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LA ARGENTINA ESTA COMPROMETIDA
EN LA PROTECCIÓN DE LA VIDA
Discurso del arzobispo Renato
R. Martino, Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas
Me
es muy grato participar en este importante evento y me siento honrado de haber sido
invitado a tomar parte de él.
Este
siglo está rápidamente llegando a su conclusión. Estos han sido, posiblemente, cien
años como pocos en la historia del mundo. La gente y los hechos de este siglo, tanto los
más exitosos como los más infames, serán recordados en nuestra historia por las
generaciones que vendrán. Los que han causado admiración por su grandeza, como los que
han causado indignación por su bajeza.
Muchos
de nosotros tenemos diferentes opiniones acerca de cuáles deberían ser los hechos más
significativos de los años pasados. Digo significativos, en razón de sus efectos sobre
nuestras vidas y las vidas de los pueblos que nos rodean, sobre nuestras familias,
nuestras naciones y el mundo.
Creo
que uno de los fenómenos más importantes (pese a que no puede ser considerado un hecho
único), es el cambio de actitud que ha avanzado en forma arrolladora sobre la sociedad.
Este
cambio puede ser apreciado en las transformaciones que se han producido en relación con
un egoísmo autocén-trico; una especie de egolatría que ha en-ceguecido a demasiada
gente, no permitiéndole reconocer la dignidad humana.
Durante
nuestra vida hemos visto, en muchas partes del mundo, conflictos armados, homicidios en
masa y genocidio, que han aterrado inclusive a muchos de nosotros, que recordamos los
horrores de la Segunda Guerra Mundial.
En
muchos países hemos sido testigos de la legalización del aborto, así como de una
creciente aceptación del suicidio.
Sabemos
de lugares en el mundo donde, por causa de ser niñas y no niños, las recién nacidas son
abandonadas o eliminadas.
Hemos
leído historias de personas ancianas o discapacitadas, a quienes se les causa la muerte
porque son vistas como un estorbo para la sociedad.
Este
es el mundo en el cual ahora vi-vimos y éste es el mundo que pasaremos a los niños de la
próxima generación.
Es
por causa de esta nueva egolatría, que las personas de buena voluntad deberán trabajar
muy duramente para reparar los males del mundo. Todos los días nos confrontamos al
desafío de luchar cada vez más duramente, no sólo por el respeto a la vida y a la
dignidad de la persona, sino también para que comprendamos que cada uno de nosotros
pertenece a la familia humana, compartiendo en ella todas las alegrías y las angustias
que el mundo nos va ofreciendo.
Ello
no implica pretender que no existan problemas reales; no podemos negar que hay gente que
sufre como consecuencia de la guerra y de conflictos armados. Lo mismo puede afirmarse
respecto de los refugiados, personas desplazadas o migrantes.
Reconocemos
que demasiada gente, por todo el mundo, vive en el miedo o es víctima de la pobreza, del
hambre o de falta de vivienda; de desnutrición, de enfermedades, de falta de
instalaciones sanitarias apropiadas y de agua potable; de la explotación que les roba su
dignidad, sea sexual, psicológica o como resultado de condiciones de trabajo peligrosas.
Como
Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, he tenido el honor de
representar a la Iglesia Católica en el trabajo de la Comunidad Internacional. La Santa
Sede se esfuerza por llevar a los foros mundiales el mensaje del Evangelio. En los años
que llevo en este cargo, he sido testigo de primera mano, de estos fenómenos de egoísmo
e individualismo.
Durante
los últimos diez años, las Naciones Unidas han organizado conferencias, en el intento de
resolver muchos de los problemas mundiales.
En
1990, la Cumbre Mundial para los Niños se refirió a las necesidades de éstos y a la
importancia de protegerlos como el futuro de la humanidad. Aún cuando discutimos acerca
de su dignidad, muchos quisieron encontrar maneras de robarles su inocencia.
La
Conferencia de Río de 1992 sobre Medio Ambiente y Desarrollo, atrajo nuestra atención
hacia el futuro y el desarrollo económico sostenible. Fue allí cuando se recordó al
mundo la terrible pobreza, la creciente angustia y falta de esperanza en que vive mucha
gente.
En
la Conferencia de El Cairo sobre Población y Desarrollo de 1994, los líderes del mundo
discutieron los problemas derivados de un crecimiento demasiado rápido de la población
cuando, de hecho, el crecimiento de la población se había tornado más lento en los
años recientes. El aborto y la anticoncepción se convirtieron en el principal tema de la
Conferencia, mientras las necesidades de los pobres y las esperanzas de soluciones a los
problemas económicos fueron casi olvidadas.
La
Cumbre de Copenhague sobre el Desarrollo Social, que tuvo lugar en 1995, fue una
oportunidad de encontrar formas para resolver muchas cuestiones que parecen enervar
derechos fundamentales y la posibilidad de crecer social y económicamente. El resultado
de la Cumbre ha sido rápidamente dejado aparte y olvidado.
Durante
la Conferencia de Pekín, en 1995, fueron tratadas cuestiones relacionadas con la mujer.
Pese a que la salud y la dignidad de la mujer fueron dos de los temas de discusión, la
Conferencia se tornó un foro en el cual la dignidad de la mujer fue, de hecho, erosionada
por aquellos que proclamaban defenderla.
Finalmente,
en 1996, en la Conferencia Hábitat en Estambul, Turquía, fueron discutidos el derecho al
asentamiento y los problemas crecientes derivados del aumento de la urbanización. Las
respuestas a las preguntas que deberían haber sido fundamentales, como razón para la
acción, fueron avasalladas por la amenaza contra derechos humanos reconocidos.
