Homilía en la clausura del Encuentro Eucarístico
Nacional pronunciada por el Enviado Especial del Santo Padre, cardenal
Rosalio Castillo Lara,
el domingo 10 de setiembre de 2000.
Hemos llegado a la conclusión del Encuentro Eucarístico Nacional. Ha
sido breve el tiempo; pero, como esperamos, rico en experiencias y frutos
espirituales.
Lo clausuraremos en esta solemne celebración
eucarística y, como nos invitan las lecturas que hemos oído,
reflexionaremos sobre este admirable misterio.
La Eucaristía es la mayor riqueza de la Iglesia, que
nace y recibe vida y vigor de ese pan de vida eterna y de esa sangre de
salvación.
La Eucaristía es el supremo don de Dios a su pueblo
peregrinante a través de los vericuetos de una historia contraseñada por
las continuas asechanzas del mal, que tiñe a menudo de odio, de soberbia y
de ateísmo su camino hacia la patria definitiva. San Pablo conoce por
directa revelación del Señor el misterio de la Eucaristía y lo narra
sucintamente a la comunidad de Corinto como acabamos de oír.
"La noche en que iba a ser entregado".
Detrás de esas palabras se encierra la dramática, infinita profundidad del
Amor de Dios que entrega a su Hijo unigénito para que dando su vida en la
cruz rescatara la humanidad perdida. "Nadie tiene amor más grande que
el que da la vida por las personas que ama" (Jn 15, 13) había dicho el
Señor Jesús. Esa entrega significaba para Jesús entrar en la hondura sin
límites del mal, echárselo encima, sufrir la traición de uno de sus
apóstoles, el abandono, el odio o la indiferencia de los que había
beneficiado. Por ello en Getsemaní Cristo suda sangre y pide "Padre,
si es posible aleja de mí este cáliz" (Lc 22, 42 ss). Su amor sin
embargo rompe todos los límites: "Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) y esa noche
instituyó la Eucaristía, memorial de su sacrificio, monumento de su eterno
amor, lejanía en lo inaccesible del misterio y cercanía en la certeza de
su presencia real. La Eucaristía es el Dios con nosotros, muerto por
nosotros, presente para nosotros.
"Este es mi cuerpo que se da por vosotros" (1
Cor 11, 24) hemos oído leer en la Epístola de San Pablo a los Corintios.
Se trata de un don total, irrevocable, único y permanente.
Es el cuerpo sacrificado y la alianza en la sangre
presentes ante Dios con su inagotable potencia redentora, siempre
disponibles al hombre con su capacidad vivificadora. Pareciera que en la
Eucaristía la eternidad entrara en el tiempo para actualizar en cada
celebración ese sacrificio intercesor sobre el que nunca se cierra la noche
del tiempo.
Cristo en la Eucaristía es el verdadero pan que nos da
vida, la fuerza que sostiene nuestra debilidad, la fuente inagotable que
vivifica. Como nos dice el Santo Padre: "La Eucaristía nos acerca a
Dios de modo estupendo. Es el Sacramento de su cercanía a la persona
humana. Dios en la Eucaristía es precisamente ese Dios que ha querido
aceptar la humanidad misma, hacerse hombre. El Sacramento del cuerpo y de la
sangre nos recuerda continuamente la divina humanidad de Cristo. La
Eucaristía es el Sacramento del descendimiento de Dios hasta el hombre, del
acercamiento a todo lo que es humano; el sacramento de la divina
condescendencia. La divina entrada en la realidad humana ha alcanzado su
culmen en la pasión y muerte. Mediante la pasión y la muerte en cruz, el
Hijo de Dios encarnado se ha convertido de manera radical en el Hijo del
Hombre; ha compartido hasta el final la condición de cada hombre. La
Eucaristía que recuerda y renueva de modo incruento la realidad histórica
de la muerte de Cristo, expresa toda la potencia de su amor. Es el
sacramento de la muerte aceptada para reconquistar la plenitud de vida"
(Discurso en la Audiencia general del 13-6-79 - Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, vol. II, 1535).
El pasaje del evangelio de San Lucas que hemos oído
proclamar nos ofrece preciosas enseñanzas y nos invita a reflexionar sobre
la presencia de Jesús en nuestras vidas.
Dos discípulos van camino de Emaús. Se les acerca
Jesús y los acompaña, pero no lo reconocen. Ya sabían del sepulcro
vacío, pero aún no creían. Ni siquiera lo reconocieron cuando el Señor,
en base a las Escrituras, les ilustra cómo era "necesario que el
Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria" (Lc. 24, 26).
