identidad y de su “ministerio” de “iglesias domésticas”, cuando los padres participan con sus hijos en la única mesa de la Palabra y de la Vida”. (Juan Pablo II, Carta apostólica La santificación del Domingo, 36)

La participación atenta de los fieles en la liturgia dominical y en las fiestas principales instruye, como una verdadera catequesis, en los misterios de la fe. El conocimiento de los mismos no se realiza solo intelectualmente, sino  que por la misma acción el espíritu entra en comunión con ellos, y lo que es percibido con los ojos del alma, es asumido en la adoración y en la alabanza, se vuelve oración. La santificación del domingo es una de las tareas que debemos proponernos  difundir y restablecer en este año eucarístico, para que por la frecuentación del sacramento y la escucha de la Palabra en la comunidad,  se renueve toda la vida del cristiano y contribuya a la transformación de la sociedad. Es a partir de la fidelidad al plan divino, bajo la guía del Evangelio en nuestra familia más amplia que es la Iglesia, que todos los ámbitos de la vida humana serán renovados. Y principio y factor esencial de ello es la Eucaristía del Día del Señor.

Como lo saben muy bien los pastores y los catequistas, para que la doctrina cristiana arraigue en la vida de los niños y jóvenes, es indispensable la participación y el testimonio de sus padres, sobre todo en la vida sacramental y en la Eucaristía dominical.


Familia, regalo de Dios al hombre, respuesta del hombre a Dios

Justamente en este año, dentro del ciclo de cinco años que nos preparan para el cincuentenario de la creación de la diócesis de Nueve de Julio, el tema del cual queremos ocuparnos con especial dedicación es el de la familia. El objetivo no es una mera conmemoración ni establecer una ocasión para interesar a las personas, sino considerar verdaderamente y en profundidad a la familia, que está en el origen de la vida humana y donde ésta se forma y orienta. La familia es el lugar de encuentro entre el amor humano y la acción divina que crea la vida. La familia tendrá sus fuerzas y sus debilidades según la inspiración con que se inicia y constituye: no puede ser un capricho de los afectos, ni un resultado del instinto. Si se origina en el egoísmo o en la búsqueda de fines finalmente superficiales, es claro que fracasará.

Dios ha puesto en el corazón de los hombres y mujeres la orientación hacia la vida en común, hacia la generación de vida nueva, hacia la mutua compañía y ayuda, hacia una proyección que los asocia a la obra creadora, y se sirve de lo que se encuentra en la naturaleza que Él creó, lo eleva y lo perfecciona con su gracia por el sacramento del Matrimonio. 


El sacramento del matrimonio

La familia es un regalo divino: a través de lo que han recibido de Dios, el hombre y la mujer se encuentran con la Trinidad y entre sí. La familia, santificada en el amor y en la generosidad, también muchas veces probada, pero sostenida con la esperanza cristiana, es la iglesia doméstica, donde se reciben tantos bienes y donde se ofrece la respuesta de una vida compartida, abierta a la gracia. La recuperación del sentido cristiano y sacramental del matrimonio está en la base de un fundamento sólido para la familia, como también una aceptación, en sincera e inteligente adhesión a las razones de Dios, de los principios de la moral para la vida y la sexualidad. Si la familia se estableciera sobre una sexualidad egoísta e irresponsable, indiferente a la vida o incluso contraria a ella cuando molesta al egoísmo o a los intereses materiales, difícilmente podrá tener la serena estabilidad a la cual todos aspiran.

La inestabilidad de las parejas, unidas sacramentalmente o no, es una realidad preocupante en nuestros días. El divorcio vincular no es una solución, porque indica más bien el camino de la ruptura, por la negación del lazo que une a los esposos. Muchos matrimonios en crisis podrían afianzarse y recuperar el amor, asumiendo las responsabilidades que les competen desde la perspectiva de la fe y de la generosidad, seguros que allí encontrarán la mejor retribución ya en esta condición terrenal. Asimismo, una revisión hecha con criterios sanos de cómo nuestros jóvenes se preparan al matrimonio, ayudaría a corregir eventuales defectos, precipitaciones, entusiasmos sin fundamento, y a fijar un camino que los conduzca con acierto hacia el éxito de su relación, que es en definitiva la felicidad en la estabilidad de la familia.

La misma visión reductiva y egoísta propone la contracepción, con argumentos que solo favorecen una actitud cerrada en la pareja, a veces con un horizonte muy estrecho y materialista. El aborto, aún con la extensión de las causales que lo hacen legal en el ámbito penal y hasta aceptable socialmente, sigue siendo gravemente inmoral, un crimen horrendo y sin justificación alguna. La muerte de un ser inocente e indefenso, no puede proponerse como un método para reducir la natalidad, evitar sus consecuencias sociales en las franjas de mayor pobreza o con un propósito eugenésico, que alivie a la sociedad de la carga que podrían representar esas personas, consideradas indeseables en una perspectiva perversa.


