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MEDIOS DE COMUNICACIÓN E IGLESIA


Alocución del Sr. Miguel Woites, director de AICA, en el I Seminario Iglesia 
y Medios de Comunicación, «Razones de un desencuentro histórico», 
que se llevó a cabo en la Universidad Católica Argentina Santa María 
de los Buenos Aires, el día 15 de setiembre de 2000, 
organizado por el Instituto de Comunicación Social, 
Periodismo y Publicidad, de la UCA.


Casi al cierre de la jornada, el director de AICA, Miguel Woites, detalló la tarea evangelizadora desarrollada por la agencia a lo largo de sus más de 44 años, comentó los cambios tecnológicos que sufrió la comunicación en esos años, y destacó la importancia de la información religiosa, sobre la cual dijo que "no tiene por qué ser lavada o de sacristía" si se le da "forma periodística profesional, sin quitarle su esencia". El texto completo de su alocución es el siguiente:

1. Como ustedes pueden observar en los programas que tienen en sus manos, mi intervención no estaba prevista. Yo vine a escuchar a los catedráticos y técnicos venidos de España, porque es bueno escuchar a la gente que sabe. Siempre hay tiempo de aprender cosas nuevas. "Nunca te acostarás a dormir -me decía un viejo amigo- sin haber aprendido algo nuevo". Hoy aprendí muchas cosas nuevas. Por eso felicito al Instituto de Comunicación Social, Periodismo y Publicidad de la Universidad Católica Argentina, que dirige la licenciada Alicia Peresón, el haber posibilitado la realización de este Seminario dedicado al tema de la Iglesia y los Medios de Comunicación.

Ella es la que debe hablar para clausurar el Seminario, pero algunos de los organizadores y otras personas muy cercanas poco menos que me empujaron hasta este sitio. Por eso debo ser muy breve, y como Dios no me enriqueció con el don (perdón: con el "carisma") de la palabra fluida y de tono académico, anoche desenfundé la vieja pero noble y leal Lexicon 80 y garabateé algunas de las ideas que pienso exponer. Además lo hice para no extenderme más de lo necesario ni irme por las ramas. (Para los jóvenes que ignoran tal vez lo de la Lexicon 80, debo aclararles que es una simple y vulgar máquina de escribir, sin cables, sin chips, sin disco rígido, sin ninguno de esos chirimbolos de nombres ingleses. Sin embargo por sus rodillos que nunca se gastan y sus teclas que nunca se rompen, pasaron las mejores crónicas periodísticas del siglo XX y las mejores páginas de la literatura moderna; también las peores).

2. Mi presencia aquí en este momento no intenta ni ahondar en la búsqueda de las razones ni aportar más datos sobre cada una de esas realidades (la Iglesia y los medios), ya que de todo ello se ha escuchado sobradamente y de una excelencia manifiesta en las distintas exposiciones de los disertantes, y en las mesas de debate moderadas e integradas por tan distinguidos y excelentes periodistas, de todos los cuales me considero amigo y de cuya actuación profesional me voy enriqueciendo cada día que leo sus crónicas o notas periodísticas y aunque no siempre coincidimos en los puntos de vista, ello no disminuye en lo más mínimo mi amistad y mi respeto.

Entiendo que la invitación de los organizadores, ese empujón que mencioné al principio, tiene la intención -y eso fue lo que me convenció de aceptar el convite- de que simplemente ofrezca un testimonio, sobre todo a los jóvenes, a los que recién comienzan a dar sus primeros pasos en el mundo de la comunicación social, decirles sinceramente que ¡se puede!, a pesar del llamado "desencuentro histórico".

3. Se puede llevar toda la inmensa riqueza de la Madre Iglesia a los medios de comunicación social. Cuando iniciamos la aventura de poner en marcha la agencia AICA apenas contábamos con una máquina de escribir y un mimeógrafo. Luego incorporamos una máquina rotaprint instalada en un sótano al lado de una caldera. Con esos elementos editábamos los primeros boletines hace ya 44 años. Diez años después accedimos al teletipo, una máquina que perfora una cinta de papel rígido, cuyas perforaciones combinadas representan letras y signos de puntuación. Esas cintas se colocaban en otras máquinas que "leían" las perforaciones y transmitían la información a través de una línea telefónica directa "punto a punto".

El otro paso fue el télex, con el que ya podíamos saltar el océano y llevar la información al mundo entero.

Pronto el télex dejó el camino al telefacsímil, que luego se llamó telefax y hoy es conocido como fax. Todavía se utiliza pero cada vez menos en el mundo periodístico.

Hoy todo aquello es chatarra, antigualla, piezas de museo. La información de la Iglesia generada en AICA llega al mundo a través de la computadora, por el sistema que algunos llaman, con lengua y mentalidad extranjera, "E-mail", pero que yo prefiero decirlo en la bella y sonora lengua de Cervantes: "correo electrónico".

AICA estuvo a la avanzada de esta revolución tecnológica. Tan en la avanzada que cuando en la sede de un gran diario porteño conversábamos acerca de problemas técnicos referidos al envío de la información de AICA a ese diario observamos que todavía dos agencias de prensa tenían instaladas máquinas teletipo, que en AICA ya eran historia. Tan en la avanzada estábamos que para facilitar las comunicaciones dentro de la Iglesia, AICA preparó y editó la primera guía de sitios católicos en Internet en lengua castellana. Un año y medio después España editó la segunda, pero dejando constancia en su presentación que seguía el ejemplo de AICA.

