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Un llamado jubilar para cancelar las deudas
Declaración de la Junta
Administrativa de la Conferencia Católica de los Estados Unidos. La siguiente declaración fue elaborada por el Comité sobre Política
Internacional y aprobada el 24 de marzo de 1999 por la Junta Administrativa de la
Conferencia Católica de los Estados Unidos
La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos pueblos
del Continente americano es un problema complejo... La Iglesia en su
solicitud pastoral no puede ignorar este problema, ya que afecta a la vida
de tantas personas... Yo he expresado también varias veces mi preocupación
por esta situación, que en algunos casos se ha hecho insostenible. En la
perspectiva del ya próximo Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido
social que los Jubileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí: "Así, en
el espíritu del Libro del Levítico (25, 8-12), los cristianos deberán
hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el Jubileo como un
tiempo oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si
no en una total condonación, de la deuda internacional que grava sobre el
destino de muchas naciones".1
Vengo de un país, Zambia, donde cada mujer, hombre y niño
debe unos $750 en préstamos externos (el salario per cápita en Zambia es sólo de $250)
2. Los intereses de esa deuda significan pocas
oportunidades educativas, centros de salud insuficientes, vivienda, agua y servicios
sanitarios inadecuados, inversiones productivas escasas para la promoción de empleos,
etc. Estas son las serias heridas que los zambianos sienten debido a la deuda y a las
exigencias de los intereses... El problema de la deuda no es simplemente un asunto
económico. Es fundamentalmente un asunto ético porque es un problema humano, que afecta
al bienestar de las familias, a la sobrevivencia de los pobres, a los lazos de la
comunidad y a la seguridad del futuro.3
INTRODUCCIÓN
Debido
a nuestro cargo como obispos, pastores y maestros en los Estados Unidos, presentamos este
tópico de la deuda internacional por tres razones fundamentales.
Primero, el peso de la deuda externa de los países más pobres
aplasta la vida y dignidad de niños, mujeres y hombres desamparados. En la mayoría de
los casos, los que cargan con el peso de pagar la deuda no pudieron expresar su opinión
sobre la decisión de hacer los préstamos y no se beneficiaron de ellos; en algunos
casos, los préstamos se desperdiciaron, se despilfarraron, o hasta fueron robados por
autoridades sin escrúpulos.
Segundo, la deuda es sintomática de una agenda más amplia e
inconclusa de este siglo: el problema del subdesarrollo en tantas partes de nuestro mundo.
La crisis de la deuda es un aspecto crítico de un problema mucho más generalizado del
desarrollo que deberá ser resuelto si se quiere que amplios segmentos de la población
del mundo escapen de un futuro de marginación, desesperación e impotencia.
Tercero, la llegada del Gran Jubileo del Año 2000 nos ofrece el
momento apto para empezar de nuevo y corregir viejos errores. El papa Juan Pablo II ha
pedido repetidamente que se perdone la deuda internacional como señal de verdadera
solidaridad.
En esta declaración, unimos nuestras voces a la del Santo
Padre para informar al público sobre la urgencia moral del asunto de la deuda y para
ofrecer algunas consideraciones sobre cómo responder a ella.
La necesidad de reducir el peso de la deuda es tan importante hoy como en 1989 cuando
publicamos Relieving Third World Debt: A Call for Co-Responsibility, Justice and
Solidarity (Reduciendo la deuda del tercer mundo: Un llamado a la corresponsabilidad,
la justicia y la solidaridad). Desde entonces, los obispos de África nos han pedido, a
nosotros y a los hermanos obispos de Europa que se les perdone la deuda externa.4 Los obispos de América Latina también han hecho peticiones similares. La continua urgencia de este problema es algo que los Servicios
Católicos de Socorro (CRS) y otros nos presentan, porque sus esfuerzos para promover el
desarrollo en los países más pobres del mundo se frustran por el efecto debilitador de
la deuda.
Enfocar la atención en la deuda internacional es especialmente apropiado
durante esta preparación para celebrar el Gran Jubileo del Año 2000. En la Escritura
hebrea, el jubileo era un tiempo para liberar a los esclavos, devolver la tierra a sus
verdaderos dueños y perdonar las deudas. El jubileo era tanto un tiempo para el
arrepentimiento y la reparación de injusticias, como también el inicio simbólico de una
nueva era. El jubileo pedía un nuevo inicio para los pobres, una oportunidad para
restablecer la justicia y la igualdad. Estos mismos temas son un reto actual. El papa Juan
Pablo II describió las exigencias del Jubileo en su exhortación apostólica Tertio
millennio adveniente:
«El año jubilar debía devolver la igualdad entre todos los hijos de
Israel, abriendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e
incluso la libertad personal... Por ello las riquezas de la creación se debían
considerar como un bien común a toda la humanidad.... El año jubilar debía servir de
ese modo al res-tablecimiento de esta justicia social.... En este sentido, recordando que
Jesús vino a "evangelizar a los pobres" (Mt 11, 5; Lc 7, 22), ¿cómo no
subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los
marginados? (nos. 13, 51)»
Luego el
Santo Padre nos hizo este reto, que ha repetido en otras ocasiones:
«Así, en el espíritu del Libro del Levítico
(25, 8-28), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo, proponiendo
el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar, entre otras cosas, en una notable
reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el
destino de muchas naciones. (no. 51)»
En respuesta a esta invitación, la Santa Sede, nuestra conferencia
de obispos y la Universidad de Seton Hall auspiciaron una reunión de altos funcionarios
políticos, académicos, dirigentes eclesiales, activistas de las naciones endeudadas y de
las prestamistas y autoridades de las instituciones financieras internacionales para
examinar las implicaciones éticas de la deuda internacional. Nuestra labor sobre la
deuda, y esta declaración, se han beneficiado con ese diálogo. Esperamos que la
continuación del diálogo sobre este asunto urgente contribuya a la elaboración de un
consenso sobre acciones decisivas que reduzcan la carga de la deuda.
I.
