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principios
básicos para
la universidad católica argentina
El 9 de diciembre de 1999, en una ceremonia realizada en la sede del
rectorado, asumió sus funciones el nuevo rector de la Pontificia
Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, monseñor
doctor Alfredo Horacio Zecca, quien pronunció el siguiente discurso:
«Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo
aman». Estas palabras, tomadas del Apóstol San Pablo en la Carta a los
Romanos (8, 28), expresan adecuadamente el pensamiento y los sentimientos
que surgieron en forma espontánea en mi corazón cuando el Arzobispo de
Buenos Aires y Gran Canciller de esta Pontificia Universidad Católica me
comunicó su deseo de que asumiera el rectorado de la misma por un
quinquenio. Una posibilidad en la que, ciertamente, no había pensado para
el período inmediatamente posterior a mi abandono del cargo de Rector del
Seminario Metropolitano en el que serví a la Iglesia arquidiocesana por
nueve años consecutivos. No cabía duda, sin embargo, de que se trataba de
la voluntad de Dios expresada a través de la palabra de mi Obispo y, por lo
mismo, no obstante lo ingente del desafío que se me planteaba, respondí
inmediatamente que aceptaba el rectorado confiando, justamente, en la ayuda
de Dios que, en su designio amoroso, dispone todo para nuestro bien.
Con
esta certeza estoy hoy aquí. Con esta certeza y con la conciencia de que
para la mayoría de los miembros de la comunidad académica, especialmente
para los alumnos, soy poco más que un nombre más o menos, mejor o peor
mentado pero, en todo caso, un desconocido y ello a pesar de que no soy para
la universidad un advenedizo sino un graduado formado en estos claustros.
En
efecto, en la UCA he realizado parte de mis estudios de filosofía, si bien
obtuve mi título de Profesor en Filosofía y Pedagogía en el Instituto del
Profesorado del CONSUDEC, y luego, realicé mis estudios teológicos en la
más antigua de las facultades de la universidad: la Facultad de Teología,
anterior a su misma creación ya que fue fundada en 1916. En ella obtuve,
sucesivamente, el Bachillerato y la Licenciatura para graduarme, finalmente,
como Doctor en Teología en la Universidad de Tübingen, en Alemania.
La
divina providencia ha dispuesto, además, que tuviera la dicha de frecuentar
los cursos de Metafísica de monseñor Octavio Nicolás Derisi y de
Antropología Filosófica de monseñor Guillermo Pedro Blanco, en la
facultad de Filosofía, y de Justicia y Religión del Padre Domingo Basso
O.P., en la de Teología, de modo que he sido alumno de los tres rectores
que me precedieron, a los que considero aún mis maestros y cuya fidelidad a
la Iglesia, sapiencia y amor a la universidad confío continuar. Soy, así,
un hombre formado en esta universidad y muy particularmente ligado a la
Facultad de Teología de la que soy actualmente profesor titular ordinario y
de la que he sido, sucesivamente y por dos períodos consecutivos,
secretario académico y posteriormente decano. Esto baste para expresar que
me presento hoy aquí animado de un íntimo sentido de pertenencia cordial a
esta comunidad académica con verdadero amor y agradecimiento por tantos
bienes recibidos en esta casa.
Asumo
así el rectorado con alegría y sincera actitud de servicio, sin
compromisos previos con personas o grupos y con verdadera libertad de
espíritu; sin sentirme deudor de nadie en particular sino, en todo caso, de
todos en el amor y en la seriedad y responsabilidad con que debo cumplir mis
nuevas funciones.
