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13 DE MAYO DE 1981
Revelaciones
del secretario del Papa, Mons. Stanislaw Dziwisz,
sobre el atentado contra la vida de Juan Pablo II.
El pasado 13 de mayo de
2001 la Universidad católica de Lublin (Polonia) confirió el doctorado
«honoris causa» en teología al obispo Stanislaw Dziwisz, 62 años,
secretario de Karol Wojtyla desde los años sesenta. Al cumplirse
exactamente en ese día el XX aniversario del atentado contra el Papa en
la plaza de San Pedro, monseñor Stanislaw dedicó su discurso a explicar
detalladamente la evolución de los hechos, poniendo de relieve que fue la
Providencia divina, por intercesión de la santísima Virgen, quien salvó
al Santo Padre de la muerte. Ofrecemos a continuación el texto del
discurso traducido al castellano por «L’Osservatore Romano»
Querido rector magnífico;
ilustres huéspedes:
Este encuentro tiene lugar
en una circunstancia particular. Hoy se cumplen veinte años del día en
que la divina Providencia, por intercesión de la Madre santísima, salvó
al Santo Padre de la muerte a manos del atentador.
La fecha del 13 de mayo no
puede dejarnos indiferentes, especialmente a esta universidad, que se
honra de haber tenido entre sus profesores al Papa Juan Pablo II.
Esta ceremonia nos brinda
la ocasión de revivir aquel acontecimiento, del que fuimos testigos. En
su contexto, parece conveniente situar este encuentro en la doble
dimensión de «don y misterio», ante los cuales es preciso inclinar la
cabeza y respetar su profundo valor. El don es la vida del Santo Padre,
que sigue dando frutos para bien de la Iglesia y del mundo; el misterio es
el atentado que, a pesar del drama que vivimos, tratamos de ver desde la
perspectiva de los designios salvíficos de la divina Providencia.
Había pedido que se
prescindiera de la «laudatio». De todos modos, agradezco al profesor
Nagy sus palabras, presentadas en forma de evocación. Sin embargo, no
habrá lección, sino más bien un testimonio, el testimonio de una
persona que sólo ha rozado el misterio, en el que tal vez fue un
instrumento en los planes de Dios (me resulta difícil reconocerlo), y que
en cambio es ciertamente un testigo ocular de cómo, a lo largo de veinte
años, se está realizando ese don, el don de la vida del Santo Padre.
Quiero extraer de la
historia, no demasiado lejana pero importante, algunos hechos referentes a
la fecha del 13 de mayo de 1981. Están profundamente grabados en mi
corazón y hasta hoy no he tenido el valor de hablar de ellos en público.
Sé que no es posible contarlos ni comprenderlos en su totalidad. Pero
creo que vale la pena volver a ellos con el recuerdo. Espero que referir
los detalles de aquellos acontecimientos, por lo general desconocidos,
sirva, más que para satisfacer la curiosidad, para ver cómo la vida del
Santo Padre fue verdaderamente salvada por una gracia admirable de Dios,
por la que debemos dar incesantemente gracias.
El año 1981 constituyó
para Polonia un año de tensiones sociales y políticas, pero fue también
el anuncio de tiempos nuevos. Las palabras que el Santo Padre pronunció
en Gniezno, durante la peregrinación de 1979, sobre el respeto de la
dignidad y de los derechos del hombre, de los derechos de las naciones y
de las sociedades a la libertad, a la soberanía y a la autodeterminación
quedaron profundamente grabadas en la conciencia de la gente. Aún
resonaban los ecos de la homilía pronunciada por el Papa durante la misa
de inauguración de su pontificado: «¡No tengan miedo; abran de par en
par las puertas a Cristo!».
A pesar de todo, también
en Italia, mayo de 1981 fue turbulento. Debía celebrarse el referéndum
sobre la ley del aborto. Para el 13 de mayo estaba anunciada, al respecto,
una gran manifestación convocada en Roma por el partido comunista. Ese
mismo día, el Santo Padre debía fundar el Instituto de estudios sobre
matrimonio y familia en la Pontificia Universidad Lateranense y crear en
la Sede apostólica el Consejo Pontificio para la Familia.