El contexto de la deuda internacional
El Gran Jubileo del Año 2000 puede ser un tiempo
para un nuevo inicio de las naciones pobres y una oportunidad para restablecer relaciones
de justicia buscando la solución al problema de la deuda internacional. Sin embargo, no
es sólo la cercanía del tercer milenio cristiano lo que hace de este momento uno de los
más propicios para el cambio. El fin de la guerra fría ha permitido al mundo escapar de
la polarización destructiva y paralizadora entre Oriente y Occidente. El surgimiento de
nuevas tecnologías para la comunicación y una verdadera economía global han contribuido
a una creciente interdependencia entre las naciones. Pero a pesar de la disminución de
ciertas enemistades y la creación de nuevas alianzas, la división entre las naciones
ricas y las pobres sigue aumentado. Esta división se basa no tanto en ideologías
conflictivas sino en estándares de vida radicalmente diferentes que amenazan con relegar
a las naciones más pobres a un estado de subdesarrollo permanente.
Estos niveles de desarrollo tan diferentes son un reflejo parcial de
una economía global que aumenta en volatilidad, así como también del fracaso de
anteriores políticas inadecuadas para el desarrollo. Fluctuaciones en el precio mundial
de las mercancías pueden destruir la economía de un país que depende en gran parte de
unos cuantos productos, como el café y el cobre, para sus ingresos. La volatilidad del
flujo de capital internacional contribuye a la inestabilidad del intercambio con mercados
extranjeros y puede devastar financieramente a un país. Programas de desarrollo
inadecuados, o mal dirigidos, han dejado a muchos países tan pobres como antes y
también, muchas veces, con el peso de una gran deuda. Además, tal inestabilidad
financiera puede ocasionar el caos en la estabilidad política de democracias frágiles,
particularmente de las que emergen después de años de conflictos civiles. Las naciones
más pobres son extremadamente vulnerables a los cambios en el mercado global y
probablemente juegan un papel marginal en la economía global.
En este contexto, el impacto de la deuda en los países más pobres es
especialmente aplastante. El total de la deuda externa de los países en desarrollo es
más de $2 billones; la de los cuarenta países más pobres y endeudados supera los $200
mil millones. En contraste a la década de los 80, cuando la crisis de la deuda se
concentraba en América Latina y los bancos privados eran los que soportaban gran parte de
la deuda, hoy, los países más endeudados están preponderantemente en el África y sus
préstamos vienen en su mayoría de Estados Unidos y otros gobiernos, y de instituciones
multilaterales tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los
Bancos Interamericano, Asiático y Africano para el Desarrollo.
En muchos casos, los países más pobres no pueden ni tan siquiera pagar el
interés sobre su deuda, mucho menos el capital, sin un costo inaceptable al desarrollo
humano. Aunque los países africanos del sub-Sahara deben menos del diez por ciento de la
deuda total de todos los países en desarrollo un número relativamente bajo
las amortizaciones de la deuda disminuyen la posibilidad de invertir en salud,
alimentación, educación y otras necesidades básicas. Por ejemplo, Etiopía gasta en
pagar su deuda cuatro veces más que lo que invierte en salud pública, a pesar de que
100.000 niños mueren cada año de enfermedades evitables. En Tanzania, los intereses por
la deuda fueron equivalente a nueve veces los gastos del gobierno en el renglón de salud
primaria en 1997, a pesar de que un tercio de la población muere antes de llegar a los 40
años. En 1998, el costo de la deuda para Mozambique fue más de la mitad de sus ingresos
públicos. En un país recién surgido de una guerra civil de 16 años, la mitad de la
población rural no tiene acceso a agua potable; 200.000 niños mueren anualmente de
enfermedades curables tales como malaria, sarampión e infecciones respiratorias; dos
tercios de los adultos son analfabetos; y la mayoría de los niños no asisten a la
escuela primaria. El pago de la deuda de Mozambique, aun cuando no pague todo lo que debe,
se hace a cambio de inversiones en el desarrollo humano. En África por lo general, aunque
uno de cada dos niños no asiste a la escuela, los gobiernos transfieren cuatro veces más
a los acreedores extranjeros en intereses por la deuda que lo que gastan en la salud y la
educación de sus ciudadanos.5
Las causas de la presente crisis de la deuda son complejas, y con raíces en la política
económica y en las opciones de desarrollo que se remontan a las décadas de 1970 y 1980.
El mal manejo y la corrupción de parte de los países deudores; préstamos irresponsables
o imprudentes de parte de los bancos, gobiernos e instituciones internacionales; y cambios
complejos, y muchas veces no anticipados, en la economía global han contribuido a la
crisis actual de la deuda. En la década pasada, los bancos comerciales, gobiernos e
instituciones internacionales financieras trataron de responder al problema reprogramando
los préstamos, y en algunos casos, ofreciendo una reducción limitada a la deuda.6 A pesar de esos esfuerzos, la deuda de muchos de los países más pobres
sigue por encima de su capacidad para pagarla.
Para
vencer la pobreza y el desarrollo desequilibrado se necesita algo más que la reducción
de la deuda. Se requieren inversiones privadas y públicas, asistencia extranjera,
mercados justos, la regulación mejor del flujo de capital, una política económica que
favorezca el crecimiento, un proceso gubernamental de decisiones que sea abierto y
responsable y el aumento de una sociedad civil activa en los países en desarrollo. Sin
embargo, la reducción de la deuda es, con frecuencia, un requisito para el desarrollo
continuado y a largo plazo de los países más pobres.
Estados Unidos tiene una responsabilidad especial para ayudar a encontrar la
solución al problema de la deuda y a promover el desarrollo humano en países que no
pueden satisfacer sus necesidades básicas o que corren el riego de quedarse al margen de
la economía global. En algunos casos, la política económica y de préstamos de Estados
Unidos ha contribuido a la crisis y, como uno de los acreedores más importantes, Estados
Unidos tiene los recursos y el liderazgo de las instituciones prestamistas internacionales
que pueden marcar la diferencia. Mediante la reducción de la deuda, Estados Unidos puede
contribuir directamente a vencer la pobreza y el desarrollo desequilibrado para lograr la
justicia en el sistema económico internacional.
