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A 30 años de la muerte de
San Josemaría Escrivá


Homilía del
presbítero Patricio Olmos, vicario del Opus Dei en Argentina
en la misa para conmemorar los 30 años de la muerte de
San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei
(Catedral de Buenos Aires, 28 de junio de 2005)



Una vez más nos encontramos convocados para honrar a Dios, tomando ocasión del recuerdo del siervo bueno y fiel que fue San Josemaría Escrivá de Balaguer. En esta oportunidad se  cumplen 30 años de su marcha al Cielo. A todos nos da una particular alegría sentirnos acompañados por su Eminencia el Card. Jorge Mario Bergoglio. Se lo agradecemos particularmente rezando y haciendo rezar por él.

En el hoy de la liturgia, que actualiza los misterios de Cristo, hemos vuelto a escuchar en el Evangelio cómo Jesús les dice a Simón Pedro y a los apóstoles: “Navega mar adentro, y echen las redes para pescar” (1). Es la  invitación siempre actual a trabajar por mejorar este mundo, santificando nuestra profesión u oficio, y las circunstancias habituales en que Dios nos quiere. Permítanme que me refiera a este aspecto central del mensaje de San Josemaría, relacionándolo con dos acontecimientos singulares para la vida de la Iglesia y de la Arquidiócesis: el año de la Eucaristía, y la asamblea arquidiocesana.

Estamos metidos de lleno en el año de la Eucaristía. Un año dedicado a profundizar en este misterio de la fe que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia”, porque contiene a Cristo mismo. Por eso, este gran  Sacramento es la “fuente y la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”. Si nos alimentamos con el Pan de vida, podremos alcanzar la vida eterna -esa santidad a la que todos estamos llamados-, y podremos transmitirla a nuestro alrededor, desarrollando un apostolado fecundo.

Por otra parte, la Arquidiócesis de Buenos Aires está en Asamblea. ¿Qué es la Asamblea? Es, lo digo con palabras entresacadas de distintos documentos (2), “un momento eclesial de encuentro con el Señor; espacio de afirmación de nuestra identidad y de toma de conciencia de nuestra misión”. “Una ocasión para que en medio de nuestras fragilidades podamos crecer en santidad”. Una oportunidad, para que dejando actuar al Espíritu Santo, renovemos nuestra audacia y fervor apostólico, y para que sepamos “descubrir expresiones de evangelización para nuestra ciudad”.

Puede verse, entonces, que tanto los objetivos del año de la Eucaristía, como los de la Asamblea, conducen al deseo de que crezcamos en santidad y apostolado.

Les propongo que profundicemos y hagamos nuestros estos objetivos magnánimos: renovemos confiadamente los propósitos de una vida santa y de un apostolado dirigido a todos los ambientes, sin descuidar aquellos que aparecen como más alejados de Dios. La indicación del Señor, proclamada en el Evangelio navega mar adentro es también para cada uno de nosotros. Vayamos hacia nuevas metas, y gastemos nuestra existencia en aventuras apostólicas que lleven a poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con la ilusión de iluminar todas estas realidades con los valores evangélicos.

El querido Juan Pablo II, en la carta que escribió para este año eucarístico”, nos invita a “dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo”. Nos pide que “no tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta” (3). Y nos recuerda que la Eucaristía “es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura” (4).

Comencemos desde una intensa vida sacramental y de oración, para identificarnos con Jesús, y ser Cristo que pasa, como propone el santo que hoy honramos: Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos. Y así, con la conciencia de ser instrumentos, iremos influyendo a nuestro alrededor. No seremos cristianos insípidos, sino, por el contrario, sal de la tierra, fermento de vida cristiana.

Si traemos a nuestra consideración lo que hacía San Josemaría a la hora de impulsar el apostolado, tal vez recordemos, que proponía siempre una tarea positiva, constructiva: una renovación, una mejora de las personas, y consiguientemente de la sociedad. Se me ocurre, entonces, que ante las propuestas apostólicas, no cabe lamentarnos por la cultura actual, ni limitarnos a criticar lo que está mal, o añorar un pasado mejor. Se trata de ahogar el mal en abundancia de bien. Aportando nuestro granito de arena, como suele decirse. Todos estamos convocados a mejorar nuestro entorno e influir en el conjunto. No importan ni la edad, ni la salud, ni el nivel cultural, ni los pecados pasados. Todos tenemos un puesto insustituible y no podemos conformarnos con lo que ya hacemos.

En este contexto, nos ayuda recordar que el fundador del Opus Dei amaba al mundo apasionadamente. Y amaba no el concepto de mundo, sino el mundo real en que vivió. Quienes bebemos en sus fuentes también amamos este mundo concreto, con sus luces y sus sombras. Este mundo nuestro tiene muchas cosas buenas, como por ejemplo el aprecio por la libertad, los deseos de paz, la defensa de algunos derechos humanos, o la valoración positiva de la solidaridad. Ciertamente no es un mundo ideal: proliferan no sólo defectos,  sino también ofensas  a Dios y al prójimo: baste pensar en el desprecio a la vida humana, la pobreza y la marginación, la violencia, el secularismo deliberado, o la corrupción.