La tarde del 11 de mayo,
por deseo del Papa, visité en su residencia de Polonia al cardenal
Wyszynski. El «Primado del milenio» ya se veía obligado a guardar cama
a causa de una grave enfermedad. Mantuve con el cardenal una larga
conversación, durante la cual quiso transmitir al Santo Padre su última
voluntad. Le escribió también una carta. Era consciente de que podía
morir. Me pareció muy débil y completamente abandonado a la voluntad de
Dios. Se alegraba de la ceremonia, anunciada para el día 8 de junio, de
la consagración de la Iglesia y del mundo a la Madre santísima, por el
Santo Padre juntamente con los obispos. El Primado tenía un grandísimo
deseo de participar en ese acto, que había promovido con todo su empeño.
Sin embargo, dado su estado de salud, se limitó a nombrar una delegación
que acudiera a Roma.
Volví de Polonia el día
siguiente a la visita que había hecho al cardenal. El 13 de mayo el Santo
Padre invitó a comer con él al profesor Jerôme Lejeune, de París,
experto en genética, de fama mundial, y gran defensor de la vida. A las
cinco de la tarde, en la plaza de San Pedro, debía tener lugar la
tradicional audiencia general de los miércoles.
Hora 17.17. Mientras daba
la segunda vuelta a la plaza, se escucharon los disparos contra Juan Pablo
II. Alí Mehmet Agca, un asesino profesional, disparó con una pistola,
hiriendo al Santo Padre en el vientre, en el codo derecho y en el dedo
índice. Un proyectil traspasó el cuerpo y cayó entre el Papa y yo.
Escuché dos tiros. Las balas hirieron a otras dos personas. A mí no me
alcanzaron, aunque tenían tanta fuerza que podían atravesar a varias
personas.
Pregunté al Santo Padre:
– ¿Dónde?
Respondió:
– En el vientre.
– ¿Le duele?
– Me duele.
Y en aquel instante
comenzó a agacharse. Al estar yo detrás de él, pude sostenerlo. Estaba
perdiendo las fuerzas.
Fue un momento dramático.
Hoy puedo decir que en aquel instante entró en acción una fuerza
invisible, que permitió salvar la vida del Santo Padre que corría
peligro de muerte. No había tiempo para pensar; no había un médico al
alcance de la mano. Una sola decisión equivocada podía tener efectos
catastróficos. No intentamos prestarle los primeros auxilios, ni pensamos
en llevar al Herido a su apartamento. Cada minuto era precioso. Así,
inmediatamente lo introdujimos en la ambulancia, se encontró también a
su médico personal, el doctor Renato Buzzonetti, y a gran velocidad nos
dirigimos al Policlínico Gemelli. Durante el trayecto el Santo Padre
estaba aún consciente; perdió el conocimiento al ingresar en el
hospital. Mientras le fue posible, oró en voz baja.
En el Policlínico
encontramos consternación, pero eso era de esperar. El Herido primero fue
trasladado a una habitación del piso décimo, reservada a los casos
especiales, y desde allí inmediatamente fue llevado a la sala operatoria.
Desde aquel momento pesó sobre los médicos una enorme responsabilidad.
Desempeñó un papel especial el cirujano doctor Francesco Crucitti. Más
tarde me contó que aquel día no le tocaba su turno, se encontraba en
casa, pero una fuerza misteriosa lo impulsó a dirigirse al Policlínico.
Durante el trayecto escuchó por radio la noticia del atentado.
Inmediatamente se ofreció para realizar la intervención, sobre todo
teniendo en cuenta que el médico jefe de la clínica de cirugía, doctor
Castiglioni, se hallaba en Milán y llegó al Gemelli ya al final de la
operación. El doctor Crucitti fue asistido por otros médicos. La sala
operatoria estaba abarrotada. La situación era muy seria. El organismo se
había desangrado. La sangre destinada a la transfusión no resultó
adecuada. Con todo, en el Policlínico se encontraron médicos con el
mismo grupo sanguíneo, los cuales, sin dudarlo, dieron sangre al Santo
Padre para salvarle la vida.
