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urgente necesidad de la providencia de dios


Homilía pronunciada por monseñor José M. Chávez, vicario general del arzobispado de Tucumán, en la celebración del Tedéum del 9 de julio de 2001, con la presencia del Presidente de la República, Dr. Fernando de la Rúa


En nombre del Señor Arzobispo, monseñor Luis Villalba -ausente de Tucumán por compromisos pastorales encomendados por la Conferencia Episcopal Argentina-, quiero expresarles una cordial acogida a la casa del Señor para cumplir el sagrado deber de dar gracias a Dios, nuestro Padre, por un nuevo aniversario de la Declaración de nuestra Independencia, aquí en Tucumán.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que nos hablaba de la necesidad de hacer peticiones, oraciones, súplicas y acción de gracias por los que tienen autoridad para que podamos gozar de una vida tranquila y apacible, plenamente religiosa y digna (cf. 1 Tim. 2,1-2). Hoy, seguramente, desde todos los rincones de nuestra Patria, se elevan las manos a Dios con esta intención. Muchos quizás en silencio, con un profundo suspiro, expresan este clamor por la paz y por la justicia tan demasiado largamente esperada.

Venimos a rezar, venimos a pedir, a llamar, a buscar al Padre de todos, que conoce nuestras necesidades y sabe darnos lo que nos hace falta. Tal vez nunca antes habíamos sido tan concientes como en estos días de la urgente necesidad que tenemos de esa intervención de la Providencia de Dios.

Nuestros obispos nos dijeron, en mayo pasado, que la Patria requiere algo inédito, algo nuevo, algo que surja de lo profundo de las conciencias de nosotros los dirigentes. Pues bien, quizás eso nuevo, eso inédito que todos los argentinos anhelamos de los que detentan algún poder, de los que disponen de los bienes, es esa profunda conversión, ese darse cuenta de la distancia, del abismo que se va creando entre la realidad de un pueblo que sufre y espera, y la esfera en la que se mueven los que sólo piensan en sus privilegios personales o sectoriales.

Nuestros pastores nos hablan de afrontar el momento actual con grandeza de espíritu. Nos señalan la necesidad de rehacer nuestra cultura, de recomponer los vínculos sociales, de recrear la política como principal instrumento de gestión del bien común, de modo tal que sea ella la que dirija y encauce también a la economía.

Nos decían que "sólo asumiendo una vida de auténtica justicia y de verdadera libertad, en la que el hombre, cada hombre, sea el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones, encontraremos los caminos que nos lleven a construir los vínculos sociales tan deteriorados ahora, en medio de un clima de violenta inseguridad y temor".

Sabemos que para esta noble misión de sacar adelante a nuestro país necesitamos de nuestra decidida voluntad, de esa firme convicción en lo que creemos y sobre todo de la fuerza que viene de lo alto, para que confiadamente nos pongamos en camino.

Por eso, desearíamos que nuestra oración de hoy fuera expresión no sólo de los que estamos reunidos en este lugar, sino de toda la comunidad nacional. Queremos ponernos en el corazón del que hoy está pidiendo a Dios un trabajo -son millones-; del que reza para no perderlo; de aquel padre o de aquella madre que hoy está pidiendo para dar de comer a sus hijos; del que está cansado de ver la opulencia y los privilegios de unos cuantos y no quiere caminar por los caminos del odio y de la violencia, sino que se esfuerza por el bien común a pesar de todo; de aquel que le duele ver cómo en tiempos tan difíciles persisten las divisiones y la puja por el poder aun a costa del bien común; de los niños y jóvenes que nos siguen en el camino y esperan de nosotros señales de cambio, signos de esperanza.

"Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá" (Mt. 7,7). Ojalá que en el corazón de cada argentino nunca se apague la férrea confianza en las palabras de Jesús. Nosotros podemos ser, en alguna medida, respuesta de Dios para los que hoy piden, buscan y llaman.

Hoy, día de la Declaración de la Independencia de nuestra Patria, el episcopado argentino, a través su presidente monseñor Estanislao Karlic, lanza una campaña de oración por la patria, para que de un modo intenso, en los templos, en las comunidades religiosas, en las reuniones, en cada hogar, en las aulas de nuestros colegios, en los lugares de trabajo y en los espacios y momentos que consideremos oportunos, los argentinos coincidamos alzando nuestras manos a Jesucristo, Señor de la Historia, pidiendo por nuestra nación. Aceptamos hoy esta invitación y asumimos el compromiso de unir a la oración la decisión de ese cambio al que Dios nos urge y que nuestro pueblo espera.

Que Jesucristo, Señor de la Historia, y María de Luján, Patrona de la República Argentina, acojan nuestra oración y el clamor de todos los hombres de buena voluntad "para que podamos gozar de una vida tranquila y apacible, plenamente religiosa y digna".

 
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2328 del 1 de agosto de 2001


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