A
lo largo de todas estas Conferencias, he sido testigo de la creciente oscuridad de la
cultura de la muerte, que rechaza tomar conciencia de que cada uno de nosotros está hecho
a imagen y semejanza de Dios.
Al
mismo tiempo, he tenido también la oportunidad de experimentar la firme convicción de
aquellos países que han optado por defender los principios y la santidad de la vida, el
papel de la familia y los deberes y responsabilidades de los padres.
Jesús
contó la historia del padre y sus dos hijos. Él le pidió al primero ir a la viña y el
hijo respondió "Estoy en camino, Señor", pero nunca fue. Luego, el padre le
dijo la misma cosa al segundo hijo, que replicó "No, no iré"; pero luego
lamentó su respuesta y fue a la viña.
Esta
historia es muy similar a la historia de los países que se llaman a sí mismos
"hijos de la Iglesia Católica". Algunos se aferran a ese título, recordando a
otros su gran fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia, mientras, en realidad, vuelven la
espalda a muchas de las cosas que la Iglesia enseña y sostiene. Estos países representan
el primer hijo.
Al
mismo tiempo, hay naciones y sus autoridades que simplemente se dedican a las cuestiones
propias de su liderazgo, trabajando por hacer un poco mejores las vidas de sus pueblos.
Estos representan al segundo hijo de la historia; Gobiernos que guían a sus pueblos y, al
mismo tiempo, protegen los principios de la voluntad de Dios.
Pero,
¿puede la promoción de la vida ser considerada como una cuestión simple?
Con
la firma del Decreto 1406, estableciendo el 25 de marzo, Día de la Anunciación del
Señor, como una jornada para la conmemoración de los niños por nacer, el Presidente
Menem ha involucrado a la Argentina y a su pueblo en la atmósfera y la protección del
Evangelio, la palabra de Dios. Con ello, ha situado a las enseñanzas de Jesucristo como
centro de la vida para cada hombre, mujer y niño en la Argentina.
No
solo eso, sino que también con la firma del Decreto, ha desafiado a los líderes de cada
país, especialmente de aquellos países que se llaman a ellos mismos católicos o
cristianos, a hacer lo mismo, es decir, a asumir el compromiso de la protección de la
vida.
Este
desafío ha sido reconocido y recomendado por el Papa Juan Pablo II en la carta personal
al Presidente Menem, fechada el pasado 9 de marzo.
Ahora
nosotros llamamos a aquellos países y a sus líderes a seguir el ejemplo que se ha hecho
aquí y a alzarse en contra de un mundo que continúa creciendo de un modo más secular y,
debo decir, cada día más alejado de Dios.
La
Fiesta de la Anunciación nos recuerda la presencia de Dios. Esta no puede ser negada.
Intentar dejar de lado, ignorar a Dios, es negar Su amor y su piedad misericordiosa.
Negar
la presencia de Dios es rechazar la esperanza en una vida eterna y someternos nosotros
mismos a una existencia velada por las lágrimas, sin ninguna esperanza en un futuro más
allá de esta vida. Entonces las palabras de San Pablo en la Carta a los Gálatas parecen
ciertas. Nos convertimos en el más lastimoso de los pueblos.
Con
esta dedicación, el pueblo de la Argentina dice no a esa desesperación. Ustedes dicen no
a esa ausencia de Dios y a lo que el mundo trata de forzarnos a creer.
Puedo
decir, de mi experiencia en las Naciones Unidas, que la Argentina es ahora uno de esos
países que tratan de seguir los principios fundamentales de los derechos humanos y de la
dignidad de la persona humana. La Argentina ha reconocido que la persona humana tiene
derecho a la vida, es el centro del desarrollo y que la familia es la unidad básica de la
sociedad y merece ser apoyada y protegida.
Y
me honro en decir que la Argentina ha trabajado estrechamente con la Santa Sede y un
puñado de países que comparten sus posiciones, uniéndose en la lucha por la promoción
de los derechos y la dignidad humana.
Siempre
en estas Conferencias he encontrado a los delegados argentinos firmes y valientes en la
defensa de estos principios. Debo mencionar en particular al Embajador Esteban Juan
Caselli, quien en Roma con su presencia y en las otras conferencias con su asistencia, ha
sido el portavoz inteligente y activo del Presidente Menem.
Argentina
ahora afirma su fe en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad de cada persona,
en cuanto todos nosotros hemos nacido libres e iguales y por eso cada persona tiene el
derecho a la vida, la libertad y la seguridad.
Ahora
todos reconocen que la Argentina es una nación que respeta la vida de cada persona, tanto
nacida como no nacida. La Argentina es un país que se ha comprometido en la protección
de la vida. La Argentina es un país que es consciente de la relación que todos nosotros
tenemos los unos con los otros y con la familia humana. La Argentina es un país que tiene
un Presidente que se preocupa profundamente por su pueblo y que se ha comprometido en la
promoción y protección de esos principios fundamentales: el derecho a la vida y a la
dignidad humana.
Con
esto, se ha comprometido no sólo a la protección de la vida y la dignidad del niño por
nacer sino también de la vida y la dignidad de cada persona, desde el más joven hasta el
más anciano, desde el más fuerte hasta el más débil, desde el más rico hasta el más
pobre.
Señor
Presidente, deseo agradecerle el haber asumido este ferviente compromiso y tomado esta
fuerte posición en contra de aquellos, quienesquiera que sean, que puedan albergar alguna
duda sobre la humanidad del niño por nacer.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2209, del 21 de abril de 1999 |