La situación era muy
grave. En cierto momento el doctor Buzzonetti se dirigió a mí,
pidiéndome que administrara al Paciente la unción de los enfermos, dado
que su estado era muy grave: la presión bajaba, y los latidos del
corazón apenas se escuchaban. La transfusión de sangre le devolvió una
condición que permitió comenzar la intervención quirúrgica, la cual se
presentaba sumamente complicada. La operación duró cinco horas y veinte
minutos. Pero minuto tras minuto aumentaban las esperanzas de vida.
Muchísimas personas
acudieron al Policlínico: cardenales, empleados de la Curia. No estaba el
secretario de Estado, cardenal Agostino Casaroli, porque se hallaba de
viaje en los Estados Unidos. Llegaron también políticos, con el
presidente Sandro Pertini, el cual permaneció al lado del Santo Padre
hasta las dos de la mañana. No quiso alejarse antes de que el Papa
abandonara la sala operatoria. El comportamiento del Presidente fue
conmovedor, lejos de cualquier cálculo.
Asimismo llegaron los jefes
de los partidos: Piccoli, Forlani, Craxi, Berlinguer y otros. Añado, al
margen, que Berlinguer desconvocó la manifestación en favor del aborto
fijada para la tarde del 13 de mayo.
Después de la
intervención quirúrgica, el Santo Padre fue trasladado a la Unidad de
cuidados intensivos. Los médicos temían una infección y otras
complicaciones. El Santo Padre, en cuanto volvió en sí, preguntó:
– ¿Hemos rezado las
Completas?
Ya estábamos en el día
siguiente al atentado. Durante dos días el Papa sufrió mucho, pero
también aumentaban las esperanzas de vida. Permaneció en la Unidad de
cuidados intensivos hasta el 18 de mayo.
El primer día después de
la operación el Santo Padre recibió la sagrada Comunión, y en los días
sucesivos, estando en la cama, participaba en la concelebración
eucarística.
Se comenzó a hablar de una
consulta médica internacional. Insistía en hacerla el cardenal
Macharski.
El domingo por la mañana,
17 de mayo, el Santo Padre grabó una alocución para el Regina caeli.
Fueron palabras de agradecimiento por las oraciones de muchos fieles, de
perdón para el atentador y de abandono en manos de la Virgen. El atentado
había unido a la Iglesia y al mundo en torno a la persona del Santo
Padre. Fue el primer fruto de su sufrimiento. Polonia velaba de rodillas.
En Cracovia tuvo lugar la inolvidable «Marcha Blanca» de los jóvenes.
El Policlínico Gemelli
estaba invadido de periodistas, personalidades eclesiásticas y laicas, y
millares de personas, gente sencilla. Acudían al Papa con amor. De todo
el mundo llegaron telegramas; en los primeros días se contaron quince
mil.
Ese mismo día llegaron los
expertos: dos médicos de Estados Unidos, uno de Francia, uno de Alemania,
uno de España y uno de Cracovia. Se pronunciaron positivamente con
respecto al estado de salud del Santo Padre y al desarrollo de los
cuidados médicos. Una semana después del atentado cantamos el Te Deum.
Se comenzó a relacionar
insistentemente la fecha del atentado con las apariciones de Fátima. Cada
vez con mayor frecuencia se habló de una curación milagrosa realizada
por intercesión de la Virgen de Fátima.
El Santo Padre, en cuanto
se sintió más fuerte, comenzó a recibir visitas, especialmente de sus
colaboradores, de los cardenales, y también de representantes de otras
confesiones. De ordinario, a las seis de la tarde celebrábamos la santa
misa; luego, juntamente con nuestras religiosas, cantábamos las letanías
del mes de mayo.
Mientras tanto, de Varsovia
llegaban noticias de la agonía del Primado Wyszynski. El Papa participaba
muy intensamente en esos últimos momentos. El 24 de mayo -por teléfono,
a través de don Gozdziewcz- le transmitió aún su saludo y su
bendición. Al día siguiente, a las 12.15, el Santo Padre pudo hablar por
primera vez con el Primado agonizante. La conversación fue breve. En mi
memoria quedaron grabadas las palabras: «Le envío la bendición y un
beso».
