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EN LA ARGENTINA LA DEFENSA DE LA VIDA
ES POLÍTICA DE ESTADO
Discurso del Presidente
Carlos S. Menem
Yo
quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón, las expresiones que nuestros
ilustres visitantes han dado mediante mensajes y reflexiones a nuestra comunidad, a
nuestro pueblo, respecto de mi país y de mi humilde persona.
Como
ustedes comprenderán, después de estos mensajes, es muy difícil que lo que yo pueda
decir tenga algo de novedoso. Fundamentalmente, les quiero manifestar que todas mis
expresiones salen desde el corazón, desde mi ser, desde mis sentimientos y desde mi
espiritualidad para que todos sigamos luchando por la vida en contra de la cultura de la
muerte que algunos países de la Tierra han puesto, evidentemente, en marcha desde hace ya
bastante tiempo.
Esta
fecha, 25 de marzo, elegida por este humilde servidor de ustedes, no ha sido casual, pues
como se dijo aquí, corresponde al Día de la Anunciación del Arcángel San Gabriel a la
Santísima Virgen María.
Luego
de la gestación, Nuestra Señora dio a luz a Jesús, hijo de Dios, redentor del hombre y
Señor de la historia.
Es
por ello, que reafirmando nuestra decidida posición a favor de la vida y la familia
humanas, en total coincidencia con los principios sustentados por la Santa Sede, he
querido con este acto manifestar, de modo explícito, nuestra voluntad de dar adecuada
protección al niño por nacer, ser tan frágil e indefenso.
Tal
celebración tiene por objeto una reivindicación de la existencia de la vida humana desde
el mismo momento de la concepción. Asimismo, constituye una reafirmación de los derechos
esenciales de la persona humana derivada de su intrínseca dignidad en tanto creada a
imagen y semejanza de Dios.
La
dignidad del ser humano es un principio fundamental que debe orientar el accionar tanto de
las personas como de las instituciones y sin duda, de los Estados, siendo éstos los
principales responsables de la tutela del bien común. Es un deber primordial colocar en
la base de todas sus acciones, el resguardo de la dignidad de las personas.
En
su mensaje para la celebración de la Primera Jornada Mundial de la Paz, Su Santidad, Juan
Pablo II, hizo referencia a lo pernicioso de los efectos del consumismo materialista en el
cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones
personales, se convierten en el objetivo último de la vida.
En
esta perspectiva, las repercusiones negativas sobre los demás, son consideradas del todo
irrelevantes: rechazo al prójimo, voluntad de afirmar la propia individualidad y de
alcanzar la conveniencia personal sin reparar en el bien de los demás. He aquí la raíz
de los grandes males que azotan a la sociedad.
La
violencia y la muerte obedecen a la misma lógica. ¿Por qué no matar si de ello se puede
obtener una satisfacción personal?
Es
la pregunta que hace ese tipo de razonamiento. Entonces, cabe preguntarse: ¿Y qué pasa
con el niño que aún no ha visto la luz? No puede hablar, no puede defenderse, ni
siquiera lo podemos ver.
Es
quien realmente necesita todo, es el más indefenso, en definitiva, es el más vulnerable
a los impulsos del egoísmo.
En
efecto, según la cultura del egoísmo, un niño puede frustrar expectativas, aspiraciones
y ambiciones individuales. En este caso, esa cultura lo condenará a muerte en una
decisión arbitraria e inapelable. Todo ello fundado en un supuesto derecho a la
autorrealización personal.
Lo
que esta forma de razonar olvida es que la realización individual no puede ni debe
alcanzarse en desmedro de la vida. La vida humana es sagrada, es inviolable y nadie puede
arrogarse el derecho a privar a otro de ese don que Dios, en un acto de infinito amor,
concede cotidianamente al hombre.
En
su encíclica Evangelium Vitae, Su Santidad expresó que la eliminación directa y
voluntaria de un ser humano inocente, es siempre gravemente inmoral.
Las
antedichas palabras nos permiten claramente afirmar que el aborto es la típica expresión
de la cultura del egoísmo, que no vacila en recurrir a este crimen a fin de salvaguardar
el provecho o el beneficio individual. Es una de las formas más terribles en que se
manifiesta esta pretendida cultura, ya que entraña una agresión al más indefenso de
todos los seres.
Contra
esta cultura del egoísmo y de la muerte, se alzan en todo el mundo voces en defensa de la
vida. En múltiples ocasiones, el Santo Padre ha formulado llamados a las naciones a
terminar con la práctica del aborto.
En
el ámbito de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales a su vez, los
delegados de la Santa Sede le han recordado a la comunidad internacional que no existe un
supuesto derecho al aborto.
Las
intervenciones y declaraciones realizadas por ellos y por varios Estados que comparten la
misma concepción del hombre y del valor de la vida entre ellos Argentina-,
demuestran que en el mundo existen varias voces que siguen clamando contra el
individualismo desenfrenado.
La
Argentina, como nación de tradición cristiana, siempre protegió la vida desde el
momento de la concepción. Tal principio ha sido consagrado por normas de fuente
constitucional y legal.
