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encuentro con sabor de fiesta


Homilía en la apertura del Encuentro Eucarístico Nacional pronunciada 
por el Enviado Especial del Santo Padre, 
cardenal Rosalio Castillo Lara, 
el 8 de setiembre de 2000.


Con esta celebración Eucarística damos solemne apertura al Encuentro que reúne a la Iglesia peregrinante en la Argentina en la noble ciudad de Córdoba.

Al comenzar esta homilía deseo presentarles el saludo paternal y cariñoso del Santo Padre, que ha querido hacerse presente por medio de su Enviado Especial.

Este Encuentro se verifica en el año 2000, cuando toda la Iglesia celebra agradecida la encarnación redentora de Dios, en el seno de María y se acoge a su infinita misericordia.

Es un Encuentro Eucarístico como lo pide el Santo Padre: "El 2000 será un año enteramente Eucarístico; en el Sacramento de la Eucaristía, el Salvador encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" (TMA, 55).

Este encuentro tiene sabor de fiesta. La alegría es su ambiente natural. La celebración de la fe es fuente inagotable de verdadera y profunda alegría. "Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres" (Flp, 4,4). Y lo es sobre todo el encuentro con Cristo, "al reconocerlo en la fracción del pan" hermano, compañero de camino y amigo fiel, siempre presente.

Este encuentro nos invita además a dar público testimonio de nuestra fe y a comprometernos a hacerla brillar en nuestro vida, a estrechar lazos de comunión fraterna y a hacer visible y tangible nuestra fraternidad para que el mundo crea.

Este Encuentro es también tiempo propicio para hacer un balance de la vitalidad cristiana de nuestras comunidades y de cómo ha penetrado el Evangelio en nuestras vidas, en las instituciones y estructuras de nuestra sociedad.

Sin caer en juicios negativos generalizados ni condenas genéricas, y sin desconocer las inmensas riquezas espirituales en santidad y en amor misericordioso que hay aún hoy día en nuestra sociedad, no se pueden negar las graves carencias en la vivencia de la fe cristiana.

No obstante los torrentes de redención y de gracia que han regado nuestra historia se notan gravísimas fallas en puntos fundamentales de nuestra religión como por un ejemplo en la fe en Dios uno y trino, en el respeto debido a la dignidad de la persona humana.

Podría decirse quizás, que nunca como hoy se ha desconocido, injuriado, y negado tanto a Dios como en esta sociedad secularizada y hedonista, que vive en ateísmo práctico, reduce su horizonte a lo intramundano erigiéndose ídolos como el poder, el dinero, el placer y la libertad convertida en valor absoluto.

Nunca han sido el odio y el desamor tan fecundos como hoy en medios y actos de destrucción, opresión y vilipendio de la persona humana y su dignidad.

Hasta en los mismos ambientes cristianos se resiente el influjo de esa mentalidad: se desdibujan los valores, languidece la fe, se opaca la esperanza y se debilita el amor; brotan los odios y las divisiones, cunde la inmisericordia. El culto que rendimos al Señor se vuelve puramente formal, superficial y nuestras relaciones con Dios y nuestras oraciones saben más a interesado mercadeo que a amorosa donación. Por eso el reproche que el Señor dirige a su pueblo por boca del profeta Isaías, como oímos en la primera lectura, nos toca directamente: "No sigaís trayendo oblación vana... no tolero falsedad" (Is 1, 13).

El profeta hace una llamada a la conversión, tan necesaria hoy como ayer y siempre, desde la ruptura del primer pecado, que hirió de muerte la naturaleza humana dejándole esa innata inclinación al mal. Oigamos al Señor que por boca del profeta nos dice:

"Aunque multipliquéis vuestras plegarias yo no os oigo.

Vuestras manos están de sangre llenas, lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido" (Is 1, 15-18).

Y en otro lugar:

"Buscad al Señor mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano.

Que el malvado deje sus caminos, el hombre inicuo sus pensamientos vuélvase al Señor que tendrá compasión de él, a nuestro Dios que será grande en perdonar" (Is 55, 6-7)

La historia del pueblo elegido es una repetida llamada de Dios por boca de sus profetas, a través de amenazas y castigos para que dejen los senderos perdidos, abandonen los ídolos y vuelvan al manantial de agua viva, a aquel que los ama con amor eterno.

Desde siempre en esa atormentada historia humana, está Dios buscando frutos de reconciliación. Dios es amor, y en relación a nosotros es sobre todo un amor compasivo y misericordioso "lento a la ira y rico en clemencia".