Mi
servicio como rector se inserta, además, en una tradición que arranca de
los tiempos fundacionales en los que surge la figura egregia de monseñor
Derisi, nuestro primer Rector, y soy consciente de que recojo donde no
sembré, pero también de que he de esparcir donde otros recogerán. La
Universidad Católica Argentina tiene una tradición que han forjado los que
nos precedieron que debe ser no solamente preservada sino también
enriquecida evitando cuidadosamente, sea una suerte de espíritu
cosmogónico que nos llevara a pensar que la universidad comienza con
nosotros, con nuestra generación, o, en el otro extremo, regresivo, que nos
fijara estérilmente en los enclaves del pasado, por gloriosos que los
mismos pudieran haber sido. La vida tiende hacia adelante, sigue un rumbo
irreversible marcado por el futuro. Por lo mismo, el lúcido diagnóstico de
nuestra realidad presente al que hemos de adjuntar la memoria del pasado ha
de proyectarnos decididamente hacia el futuro para producir los cambios
necesarios hasta lograr el nivel de excelencia académica que la UCA puede y
debe tener, pero que todavía no tiene. Mi primera palabra como Rector es,
en consecuencia, una esperanzada y vigorosa convocatoria al trabajo, a la
proposición de grandes ideales que, juntos, y a través de las necesarias
mediaciones, hemos de alcanzar en los años que nos esperan.
No
es este el momento ni el lugar para exponer una estrategia de gobierno ni un
plan de acción que, por lo demás, no tengo por el momento ya que, aun
conociendo la universidad, debo comenzar a mirarla en una nueva perspectiva:
la del padre común que tiene que conducir el conjunto y velar para que el
desarrollo e impulso de la rica pluriformidad de ciencias, personas y
pensamientos, conduzca a la necesaria unidad que garantice la armonía del
conjunto e impida una dañina dispersión de esfuerzos. Con todo,
permítanme enunciar algunos principios, por así decirlo, básicos, que en
mi opinión tienen que guiar mi acción y el camino a recorrer por la entera
comunidad universitaria.
1.
Universidad
Lo
primero que quisiera decir en este orden es que la universidad debe ser
precisamente eso, una «universidad», es decir, la universitas
magistrorum et scholarium que se consagra a la investigación, a la
enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus
maestros, animados por el mismo amor del saber1. Subrayo
expresamente las palabras «investigación», «enseñanza» y
«formación». Porque la universidad no debe ser confundida con una escuela
superior de capacitación profesional en la que se prepara técnica y
profesionalmente a los alumnos respondiendo a los lineamientos del Estado o
de las leyes del mercado o de cualquier otro centro de poder. La universidad
es otra cosa y ha de brindar, ante todo, una cosmovisión dando respuesta a
los grandes interrogantes del hombre acerca del sentido de la vida, del
mundo y de Dios, transmitiendo valores e ideales o, en otros términos,
cultura. Sí, la universidad tiene que producir ante todo hombres cultos y
utilizo deliberadamente la palabra cultura no en un sentido estético sino
antropológico, es decir, como sinónimo de un estilo de vida y de una
visión del mundo que expresa una determinada jerarquización axiológica,
una escala de valores encarnada en un «ethos» que asumido personal y
comunitariamente se traduce en acción. La UCA debe generar buenos
profesionales, no lo niego, pero estos profesionales han de salir de
nuestros claustros con un sello, una marca, un estilo que los distinga de
los formados en otros centros de estudio, con una visión del mundo, con una
ética en consonancia con la fe católica y con un decidido compromiso
cristiano.
Desde
luego que el logro de este ideal implica necesariamente la clara y decidida
subordinación de lo económico a lo académico. En otros términos, que los
fondos que la universidad obtiene se reinviertan, desde luego sin poner en
riesgo el patrimonio fundamental, en la misma comunidad, en planes de
investigación y de enseñanza que hagan posible redimensionar la planta
académica, contar con más profesores de tiempo completo o de medio tiempo
y lograr así la excelencia que la UCA puede y debe tener y que le
permitirá, además, posicionarse mejor en un mundo cada día más
globalizado y competitivo. No es ésta, claro está, tarea de un día ni de
un año, pero en esa dirección debemos caminar comenzando con una lúcida
autoevaluación académica que nos permita conocer exactamente dónde
estamos, cuáles son nuestras fuerzas y nuestras debilidades, dónde están
nuestros mejores recursos humanos y materiales para, luego, trazarnos una
estrategia de desarrollo académico que nos lleve a la excelencia deseada.
2.
