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HAY ALGO DE TRAMPA MORTAL


Con este título y la firma de Bartolomé de Vedia, el diario "La Nación", de Buenos Aires, publicó en su edición del 12 de febrero de 1999 la siguiente nota:


¿Qué decir de la noticia que llega desde Londres? ¿Cómo analizarla?

La noticia es escueta, pero escalofriante: en un fecha muy próxima, el creador de la oveja Dolly comenzará a trabajar en la clonación de embriones humanos. Así de simple, así de abrumador: Bien mirado, el asunto reviste una trascendencia que en términos periodísticos ni siquiera puede medirse. Se trata de una de las noticias más trascendentes del siglo (¿o del milenio?), aunque nuestra inercia psíquica y mental nos predisponga a sospechar que presentar el tema de ese modo es incurrir en una delirante exageración.

¿Exageración? ¿Cómo imaginar una novedad más decisiva para el futuro de la especie humana? ¿Alguna vez se conoció una noticia que pusiera al hombre tan cerca de tocar los límites últimos de su condición de tal?

Hay algo de trampa mortal en la situación en que el director del Instituto Roslin, Ian Wilmut, nos coloca a todos los miembros restantes de la familia humana y especialmente a los hijos del entrañable monoteísmo judeocristiano. Si defendemos el derecho de los investigadores a trabajar sin trabas de ninguna clase, corremos el riesgo de empujar al hombre al delirio de sustituir a Dios. Si optamos por la posición contraria, si reclamamos que la ética ponga un límite a la soberbia humana, corremos el mismo riesgo por el camino inverso, pues sólo Dios puede decirle a su hijo al hombre: "Basta, no avances más, no sigas desplegando la inteligencia que te fue dada".

No hay salida: por una vía u otra estaremos tocando límites que consideramos que nos estaban vedados.

Por eso es preferible alejarnos del planteo puramente metafísico y pasar a una reflexión más mundana sobre el tremendo punto de inflexión que nos promete el autor de Dolly. ¿Qué será de la libertad del hombre si el azar deja de regir sus destinos genéticos? ¿Es concebible la libertad sin ese margen torrencial de espontaneidad vital que nos hace rubios, morochos, gordos, altos, tailandeses o argentinos? ¿Qué será de esos eventuales seres vivos a los cuales desde el inicio mismo de su existencia les habrá sido negado el derecho más esencial de todo ser humano: el de diferenciarse?

Porque no nos engañemos: aunque la información diga que a esos clones de embrión no se les permitirá desarrollarse en fetos y su destino será únicamente el de servir como reserva de células para curar enfermedades, nadie podrá garantizar que de ese embrión no termine saliendo un ser humano. Es fácil imaginar las presiones económicas que se ejercerán para que se desarrollen niños por esa vía. Ya se habla de una lista de potenciales clientes dispuestos a pagar muchos miles de dólares por una clonación a su gusto y medida.

Además, todo lo que el hombre inventa termina siendo usado alguna vez. Que lo digan, si no, los sobrevivientes de Hiroshima.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2201, del 24 de febrero de 1999


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