Pero es en Cristo donde ese amor, eterno y sin fronteras de Dios, realiza la obra cumbre de la reconciliación. Ya al asumir la naturaleza humana en la Encarnación está Dios rescatando el género humano de esa lejanía de Dios en que estaba perdido. Al hacerse hombre de Dios nos hace a todos hermanos, de su familia. Y al echarse encima nuestros pecados y subir a la cruz, con su pasión redentora y su resurrección gloriosa crea de nuevo todas las cosas.

El mundo y su historia comienzan de nuevo; pero ahora tienen consigo al Emmanuel: a Dios con nosotros (Is 7, 14). El hombre vuelve de su lejanía y aunque transite por senderos perdidos hay un Buen Pastor que se lo carga sobre los hombros para volverlo al redil; aunque se vaya a una región lejana y disipe su herencia viviendo perdidamente, hay un Padre misericordioso que espera su conversión y su regreso. "El que está en Cristo es una criatura nueva, pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios que nos reconcilió consigo por Cristo... porque en Cristo está Dios reconciliando el mundo consigo", enseña entusiasmado San Pablo (2 Cor 5, 17). Por eso Cristo es nuestra paz, porque derribó el muro de separación, el odio (Ef 2, 14).

La Nación Argentina fue evangelizada y ha dado muestras en el curso de su historia de una vigorosa vida cristiana, pero en la década del setenta el país sufrió un período de violencia, de violaciones de los derechos humanos y se produjo un dramático enfrentamiento entre hermanos que ha dejado como secuela un abismo de resentimiento, de rencor y hasta de odio.

La Argentina no puede enfrentarse al nuevo milenio con ese cáncer pernicioso en sus tejidos sociales; la comunidad cristiana no puede celebrar los 2.000 años de la encarnación redentora sin demoler ese muro de odio y alcanzar la gracia de la reconciliación.

El Señor Jesucristo derribó el muro de la separación: el odio. No podríamos nosotros levantarlo de nuevo y pretender seguir llamándonos cristianos. Es pues necesario y urgente acogerse al perdón de Dios y saberse perdonar mutuamente. El perdón no elude la justicia, pero sí hace que la exigencia de justicia no sea una venganza disfrazada. El perdón es una dimensión fundamental de nuestra fe. Lo necesitamos y lo pedimos a diario muchas veces al recitar el Padre Nuestro, y nos será dado sólo en la medida en que "nosotros perdonemos a los que nos ofenden".

Para llegar a la cercanía de Dios, para gozar de esa salvación que Cristo nos ha conquistado se requiere la conversión del corazón, un cambio de mentalidad y de vida; dejar el camino del mal y adherir al Supremo Bien. Ello representa una tarea diaria y urgente, ya que nuestra naturaleza, herida por el pecado e inclinada al mal se deja fácilmente seducir por falsos valores, inconsistentes goces que no son otra cosa que engañosos espejismos que alejan a Dios. Pero la misericordia del Señor está a la puerta y llama, como hemos oído clamar a San Pablo: "En nombre de Cristo os suplicamos: dejaos reconciliar con Dios" (2 Cor 5, 21).

El horizonte del nuevo milenio se nos presenta cargado de interrogantes y desafíos, pero también de promesas y esperanzas. ¿Cómo será la nueva sociedad? ¿Reproduciremos las fallas del pasado? Y desde una perspectiva cristiana, ¿lograremos devolver al Evangelio su fuerza de penetración y de cambio de modo que se sienta que el Reino de Dios ya ha llegado? Es un inmenso desafío para el pueblo de Dios: vivir la fe en modo profundo y coherente, que esta sociedad secularizada, engreída por sus conquistas técnicas, pero espiritualmente empobrecida, sea una verdadera civilización del amor, donde se adore y se ame a Dios, Padre de todos, y todos nos sintamos y nos portemos como hermanos, donde "el amor y la verdad se den cita, la justicia y la paz se abracen" (Ps 84, 11), donde la honestidad no sea una quimera y la moral guíe nuestras acciones.

Estas altas metas pueden ser reales si la fe guía nuestras acciones y cada uno de nosotros se convierte sinceramente y se deja reconciliar por Dios en Cristo.

Humanamente se diría tarea imposible, pero Dios, como hemos oído en el Evangelio de San Juan, nos ha dado una madre. La Virgen Santísima es Madre nuestra porque es Madre de Jesucristo, en quien hijos de Dios y hermanos, es madre de nuestra salvación porque es madre del Salvador, madre de la reconciliación, porque Ella es la criatura nueva, sin mancha; reconciliada en atención a los méritos de Cristo. Por ello el pueblo cristiano la siente como refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, reina de la paz. Ella nos guiará y ayudará en esta tarea de la reconciliación.


Córdoba, 8 de setiembre de 2000.

Cardenal Rosalio José Castillo Lara


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2283, del 20 de setiembre de 2000


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