II. Enseñanza social católica y la crisis de la deuda
La tradición social católica presenta los
principios y las perspectivas para considerar las dimensiones morales del problema de la
deuda.7 El problema de la deuda del Tercer Mundo es un ejemplo de un tema
que se repite constantemente en la enseñanza católica reciente: el significado y las
implicaciones morales de la creciente interdependencia global. El hecho de la
interdependencia es innegable el peso de la deuda de los países pobres se ve
afectado no sólo por la política doméstica sino también por factores de la economía
global, tales como el intercambio y las tasas de interés, los términos comerciales y la
salud en general de la economía global. Los riesgos morales de la interdependencia en
este caso están bien claros también: el costo humano de la deuda en países pobres lo
pagan los más indefensos.
Una evaluación moral más detallada de la crisis de la deuda implica varios conceptos y
principios de la enseñanza social católica.
Respeto por la vida y
la dignidad de la persona humana
La base de nuestra preocupación moral es el respeto fundamental
por la vida y la dignidad de cada persona. Cada individuo ha sido creado a imagen de Dios.
Cada persona es por tanto de incalculable valor, sin importar que sea joven o anciana,
rica o pobre, su sexo, religión, raza o nacionalidad. En última instancia, la política
de la deuda y los factores económicos internacionales que la forman deberán medirse
según su capacidad para proteger la vida humana y respetar la dignidad y los derechos
humanos.
El bien común
El bien común es la suma de las condiciones en la
sociedad que hacen posible a todas las personas lograr todo su potencial. Este amplio
concepto sugiere la necesidad de considerar una amplia gama de factores para evaluar la
aceptabilidad de las normas políticas de la deuda. Las normas políticas de la deuda
deberán tomar en cuenta el bienestar de toda la sociedad, no sólo el de algunos
segmentos de ella, y el bienestar del mundo, no sólo el de algunas naciones. La
evaluación moral de la política de la deuda, por tanto, deberá incluir hasta qué punto
el peso de la deuda disminuye la capacidad de los gobiernos para cumplir con su
obligación de promover el bien común, forzándolos a gastar sus escasos recursos en el
pago de la deuda y no en inversiones cruciales para la salud, la educación o el agua
potable. Además, una política para la deuda moralmente aceptable no puede ser juzgada
sólo en términos de su impacto en países o instituciones individuales, sino que deberá
tomar en cuenta los intereses y necesidades de todos aquellos afectados por la deuda en el
país y en el extranjero. Desde esta perspectiva más amplia, la deuda debilitadora de los
países pobres bien lejos del nuestro es un problema porque pone en peligro el bien común
de toda la humanidad.
Subsidiariedad
El principio de subsidiariedad ayuda a definir
las diferentes responsabilidades para promover el bien común de individuos, grupos
privados, gobiernos y autoridades internacionales. La subsidiariedad tiene un doble
significado para la deuda internacional. Primero, individuos, familias y asociaciones
voluntarias son las unidades básicas de la sociedad. Asegurarse de que las necesidades de
los más indigentes se satisfacen en un país o región específica requiere la
participación de la sociedad civil individuos y organizaciones no-gubernamentales
que defienden y sirven a los pobres en el proceso de tomas de decisiones sobre la
cuestión de la deuda.
Segundo, entidades superiores o mayores no deberán hacer
nada que pueda ser hecho por entidades inferiores o menores; por otro lado, problemas que
no pueden ser resueltos por individuos, la sociedad civil o naciones o estados
individuales deberán ser resueltas por estructuras internacionales. En el caso de la
deuda, instituciones y movimientos internacionales juegan un papel crucial en fomentar el
desarrollo auténtico de países incapacitados para hacerlo por ellos mismos. En algunos
casos, eso requerirá el establecimiento de normas y estructuras internacionales nuevas
que puedan responder mejor a los factores económicos mundiales que han contribuido a la
crisis de la deuda. Al mismo tiempo, instituciones internacionales y países acreedores
deberán tener mucho cuidado de no imponer soluciones a los países deudores sin tener en
cuenta y respetar el papel legítimo de los gobiernos locales y de la sociedad civil en la
configuración de su futuro.
Solidaridad
La preocupación por la dignidad humana básica y el bien común de
la humanidad, deberá ser forjada en virtud de la solidaridad. El papa Juan Pablo II
describió la solidaridad como "la determinación firme y perseverante de
empeñarse por el bien común; es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos
seamos verdaderamente responsables de todos" (Sollicitudo rei socialis,
N° 38). En el caso de la deuda, la solidaridad es la virtud que motiva a la gente en todo
el mundo a reducir el peso de la deuda para dar nueva esperanza a los más pobres de los
pobres. La solidaridad también requiere corresponsabilidad por parte de los
deudores y acreedores en la búsqueda de soluciones justas y equitativas a esta crisis,
como parte de un compromiso más amplio para proteger la vida y respetar la dignidad
humana. Ellos son corresponsables, no porque comparten la responsabilidad de la crisis de
la deuda, aunque este es el caso, sino porque la solidaridad exige que aquellos que tienen
la capacidad de resolver la crisis trabajen juntos para encontrar una solución justa y
efectiva. El fracaso de hacerlo no es sólo un error técnico o político, sino un fracaso
de solidaridad.
La opción por los pobres
La Escritura nos dice que una manera de juzgar el carácter moral
de la sociedad es en el trato que se les da a las viudas y a los huérfanos. La opción
preferencial por los pobres incorpora este tema bíblico en la reflexión ética
católica. La opción por los pobres nos pide que demos prioridad, basándonos en
consideraciones de caridad y justicia, a las necesidades de los más indefensos
viudas, huérfanos y pobres en las decisiones económicas, políticas y
sociales. En la actualidad, los niños pobres en África son los huérfanos de la crisis
de la deuda; sus madres son las viudas. Su pobreza y desesperación son acusaciones a las
instituciones nacionales e internacionales que han ocasionado o no alivian el
sufrimiento provocado por tan pesada carga. La opción por los pobres exige que se preste
atención a la condición de aquellos en las naciones endeudadas que no pudieron alzar su
voz al contraer la deuda y que por lo general no sacaron ningún provecho de ella, pero
cuyas vidas, con frecuencia, se ven afectadas negativamente por las decisiones hechas en
la resolución del problema de la deuda. Al asistir a los más indefensos, los que han
sido animados por la opción por los pobres fortalecen a toda la comunidad y se convierten
en una verdadera expresión de solidaridad.
