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LA
EUCARISTÍA COMO “FUENTE Y CUMBRE”
Homilía pronunciada por el cardenal Zenón Grocholewski, en la misa de
clausura del III Encuentro Nacional de Docentes Universitarios Católicos
de la Argentina, realizado en Huerta Grande (Córdoba), del 20 al 22 de
mayo de 2005
Me agrada mucho que durante este III Encuentro Nacional de Docentes
Universitarios Católicos de la Argentina nos unamos todos en la solemne
celebración de la Eucaristía. Ésta tiene una importancia particular, en
orden a que este Encuentro pueda tener frutos benéficos para la Iglesia y
para el mundo de hoy.
Como hace pocos meses
se celebró el 48º Congreso Eucarístico Internacional, y como, además,
celebramos en el presente el Año de la Eucaristía que culminará con la
Sesión Ordinaria del Sínodo de los Obispos dedicado precisamente a la
Eucaristía en la vida y misión de la Iglesia, quiero dedicar mi breve
reflexión a este Gran Sacramento, referido a nuestro Encuentro y a nuestro
compromiso universitario.
“Fuente y cumbre de toda la vida cristiana”
a) En primer lugar
quisiera observar que prácticamente la Iglesia une todo con la Eucaristía:
todas las celebraciones, solemnidades, aniversarios, congresos, fiestas, y
no sólo las del Señor, sino también las de la Virgen y de los Santos.
Incluso los otros sacramentos se administran justamente durante el de la
Eucaristía: la confirmación, el matrimonio, el sacerdocio, y cada vez más
a menudo también el bautismo y la unción de los enfermos.
Para ningún otro
sacramento, sino solamente para la Eucaristía la Iglesia organiza
periódicamente Congresos nacionales e internacionales, ha establecido una
solemnidad especial (la del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo), organiza
procesiones, adoraciones, etcétera.
Más aún, la Iglesia
quiere que la Eucaristía sea el centro de nuestra vida: cuando, por
ejemplo, el Código de Derecho Canónico habla de la parroquia, establece
que el centro de la asamblea parroquial de los fieles sea la Eucaristía
(Can. 528 § 2); cuando habla del seminario para la preparación de los
sacerdotes, dice que el centro de toda la vida del seminario tiene que ser
la Eucaristía (Can. 246 § 1); cuando trata de las casas religiosas, ordena
que el centro de la comunidad sea la Eucaristía (Can. 608).
b) ¿Por qué este lugar privilegiado de la Eucaristía? ¿Por qué ella se
implica en todo? ¿Por qué es importante también para nuestro Encuentro
Nacional y nuestro compromiso universitario?
El motivo es muy
simple. “La Eucaristía -como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia
Católica citando los textos del Concilio- es fuente y cima (fons et
culmen) de toda la vida cristiana. Todos los sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a
la Eucaristía y a ella se ordenan” (n. 1324).
Sí, la Eucaristía es
fuente y al mismo tiempo cima, cumbre de todo el culto, de toda la vida
cristiana, de todo el apostolado. Y no hay ninguna duda de que los
Docentes Universitarios Católicos están llamados a tomar parte activa y
calificada en el apostolado de la Iglesia. Juan Pablo II concluye la
Constitución Apostólica sobre las universidades católicas “Ex corde
Ecclesiae” con esta ferviente invitación: “Queridos hermanos y hermanas,
mi estímulo y mi confianza los acompañen en el arduo trabajo diario de
ustedes, cada vez más importante, urgente y necesario para la causa de la
evangelización y para el futuro de la cultura y de las culturas. La
Iglesia y el mundo necesitan del testimonio de ustedes y de la competente,
libre y responsable contribución de ustedes.” Esto, obviamente, vale
también para todos los docentes católicos sea cual sea la universidad
donde se encuentren.
Dos aspectos de la Eucaristía
Para comprender mejor
que la Eucaristía es fuente y cumbre de toda la vida cristiana y todo el
apostolado, tenemos que tomar en consideración sobre todo dos aspectos de
la Eucaristía.
a) En la Eucaristía está realmente presente Cristo. La Eucaristía, en
efecto, no es memoria en el sentido de recuerdo de un acontecimiento del
pasado, sino que, cuando celebramos la Eucaristía, son borrados dos mil
años que nos separan de la pasión y de la muerte de Jesús en la cruz; esta
pasión y muerte en la cruz se hace realmente presente y eficazmente
operante en medio de nosotros. Cristo se hace realmente presente con toda
la potencia de su amor redentor. Celebrando la Eucaristía nosotros nos
ponemos en cierto modo bajo la cruz de Jesús -realmente presente y
operante- para sacar de esa cruz los frutos de la redención: luz, fuerza,
perdón, gracia, salvación.
