Documentos  
 

Discurso del embajador Vicente Espeche Gil


Acto de presentación de credenciales del nuevo embajador argentino ante la Santa Sede. Ciudad del Vaticano, 14 de abril de 2000


Santo Padre

El Presidente de la Nación Argentina, Dr. Fernando de la Rúa, me ha confiado el muy honroso cargo de Embajador de la República Argentina ante la sede apostólica.

Mi misión comienza cuando nuestra sociedad asiste con esperanza a los primeros meses de un nuevo período de gobierno. La ciudadanía ha votado por un cambio con espíritu de austeridad y transparencia, dentro del marco de la democracia, en el goce de las libertades que la Constitución Nacional consagra. El gobierno debe responder al mandato de construir una sociedad más fraterna, más solidaria, cada vez más cerca de la justicia "largamente esperada".

El cambio que se quiere operar está dirigido a hacer posible que los argentinos todos podamos realizar en nuestra sociedad aquel conmovedor llamado que, citando al profeta Isaías, Su Santidad formulara a la Iglesia que peregrina en nuestra patria, con ocasión de su memorable visita "¡Levántate y resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti!"

Esta empresa a la que estamos empeñados, nos obliga a tener claro el destino de nuestros pasos. Andamos, sí, pero la orientación nos las debe dar una adecuada jerarquía de valores, terreno en el que el mundo contemporáneo está confundido y empobrecido, por una secularización que ha olvidado el espíritu.

Un pastor de santa y feliz memoria, el cardenal Eduardo Francisco Pironio, solía decir que "hoy hacen falta más que nunca profetas de esperanza". Pues bien, la conducta ejemplar de tantos cristianos a lo largo de la historia y también de estos días, hace visibles los valores y encarna la paciente prédica doctrinal de la Iglesia.

San Héctor Valdivielso es uno de ellos. Esperamos fervientemente, a los pies de Nuestra Señora de Luján, que llegue pronto el día en que muchos otros fieles puedan ser reconocidos y venerados como beatos y santos argentinos. Los nombres del Cura Brochero, Fray Mamerto Esquiú, la Madre Camila Rolón y la Madre María Antonia de la Paz y Figueroa representan algunos de los nombres que el cariño popular reconoce y distingue como personas de Dios.

Un número incontable de mujeres y hombres, religiosos, sacerdotes y laicos de la Iglesia, desarrollan silenciosa y eficazmente tareas en los variados campos de la educación, la asistencia social y la solidaridad. En distintas ocasiones, la Iglesia ha sabido oficiar también como ámbito de reconciliación y encuentro amistoso, cada vez que los disensos y los conflictos nos han separado.

En este terreno, la prédica inspirada y ejemplar de la Iglesia dos veces milenaria y "experta en humanidad", como decía su amado predecesor el Papa Pablo VI, resulta insustituible. Poco antes de su histórica peregrinación a Tierra Santa, Su Santidad tomó la valiente decisión de que la Iglesia hiciera memoria de las culpas del pasado, buscando acercarse con el corazón abierto a un mundo ávido de reconciliación. Ello representa una invitación apremiante para que las sociedades y las personas hagan, a su vez, con sinceridad, otro tanto.

Santo Padre, resuenan en nuestros oídos las palabras que Su Santidad pronunciara llamando a prohibir el uso insensato de las armas, al inaugurar el actual Jubileo y abrir la puerta de salvación, de vida y de paz.

Es que la Argentina tiene con su persona una doble deuda especial de agradecimiento: en ambos casos, con ocasión de los dramáticos acontecimientos en el Atlántico Sur. En 1978, su valiente e inspirada mediación, instrumentada por el venerado cardenal Antonio Samoré, nos libró de la locura a que podríamos haber sido llevados. En 1982, cuando los argentinos, con ocasión del conflicto por las Malvinas, recibimos su visita paternal y solidaria en momentos de gran aflicción para todo nuestro pueblo.

Santo Padre, el Gobierno argentino valora profundamente el papel de la religión en la agitada vida de la sociedad contemporánea.

En el respeto de la libertad religiosa y de los derechos humanos que consagra nuestra ley fundamental, la raigambre católica de nuestro país alberga una sociedad de composición plural, enriquecida por distintas tradiciones religiosas y culturales. Es para nosotros motivo de orgullo que en ella vivan los cristianos de distintas denominaciones, con los judíos, y los fieles de otras expresiones religiosas minoritarias. Todos ellos son argentinos que suman su valioso aporte al esfuerzo común y hacen de su práctica religiosa un ejercicio permanente de edificación de la paz.

No es de extrañar entonces que, como nación, tengamos una conciencia cada vez más aguda de la misión que debemos cumplir. "Pertenecemos a una generación inquieta que busca caminos nuevos", al decir de nuestros obispos.

Los argentinos estamos cada vez más persuadidos de que podemos y debemos hacer más. Los dones con que nuestra tierra fue bendecida pesan como talentos en nuestras alforjas. Debemos hacerlos fructificar responsablemente para bien de nuestra propia comunidad, de nuestra América y del mundo.

Santo Padre: "al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

Una relación de respetuosa autonomía, de cooperación leal y desinteresada, y también de mutua estima, serán las mejores garantías para alcanzar el bien común anhelado por el Estado y la Iglesia, en beneficio de las mujeres y los hombres que habitan mi país.

Pero también existen otros desafíos a los que la comunidad internacional y cada uno de sus integrantes deben hacer frente solidariamente en el milenio que comienza.

Vivimos en un mundo que se debate entre acérrimos localismos y descontrolados globalismos. Estamos luchando contra problemas afligentes como la desocupación interna y el proteccionismo externo. Pero al mismo tiempo, estamos empeñados en desarrollar relaciones de paz, amistad e integración creciente con nuestros vecinos en el marco del MERCOSUR; contribuimos a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas y participamos activamente en distintos programas de cooperación internacional.

Es posición tradicional argentina, sostenida por el Gobierno, que parte esencial de ese bien común es la defensa de la vida humana a partir del momento de la concepción y su posterior desarrollo integral como persona, en el seno de la familia, institución básica de la sociedad. Esto conlleva a su vez la nece-sidad de la difusión de la educación y el conocimiento, la justicia en las relaciones sociales e internacionales, el desarme, y otras nobles causas que hacen a la dignidad del hombre y consolidan la paz.

En estas causas, Santo Padre, que estamos moralmente obligados a promover, la Argentina estará siempre junto a la Santa Sede.

Quiera el Señor escuchar estos propósitos y alentarlos con abundantes gracias, prenda de lo cual será la bendición apostólica que los fieles argentinos, filial, afectuosa y confiadamente, esperan de Su Santidad.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2263, del 3 de mayo de 2000


Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.