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EL SEÑOR SIGUE OBRANDO EN
SU PUEBLO
Saludo
navideño del administrador diocesano de Santiago del Estero,
monseñor Domingo E.
Michelini.
A los
hermanos y hermanas santiagueños:
1.
Que
tengan todos una feliz y santa Navidad, y con la Palabra que hemos rezado en el Salmo, «cantemos
al Señor un canto nuevo, porque nos ha nacido un Salvador que gobernará al mundo con
justicia y a los pueblos con verdad" (Si. 95)
Que
tengan todos una feliz y santa Navidad, y con la Palabra que hemos rezado en el Salmo, «cantemos
al Señor un canto nuevo, porque nos ha nacido un Salvador que gobernará al mundo con
justicia y a los pueblos con verdad" (Si. 95)
Feliz y santa
Navidad a todos los hermanos que conviven en Santiago del Estero, a aquellos que comparten
nuestra fe y a todos los de buena voluntad, que trabajan animados por la esperanza en una
vida nueva.
2.
Hemos
vivido un año más en nuestra preparación para el gran Jubileo Universal, período que
la Iglesia dedicó al Espíritu Santo y a la virtud de la Esperanza.
Hemos
vivido un año más en nuestra preparación para el gran Jubileo Universal, período que
la Iglesia dedicó al Espíritu Santo y a la virtud de la Esperanza.
Históricamente,
el Jubileo era un tiempo que Dios daba como un regalo para la justicia social, para
adecuar el mundo a su proyecto. Durante ese lapso, en el pueblo, las deudas quedaban
eximidas, los que habían perdido su tierra la volvían a recuperar, los esclavos eran
liberados. Ese mismo espíritu es el que queremos vivir como Iglesia, llegando al tercer
milenio de vida cristiana. Es tiempo de gracia y reconciliación.
3.
En su
último saludo de Navidad, nuestro querido Padre Obispo Gerardo Sueldo nos decía que «en
1998 comenzamos a celebrar el año del Espíritu Santo: el que fecundó a María, el
Espíritu transformador de la sociedad, el Espíritu de comunión de los hombres con Dios
y entre nosotros, el Espíritu que nos hace libres, el Espíritu que nos impulsa a
evangelizar nuestra realidad, que nos desafía a mirar esta Patria en que vivimos y este
Santiago que padecemos» (Mons. Gerardo Sueldo - Mensaje de Navidad - Diciembre de
1997).
En su
último saludo de Navidad, nuestro querido Padre Obispo Gerardo Sueldo nos decía que «en
1998 comenzamos a celebrar el año del Espíritu Santo: el que fecundó a María, el
Espíritu transformador de la sociedad, el Espíritu de comunión de los hombres con Dios
y entre nosotros, el Espíritu que nos hace libres, el Espíritu que nos impulsa a
evangelizar nuestra realidad, que nos desafía a mirar esta Patria en que vivimos y este
Santiago que padecemos» (Mons. Gerardo Sueldo - Mensaje de Navidad - Diciembre de
1997).
4.
Hoy
celebramos esta Navidad sin su presencia física, pero con el consuelo de sentir la
cercanía de la Iglesia como Madre que comparte nuestras angustias y esperanzas. En este
contexto, nos sentimos urgidos a hacer un examen de conciencia de lo que hemos vivido, a
preguntarnos si en nuestra Iglesia y en nuestra Provincia hemos sido fieles al impulso del
Espíritu Santo y si fuimos testigos de la Esperanza.
Hoy
celebramos esta Navidad sin su presencia física, pero con el consuelo de sentir la
cercanía de la Iglesia como Madre que comparte nuestras angustias y esperanzas. En este
contexto, nos sentimos urgidos a hacer un examen de conciencia de lo que hemos vivido, a
preguntarnos si en nuestra Iglesia y en nuestra Provincia hemos sido fieles al impulso del
Espíritu Santo y si fuimos testigos de la Esperanza.
¿Cómo no
preguntarnos si la Justicia favoreció al débil y al inocente, o protegió a los
culpables que muchas veces se amparan en las sombras de los poderes políticos y
económicos?
¿Cómo no
interrogamos si el Estado, que entregó a manos privadas los elementos de la vida: el
agua, la tierra, la posibilidad de trabajar, lo hizo salvaguardando el derecho a que todos
pudiesen tener una vida digna? ¿Serán servicios a la mejor vida de la gente, o solamente
al lucro de algunos?
La Democracia
que avanza en el almanaque del país, ¿se manifiesta en un estilo de vida en libertad y
en participación, en donde se respeten las leyes y las Instituciones, o todavía miramos
los hechos «con la pasividad y la resignación propia de una cultura de miedo y
sometimiento, siendo testigos de manejos impunes y descarados del poder»?