Católica
Quisiera
hacer incapié en una segunda idea: estamos en una universidad católica, es
decir, en una universidad confesional y, además, pontificia y en cuanto tal
ligada por lazos particulares a la Sede Apostólica y, más exactamente, al
Santo Padre. La cosmovisión que aquí se brinde a los estudiantes ha de
ser, así, la católica y ello es responsabilidad de la entera comunidad
universitaria pero, desde luego, ante todo, de los profesores. La ortodoxia
en la doctrina y el respeto irrestricto por el Magisterio de la Iglesia han
de ser, en consecuencia, entre nosotros, cuestión de honor y prioridad
fundamental. Esto no va reñido con el respeto debido a la libertad
académica ni con la búsqueda de la verdad sino todo lo contrario. En este
sentido, el Papa Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Ex Corde
Ecclesiae, sobre las universidades católicas, ha escrito que la tarea
privilegiada de la universidad católica es la de «unificar
existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que
muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de
la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad».2
Nuestra
época tiene, quizá más que ninguna otra, necesidad urgente de esta forma
de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad.
Consciente, por lo tanto, de ser precedida por Jesucristo, Camino, Verdad y
Vida, la universidad católica se consagra a la búsqueda de todos los
aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la verdad suprema,
que es Dios y es, precisamente, en el contexto de la búsqueda desinteresada
de la verdad que la relación entre fe y cultura encuentra su sentido y
significado: «Intellege ut credas, crede ut intellegas», esta
invitación de San Agustín -subraya Juan Pablo II- vale también para la
universidad católica llamada a explorar audazmente las riquezas de la
revelación y de la naturaleza3 para que el esfuerzo conjunto de
la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar la medida plena de
su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios.
La
catolicidad no debe ser reducida, sin embargo, a la preservación de una
identidad doctrinal, aunque la misma forme parte principal de ella sino que
nos abre a otra realidad que quisiera brevemente referir. Cuando el Concilio
Vaticano II habla en la Constitución Dogmática Lumen Gentium de la
Iglesia dice de ella que es «comunidad de fe, esperanza y caridad»
expresadas en un todo visible, institucional4 lo que, en la
práctica, significa definirla como una comunidad teologal. Ahora bien, si
esto es así, la universidad católica que es, ante todo, una comunidad
eclesial, debe llevar en las relaciones entre sus miembros el sello de la
teologalidad y, en particular, de la caridad.
No
basta, en consecuencia, con cumplir con los valores humanos de la
sinceridad, la lealtad, el sentido de la justicia sino que las relaciones
humanas han de estar regidas, entre nosotros, por la caridad, por el amor.
Me atrevo a afirmar que, de lo contrario, por mucho esfuerzo que pongamos en
ser fieles a la doctrina de la Iglesia no cumpliríamos con una nota
esencial de la eclesialidad que ha de ser el sello distintivo de la vida
universitaria y que es, por lo demás, responsabilidad de todos y cada uno
de los miembros de la comunidad académica. En este sentido quiero hacer un
llamado a todos cuantos componen esta comunidad para que viviendo la verdad
en el amor crezcamos en el ejercicio de la caridad mutua sin alentar
rivalidades, celos o envidias que nos impidan crecer en la indispensable
unidad que, cuando es regida por la caridad, sabe recoger la rica
pluriformidad de personalidades, escuelas de pensamiento y cauces de acción
impidiendo la siempre nociva fragmentación y dispersión de esfuerzos.
3.
Argentina
Por
último, quisiera subrayar que nuestra universidad lleva el título de
«argentina» y este título representa también, a su modo, un desafío: el
de estar siempre atentos a las necesidades del país contribuyendo desde la
especificidad de nuestra investigación y docencia a la grandeza de la
nación y el de estar sinceramente interesados en sus problemas y en su
destino.
Es
en este marco en el que ha de ubicarse una preocupación que tengo muy en mi
corazón, casi diría como interés primordial. Se trata del diálogo con la
cultura que nunca puede ser, por definición, abstracto, sino necesariamente
encarnado. Cuando hablamos de cultura hablamos, siempre, de «culturas», de
las culturas de los pueblos, en nuestro caso, de la cultura del pueblo
argentino en el sentido antropológico del término al que me he referido
anteriormente, es decir, al ethos cultural de esta nación y a su
encarnación en valores e instituciones.
