El Presidente de la Nación Argentina, Dr. Fernando
de la Rúa, me ha confiado el muy honroso cargo de Embajador de la República Argentina
ante la sede apostólica.
Mi misión comienza cuando nuestra sociedad asiste
con esperanza a los primeros meses de un nuevo período de gobierno. La ciudadanía ha
votado por un cambio con espíritu de austeridad y transparencia, dentro del marco de la
democracia, en el goce de las libertades que la Constitución Nacional consagra. El
gobierno debe responder al mandato de construir una sociedad más fraterna, más
solidaria, cada vez más cerca de la justicia "largamente esperada".
El cambio que se quiere operar está dirigido a
hacer posible que los argentinos todos podamos realizar en nuestra sociedad aquel
conmovedor llamado que, citando al profeta Isaías, Su Santidad formulara a la Iglesia que
peregrina en nuestra patria, con ocasión de su memorable visita "¡Levántate y
resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti!"
Esta empresa a la que estamos empeñados, nos obliga
a tener claro el destino de nuestros pasos. Andamos, sí, pero la orientación nos las
debe dar una adecuada jerarquía de valores, terreno en el que el mundo contemporáneo
está confundido y empobrecido, por una secularización que ha olvidado el espíritu.
Un pastor de santa y feliz memoria, el cardenal
Eduardo Francisco Pironio, solía decir que "hoy hacen falta más que nunca profetas
de esperanza". Pues bien, la conducta ejemplar de tantos cristianos a lo largo de la
historia y también de estos días, hace visibles los valores y encarna la paciente
prédica doctrinal de la Iglesia.
San Héctor Valdivielso es uno de ellos. Esperamos
fervientemente, a los pies de Nuestra Señora de Luján, que llegue pronto el día en que
muchos otros fieles puedan ser reconocidos y venerados como beatos y santos argentinos.
Los nombres del Cura Brochero, Fray Mamerto Esquiú, la Madre Camila Rolón y la Madre
María Antonia de la Paz y Figueroa representan algunos de los nombres que el cariño
popular reconoce y distingue como personas de Dios.
Un número incontable de mujeres y hombres,
religiosos, sacerdotes y laicos de la Iglesia, desarrollan silenciosa y eficazmente tareas
en los variados campos de la educación, la asistencia social y la solidaridad. En
distintas ocasiones, la Iglesia ha sabido oficiar también como ámbito de reconciliación
y encuentro amistoso, cada vez que los disensos y los conflictos nos han separado.
En este terreno, la prédica inspirada y ejemplar de
la Iglesia dos veces milenaria y "experta en humanidad", como decía su amado
predecesor el Papa Pablo VI, resulta insustituible. Poco antes de su histórica
peregrinación a Tierra Santa, Su Santidad tomó la valiente decisión de que la Iglesia
hiciera memoria de las culpas del pasado, buscando acercarse con el corazón abierto a un
mundo ávido de reconciliación. Ello representa una invitación apremiante para que las
sociedades y las personas hagan, a su vez, con sinceridad, otro tanto.
Santo Padre, resuenan en nuestros oídos las
palabras que Su Santidad pronunciara llamando a prohibir el uso insensato de las armas, al
inaugurar el actual Jubileo y abrir la puerta de salvación, de vida y de paz.
Es que la Argentina tiene con su persona una doble
deuda especial de agradecimiento: en ambos casos, con ocasión de los dramáticos
acontecimientos en el Atlántico Sur. En 1978, su valiente e inspirada mediación,
instrumentada por el venerado cardenal Antonio Samoré, nos libró de la locura a que
podríamos haber sido llevados. En 1982, cuando los argentinos, con ocasión del conflicto
por las Malvinas, recibimos su visita paternal y solidaria en momentos de gran aflicción
para todo nuestro pueblo.
Santo Padre, el Gobierno argentino valora
profundamente el papel de la religión en la agitada vida de la sociedad contemporánea.
En el respeto de la libertad religiosa y de los
derechos humanos que consagra nuestra ley fundamental, la raigambre católica de nuestro
país alberga una sociedad de composición plural, enriquecida por distintas tradiciones
religiosas y culturales. Es para nosotros motivo de orgullo que en ella vivan los
cristianos de distintas denominaciones, con los judíos, y los fieles de otras expresiones
religiosas minoritarias. Todos ellos son argentinos que suman su valioso aporte al
esfuerzo común y hacen de su práctica religiosa un ejercicio permanente de edificación
de la paz.
No es de extrañar entonces que, como nación,
tengamos una conciencia cada vez más aguda de la misión que debemos cumplir.
"Pertenecemos a una generación inquieta que busca caminos nuevos", al decir de
nuestros obispos.
Los argentinos estamos cada vez más persuadidos de
que podemos y debemos hacer más. Los dones con que nuestra tierra fue bendecida pesan
como talentos en nuestras alforjas. Debemos hacerlos fructificar responsablemente para
bien de nuestra propia comunidad, de nuestra América y del mundo.
Santo Padre: "al César lo que es del César, y
a Dios lo que es de Dios".
Una relación de respetuosa autonomía, de
cooperación leal y desinteresada, y también de mutua estima, serán las mejores
garantías para alcanzar el bien común anhelado por el Estado y la Iglesia, en beneficio
de las mujeres y los hombres que habitan mi país.
Pero también existen otros desafíos a los que la
comunidad internacional y cada uno de sus integrantes deben hacer frente solidariamente en
el milenio que comienza.
Vivimos en un mundo que se debate entre acérrimos
localismos y descontrolados globalismos. Estamos luchando contra problemas afligentes como
la desocupación interna y el proteccionismo externo. Pero al mismo tiempo, estamos
empeñados en desarrollar relaciones de paz, amistad e integración creciente con nuestros
vecinos en el marco del MERCOSUR; contribuimos a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas
y participamos activamente en distintos programas de cooperación internacional.
Es posición tradicional argentina, sostenida por el
Gobierno, que parte esencial de ese bien común es la defensa de la vida humana a partir
del momento de la concepción y su posterior desarrollo integral como persona, en el seno
de la familia, institución básica de la sociedad. Esto conlleva a su vez la nece-sidad
de la difusión de la educación y el conocimiento, la justicia en las relaciones sociales
e internacionales, el desarme, y otras nobles causas que hacen a la dignidad del hombre y
consolidan la paz.
En estas causas, Santo Padre, que estamos moralmente
obligados a promover, la Argentina estará siempre junto a la Santa Sede.
Quiera el Señor escuchar estos propósitos y
alentarlos con abundantes gracias, prenda de lo cual será la bendición apostólica que
los fieles argentinos, filial, afectuosa y confiadamente, esperan de Su Santidad.