El Señor cediendo a sus ruegos acepta la hospitalidad
que le ofrecen. Y sólo entonces, sentados a la mesa, lo reconocen en la
fracción del pan.
El hermoso episodio presenta un claro paralelismo con
nuestrs vidas. También nosotros vamos de camino. Nuestra condición de
"viatores" nos hace estar siempre peregrinando pues "no
tenemos aquí ciudad permanente sino que andamos buscando la futura"
(Heb 13,14)
También a nosotros se acerca Jesús y nos acompaña. Es
nuestro hermano y compañero de camino. Pero como los discípulos de Emaús
no lo reconocemos o tardamos en hacerlo.
Los dos discípulos estaban desilusionados porque sus
esperanzas de un Mesías libertador de Israel de la ocupación romana
habían quedado fallidas y, prisioneros de esa concepción temporal,
consideraban que con la muerte de Jesús todo había sido un fracaso. Por
eso no captaban las Escrituras. Les faltaba fe.
A nosotros se nos puede igualmente aplicar el reproche de
Jesús: "tardos de corazón para creer". Nos sucede frecuentemente
que nuestro modo de vivir, o determinadas circunstancias entorpecen nuestro
corazón y reducen nuestra mirada a un horizonte intramundano impidiéndonos
reconocer a Cristo en su Palabra, en su Iglesia, en nuestros hermanos y en
otras múltiples manifestaciones de su cercanía. Nos falta fe.
"Lo reconocieron en la fracción del pan".
En esa eucaristía familiar, caída ya la tarde, se les abrieron los ojos a
los discípulos y reconocieron al Señor resucitado. Comprendieron entonces
por qué les ardía el corazón mientras les hablaba Él por el camino y
corrieron, ya entrada la noche, a compartir su alegría con sus hermanos.
Estamos en el umbral de un nuevo milenio, no sabemos
cómo será el futuro; pero sí sabemos que debemos caminar con Cristo como
guía y compañero: mantener despierto el corazón para descubrir su
presencia y vivir bajo la luz de su mirada y caldeados al rescoldo de su
amor.
Para los cristianos el nuevo milenio representa un gran
desafío: hacer a Cristo más presente en la sociedad, más conocido, más
amado, más seguido; que los valores de su Evangelio impregnen el tejido
social; que haya honestidad, rectitud, justicia, paz y sobre todo que haya
amor que fundamente la fraternidad cristiana, la solidaridad, el verdadero
progreso.
La fracción del pan. Así llamaban a la Eucaristía
los primeros cristianos. Ese título hace alusión al compartir, al estar
juntos, a la comunión. "Lo reconocieron en la fracción del pan"
(Lc 24, 35). En la Eucaristía, pan de vida que se da, encontramos a Cristo,
fuente inagotable de vida verdadera para cada uno de nosotros y para el
mundo.
Quisiera concluir con un pasaje de la homilía que el
Santo Padre dirigió el domingo 20 de agosto a los dos millones de jóvenes
de más de 169 países reunidos en Roma para la Jornada Mundial de la
Juventud. He aquí las palabras del Papa: "La Eucaristía es el
sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. El nos
ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta
de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el
trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura
los días de nuestra existencia y también cuando, en el momento de dolor,
permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las
pruebas más duras, Él nos hace escuchar su voz.
Sí, queridos amigos, ¡Cristo nos ama y nos ama siempre!
Nos ama incluso cuando lo decepcionamos, cuando no correspondemos a lo que
espera de nosotros. Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia.
¿Cómo no estar agradecidos a este Dios que nos ha redimido llegando
incluso a la locura de la cruz? ¿A este Dios que se ha puesto de nuestra
parte y está ahí hasta el final?
Celebrar la Eucaristía "comiendo su carne y
bebiendo su sangre" significa aceptar la lógica de la cruz y del
servicio. Es decir, significa ofrecer la propia disponibilidad para
sacrificarse por los otros, como hizo Él.
De este testimonio tiene necesidad urgente nuestra
sociedad, de él necesitan más que nunca los jóvenes, tentados a menudo
por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el
hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del
sin-sentido, de la violencia.
Es urgente cambiar de rumbo y dirigirse a Cristo, que es
también el camino de la justicia, de la solidaridad, del compromiso por una
sociedad y un futuro dignos del hombre" (Juan Pablo II).
Córdoba, 10 de setiembre de 2000.
Cardenal Rosalio José
Castillo Lara