Cabe
recordar, en este sentido, la iluminadora advertencia del Papa Juan Pablo II
en la Constitución Apostólica Ex corde ecclesiae cuando afirma:
«El diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es el sector
vital en el que se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este final
del siglo XX». Y agrega a renglón seguido: «No hay, en efecto, más que
una cultura: la humana, la del hombre y para el hombre y la Iglesia, experta
en humanidad, ... investiga, gracias a sus Universidades Católicas y a su
patrimonio humanístico y científico, los misterios del hombre y del mundo
explicándolos a la luz de la Revelación5» . Desde mi puesto de
Rector quiero impulsar con renovado vigor la reflexión en torno a la fe y
la cultura, más aún, sueño con que la universidad pueda tener una
creciente gravitación en la vida cultural, política y social de la
Argentina. Contamos con medios económicos y con excelentes científicos
como para hacerlo y este deseo se torna, por lo mismo en deber, obligación
ineludible si queremos ser fieles al sentido de nuestra presencia en el
concierto de la vida de la Iglesia y de la nación.
La
Universidad Católica Argentina debe estar abierta a los grandes temas que
preocupan al país, a su desarrollo y a los problemas sociales tales como la
marginación y la pobreza. Ha de impulsar, a través de su investigación,
el aporte de soluciones a los mismos y sus egresados han de llevar el sello,
bien cristiano, de una decidida opción por los pobres, bien fundada en el
Evangelio y exenta de cualquier fácil tentación ideológica. Más aún,
debemos elegir algunos puntos vitales de investigación, particularmente en
el campo de las ciencias duras, teniendo en cuenta nuestra integración en
el mercosur y los desafíos de la globalización, en los que podamos
descollar y así posicionarnos como una universidad de excelencia.
Conclusión
No
quiero extenderme más en estas primeras palabras que dirijo a la comunidad
universitaria. La providencia divina en la que confío plenamente y mi
inserción paulatina en mi nueva tarea me irán mostrando, con la ayuda de
ustedes, los caminos concretos de acción y las estrategias a implementar
para que esto, que es en principio un sueño, un deseo, una aspiración se
haga realidad.
Por
ahora, como actitud fundamental, puedo decirles que aspiro a ejercer un
rectorado en el que las cuestiones administrativas, a las que ciertamente
hay que prestar atención, con ser las urgentes, no desplacen a lo
verdaderamente importante: mi encuentro con los decanos, con los profesores,
los alumnos y los empleados. Desearía ser, ante todo, un padre y un docente
y tener, en la medida de mis posibilidades, un trato llano y asiduo con la
mayor cantidad de personas posible de modo de poder tomar las resoluciones
luego de un diálogo sencillo, profundo y asiduo, con los distintos
estamentos que componen la universidad.
Termino
agradeciendo de corazón al Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Mario
Bergoglio, Gran Canciller de la Universidad y, en su persona, a los miembros
de la Comisión Episcopal para la Universidad Católica Argentina y al
entero episcopado la confianza que me dispensan al confiarme la conducción
de ésta su universidad. Confianza que, con la ayuda de Dios, espero no
defraudar. Tengan la seguridad de que pondré lo mejor de mí para dedicarme
por entero a este gran desafío de formar a los jóvenes que serán, en el
futuro, la nueva clase dirigente del país.
A
los alumnos de la universidad les digo que son, en mi corazón, los
predilectos y la causa de mis desvelos. A ustedes pienso dedicar mis mejores
energías y espero que con el tiempo podamos conocernos y querernos de
manera de construir entre nosotros un verdadero diálogo, una fecunda
comunión.
Agradezco
a nuestro Arzobispo Emérito, el Señor Cardenal Juan Carlos Aramburu, a
quien me unen particulares lazos de comunión y cariño, que haya querido
acompañarme en esta tarde, también al Señor Nuncio Apostólico, a los
Señores Obispos y a los sacerdotes y amigos su presencia y les ruego una
oración por mí y por la fecundidad de esta nueva tarea que la Iglesia me
encomienda.
Que
Santa María de los Buenos Aires, patrona de nuestra Universidad nos proteja
a todos. A ella encomiendo mi nueva tarea y le pido que nos lleve a todos a
su hijo Jesús. Gracias.
Notas
(1) Ex Corde EccIesiae (ECE), 1.
(2) ECE, ibid.
(3) ECE, 5
(4) LG 8
(5) ECE 3
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2254, del 1 de marzo
de 2000 |