¿Cómo no
sentirnos desorientados si casi diariamente aparecen distintas autoridades sin saber de
dónde salen y quién los cambia?
¿Hacia
dónde apunta la educación en su organización e implementación? ¿a formar
santiagueños libres y responsables, o simplemente a amaestrarnos?
¿Cómo no
preguntarnos si el trabajo, la vivienda, la salud fueron para los que simplemente lo
necesitan o para los que deben seguir pagando por ellos con aplausos y votos?
¿Cómo no
considerar real la sensación de inseguridad en esta sociedad, que decimos civilizada, al
no sentirnos protegidos ni alentados por los responsables y custodios de nuestros bienes y
personas?
¿Cómo no
revisar nuestra vida de hombres y mujeres bautizados para descubrir si hemos mostrado con
una vida honesta, libre del servilismo que corrompe, nuestra total consagración a Dios y
al mundo que debemos transformar, o si por el contrario, permanecimos con la conciencia
amordazada frente a quienes nos prometen parte de su reino si los adoramos?
¿Que tendrá
de cierta la impresión de que la conciencia de los cristianos se va acomodando a las
circunstancias, abandonando los valores del Reino de Verdad, de Justicia y de Paz?
Los
sacerdotes, religiosos y diáconos, ¿hemos sido libres y valientes para ser fieles a
nuestra caridad pastoral, o hemos sucumbido por miedo a ser pobres o por temor a la
infamia?
Nuestra
piedad popular, que parece crecer, ¿logra superar el mero afán de que Dios nos salve sin
ningún compromiso de nuestra parte?
5.
Las
respuestas a este examen de conciencia, cuestionados por el Espíritu Santo y por nuestra
esperanza, podrían hacernos caer en actitudes de desaliento, en desesperanzas, en bajar
los brazos concluyendo que nada se puede hacer.
Las
respuestas a este examen de conciencia, cuestionados por el Espíritu Santo y por nuestra
esperanza, podrían hacernos caer en actitudes de desaliento, en desesperanzas, en bajar
los brazos concluyendo que nada se puede hacer.
Sin embargo,
ese mismo Espíritu Santo nos hace ver que el Señor, Padre Misericordioso, sigue obrando
en su pueblo. Que sigue estando presente entre nosotros. Que también en este año 1998
tendremos y viviremos una nueva Navidad. Que será la Navidad de los preferidos de Dios,
de los sencillos, de los que luchan para hacer crecer este Santiago que parece
desmoronarse, de los que trabajan en esta Iglesia para hacerla más parecida a la Iglesia
de Jesús.
6.
Los
signos de esperanza los vemos y comprobamos en esa gente que cada vez se organiza mejor
para defender y proteger a sus hermanos y vecinos, en los encuentros de personas que se
solidarizan para ayudarse y comprometerse con la causa de los desposeídos, en los que
buscan espacios para encontrarse y ser protagonistas de cambio aún sin darse cuenta de
todo lo que ellos aportan.
Los
signos de esperanza los vemos y comprobamos en esa gente que cada vez se organiza mejor
para defender y proteger a sus hermanos y vecinos, en los encuentros de personas que se
solidarizan para ayudarse y comprometerse con la causa de los desposeídos, en los que
buscan espacios para encontrarse y ser protagonistas de cambio aún sin darse cuenta de
todo lo que ellos aportan.
Sí,
hermanos; estos hechos son signos concretos de que «un niño nos ha nacido, un hijo
nos ha sido dado» (Is 9,5), de que Dios se hace hombre para hermanarnos más, para
reconciliarnos y para hacemos descubrir a Dios como nuestro Padre.
7.
Dios
se encarna para que tengamos una vida nueva. El nos trae el cambio y nos quita el miedo:
«Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el
espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios «Abba», es decir, «Padre»
(Rom 8,15).
Dios
se encarna para que tengamos una vida nueva. El nos trae el cambio y nos quita el miedo:
«Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el
espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios «Abba», es decir, «Padre»
(Rom 8,15).
En el caminar
al Tercer Milenio, en este año justamente dedicado «al Padre», todos debemos seguir
buscando y creando nuevos modos y espacios de solidaridad fraterna, porque la Navidad
está presente, y el Niño nace donde dos o más se reúnen para vivir en comunión su
participación en la construcción de un Santiago y una Iglesia como Dios Padre quiere.
8.
Con
renovada esperanza, unamos hoy nuestras voces en esta Navidad para cantar con los
ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y PAZ en la tierra a los hombres que ama el
Señor».
Con
renovada esperanza, unamos hoy nuestras voces en esta Navidad para cantar con los
ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y PAZ en la tierra a los hombres que ama el
Señor».
Que en
familia tengan una feliz Navidad. Amén.
Mons. Domingo
E. Michelini, administrador diocesano
de Santiago del Estero
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196 del 20 de enero de 1999 |