El 27 de mayo el Santo
Padre grabó en una cinta el discurso a los peregrinos de Piekary Slaskie.
Con todo, se sentía cansado. Se quejaba de un dolor en el corazón. El
estado del Paciente estaba empeorando. Se le hizo un reconocimiento a
fondo. Durante toda la noche los cardiólogos velaron. Los problemas
cardíacos, como explicaban los médicos, surgieron a causa de un pequeño
émbolo en los pulmones, que gradualmente se fue absorbiendo. Día tras
día, del electrocardiograma desaparecían los signos de preocupación.
El 28 de mayo, solemnidad
de la Ascensión, el estado de salud mejoró, pero, a pesar de ello, se
tuvo que alargar el tiempo de internamiento en el hospital. Aquel día, a
las 4.40 de la mañana, murió el Primado Wyszynski. Su muerte no
constituyó una sorpresa, pero nos conmovió profundamente a todos. La
noticia oficial llegó hacia las 10. Sin embargo, en privado, don Piasecki
ya nos había dado la noticia a las 6.30. Informé al Santo Padre un poco
más tarde. Recibió el anuncio con profunda conmoción.
El 30 de mayo el Papa
recibió al cardenal Casaroli y le entregó la carta con el texto que se
debería leer durante el funeral del Primado. El secretario de Estado
tomó parte en él, en nombre del Santo Padre, que hubiera deseado mucho
participar personalmente.
El 31 de mayo, domingo, el
Santo Padre grabó el discurso para el rezo del «Regina caeli». Su voz
ya era más fuerte. A las cinco de la tarde, a través de Radio Vaticana,
participó en la ceremonia fúnebre del Primado Wyszynski. Mientras se
desarrollaba la liturgia fúnebre, celebró su propia misa en el
Policlínico Gemelli. Después de la eucaristía dijo: «Me faltará. Me
unía a él una gran amistad; necesitaba su presencia».
La mañana del 1 de junio,
como siempre, el Papa se dedicó a la meditación y a las oraciones. Luego
se sometió a las visitas médicas. Además de los médicos de la
clínica, se hallaba siempre presente un doctor del Vaticano. El doctor
Buzzonetti lo seguía todo puntualmente. Más tarde el Santo Padre solía
recibir las visitas oficiales y también las de los amigos. Aquel día,
después de la santa misa vespertina, comenzamos las celebraciones en
honor del Sagrado Corazón de Jesús.
El 3 de junio fue el día
del regreso a casa. Celebramos la misa a las 12.30. Antes de abandonar el
Policlínico, el Papa recibió al profesor Lazzati, rector de la
Universidad Católica, y por la tarde a los médicos y al personal
paramédico. A las 19 partió hacia el Vaticano. El encuentro con la Curia
y con los habitantes del palacio pontificio fue muy emotivo. La presencia
del Santo Padre llenó de nueva vida la Sede apostólica.
Así se concluía la
primera etapa después del atentado y los dramáticos momentos de lucha
por la vida.
***
El Santo Padre seguía bajo
la atención de los médicos del Policlínico Gemelli y de los del
Vaticano. El viernes 5 de junio grabó el discurso para la solemnidad de
Pentecostés, a la que estaban invitados los obispos de todo el mundo, con
ocasión del 1600° aniversario del primer concilio de Constantinopla y
del 1550° del de Éfeso. Durante esas celebraciones, el Papa, con el
espíritu del mensaje de Fátima, deseaba consagrar a la Madre santísima
la Iglesia y el mundo, de modo particular los países que esperaban ese
acto más que todos.
El domingo 7 de junio,
solemnidad de Pentecostés, el cardenal Carlo Confalonieri, decano del
Colegio cardenalicio, presidió la liturgia en la basílica de San Pedro.
La homilía del Santo Padre se escuchó en una grabación, y al final de
la liturgia él mismo se asomó al balcón interior de la basílica e
impartió la bendición. Fue grande la alegría. También el discurso del
Papa que precedió la oración del «Regina caeli» había sido grabado.