Justicia
En la enseñanza social católica, el préstamo de dinero es una empresa
moralmente legítima si, tanto el endeudado como el acreedor, cumplen las condiciones de
justicia básica. Esas obligaciones contraídas deberán estar gobernadas por la justicia conmutativa, que exige la justicia fundamental en
los acuerdos y las relaciones entre individuos y grupos. La presunción moral que surge de
la justicia conmutativa es que las deudas deberán ser pagadas. Este principio podrá ser
ignorado, sin embargo, por varias razones. Aunque los acuerdos sobre deudas, al igual que
otros contratos, no deberán ser invalidados fácilmente, las condiciones bajo las cuales
se contrajeron algunas deudas deberán modificar el juicio sobre qué cantidad de la deuda
deberá pagarse. Cambios totalmente imprevistos en la economía global, gobiernos
corruptos de cuestionable legitimidad que contrajeron la deuda y el hecho de que los que
sufren del peso de la deuda no tomaron parte en la decisión de hacerla, son aspectos
relevantes en la valoración de lo que la justicia conmutativa exige.
Cuestiones de justicia conmutativa deberán
integrarse al contexto más amplio de la justicia distributiva y de la justicia
social. La justicia distributiva requiere que la distribución de ingresos,
riqueza y poder en una sociedad se evalúe a la luz de su efecto en las personas cuyas
necesidades materiales básicas no están satisfechas. El peso de una deuda que mina la
capacidad de la gente de satisfacer sus necesidades básicas ocasiona preguntas básicas
de justicia distributiva. También ocasiona preguntas sobre la justicia social,
porque la deuda puede impedir que la gente participe activa y productivamente en la vida
de la sociedad y puede dificultar la capacidad de la sociedad para desarrollar la gama
completa de instituciones sociales, económicas y políticas que facilitan la
participación de individuos en moldear su futuro.
El papa Juan Pablo II reflejó estas preocupaciones en su reciente
exhortación apostólica Ecclesia in America. Aunque reconoce que las altas tasas de interés, las
decisiones irresponsables de hacer préstamos y la corrupción fueron factores en la
acumulación de la masiva deuda, el Santo Padre dijo:
«Por otra parte, sería injusto que las consecuencias de estas
decisiones irresponsables pesaran sobre quienes no las tomaron. La gravedad de la
situación es aún más comprensible, si se tiene en cuenta que "ya el mero pago de
los intereses es un peso sobre la economía de las naciones pobres, que quita a las
autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el desarrollo social, la
educación, la sanidad y la institución de un depósito para crear trabajo". (N°
22)»
Consideraciones de justicia exigen que un sólo principio no
gobierne las diferentes situaciones de endeudamiento. Aunque el principio moral de que las
deudas deberán ser pagadas no deberá ser ignorado, creemos que en muchos casos esta
premisa deberá quedar a un lado debido a otras consideraciones, especialmente el costo
social del pago de la deuda. Pero enfocar sólo los términos de un préstamo en vez
de las condiciones bajo las cuales fue contraído, el uso que se dio al dinero o el
impacto actual sobre los individuos debido a las condiciones de pago establecidas es
aislar un estrecho entendimiento de la justicia conmutativa de las consideraciones más
amplias de la justicia distributiva y social.
El cuidado de la creación
En un planeta que se enfrenta al deterioro del ambiente
y al conflicto sobre cómo resolver la tensión entre el desarrollo humano y la
preservación del ambiente, la tradición católica insiste que mostremos respeto por el
Creador con nuestro cuidado por la creación. En su Mensaje de la Jornada Mundial de la
Paz de 1999, el Santo Padre une muy íntimamente el cuidado de la creación con el
bienestar humano. Él enfatiza que "El presente y el futuro del mundo dependen de la
salvaguardia de la creación, porque hay una constante interacción entre la persona
humana y la naturaleza. El poner el bien del ser humano en el centro de la atención por
el medio ambiente es, en realidad, el modo más seguro para salvaguardar la
creación".8
La carga de
la deuda puede llevar a la destrucción ambiental si la necesidad de generar dinero en
efectivo mediante la exportación para cubrir la deuda tiene como resultado la
intensificación o el uso descuidado de los recursos naturales. El sobre-énfasis de
ciertos sectores exportadores tales como madera, minería, monocultivos, por ejemplo,
puede resultar en terrenos agotados, deforestación, pescadería diezmada y aguas
contamindas.
Estos temas que surgen de la enseñanza social
católica nos mueven a renovar nuestras peticiones a perdonar la deuda como un paso para
aliviar la intolerable carga sobre los "más indefensos" de la familia humana
mundial. Unimos nuestra petición a la petición del Santo Padre, a la de nuestros
hermanos obispos por todo el mundo y a los de tanta gente de buena voluntad, para urgir la
reducción de la deuda como señal de auténtica solidaridad al acercarnos al milenio.
Este Jubileo pide que el perdón de la deuda sea una prioridad para nuestra propia
celebración del Jubileo, nuestro diálogo con las instituciones nacionales e
internacionales y nuestros programas de educación e intercesión. Nuestra meta es clara:
que el Gran Jubileo del Año 2000 marque el compromiso verdadero de resolver la urgencia
moral y las terribles consecuencias humanas de la deuda externa de los países más
pobres.
III.
Criterios para evaluar los programas para reducir la deuda
Las crisis de la deuda deberá medirse en términos de
su costo humano y de sus consecuencias morales. A quién se le concede una reducción de
la deuda, cuánto se le concede y qué proceso se seguiría en la decisión, implica
muchas consideraciones, pero la pregunta moral fundamental es si la prioridad se da a la
protección de la vida y los derechos humanos, y al respeto por la dignidad humana.
El propósito de perdonar la deuda es dar a los países deudores
nuevas oportunidades para mejorar el desarrollo humano básico. Los fondos que se vuelven
disponibles mediante la reducción de la deuda deberán usarse para mejorar las
condiciones de vida de los pobres y de los más desamparados. Nosotros apoyamos el perdón
de la deuda, no para arreglar cuentas viejas sino para combatir la pobreza.
