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HAY QUE DESENMASCARAR LAS METIRAS
QUE
SE USAN PARA JUSTIFICAR EL ABORTO
Discurso del Cardenal Bernard
Law, Arzobispo de Boston
Permítame
expresarle, señor Presidente, mi profunda gratitud y admiración por esta espléndida
iniciativa que nos ha reunido en este lugar para conmemorar el compromiso de la Argentina
en defensa del derecho a la vida de los que están por nacer.
Las
palabras que he usado, "profunda gratitud y admiración", no han sido elegidas
ligeramente.
Mi
propio país, cuyos documentos de fundación afirman el derecho a la vida como inalienable
y como don especial de Dios, ha caído víctima de la cultura de la muerte. Cada día que
pasa, y repito: cada día, se llevan a cabo dos mil abortos legales en los Estados Unidos
de Norteamérica.
Los
esfuerzos que se están haciendo para terminar con la más bárbara forma de aborto que es
el aborto durante el nacimiento, han fallado ya dos veces en estos últimos años. Nuestro
Congreso ha votado dos veces a favor de la prohibición de esta forma de aborto de
nacimiento parcial, pero el Presidente Clinton ha dado su veto en estas dos ocasiones;
este veto del Presidente no ha podido ser rechazado por el Congreso a causa de no tener
suficientes votos. Con vergüenza debo confesar que se cuentan legisladores católicos
entre los que no apoyaron esta prohibición.
En
lugar de ser invitado por mi Presidente a defender la vida, yo me he encontrado
participando, junto con otros Cardenales, Obispos y gente de buena voluntad, en
demostraciones públicas pidiendo un cambio de mentalidad en el Presidente y en el
Congreso. En esto hemos estado actuando externamente. Hace casi tres años, en un día de
lluvia, el 1º de abril de 1996 participé en una vigilia de oración delante de la Casa
Blanca. El 12 de diciembre de 1996, en las gradas del Capitolio me reuní con todos los
Cardenales de los Estados Unidos y presentamos miles y miles de peticiones solicitando la
prohibición del aborto de nacimiento parcial.
¡Que
contraste tan feliz, señor Presidente, el ser invitado por usted a participar en esta
celebración de la vida!
Su
Santidad Juan Pablo II, ha hecho un llamamiento a la Iglesia de América para que se
reconozca más hondamente su unidad, su comunión y también una renovada solidaridad en
el servicio de los demás especialmente los más necesitados.
La
presencia del Arzobispo de Boston en esta reunión histórica en Buenos Aires expresa la
comunión que une a la Iglesia en la Argentina y en los Estados Unidos, y también la
solidaridad que debemos mostrar hacia los pobres y los débiles. ¿Quién, en verdad, es
más vulnerable hoy que el niño que empieza el camino de su vida en el seno de su madre?
¿Cómo
puede ser que la vida en su propio origen esté en tanto peligro en nuestro mundo de hoy?
El hecho es que, sin embargo, millones y millones de dólares son gastados anualmente por
gobiernos y fundaciones filantrópicas apoyando programas que no sólo presentan el aborto
como aceptable, sino también como expresión de libertad.
Qué
perversión de significado es defender el aborto en nombre de una "libertad de
opción" o de unos "derechos reproductivos". No puede haber libertad fuera
de la verdad. Jesús dijo: "Ustedes conocerán la verdad y la verdad los hará
libres" (Jn. 8, 32). En mi propio país se ha emprendido una campaña eficaz contra
el derecho a la vida de los niños por nacer, en nombre de la "libertad de
opción". En las Conferencias Internacionales patrocinadas por las Naciones Unidas,
se han invocado "los derechos reproductivos" para camuflar el ataque a la vida
de los niños por nacer. ¿Tenemos que creer que la sociedad moderna no tiene más que
ofrecer a la mujer embarazada, sola, pobre y agobiada, que dinero para que mate a su
propio hijo?