Pero es muy bueno sentirnos comprometidos con este mundo concreto que se nos ha entregado como herencia, y sentirnos responsables de servirlo y mejorarlo: aquí y ahora, son las coordenadas que nos ofrecen el mejor lugar y el único momento para hacernos santos y servir a los demás.

Para mejorar y evangelizar nuestro mundo, además de rezar, es indispensable que nos formemos adecuadamente, reflexionando sobre Dios y el mundo, y estando en condiciones de hacer propuestas superadoras. Embarquémonos, entonces, en una movilización apostólica inteligente, basada en el estudio y la formación, capaz de incidir en la cultura y en los estilos de vida, de modo práctico y operativo.

Cada uno de nosotros debe influir en la sociedad de acuerdo a sus talentos y circunstancias. Pero, en todo caso, tengamos presente que no basta tener razón, es preciso hacerse entender. Hay algunas propuestas o ideas válidas que  naufragan cuando no se dan a conocer del modo adecuado. Cada campo de la actividad humana tiene sus propias reglas y lenguaje. Y son ustedes, quienes, inmersos en las actividades temporales los conocen, y los pueden poner al servicio de la evangelización, a través del prestigio profesional y de la amistad sincera.

El prestigio del que sabe y trabaja seriamente, es una  cátedra de autoridad siempre reconocida. Para mejorar el mundo se necesitan trabajadores y profesionales cristianos que trabajen mucho y bien en todos los ámbitos, también en los campos neurálgicos de la sociedad.

Junto al trabajo serio, la amistad. San Josemaría nos inculcó el apostolado de la amistad, del ocuparnos de cada alma concreta, una a una. Es en el diálogo de amistad, donde podemos recordar a cada persona lo mucho que es querida y amada por Dios. Porque no se nos esconde que muchos errores doctrinales y no pocos prácticos, son respuestas equivocadas a problemas reales: miedo, soledad, tristeza, falta de afecto y comprensión. No se trata de justificar lo injustificable, sino de descubrir, incluso en el pecado, ese grito silencioso del hombre que no sabe que es hijo de Dios, que no se sabe querido, redimido.

Y es el amigo, la amiga, quien tiene que expresar esta verdad con obras: mostrar el amor a Dios a través de la caridad.

En cierto modo, la labor apostólica consiste en extender en círculos concéntricos cada vez más amplios, la verdad y el ambiente de caridad, de servicio, de trabajo bien hecho. Cuánto bien podemos hacer con una sonrisa que perdona, comprende y estimula. Cuanto con “esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila” (5). Cuánto con el trabajo acabado por amor hasta en sus menores detalles.

La fiesta litúrgica de San Josemaría es una oportunidad para tomar resoluciones de cambio, de mejora. Tal vez sea estudiar los documentos del Vaticano II, como han sugerido Juan Pablo II y Benedicto XVI. Tal vez deberíamos ocuparnos más de aquella persona con la que coincidimos en el trabajo o en los estudios, y que sabemos que está necesitada de orientación para acercarse a Dios.  Quizá alguno piense que debería ocuparse de la cosa pública, no limitándose simplemente a cuidar de su familia y a hacer bien su trabajo. Seguramente habrá, para quien piense así un campo oportuno para hacerse presente y servir, empezando tal vez por objetivos modestos, pero asequibles y mejores que el no hacer nada.

Quizá deberíamos proponernos hacer oír más nuestra voz: los católicos no somos ciudadanos de segunda, tenemos todos los derechos y deberes de cualquier ciudadano. Es cierto que Jesucristo nos ha predicado la mansedumbre y la humildad, pero no nos ha inculcado complejo de inferioridad, ni acostumbrarnos a lo que no va con la dignidad humana y cristiana de cada persona.

Cada uno verá qué más podemos hacer. Algunos escribir libros o artículos, dictar conferencias o intervenir en debates públicos, que sirvan para dar a conocer más a Jesucristo y su verdad que ofrece la bienaventuranza, la felicidad. Y todos estamos en condiciones, por ejemplo, de escribir cartas al correo de lectores de los diarios, o llamar o mandar mails a las radios, tratando de estar presentes en el debate sobre los valores y la cultura. Y de dar un testimonio más claro de Jesucristo en nuestra familia y en el trabajo.

Estimulados con el ejemplo de San Josemaría, naveguemos en la barca de la Iglesia por los mares donde Cristo nos ha puesto, y en su nombre lancemos confiadamente las redes: también nosotros somos pescadores de hombres. Alimentados con el pan eucarístico y alentados con la mirada de la Virgen, procuremos decididamente que a través de nuestro trabajo y de nuestra amistad sincera brillen el esplendor de la verdad, y esplendor de la caridad.


Notas:

(1) Lc 5, 10.

(2) Cfr.  S.E.R. Card. Bergoglio, Carta pastoral, 25-II-04; Algunas reflexiones en torno a la Asamblea Arquidiocesana, 13-VII-04 y Oración por la Arquidiócesis en Asamblea.

(3) Mane nobiscum Domine, n. 26.

(4) Ibid., n. 25.

(5) Camino, 973.


Pbro. Patricio Olmos, Vicario del Opus Dei en la Argentina



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