Ya ven que, como decía, se puede llevar toda la inmensa riqueza de la Madre Iglesia a los medios de comunicación social. Hoy casi perdimos la cuenta de los medios que reciben la información que suministra AICA. Hasta en el corazón de Rusia, o en Hong Kong, por mencionar sólo algunos lugares alejados. En el Encuentro Eucarístico de Córdoba el cronista de AICA envió sus crónicas con la computadora portátil.

3. Se puede transformar la información religiosa en una noticia profesionalmente inobjetable. La información religiosa no tiene por qué ser una información lavada, o de sacristía. La información de la Iglesia tiene tantos y tan variados aspectos que en un país como la Argentina donde casi el 90% de la población se confiesa católico, tiene que interesar como el fútbol, la política o el espectáculo. Sólo hay que darle forma periodística profesional, sin quitarle, por supuesto, su esencia.

4. Se puede ser hijo fiel de la Iglesia y trabajar en los medios de comunicación. Y no sólo es posible sino que es un deber de apostolado que tenemos los periodistas católicos de realizarlo. Es difícil. Claro que es difícil. Claro que van a encontrar incomprensiones e ingratitudes, que no se van a llenar los bolsillos, que se van a llevar más de una burla o desprecio, que la presión es grande y que en determinados momentos, cuando los principios están en juego o el respeto por la Iglesia está en duda, tal vez hasta pierdan algún puesto de trabajo o los releguen a segundos planos. En esos momentos la tentación de aflojar es muy grande; la tentación de "matizar", de callar, de decir o escribir lo que quieren que escriba, aunque la conciencia me indique lo contrario, o bien hacernos los distraídos y, como Pedro, después de haber prometido dar la vida por su Maestro, tener miedo y decir: "Yo a Este no lo conozco".

Pero se puede. Yo muchas veces digo: ¿A quién le gusta hablar mal de su madre? Ningún hijo bien nacido se dedica a despotricar contra su madre, divulgando sus defectos, sus manías, sus miserias. Más bien, y es de la propia naturaleza, el hijo trata de disimular u ocultar lo que pudiera constituirse en ludibrio de su madre, todo lo que pudiera herir o hacer sufrir a su madre.

La Iglesia es nuestra Madre, y como buenos hijos no podemos salir a la calle a difamar a nuestra Madre la Iglesia. Si hay algo que decir, lo diremos de entrecasa. Pero un buen hijo no saca los trapos sucios a la vista del mundo para convertir a la Iglesia, nuestra Madre, de la que hemos nacido pero que aún nos mantenemos en su seno, para que sea motivo de burla y crítica de la chusma, como en la Pasión. La Iglesia está abierta a la información, pero pide que se diga la verdad, nada más que la verdad y no se desfigure su rostro con falsedades o medias verdades. Pero un periodista católico no puede, no debe poner a la Iglesia en el pretorio de Pilato.

5. Se puede también santificar en los medios de comunicación. La santificación no consiste en mascullar jaculatorias y avemarías y adquirir posturas seudopiadosas. La santificación se adquiere a través de lo que decía San Pablo, el buen combate en esta vida por alcanzar la salvación eterna. Todo hombre y toda mujer, redimido por la sangre de Cristo, tiene un destino eterno y un destino temporal. Pero ese destino eterno, la salvación de su alma, sólo se alcanza a través del cumplimiento del destino temporal. Para ello Dios nos da el don de la vocación. El periodista, a quien Dios le dio esa vocación, alcanzará su santificación cumpliendo bien su papel de periodista con la mayor profesionalidad. La misión y función del periodista es ser, primordialmente, difusor de noticias. Pero, ¿qué noticias?

Contrariamente a lo que se supone, la Iglesia está siempre a favor de la libertad de expresión. Sin embargo, esta norma no es absoluta e irrevocable. Se dan casos en los que no existe ningún derecho a comunicar, por ejemplo, el de la difamación y la calumnia, el de los mensajes que pretenden fomentar el odio y el conflicto entre las personas y los grupos, la obscenidad y la pornografía, y las descripciones morbosas de la violencia. La libre expresión debería atenerse siempre a principios como la verdad, la honradez y el respeto a la vida privada.

6. Se me fue el tiempo. Pido perdón por el abuso pero no siempre se me presenta una ocasión de decir lo que siento. Hubiera querido contar las mil y una peripecia que tuvo que atravesar AICA en su larga vida. Pero sólo quiero revelar que lo que es hoy la Agencia Informativa de la Iglesia argentina se hizo sin un cobre, y cuando lo tuvimos nos lo quitaron. El mayor capital puesto en esta empresa fue la vocación, el entusiasmo, el amor a la Iglesia y mi familia.

Cuando la Jerarquía eclesiástica me confió esta misión, que iniciamos juntamente con el recordado Monseñor Canale, pusimos la mano sobre el arado y jamás -según el consejo evangélico- miramos hacia atrás.

Yo doy mi testimonio, no doy consejos ni recetas, tan sólo puedo asegurarles que el Señor que ve en lo secreto compensa sobradamente a su manera el sacrificio y nos renueva cada día las fuerzas y sigue alimentando nuestra vocación de comunicadores, hoy tan necesaria, pues vaya paradoja de este fin de milenio, donde las comunicaciones han llegado a un grado de desarrollo y magnitud nunca antes alcanzado ni imaginado y sin embargo, como nunca, el hombre del nuevo milenio está tan solo y desorientado, bombardeado de informaciones pero hambriento de verdad, de certezas, de belleza, de bien. En definitiva, lo que todos añoran y buscan 
-como desde hace dos mil años- es "la Buena Noticia"... todo lo que hagamos por ella bien vale cualquier sacrificio.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2297, del 27 de diciembre de 2000


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