Es
por ello que cuando fui honrado por mis compatriotas al ser elegido Presidente de la
Nación, consideré que había llegado el momento de proclamar ante el mundo la defensa de
este principio tan arraigado en la esencia de nuestra nacionalidad.
Por
ello, la Argentina ha colocado entre las prioridades de su política exterior, una firme y
decidida acción en defensa de la vida coincidiendo con los principios que tan
valientemente ha venido sosteniendo la Santa Sede.
Los
múltiples pronunciamientos en Naciones Unidas y en diversas conferencias internacionales,
son una prueba cabal de ello.
Mi
gobierno considera que la salvaguarda de tales principios, es esencial para el bien de la
humanidad en general y de la Nación Argentina en particular. Por ello, la misma debe ser
considerada una política de Estado.
La
colaboración entre la Argentina y la Santa Sede, se ha manifestado en los últimos años
al debatir la comunidad internacional importantes cuestiones que hacen al futuro de la
humanidad. Baste para ello recordar la Conferencia de Río de Janeiro sobre medio ambiente
y desarrollo, en 1992; las conferencias de El Cairo, sobre población y Pekín, sobre la
condición de la mujer, respectivamente en 1994 y 1995; la conferencia de Estambul,
Hábitat 2, en 1996 y hace pocos meses, en julio de 1998, la conferencia diplomática de
Roma para el establecimiento de una corte penal internacional donde la Argentina tuvo un
significativo y trascendental rol.
No
es fácil asumir una posición principista en estos temas. Las fuerzas que se oponen son
muchas y muy influyentes en el plano político, económico y social como se ha expresado
aquí a través de los dignatarios que han hecho uso de la palabra.
Sus
mensajes, muchas veces ambiguos e indirectos, tienen fácil acogida no sólo en el mundo
de las relaciones internacionales, sino, inclusive, en sectores de nuestro propio país.
Sin
embargo, quienes creemos en la vida no tenemos dichas dificultades, puesto que la justicia
de una causa es segura garantía del triunfo final.
Estas
consideraciones me llevan a explicar ahora el sentido de la celebración que estamos
realizando hoy. Creo que ha llegado el momento en que quienes defendemos la vida debemos
hacer algo más que reaccionar ante algunas manifestaciones contrarias a la dignidad de la
persona humana. Debemos además, salir al mundo a proclamar sin temor la condición de ser
humano que tienen los niños por nacer, a crear en los hombres y en las naciones la
convicción de que la vida no debe quitarse a nadie y menos aún, a los más débiles e
indefensos. Debemos, en definitiva, convertirnos en heraldos de la cultura de la vida.
Por
ello, es mi aspiración que esta iniciativa que hoy presentamos para honrar a los niños
por nacer, pueda ser adoptada para un gran número de naciones.
A
tal fin, les he dirigido, como se ha dicho aquí y se ha leído, una carta a los jefes de
Estado y de Gobierno de América Latina, España, Portugal y Filipinas. En la misma, los
he invitado a unir nuestros esfuerzos en defensa de miles de niños que diariamente se ven
privados por la mano del hombre del don de la vida que Dios les ha dado en su infinita
bondad.
Querido
Cardenal: yo no conocía la cifra que usted ha dado de lo que ocurre en su país. Ojalá
que Dios bendiga a mi país, a esta Argentina, para que estos hechos y estas situaciones
no ocurran, para que todos, más allá de nuestras dificultades y de nuestras diferencias
en el campo de lo político, podamos defender cada día con más fuerza, con más
entereza, con más convicción la vida y, especialmente, la vida de los niños desde el
momento mismo de su concepción.
La
iniciativa que hoy proponemos podría adquirir así un carácter regional y proyectarse
con más fuerza ante las demás naciones de la Tierra.
El
13 de noviembre de 1998, día que tuve el honor y la dicha de haber sido recibido por el
Santo Padre, señalé que había llegado el momento de intensificar y profundizar la
defensa de la vida, combatir con nuestras fuerzas, con las que podamos, con las armas que
tenemos el crimen que significa el aborto.
Iniciemos
pues esta lucha pacífica pero no menos intensa y comprometida para crear en los corazones
de los hombres y de las naciones la convicción de que el amor vence al egoísmo y la vida
vence a la muerte.
Ruego
encarecidamente a los dignísimos representantes de la Santa Sede, tengan a bien comunicar
a Su Santidad que hoy se ha concretado la iniciativa que conversamos aquel 13 de
noviembre. Ella no tiene ninguna connotación política ni sectorial y se funda
exclusivamente en nuestras profundas convicciones cristianas y en nuestra voluntad de
dejar para la posteridad un claro mensaje a favor de la vida.
Pidamos
a Nuestros Señor Jesucristo, que por intercesión de Nuestra Señora de Luján, nos
conceda ver realizado su reinado de amor en nuestra patria y en el mundo entero; que todos
los hombres y las naciones, superando la violencia y la muerte, abracen la cultura de la
vida y la esperanza abriendo de par en par las puertas a Cristo.
Este
es mi mensaje, éstas son mis convicciones que espero sean las convicciones de todos los
argentinos y de todos los pueblos de la Tierra.
Que
Dios los bendiga, muchísimas gracias.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2209, del 21 de abril de 1999
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