Acogemos las iniciativas que se han realizado hasta ahora para
responder a este reto. Los dirigentes de instituciones financieras internacionales han
aumentado su atención a la pobreza y a la deuda abriéndose al diálogo con grupos
religiosos y otros interesados. La Iniciativa del Banco Mundial para los Países con
Grandes Deudas (HIPC) y el FMI, representa un esfuerzo nuevo e importante para resolver el
problema de la deuda. Deberá expandirse, aumentarse y desarrollarse más. Deberá ser un
primer paso, complementado por otros esfuerzos, que tenga como meta básica llegar rápida
y decididamente a un compromiso fundamental para reducir la deuda y vencer la pobreza.
Los dirigentes de instituciones financieras
internaciones, los que elaboran la política en Estados Unidos y los ejecutivos de
corporaciones no son y no se deben considerar adversarios; muchos comparten nuestra misma
inquietud en búsqueda de la resolución al problema de la deuda y de vencer la pobreza y
el subdesarrollo crónico. Continuaremos trabajando con ellos en un espíritu de diálogo
y buena voluntad para expandir, profundizar y mejorar nuestros esfuerzos colectivos para
responder a las consecuencias morales y humanas de la deuda externa y asegurar que los
programas de asistencia se preocupan por las necesidades básicas de la gente, especialmente los más pobres de los pobres.
El problema
de la deuda es complejo y las soluciones a veces son evasivas. No hay respuestas simples
ni únicas. Los criterios diferentes, que se derivan de los principios de la enseñanza
social católica, tienen como propósito evaluar y guiar las decisiones sobre la
reducción de la deuda.
1. Reducción directa de la
deuda de países pobres.
El desarrollo humano deberá estar en el centro
de las iniciativas para reducir la deuda. El interés por la condición de los pobres
sugiere que se preste atención especial a las personas desamparadas de las naciones
deudoras que cargan con las consecuencias del pago de la deuda. Se deberá conceder la
reducción de la deuda a los países para que inviertan en las necesidades humanas
básicas del pueblo que de otra manera no serían posible. Las propuestas que basan la
reducción de la deuda en criterios de desarrollo humano merecen una consideración
cuidadosa.
Hasta la fecha, los acreedores son los que han determinado qué
países son candidatos para que se les permita reducir la deuda basándose en cuánta
ayuda es necesaria para que la deuda del país alcance un nivel aceptable o
"sostenible", sin considerar adecuadamente las consecuencias humanas del pago de
la deuda. En la Iniciativa HIPC, "sostenibilidad" se define con más frecuencia
en términos de la proporción entre deuda y ganancias en las exportaciones.9 Aunque esa proporción trata de captar la carga financiera de la deuda de un
país específico, no muestra el costo humano que conlleva el pago de la deuda. El
desarrollo humano y los factores relacionados con él deberán considerarse al determinar
qué países son candidatos para beneficiarse de la reducción de la deuda y cuánta ayuda
deberán recibir.
2. Uso de los recursos disponibles
por la reducción de la deuda para disminuir la pobreza
Reducir la deuda de países pobres no es
suficiente, sin embargo; los recursos disponibles al reducir la deuda deberán ser
canalizados para la reducción de la pobreza. En nuestra opinión, el propósito de
reducir la deuda es invertir en el desarrollo humano continuado y en el crecimiento
económico equilibrado, para que realmente cambie la vida de los más desamparados.
Un ejemplo de cómo un gobierno puede canalizar la ayuda para la deuda hacia los pobres es
el caso de Uganda, un país pobre, altamente endeudado, que recibirá reducción de su
deuda por medio de la Iniciativa HIPC. El gobierno ha mostrado el deseo de establecer un
fondo que empleará los recursos disponibles por la reducción de la deuda para cuidados
primarios de la salud, educación elemental y caminos vecinales. También acordó, en
principio, publicar informes trimestrales y conducir una auditoría anual independiente
sobre cómo se han usado los fondos. El gobierno también canalizará la reducción de la
deuda a través de las organizaciones no-gubernamentales (ONGs.)
Para ser útil, la reducción de la deuda, deberá ser
lo suficientemente substancial para que marque la diferencia. Simplemente la suspensión
del pago de los intereses de la deuda por un corto tiempo o la reprogramación de las
amortizaciones puede disminuir la presión de un país deudor a corto plazo, sin reducir
las deudas del país a largo plazo. En los casos en que la cantidad que se reduce a causa
de los intereses de la deuda es prácticamente insignificante, aun los mejores esfuerzos
para que llegue hasta los pobres no serán efectivos.10
3. Vencer los obstáculos que impiden que la reducción de la deuda llegue
hasta los pobres
Como parte de su responsabilidad compartida en
encontrar soluciones a la crisis de la deuda, deudores y acreedores deberán trabajar
unidos para subsanar los problemas que impiden que los pobres se beneficien de la
reducción de la deuda externa. En países con problemas serios contra los derechos
humanos, conflictos civiles, corrupción generalizada o falta de participación
democrática, la reducción de la deuda podría no llegar hasta aquellos a quienes va
dirigida.
Conflicto civil o represión
Cerciorarse de que la ayuda llegue a los que más la necesitan es
extremadamente difícil, si no imposible, en países que viven con conflictos civiles
prolongados o con gobiernos que no respetan los derechos humanos básicos. Sería
irresponsable e inefectivo proporcionar una reducción de su deuda a países que tienen
conflictos internos serios o están en conflicto con sus vecinos, o a gobiernos que abusan
gravemente de los derechos humanos.
Además, los pobres no se benefician cuando los gobiernos canalizan los recursos
disponibles mediante la reducción de la deuda para usos militares en vez del desarrollo
humano. A pesar de los esfuerzos de las instituciones financieras internacionales para
disuadir a los gobiernos de hacer gastos militares, tales inversiones son un serio
problema y tanto la comunidad internacional como los ciudadanos locales necesitan
desarrollar maneras concretas de impedir gastos tan destructivos.