El Santo Padre sólo se asomó a la ventana de su biblioteca privada para
impartir la bendición a las numerosas personas reunidas en la plaza de
San Pedro.
Por la tarde tuvo lugar la
gran ceremonia en Santa María la Mayor, con la participación de las
delegaciones de los obispos de todos los continentes, durante la cual el
Santo Padre consagró la Iglesia y el mundo a la Madre de Dios. Las
palabras de este acto, preparadas por el Papa, fueron transmitidas por
Radio Vaticana. El Santo Padre siguió por televisión toda la ceremonia.
La celebración fue presidida por el cardenal Otunga, de Nairobi, y la
procesión fue encabezada por el cardenal Corripio, de México.
De este modo se cumplió el
gran deseo del Episcopado polaco y del Primado Stefan Wyszynski, expresado
también durante el concilio Vaticano II.
El martes 9 de junio
reapareció la fiebre, y con ella volvió el malestar general. Comenzaron
los análisis y la búsqueda de las causas. El Pontífice sentía dolores
agudos. Comenzó a perder las fuerzas. Por añadidura, los continuos
análisis eran muy pesados y no llevaron a resultados concretos. La fiebre
alcanzó los 40 grados y se mantuvo durante varios días, debilitando cada
vez más el organismo. Al equipo de médicos se añadieron otros dos: el
doctor Giunchi, especialista en medicina, y el famoso cirujano doctor
Fegiz.
El domingo 14 de junio, el
Santo Padre se asomó una vez más para la oración del «Regina caeli».
El 17 de junio el Papa
recibió brevemente al sindicato «Solidaridad» de agricultores.
La consulta médica,
preocupada por su estado de salud, e incluso temiendo por su vida, tomó
la decisión de que volviera al Policlínico Gemelli. Se encontraba tan
débil que no podía rezar por sí solo el breviario.
El 20 de junio, a las
16.30, el Papa fue trasladado de nuevo al Policlínico para análisis más
minuciosos, los cuales, sin embargo, no revelaron inmediatamente las
causas del estado del Paciente.
El 22 de junio se
descubrieron infiltraciones en los pulmones, que desaparecieron
gradualmente. Aquel día se identificó por primera vez el
citomegalovirus, causa de todas aquellas complicaciones, muy serias. Ese
descubrimiento permitió aplicar la terapia adecuada.
En el Policlínico Gemelli
el Santo Padre solía despachar muchos asuntos de oficio. Durante la
jornada recibía a los colaboradores, entre ellos al nuncio aquí
presente, y también a monseñor Rakoczy, que entonces constituían la
sección polaca de la Secretaría de Estado.
En aquel tiempo hubiera
debido producirse el nombramiento del nuevo Primado de Polonia. Eso
ocupaba la mente y el corazón del Santo Padre. Después de una amplia
consulta del Episcopado, la elección recayó en el obispo Józef Glemp.
Llegó a Roma el cardenal Franciszek Macharski. Y llegó también el mismo
monseñor Józef Glemp.
El 6 de julio el Santo
Padre escribió una carta a la Iglesia en Polonia sobre el nombramiento
del nuevo Primado.
El estado de salud del Papa
mejoraba de tal manera que los médicos comenzaron a pensar en la segunda
intervención quirúrgica para cerrar la colostomía. Sin embargo, la
mayoría de los doctores proponía posponer la intervención, teniendo en
cuenta la debilidad del organismo del Paciente. El Santo Padre opinaba que
no se debía aplazar la operación. Quería salir del hospital
completamente curado.
El 10 de julio su estado de
salud volvió a empeorar. En los pulmones se manifestó un proceso
inflamatorio. Según el parecer de los médicos, estos graves síntomas y
estas complicaciones eran provocados aún por la presencia del
citomegalovirus. Debo subrayar aquí la enorme entrega y solicitud de los
médicos del Policlínico Gemelli y de los del Vaticano. Expresamos
nuestra gratitud en particular a las enfermeras y a las religiosas del
Sagrado Corazón, esclavas fieles del Sacratísimo Corazón de Jesús.
