NOCHEBUENA
Homilía de monseñor Martín de Elizalde OSB.,
obispo de Nueve de Julio en la misa de Nochebuena (24 de diciembre de
2005)
Esta noche se
ilumina con un resplandor maravilloso, y los textos sagrados nos
hablan de luz, de alegría, de paz. Estos llegan como dones divinos,
allí está su origen y causa, allí está la condición de la
participación en ellos y de su continuidad y permanencia con nosotros.
En la primera
lectura, del profeta Isaías, contemplamos la irrupción de la luz en
medio de las tinieblas. Las tinieblas expresan la desorientación en
medio de la oscuridad, la soledad y la pobreza del hombre, reducido
por el pecado a esa situación, pero la luz nos dice que, por el
misterio del amor de Dios, el Hijo se ha encarnado, nos ha nacido el
Salvador.
En la carta a su
discípulo Tito, el apóstol San Pablo nos recuerda que esta dicha,
esperada y ahora concretada, la aparición gloriosa del gran Dios y
Salvador nuestro, Jesucristo, nos impone vivir libres de toda
impiedad, de todo pecado, y ser un pueblo santo, dedicado a la buenas
obras.
Mis hermanos:
¿Asumimos de verdad lo que significa la Navidad? ¿Sabemos y valoramos
lo que tenemos por la fe de la Iglesia en Jesucristo, y comprendemos
que hemos sido liberados para el conocimiento de Dios y su servicio? Y
este nacimiento, cuyas características son de verdad excepcionales
para los que creen, ¿es apenas algo tierno, conmovedor, como para
tantos que quedan de espectadores, sin penetrar en la riqueza de su
mensaje? En el relato evangélico se nos dice, a través de los santos
personajes que intervienen, cual debe ser nuestra respuesta:
La sencillez y la
aceptación de María, purísima en su concepción, virgen antes, durante
y después del parto, con su respuesta generosa, sin pretensiones de
saber, de reservarse nada para sí, ni siquiera sus afectos de madre;
José, obediente,
hombre cabal, con todas las virtudes que hoy son tan necesarias, de
veracidad, de respeto, de laboriosidad, con la iniciativa requerida
para salvar al Niño y a su madre, y con la sabiduría para prepararlo
humanamente para su misión;
Los pastores, en su
vigilia, como nosotros esta noche, para esperar y recibir al que
llega, para adorarlo y cantar sus alabanzas. No teman, dice el ángel:
les anuncio una gran alegría, y el himno de los espíritus del cielo da
gloria a Dios, y a los hombres de buena voluntad, de corazón recto, de
constancia y compromiso, les dice: paz. Somos todos algo de María,
algo de José, pero esta noche somos los pastores, que sabían menos,
estaban menos preparados, comprendían apenas, pero se entregaron de
corazón.
Una triple
conclusión. Paz en la verdad, con la verdad, desde la verdad
Servicio fiel de
Dios, con la luz que Él nos trae, para comprender, para amar, para
buscar y desear, para seguir.
Fidelidad en la
vida recibida y en la vocación que viene con ella, para llevar el
mensaje.
Mons. Martín de Elizalde OSB, Obispo de Nueve de
Julio
|