Corrupción
La corrupción tiene lugar cuando ambos lados ignoran su
responsabilidad como administradores de sus recursos. Los pobres no se beneficiarán de la
reducción de la deuda si los recursos que se liberan terminan en los bolsillos de
funcionarios sin escrúpulos del gobierno, en proyectos que no benefician a la gente de
esos países, o en compras de efectos militares. El papa Juan Pablo II habla de la
corrupción en su exhortación apostólica Ecclesia in America:
«La corrupción, frecuentemente presente entre las causas de la agobiante deuda externa,
es un problema grave que debe ser considerado atentamente. La corrupción "sin
guardar límites, afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de poder y
a las clases dirigentes". Se trata de una situación que "favorece la impunidad
y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto a las instituciones
políticas, sobre todo en la administración de la justicia y en la inversión pública,
no siempre clara, igual y eficaz para todos". (N° 23)»
Detener y eliminar la corrupción requiere liderazgo decidido, supervisión apropiada de
deudores y acreedores, honestidad en las decisiones y la participación de organizaciones
cívicas en la supervisión del uso que se da a los fondos.
Falta de participación y transparencia
La falta de participación en los procesos para la toma de
decisiones puede resultar en decisiones sin coordinación o fundamento, y la falta de
transparencia y de rendimiento de cuentas en el uso de los fondos puede poner en peligro
el desarrollo. Mecanismos inapropiados para rendir cuentas pueden también dificultar la
valoración de los recursos disponibles por la reducción de la deuda.
Varios tipos de condiciones con la intención de premiar o castigar al deudor se han
creado para resolver estos problemas. Hay poca unanimidad, sin embargo, sobre el tipo y el
momento de las condiciones. Algunos acreedores creen que el país deudor debería
establecer un récord de cumplimiento a los ajustes estructurales y a la estabilización
política antes de ser elegibles para la reducción de la deuda. Otros argumentan que la
reducción de la deuda debería ser el premio por un compromiso evidente de invertir en el
desarrollo humano. Otros señalan el papel importantísimo de una sociedad civil fuerte
que pueda exigir cuentas al gobierno. Pero para enfrentarse a la corrupción endémica y a
problemas similares se requieren mecanismos de supervisión efectivos y la promoción de
un buen gobierno para que las reglas de la ley sea respetada y la democracia pueda crecer
y prosperar. También requiere el establecimiento de mecanismos para la participación
democrática por parte de individuos y organizaciones en el proceso de establecer la
política.
4. Asegurarse
que se escuche la voz de los afectados por la deuda
El principio de la subsidiaridad (p. ej., que las
instituciones cívicas son esenciales para promover el bien común y que las autoridades
principales no deben tomar decisiones que se pueden hacer competentemente a niveles
inferiores) y el concepto de la justicia social (p. ej., que todos tienen el derecho y el
deber de ser participantes activos y productivos en la vida de la sociedad) nos llevan a
pedir una mayor participación de gente ordinaria y de la sociedad civil en la toma de
decisiones sobre la deuda.
Hay una opinión generalizada de que la
participación de iglesias, asociaciones, organizaciones filantrópicas y otras
organizaciones no-gubernamentales es esencial para formular planes nacionales de
desarrollo que reflejen las necesidades y prioridades de los pobres. Las organizaciones
cívicas pueden también jugar un papel indispensable en ayudar a su gobierno a definir y
a responder a las condiciones apropiadas para la reducción de la deuda. Con su
conocimiento de la situación local, estos grupos pueden ofrecer ideas sobre las
prioridades locales y las posibilidades que los acreedores extranjeros deben tener en
cuenta para que las condiciones que imponen sean efectivas y respetuosas con las
necesidades locales para el desarrollo.
Por ejemplo, la Comisión Católica para Justicia
y Paz de Zambia supervisa cómo el gobierno usa sus fondos y critica públicamente el
presupuesto del gobierno cada año. Los Servicios Católicos de Socorro (CRS) trabajan
directamente con organizaciones en países endeudados para fortalecer su participación en
las conversaciones sobre proyectos y política apoyados por las instituciones financieras
internacionales.
En años recientes, el Banco Mundial y el FMI han
empezado a reconocer que la participación de organizaciones cívicas es un componente
legítimo de los procesos en la toma de decisiones. Al evaluar sus propios programas de
préstamos, ellos reconocen que las estrategias para el desarrollo no funcionan a menos
que el gobierno y la sociedad civil se "responsabilicen" de ellas. El Banco
Mundial ahora trata de tomar en cuenta los puntos de vista de grupos de ciudadanos en la
formulación de estrategias para ayudar al país; su Iniciativa para Socios en el
Desarrollo es un paso en el reconocimiento de la necesidad de involucrar a la sociedad
civil en la toma de decisiones. Estos y otros mecanismos apropiados deberán ser
desarrollados mejor para asegurar que los gobiernos y las instituciones financieras
internacionales sean abiertas y transparentes en sus procesos para tomar decisiones y
beneficiarse de la amplia participación de aquellos que se verán afectados por sus
decisiones.
5. Hacer que la disminución
de la pobreza sea una meta central de la política económica ligada a la reducción de la
deuda.
Para lograr que economías frágiles no se
endeuden nuevamente, los principales acreedores requieren que un país haga ajustes
estructurales y establezca políticas estabilizadoras antes de ser candidato para que se
le reduzca la deuda. Estas políticas tienen como propósito (1) estabilizar economías
débiles mediante la reducción de la inflación y la corrección de la balanza de pagos,
(2) aumentar el crecimiento, aumentando su productividad y eficiencia, mediante una
apertura a las fuerzas del mercado y (3) aumentar el papel del sector privado y reducir el
tamaño del gobierno.
Sabemos que a corto plazo, esas políticas tienen
un efecto negativo en los pobres, como cuando los gastos para salud, educación, servicios
sociales y otros se reducen para lograr un recorte en el déficit fiscal. La política
para ajustes estructurales tiende a enfatizar el crecimiento de exportaciones que puede
desembocar en la rápida explotación de los recursos naturales y en una baja considerable
en la producción de alimentos para el consumo interno. Esas políticas también pueden
resultar en el recorte de fondos gubernamentales para la protección ambiental, en el
descuido de regulaciones necesarias y de la reforma agraria.
A largo plazo, sin embargo, la política de
ajustes estructurales y estabilización ayudarán al país a ser más competitivo en el
mercado mundial y así crear oportunidades para el crecimiento económico y la creación
de empleos. La evidencia actual no presenta un respuesta clara, en parte, porque la
política de reforma económica ha sido aplicada de diferentes maneras en países con
contextos políticos, económicos y sociales diferentes.