El 16 de julio, día de la
Virgen del Carmen, se produjo una evolución decisiva de la enfermedad y
se registró una mejoría en las condiciones generales. El Santo Padre
afrontó, con renovada vitalidad, los problemas de todos los días:
comenzó a elaborar el programa del futuro Sínodo con el arzobispo Jozef
Tomko, y siguió los trabajos de la Curia recibiendo cada día al cardenal
Casaroli, al arzobispo Martínez Somalo, y a otros jefes de dicasterios.
Reanudó el seguimiento de los eventos políticos y de modo particular la
situación en Polonia.
El 20 de julio se inició
el proceso contra el atentador. La cuestión era delicada para el Santo
Padre y para la Sede apostólica. El Papa había perdonado, pero los
órganos de la justicia italiana debían cumplir las obligaciones
previstas por la ley.
El 23 de julio el Santo
Padre participó en la consulta médica, durante la cual presentó su
propio punto de vista sobre la terapia, pidiendo que los médicos lo
tuvieran en cuenta. Con firmeza insistía en que quería ser operado para
poder volver a casa con plena eficiencia. Los médicos parecían
desconcertados, pero no excluyeron la posibilidad de la segunda
intervención. Fue especialmente el doctor Crucitti quien persuadió a los
demás de la conveniencia de tener en cuenta la voluntad del Paciente.
El Santo Padre se sentía
cada vez mejor, aunque la resistencia de su organismo fuera aún débil. A
pesar de las condiciones de hospitalización, trabajaba con gran empeño.
Comenzaba la jornada con el rezo del Oficio parvo en honor de la Virgen y
de las oraciones de la mañana y la meditación; luego venían las visitas
de los médicos, el rezo del breviario, las visitas de los huéspedes,
tanto las oficiales como las ocasionales. Naturalmente se recibía
también a los amigos que llegaban de Polonia. En las conversaciones
volvían siempre, de modo recurrente, los temas esenciales de la vida de
la Iglesia y las cuestiones que se presentaban en los diversos campos de
la cultura y la ciencia.
Por la tarde el Santo Padre
concelebraba la eucaristía. Siempre participaba en ella un pequeño grupo
de invitados. En los últimos días, ante el hospital se daban cita
numerosos peregrinos: grupos parroquiales, folclóricos, coros y personas
diversas. El Papa los saludaba desde la ventana, e impartía la bendición
apostólica.
El 31 de julio debía
tomarse la decisión médica con respecto a la segunda intervención
quirúrgica. Después de un intenso debate, se fijó la fecha del 5 de
agosto. El Santo Padre mismo eligió ese día, dedicado a la Virgen de las
Nieves. La operación comenzó a las siete de la mañana y duró una hora.
La realizó de nuevo el doctor Crucitti, asistido por otros médicos. Todo
se desarrolló de forma favorable. La intervención produjo al Santo Padre
un gran alivio y le permitió una vida normal. Durante el tiempo de la
operación, sus más íntimos colaboradores estaban celebrando la santa
misa en la capilla del hospital.
El 6 de agosto el Paciente
ya pudo dar algunos pasos en su habitación. Ese día recibió también la
visita del Primado Józef Glemp con el arzobispo Bronislaw Dabrowski.
Concelebraron juntos la santa misa por Pablo VI, en el aniversario de su
muerte.
Durante los días
siguientes fue mejorando su salud, ya sin complicaciones.
El 10 de agosto los
médicos comenzaron a hablar del regreso a casa. El Santo Padre, ca-da vez
con mayor frecuencia, saludaba desde la ventana del hospital a los
numerosos grupos de peregrinos, especialmente a los que acudían desde
Polonia. Además de su solicitud por toda la Iglesia, vivía intensamente
la situación de Polonia, de la que llegaban noticias sobre maniobras
militares, sobre protestas de «Solidaridad» y sobre la convocación del
pleno del Comité central del Partido.
El 13 de agosto se
reunieron los médicos y, después de la consulta, emitieron un comunicado
anunciando la conclusión del internamiento en el hospital y la vuelta a
casa del Santo Padre.