Formar en la fe de Cristo y en la práctica de las virtudes

Hay que recordar hoy día los grandes principios de la moral evangélica. Al oír las frases fuertes y claras del Evangelio no debería nadie sentirse sorprendido, perseguido u ofendido; más bien es una llamada a conocer y a adherirse a la verdad. Como Iglesia, lanzamos esta invitación a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y en especial a los fieles cristianos: no ser atraídos ni dejarse absorber por las consignas que emite el espíritu del mundo (Rom 12,2), aún con apariencias de justicia y de bondad; para ello es preciso no confundirse ni apartarse del camino trazado por Jesucristo. Tenemos ejemplos de esto: bajo la motivación justa de combatir una enfermedad terrible (el SIDA) se promueve el empleo de medios, que como un efecto casi inevitable crean una falsa sensación de seguridad y pueden orientar hacia una sexualidad abierta, sin más perspectivas que las de satisfacer la concupiscencia.

La Iglesia propone a sus fieles un compromiso moral consecuente en sus propias vidas. Espera que, además de escuchar la Palabra revelada, la trasmitan en sus hogares a aquellos a quienes tienen la tarea y la responsabilidad de formar, y que en los demás ámbitos donde están presentes (escuela, trabajo, comunidad) la expresen con su testimonio. Hay competencias cívicas, deberes políticos, compromisos ineludibles con la sociedad, y también allí tienen que difundir esos principios.

Hay muchos proyectos en el Congreso y en las legislaturas provinciales que pretenden encaminarnos hacia un marco más permisivo y abierto en lo que hace al aborto, a la cuestión llamada “de género” y  a la sexualidad, bajo el pretexto de la prevención de enfermedades y otros daños, una educación igualitaria y la no discriminación. Se desconoce el derecho de los padres y se avanza en el dominio de la conciencia con propuestas abusivas, difíciles de rechazar o de neutralizar en muchos casos individuales o en situaciones de indigencia y de ignorancia. Un caso muy significativo es la anunciada ratificación (dicen que inminente) por el Senado de la Nación del Protocolo Opcional de la Convención para Erradicar todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Este instrumento abre la puerta a la violación de los derechos humanos, con una perspectiva feminista, carente de connotaciones morales, abogando por una libertad irrestricta para aquellas conductas y acciones, incluso las reñidas con la moral, que una persona podría realizar. De esta manera, a pesar de los enunciados constitucionales que tutelan la vida y garantizan la moral, por el camino de los pactos y convenciones internacionales, que parecen generales y no significativas, o de las reglamentaciones en detalle, que se presentan como de entidad mínima frente a los grandes principios en juego, se alteran completamente las condiciones en que deben vivir los ciudadanos y formarse los jóvenes en nuestra sociedad.

La doctrina de la Iglesia es la voz de la verdad, y todos los Pastores, el Papa y los obispos, concuerdan en serle fieles. La reacción que ha provocado un reciente pronunciamiento episcopal sobre algunas políticas del Estado en este campo, es injusta y prejuiciosa. Es un indicio preocupante de la distancia que se está generando en nuestro ambiente cultural y social, entre las posiciones dominantes, individualistas, permisivas, por un lado, y por otro, los que desean mantener la fidelidad a la ley natural y a la conciencia cristiana; entre los que tienen la misión de gobernar con justicia, sin imponer sus criterios y elecciones personales ni ser presionados, y los que, con la libertad que les da Dios, permanecen generosamente adheridos a su Ley.


Confianza en Dios por nuestro futuro

Todo esto se encuentra en el complejo cuadro de la crisis de la familia. Nuestra preocupación tiene que llevarnos a proponer una preparación adecuada desde la misma escuela, que aliente los sentimientos nobles y fortalezca el carácter para la búsqueda del bien, donde está la felicidad verdadera. A quienes se disponen a contraer matrimonio, especialmente sacramental, los pastores y sus colaboradores  procurarán acompañarlos con la oración y el testimonio de fe, así como con la instrucción doctrinal que los capacite para ser esposos y padres, y los fundamente en una auténtica espiritualidad. Ello, sin olvidar la preparación litúrgica. Por  su medio, en efecto, se logrará que las celebraciones sean un reflejo de lo que la Iglesia realiza por el ministerio de los contrayentes, ante el testigo cualificado que la representa y los demás fieles que asisten, implorando la bendición de Dios y como una proclamación del amor y de la fidelidad verdaderos. Hay que señalar insistentemente que los frutos que esperan los esposos recoger en su vida común tienen que ser buscados en Dios que habita en medio de ellos, pues en Él tiene su cimiento el amor que los alegra y conforta, y en Él mismo encontrarán la energía para superar las dificultades y no ceder ante la engañosa rutina. Tienen para inspirarse la vida de la gracia y la doctrina de la Iglesia, para testimoniar ante sus hermanos y hermanas y para trasmitir a quienes llegan por ellos al mundo los mismos sanos principios que hacen de cada hogar una iglesia doméstica, una escuela de vida y de amor.

Pedimos a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Reina de la Familia, que proteja y acompañe siempre a quienes tienen la gran responsabilidad de ser esposos y padres:

Que los asista para que acudan con un corazón bien dispuesto a los sacramentos, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios, a la oración en familia

Que tengan un corazón abierto a las inspiraciones de la gracia para acoger la vida y encaminar con su ejemplo y enseñanza a los hijos que les han sido dados

Que la perseverancia y el testimonio de las familias cristianas sea una llamada evangelizadora dirigida al mundo, lo santifique y estimule para seguir a Cristo, y le obtenga el premio de abundantes respuestas a la vocación siempre renovada para el ministerio y la consagración.


Nueve de Julio, febrero de 2005
Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio


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