Hay muchos caminos legítimos para llevar a cabo la
reforma económica. No importa el que se escoja, se deberá hacer todo lo posible, en
consulta con las instituciones cívicas, para que el ajuste estructural y los programas de
estabilización se elaboren e implementen con provisión adecuada para los pobres y los
que sufrirán más a causa de esos ajustes a corto plazo.
6. Desarrollo
de mecanismos institucionales efectivos para asegurar que la reducción de la deuda
funcione.
Para ser efectivos, programas para la reducción
de la deuda deberán ser implementados de manera que cumplan su propósito. En la
práctica, esto significa que necesitan ser oportunos, flexibles, coordinados y contar con
la participación de los afectados. La tardanza en la ayuda puede permitir que un país
endeudado establezca un récord de reformas necesarias, pero también puede retardar las
inversiones en educación, salud y otros servicios. La flexibilidad es necesaria para
adaptar los programas para la reducción de la deuda a las circunstancias cambiantes de un
país, tales como desastres naturales o el fin de conflictos civiles. Se necesitan
estructuras coordinadoras para asegurar que todos los segmentos afectados contribuyan al
debate de manera significativa. Se requiere transparencia y honestidad por parte de todos
para que las intenciones y la capacidad de cada uno queden claramente establecidas.
Programas para reducir la deuda deberán ser negociados
justamente. Reconociendo el desequilibrio fundamental de la relación deudor/acreedor,
algunos han propuesto un proceso internacional para hacer frente a la bancarrota y que
ofrezca un marco para las negociaciones justas. Tal proceso podría incorporar algunos de
los principios que forman parte de la ley de bancarrota de Estados Unidos; es decir, que
(1) los gastos del gobierno para servicios básicos deberán ser mantenidos, (2) los
impuestos no pueden ser aumentados a menos que sean necesarios y realistas, (3) los
acreedores acepten pagos razonables dadas las circunstancias, (4) las autoridades
públicas sean responsables de actos ilegales y (5) deudores, acreedores y pagadores de
impuestos tienen el derecho a ser escuchados ante una corte. Finalmente, las negociaciones
justas en programas para la reducción de la deuda deberán ir acompañadas por una
distribución justa de los costos.
7. Integración de la
reducción de la deuda a un programa de desarrollo continuado
La efectividad de la reducción de la deuda también dependerá de factores económicos
globales. Algunos temen que la cancelación de la deuda indicaría una situación
económica frágil para un país y desataría cuestiones sobre si podría pagar deudas
futuras. Otros creen que la reducción de la deuda mejoraría la salud financiera y
aumentaría las inversiones privadas en países pobres.11 Está claro
que esas consideraciones deberán ser parte de cualquier evaluación de los programas para
reducir la deuda.
Ya que la
deuda es sólo uno de los muchos problemas que confrontan los países endeudados y
empobrecidos, la reducción de la deuda deberá ser juzgado en la medida en que esté
integrado en el esfuerzo para un desarrollo más amplio. Este esfuerzo para el desarrollo
requiere, entre otras cosas, programas mucho más generosos de ayuda extranjera para el
desarrollo continuado por parte de los Estados Unidos y otras naciones ricas. El
desarrollo continuado requiere inversiones domésticas privadas, inversiones bien
reguladas de capitales extranjeros e intercambios comerciales justos. También requiere
esfuerzos aunados para poner fin a los conflictos que acosan a muchos de los países más
pobres y el fomento del crecimiento de democracias auténticas, donde el gobierno de la
ley y los derechos humanos básicos se respetan a plenitud. Al igual que estas áreas
están interrelacionadas, así también la solución al problema de la deuda deberá
considerarse como un aspecto de un esfuerzo aunado en el desarrollo de los países más
indefensos.
Resumen
Nuestro análisis del problema de la deuda empieza
asumiendo que cuando países, al igual que individuos, contraen una deuda,
tienen la obligación de pagarla. Pero esta presunción podrá ser modificada
en algunas circunstancias. Una de ellas es cuando un país no puede pagar su
deuda sin reducir enormemente sus inversiones en salud, educación,
alimentación, vivienda y otras necesidades básicas, y la deuda se convierte
en un serio obstáculo para el desarrollo.
Damos la
bienvenida a los esfuerzos de instituciones acreedoras en proporcionar a algunos países
reducción de su deuda. También reconocemos los esfuerzos encomiables de individuos y
organizaciones por todo el mundo que están enfocando su atención en la crisis de la
deuda en sus países. Es nuestra esperanza que el Gran Jubileo del Año 2000 marque una
nueva perspectiva para considerar la reducción de la deuda por parte de las autoridades
responsable de la política económica, enfatizando el papel que la reducción de la deuda
puede tener en la promoción del desarrollo humano en los países más pobres.
Específicamente, proponemos que los programas para reducir la deuda:
*
Incluyan a todos los países pobres que
ahora tienen que hacer sacrificios inaceptables a su desarrollo humano para pagar su deuda
*Se aseguren de que los recursos
disponibles mediante la reducción de la deuda se usen para la disminución de la pobreza
*Promuevan la participación activa
de la sociedad civil en los procesos de la toma de decisiones
*Se aseguren de que la política de reforma
económica asociada con la reducción de la deuda incluya provisiones adecuadas para los
que son adversamente afectados y tengan la disminución de la pobreza como meta central
*Incluyan mecanismos para rendir cuentas, para
vencer la corrupción y otros obstáculos que impiden que la reducción de la deuda
beneficie a los pobres
*Sean financiados, y los costos compartidos
equitativamente, por los gobiernos acreedores y las instituciones financieras
internacionales
*Sean parte de un esfuerzo coordinado más amplio
para promover el desarrollo continuado en los países más pobres.
Conclusión
Respuesta de solidaridad cristiana
Durante muchos años, hemos venido trabajando con
numerosos grupos e instituciones sobre este asunto. Mediante el diálogo regular con
aquellos afectados por la deuda y con las instituciones financieras internacionales, hemos
desarrollado un amplio entendimiento sobre lo complejo que es este problema. La importante
conferencia que auspiciamos con la Universidad de Seton Hall y la Santa Sede sobre las
dimensiones éticas de la deuda es un ejemplo reciente y notable de este compromiso a
seguir dialogando. Al mismo tiempo, hemos compartido la urgencia de nuestra solicitud para
que se responda a las necesidades de los pobres. Hemos colaborado con las conferencias de
obispos y las agencias católicas de socorro y desarrollo en todo el mundo para elaborar
respuestas coordinadas sobre este asunto.