La mañana del 14 de
agosto, después de las oraciones y la adoración, el Papa dirigió un
discurso a las personas internadas, y se despidió de los doctores y del
personal paramédico que lo había atendido. En el atrio del Policlínico
Gemelli y ante el edificio se había congregado una gran multitud de gente
y entre ella numerosos periodistas. El Santo Padre saludó una vez más a
los médicos, y luego volvió en automóvil al Vaticano. Después de
atravesar la plaza de San Pedro, se dirigió a la basílica. En el patio
de San Dámaso dijo a los cardenales y empleados de la Curia presentes:
«He hecho una visita a San Pedro para darle gracias por haber querido
dejar con vida a su Sucesor. He visitado las tumbas de Pablo VI y de Juan
Pablo I, porque junto a ellas podía haber ya una tercera tumba»
El 15 de agosto, solemnidad
de la Asunción de la Virgen, fue el primer día, después del atentado,
en que el Santo Padre pudo sentirse completamente libre de los cuidados de
los médicos y del hospital. Decenas de miles de personas llegaron a la
plaza de San Pedro para participar a mediodía en el Ángelus juntamente
con el Papa. Aquel día se concluyó el gran drama, durante el cual el
Santo Padre pudo experimentar de modo singular la bondad, la solicitud y
la protección de la Madre santísima. El Papa ha albergado y alberga esta
convicción hasta hoy. Cuando, cuatro meses después, volvió a la plaza
de San Pedro para encontrarse de nuevo con los fieles durante la audiencia
general, agradeció a todos las oraciones y confesó: «Y nuevamente me
siento deudor de la Virgen santísima y de todos los santos patronos.
¿Podría olvidar que ese acontecimiento tuvo lugar en la plaza de San
Pedro en el día y a la hora en que, desde hace más de sesenta años, se
recuerda en Fátima, Portugal, la primera aparición de la Madre de Cristo
a los pobres campesinos? Porque en todo lo que me sucedió precisamente en
ese día he percibido la extraordinaria protección y solicitud materna,
que se mostró más fuerte que el proyectil asesino» (7 de octubre de
1981).
***
Don
y misterio
Don
fue el regreso, el milagroso regreso del Santo Padre a la vida y a la
salud. Sigue siendo un misterio, en la dimensión humana, el atentado. En
efecto, no lo ha aclarado ni el proceso ni el largo encarcelamiento del
atentador. Fui testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la
cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primer
discurso después del atentado. No he escuchado una sola palabra de
petición de perdón por parte del preso. Sólo le interesaba el misterio
de Fátima, turbado por la fuerza que lo había superado. Él había
apuntado bien, pero la Víctima había permanecido viva. En el año del
gran jubileo el Santo Padre se dirigió, mediante una carta, al presidente
de la República italiana para que Alí Agca fuera liberado: esta
petición, como se sabe, fue aceptada por el presidente Carlo Azeglio
Ciampi. El Santo Padre acogió con alivio la liberación de Alí Agca.
Muchas veces había recibido a su madre y a sus familiares. A menudo
preguntaba por él a los capellanes de la cárcel.
En la dimensión divina el
misterio está constituido por este dramático acontecimiento, que
debilitó fuertemente la salud y las fuerzas del Santo Padre, pero al
mismo tiempo no quedó sin efecto en lo que atañe a los contenidos y a la
fecundidad de su ministerio apostólico en la Iglesia y en el mundo.
Recuerdo que, durante una conversación, el Santo Padre confesó: «Ha
sido una gran gracia de Dios. Veo en esto una analogía con el
encarcelamiento del Primado. Sólo que aquella experiencia duró tres
años, y esta...».
Creo que no es exagerado
aplicar a este caso el dicho antiguo: «Sanguis martyrum, semen
christianorum» (La sangre de los mártires es semilla de cristianos). Tal
vez hacía falta esa sangre en la plaza de San Pedro, en el lugar del
martirio de los primeros cristianos. En este contexto me vienen a la mente
cuatro reflexiones.
El primer fruto de aquella
sangre derramada fue la unión de toda la Iglesia en la gran oración por
la salvación del Papa. A lo largo de toda la noche que siguió al
atentado, los peregrinos que habían acudido a la audiencia general, y una
multitud cada vez mayor de romanos, oraban en la plaza de San Pedro.
