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Mensaje al
Pueblo de Dios
Mensaje final de los
Congresos Misioneros COMLA VI y CAM I. Dado en Paraná, el 3 de octubre de 1999.
Del 28 de septiembre al 3 de octubre de 1999, en el umbral del tercer milenio, nos hemos
reunido en Paraná (Argentina) para la realización del VI Congreso Latinoamericano
Misionero (COMLA VI)
Por primera vez fueron invitadas las Iglesias de los Estados
Unidos y del Canadá, dando así origen al primer Congreso Americano Misionero (CAM I).
Los participantes fueron 3.000 adultos y 300 niños de la
Infancia Misionera provenientes de América del Norte, Centroamérica y Caribe y América
del Sur, junto con representantes de Africa, Asia y Europa.
El tema del Congreso fue "Cristo, vida y esperanza
para todos los pueblos" y su lema: "América con Cristo, sal de tu tierra".
Los participantes hemos proclamado con fervor la presencia de
Cristo en nuestra vida y la necesidad de anunciarlo a todos.
Sin embargo, mientras nos preparamos a celebrar con entusiasmo
en el próximo Jubileo los 2.000 años del nacimiento de Jesús, constatamos que las dos
terceras partes de la humanidad todavía no lo conocen y que en nuestro mundo, llamado
occidental y cristiano, se difunde el secularismo y una mentalidad individualista y
relativista que lleva a la indiferencia.
La actual situación se hace más difícil por los cambios
introducidos con la llegada de la globalización.
Reconocemos que la misma facilita el proceso de unidad de los
pueblos, un mayor acceso a la información; realiza un mejor servicio a la familia humana
y puede ser muy útil a la evangelización.
No obstante denunciamos con preocupación muchas consecuencias
negativas, sobre todo en sus aspectos culturales y económicos.
Nos duele el vacío espiritual de muchas personas, una nueva
escala de ideales, la pérdida de valores autóctonos, provocando la reacción de los
fundamentalismos y de los nacionalismos, y una escalada de la cultura de la muerte.
Nos escandaliza la brecha creciente entre los pocos ricos y
los muchos pobres, que pone en peligro la paz del mundo y advertimos además con
preocupación las consecuencias negativas de esta situación; que repercuten, grave y
peligrosamente, en especial sobre los excluidos: los amerindios y los afroamericanos.
Por otra
parte estamos convencidos de que la respuesta a estos desafíos es el anuncio de Cristo
como Señor y Salvador de todos, quien nos revela el rostro amoroso y misericordioso de
Dios Padre.
El mundo lo
pide y los cristianos debemos saber ofrecerlo.
Hemos escuchado en estos días los testimonios ofrecidos por
los misioneros: obispos, sacerdotes, consagrados, laicos, familias, contemplativos,
niños.
Nos han manifestado el secreto de su acción evangelizadora
realizada con variadas actividades en distintos lugares del mundo.
Nos han contagiado su ardor misionero y, como ellos,
nos sentimos en primer lugar seducidos por Cristo
y enviados por El, el misionero del Padre. Como los apóstoles decimos: "No podemos
callar lo que hemos visto y oído".
Nos sentimos enviados por la Iglesia, sacramento
de Cristo, que es esencialmente misionera.
Nos sentimos testigos del amor de Cristo y de la
Iglesia en su servicio sobre todo a los pobres y marginados económica, social y
religiosamente.
Queremos prolongar la encarnación de Jesús en la
cultura de cada pueblo, entrando en diálogo con ella, enriqueciéndola con la levadura
del Evangelio, asumiendo sus aspectos positivos y defendiéndola del peligro de su
eliminación.
Para estos valores estamos dispuestos a entregar nuestra vida
denunciando los males que destruyen la dignidad del hombre y proponiendo a todos la
plenitud de la vida humana en Cristo.
Todo esto nos exige un camino de santidad personal vivido en
la cotidianidad, con 1a conciencia de colaborar activamente en la construcción del Reino
de Dios en todo el mundo con la inquietud del apóstol Pablo "Ay de mí si no
evangelizara".
De esta manera somos conscientes de que ofrecemos a la
sociedad, redimida por Cristo, la posibilidad de una solución a los graves problemas que
la asechan y aquejan, entre ellos las luchas por distintas convicciones religiosas y los
enfrentamientos étnicos y culturales.
Después de haber compartido estas vivencias nos dirigimos:
a todo el pueblo de Dios y le
pedimos que revitalice su conciencia de que ser miembro de la Iglesia es ser esencialmente
misionero, ya que "Las perspectivas universales de la Iglesia deben ser las
perspectivas normales de la vida cristiana";
a los laicos les recordamos su
responsabilidad de colaborar con la misión evangelizadora de la Iglesia con su oración,
sacrificios, ayudas de solidaridad y disponibilidad a ser enviados a anunciar el Evangelio
"ad gentes" si sienten este llamado divino;
a los jóvenes, en particular, los
invitamos a ponerse como los apóstoles a la escucha del llamado de Jesús y con el
profeta Isaías decir: «heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame...» (Is 6,8);
a los niños les agradecemos por su
activa participación que dieron por primera vez a este Congreso Misionero y los
exhortamos a seguir colaborando con el mismo entusiasmo que han demostrado;
a las familias las alentamos a
favorecer las vocaciones misioneras de sus hijos y a estar abiertas a un eventual llamado
a una colaboración directa para la misión;
a quienes viven la vida contemplativa
les expresamos que consideramos muy importante su entrega y todos los misioneros los
sienten cerca de su trabajo apostólico y cuentan con su oración constante;
a los consagrados y consagradas los
animamos a hacer presentes los valores del Reino con su compromiso profético en el mundo,
según su propio carisma y las necesidades más urgentes de la Iglesia y de la sociedad;
a los seminaristas les pedimos que
adquieran un conocimiento de los problemas y de las necesidades de la Iglesia universal y
del mundo, manifestándose dispuestos a entregar su vida para el anuncio del evangelio
sobre todo en los lugares donde Cristo todavía no es conocido;
a los sacerdotes los exhortamos a
vivir la dimensión misionera universal que han recibido con su ordenación sacerdotal y
estar dispuestos a ir donde son más urgentes 1as necesidades de la Iglesia;
a los Obispos los animamos a meditar
junto con su presbiterio las palabras de Puebla: "Nosotros mismos necesitamos
misioneros, pero debemos dar desde nuestra pobreza" (Documento de Puebla 368)
completadas por la afirmación de Santo Domingo (I25): "No puede haber Nueva
Evangelización sin proyección hacia el mundo no cristiano", conscientes de que
"la fe se fortalece cuando se comparte";
también nos dirigimos a los responsables de
los medios de comunicación social, convencidos de la importancia que tienen para
hacer conocer, con una información objetiva, los desafíos del mundo de hoy y las
propuestas que, para solucionarlos, ofrece la Iglesia. Sólo en Cristo, Palabra de vida
eterna, el hombre encontrará el camino de la plena realización personal y del cambio
social que necesita.
Pedimos a María de Guadalupe, Patrona de América, que trajo
al nuevo continente el mensaje de fraternidad universal en el respeto de las culturas
locales, que nos dé:
la esperanza de superar las dificultades que
encontraremos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades en los umbrales del tercer
milenio;
el coraje de ser constructores de un nuevo mundo
en el amor y la solidaridad;
el ardor para anunciar el Evangelio de la vida a
todos los pueblos de todos los continentes.
Paraná, República Argentina, 3 de octubre de 1999
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2236, del 27 de octubre de
1999
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