En países altamente endeudados como Zambia y Malawi,
estamos apoyando los esfuerzos de las comisiones nacionales de justicia y paz en la
elaboración de sus propias campañas para reducir la deuda. Por todo el mundo, grupos de
otras religiones han hecho llamamientos fuertes para que se condone la deuda. Y gente de
todo el mundo, interesada en este asunto participa en movimientos para el Jubileo del Año
2000 para que se cancele la deuda, una poderosa
manifestación de solidaridad con los pobres.
Hay mucho
que hacer para promover la reducción de la deuda y cumplir con el reto del papa Juan
Pablo II para que la respuesta sea parte del Gran Jubileo del Año 2000. Mediante nuestros
programas educativos y de intercesión, necesitamos ayudar a crear la voluntad política
para encontrar soluciones a la crisis de la deuda. Necesitamos apoyar a organizaciones e
individuos que presionan a los gobiernos endeudados a usar los fondos logrados con la
reducción de la deuda para beneficio de los pobres al mismo tiempo que instamos a nuestro
gobierno y a los principales acreedores a reconocer que la reducción apropiada de la
deuda es moralmente correcta y económicamente prudente. Sobre todo, tenemos que
asegurarnos que prescindiendo de la importancia que se le dé, los números que se debatan
en relación a la deuda internacional la escala de la deuda, el pago de los
intereses, los renglones del presupuesto nacional, y las tazas de interés no
escondan las dimensiones humanas: niños sin cuidado médico ni educación, comunidades
sin carreteras ni agua, mujeres sin igualdad, gente sin esperanza.
Para la
mayoría de los estadounidenses, la deuda significa su hipoteca, préstamos estudiantiles,
préstamos para autos, o el balance en sus tarjetas de créditos. Para los creyentes, la
deuda no puede ser meros números en una página o en las cuentas con las tarjetas de
crédito. La deuda no es simplemente sobre esas cosas. Es sobre cómo los niños viven y
mueren al otro lado del mundo. Es sobre la pobreza y la gente. Es sobre la c alidad del mundo en que vivimos. La deuda deberá ser una llamada a
la acción, una oportunidad para defender a los más débiles, la posibilidad de marcar la
diferencia. Al acercarnos al Gran Jubileo, nuestra fe y nuestra Iglesia nos llaman a
defender a los pobres en su pedido justo y en la esperanza urgente de que se le reduzca su
deuda.
Notas
(1)
Juan Pablo II, La Iglesia en América
(Ecclesia in America), exhortación apostólica postsinodal (Washington, D.C.: United
States Catholic Conference, 1999), N° 59.
(2)
Cf. Human Development Report, United Nations
Development Program (New York: Oxford UP, 1998), p. 142.
(3)
Arzobispo Medardo Mazombwe de Zambia, Conference on
the Ethical Dimensions of International Debt, Seton Hall University, Newark, N.J. (Octubre
22-23, 1998).
(4)
Los Obispos de África, "Forgive Us Our Debts:
Open Letter to Our Brother Bishops in Europe and North America," (Perdónanos
nuestras deudas: Carta abierta a los hermanos obispos de Europa y Norte América). The
African Synod: Documents, Reflections, Perspectives, ed. Africa Faith and Justice
Network (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1996), p. 114.
(5)
Los datos en este párrafo viene de Papeles
Expositores de Oxfam Internacional publicados en abril de 1997, agosto de 1997 y abril de
1998.
(6)
Ejemplos notables son el Plan Brady de 1989 en el que
los bancos comerciales redujeron un 20 por ciento de la deuda comercial de países de
entradas medias con deudas, y las diversas propuestas del Club de París para reducir
parte de la deuda de países candidatos de bajos ingresos con deudas altas. Y en 1996, los
acreedores multilaterales llegaron al acuerdo de la Iniciativa del Banco Mundial para los
Países con Grandes Deudas (HIPC) para reducir deudas multilaterales, bilaterales y
comerciales, que hasta enero de 1999 ha proporcionado reducción limitada a Bolivia,
Uganda, Mozambique, Burkina Faso, Costa de Marfil, Mali y Guayana.
(7)
Para más información sobre la crisis de la deuda
ver, Tertio millennio adveniente (1994), Sollicitudo Rei Socialis (1987), y
su
Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz y de Cuaresma del papa Juan Pablo II; la
declaración del Vaticano sobre las Dimensiones éticas de la deuda internacional
(1987); la declaración de los obispos de Estados Unidos Relieving Third World Debt
(Reduciendo la Deuda del Tercer Mundo) (1989) y su carta pastoral, Justicia Económica
para Todos (1986). Ver también otras documentos, tales como Putting Life Before
Debt (La vida antes que la deuda) (1998), publicado por agencias católicas de socorro
cuyas labores de ayuda y desarrollo ofrecen una perspectiva sobre la deuda desde el punto
de vista de la gente pobre que ellos ayudan.
(8)
Juan Pablo II, Respeto por los Derechos Humanos:
El secreto de la verdadera paz ( Libreria Editrice Vaticana, 1999), N° 10.
(9)
En la Iniciativa HIPC, este nivel se define
generalmente como pagos de intereses de un 20 a 25 por ciento de los ingresos anuales de
un país por importaciones y un monto total de 200 a 250 por ciento de las ganancias
totales anuales por exportaciones.
(10) Mozambique, por ejemplo, pagó un promedio de sólo
un cuarto de los intereses de su deuda antes de que se le redujera la deuda mediante la
Iniciativa HIPC. La ayuda redujo la obligación total de Mozambique pero no lo suficiente
para cambiar los pagos de los intereses de la deuda.
(11) Alemania, por ejemplo, recibió
reducción substancial de su deuda que le facilitó reconstruir su economía
después de la Segunda Guerra Mundial. Ejemplos más recientes indican que
la reducción de la deuda para países después de un conflicto puede
contribuir a una posición financiera mucho más fuerte.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2224, del 4 de agosto de 1999. |