Durante los días sucesivos, en las catedrales, en las iglesias y en las
capillas del mundo entero se celebraron misas y se ofrecieron oraciones
según sus intenciones. El mismo Santo Padre decía a este respecto: «Me
resulta difícil pensar en todo esto sin conmoción, sin una profunda
gratitud hacia todos. Hacia todos los que el 13 de mayo se reunieron en
oración. Y hacia todos los que han seguido orando durante todo este
tiempo. (...) Doy las gracias a Cristo Señor y al Espíritu Santo, el
cual, mediante este acontecimiento que tuvo lugar en la plaza de San Pedro
el día 13 de mayo a las 17.17, impulsó a tantos corazones a la oración
común. Y pensando en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de
los Hechos de los Apóstoles, que se refieren a Pedro: «la Iglesia oraba
insistentemente por él a Dios» (Hch 12, 5)» (5 de octubre de 1981).
En aquellos días llegaron
expresiones de benevolencia también de numerosos ambientes que no tenían
relación con la Iglesia, de jefes de Estado, de representantes de
organizaciones internacionales y de diversos organismos políticos y
sociales de todo el mundo. Parece que los sentimientos que se expresaban
entonces contribuyeron a formar, hasta hoy, su convicción de que el Santo
Padre es una Autoridad moral en el mundo.
La preocupación por la
vida y la salud del Papa no sólo se manifestó en la Iglesia católica,
sino también en las comunidades de otras confesiones cristianas, e
incluso de otras religiones. Recuerdo que el Secretariado para la unión
de los cristianos recibió centenares de telegramas de sus representantes.
Desde Constantinopla llegó un enviado especial del patriarca Demetrio,
para expresar su profunda participación en los sufrimientos del Obispo de
Roma. Se recibieron telegramas de los patriarcas de Moscú, Jerusalén,
Armenia y muchas otras Iglesias ortodoxas. Enviaron telegramas el Primado
de la Comunión anglicana y también los jefes de numerosas comunidades
protestantes. Estoy profundamente convencido de que el sufrimiento del
Papa dio una gran contribución a la obra de la unidad de los cristianos,
a la que él se entregó con tanto empeño.
Ya he mencionado que aquel
día, que se ha hecho memorable, estaba prevista en Roma una gran
manifestación organizada por ambientes que se pronunciaban en favor del
derecho al aborto; manifestación que, a causa del atentado, fue
desconvocada. En los planes de la divina Providencia nada acontece por
casualidad. Tal vez fuera necesaria aquella sangre inocente y aquella
desesperada lucha por la vida, para que se despertara en el corazón de
los hombres la conciencia del valor de la vida y la voluntad de defenderla
desde la concepción hasta su muerte natural. El hecho de que aquel día
se instituyeran tanto el Consejo Pontificio para la Familia como el
Instituto para la Familia en la Pontificia Universidad Lateranense, parece
confirmar esa intuición. Independientemente del estado efectivo de las
leyes y de las costumbres, en la cuestión del respeto por la vida en las
sociedades contemporáneas, se puede decir que el compromiso del Santo
Padre y de la Iglesia en favor de la familia y de la vida concebida
recibió aquel día un nuevo impulso y una nueva motivación existencial.
Ciertamente, se podría
profundizar más en el misterio del atentado, de aquella lucha por la vida
y la salvación del Santo Padre, citando ulteriores frutos que se han
producido y que hoy, a veinte años de distancia, es posible descubrir.
Sin embargo, soy consciente de que su sentido definitivo permanecerá en
los inescrutables designios de la divina Providencia. A pesar de ello, en
este momento deseo expresar mi profunda convicción de que la sangre
derramada en la plaza de San Pedro el 13 de mayo fructificó en la
primavera de la Iglesia del año 2000. No ceso de dar gracias a Dios por
este don y por este misterio, del que he podido ser testigo ocular. Al
concluir este testimonio, quiero citar las palabras del cardenal Wojtyla
tomadas de su poesía Stanislaw: «Si la palabra no ha convertido, será
la sangre la que convierta».
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2323, del
27 de junio de 2001
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