Si
ahora, al final del más violento de los siglos, nos estamos preparando para entrar en el
nuevo milenio con la esperanza de construir una civilización de amor y una cultura de
vida, entonces debemos empezar por nombrar la obscuridad. Las mentiras que se usan para
justificar el aborto deben ser desenmascaradas. El privar la vida a un ser humano inocente
ha sido siempre un monstruoso mal moral. Cuando el derecho fundamental a la vida está en
riesgo, como lo está siendo en nuestro mundo de hoy, entonces toda forma de vida y todos
los demás derechos están también en peligro. No existe la libertad donde se viola el
derecho a la vida del inocente.
Lo
que estamos haciendo hoy aquí tiene significado solamente si nos ayuda a renovar nuestro
compromiso de respetar la vida de todo ser humano, desde el momento de la concepción
hasta el último momento de muerte natural. Qué cosa tan maravillosa sería si esta
iniciativa del Presidente de la Argentina inspirase un movimiento de defensa de la vida en
toda la América - Sur, Norte y Central. Todas las naciones de este hemisferio deberían
ser llamadas a una nueva globalización motivada por un interés por la persona humana.
Del
corazón de esta nación católica puede salir un reto a los gobiernos del hemisferio a
ser defensores de la vida, de la familia y de los pobres. Con demasiada frecuencia las
fuerzas dominantes de la globalización de hoy día se constituyen en oposición a la vida
y desentendidos de la familia, ensanchando más la separación entres ricos y pobres.
Un
compromiso a defender el derecho a la vida de los niños por nacer tiene credibilidad
solamente si está unido a la defensa de todos los otros derechos humanos.
La
Iglesia celebra hoy la fiesta de la Anunciación. Recordamos ese acontecimiento
trascendental en que la Virgen María respondió con todo su ser a la Palabra de Dios
dando su "Fiat". En el prólogo del Evangelio de San Juan este acontecimiento se
describe bellísima-mente de esta forma: "La Palabra se hizo carne y habitó entre
nosotros". Nueve meses antes de nacer, Jesús o Emanuel que significa Dios con
nosotros, empezó su vida terrena en el seno de María, su Madre.
Por
medio de este misterio de la Encarnación podemos ver más claramente la imagen de Dios en
cada uno de los seres humanos. El Concilio Vaticano II nos enseña y Juan Pablo II nunca
cesa de recordarnos que Jesucristo no solamente nos revela a Dios, sino que también
"manifiesta plenamente el hombre al propio hombre" (G.S., 22). En Jesucristo
vemos revelada la dignidad de cada ser humano, en Jesucristo vemos la supremacía de la
persona humana en el orden de la creación.
Todo
sistema político, todo orden económico que no tenga a la persona humana en un puesto
central no merece nuestro tiempo ni esfuerzo. Si es verdad, y lo es, que la Iglesia está
en constante necesidad de evangelización y de renovación, también debe serlo para los
sistemas políticos y económicos. En esta renovación que tiene como finalidad la
creación de una civilización de amor y una cultura de vida, la doctrina social de la
Iglesia Católica es un recurso privilegiado. Esa enseñanza, basada en el concepto clave
de la dignidad inviolable de la persona humana, defiende los derechos de todos. La
doctrina católica social auténtica nunca podrá reducirse meramente a una empresa
confesional. Después de todo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, quien nos ha enseñado a
verlo a El en el rostro del hambriento, del sediento, del desnudo, del extranjero, del
enfermo y del encarcelado.
Muchas
gracias, señor Presidente, por el honor de esta invitación. Gracias por la esperanza que
esta iniciativa nos inspira a todos. Que Dios le conceda a usted y a su Nación la
sabiduría y la voluntad de ser persistentes en la defensa del derecho a la vida, y de
todos los derechos humanos. Que su rol sea un liderazgo en la construcción de una nueva
globalización y una solidaridad del hemisferio en defensa de la persona humana.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2209, del 21 de abril de 1999
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