De este modo la
Eucaristía se convierte en alimento, realmente se convierte en pan de
nuestra vida espiritual. Por tanto, la Eucaristía, de manera parecida al
alimento material en nuestra vida física, renueva y transforma nuestra
vida espiritual. Jesús ha dicho expresamente: “Mi carne es verdadera
comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,55).
Por eso celebramos la
Eucaristía sobre el altar en forma de mesa, al que venimos para
alimentarnos.
b) Pero esto es solamente un aspecto de la Eucaristía. Hay también otro,
muy importante, del que a menudo nos olvidamos y ciertamente del cual
hablamos demasiado poco; y, por tanto, yo lo quiero subrayar fuertemente:
cómo, por una parte, la Eucaristía es alimento de nuestra vida cristiana
de cada día, así, por otra, toda nuestra vida cristiana tiene que ser una
preparación para participar plenamente en la Eucaristía, tiene que estar
orientada a la Eucaristía. ¿De qué forma?
Jesús, que murió por
nosotros en la cruz -y se hace presente en su muerte redentora durante la
celebración de la Eucaristía-, nos invita a participar en su cruz, nos
exhorta a que cada uno de nosotros tome su propia cruz. Lo dijo
claramente: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame” (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9, 23); “Quien no lleva su
cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27), más bien, “no es
digno de mí” (Mt 10, 38). ¿Podemos nosotros no sentir estas palabras de
Jesús cuando celebramos la Eucaristía, cuando Él está presente entre
nosotros con su cruz redentora?
Evidentemente no se
trata aquí de hacer mortificaciones o penitencias irracionales, sino más
bien de que estemos dispuestos a cualquier sacrificio, a cualquiera
fatiga, a cualquier esfuerzo para realizar la voluntad de Dios, para
vencer el pecado y para vivir como personas rescatadas por el amor de
Cristo y realizar nuestra vocación cristiana.
Cuando no tienes ganas
de rezar, entonces es el momento de tomar la cruz; cuando te es difícil
perdonar, entonces es el momento de tomar la cruz; cuando te atormenta una
tentación, entonces es el momento de tomar la cruz; cuando tu deber te
parece demasiado difícil, entonces es el momento de tomar la cruz; cuando
hace falta tomar postura clara de cristiano en una situación incómoda,
entonces es el momento de tomar la cruz; cuando hace falta renunciar a
algo, a causa de la propia fe, entonces es el momento de tomar la cruz;
cuando se trata de un compromiso de apostolado en la universidad, entonces
es el momento de tomar la cruz. Cada día tenemos muchas ocasiones de tomar
voluntariamente la cruz por amor de Cristo.
Y cuando tomamos
voluntariamente nuestra cruz, para unirla con la de Cristo en la
Eucaristía, entonces se cumple una gran cosa: completamos en nuestra
carne -para usar las palabras de san Pablo (Col 1, 24)– lo que falta a
los padecimientos de Cristo por nuestra salvación (en efecto, para que la
cruz de Cristo pueda salvarnos, se requiere la contribución de nuestra
cruz); entonces al vino de la cruz de Jesús añadimos una gota del agua de
nuestra cruz (como simbólicamente hace el sacerdote durante la Santa
Misa); al inmenso amor de Cristo crucificado unimos nuestro amor.
c) Justamente esta es la participación plena en la Eucaristía, cuando, de
una parte, alcanzamos de la cruz de Cristo, presente entre nosotros, la
gracia, el perdón y el nutrimiento de nuestra vida cristiana, y de otra,
llevamos nuestra cruz, expresión de nuestro amor, para unirla con la de
Cristo. Es ésta la más intensa y la más constructiva comunicación entre el
Dios omnipotente y el hombre que necesita su misericordia.
Y entonces sí que la
Eucaristía se convierte en centro de nuestra vida cristiana, Se hace
fuente y cumbre (de una parte fuente, de otra cumbre) de todo nuestro
culto y de toda la vida cristiana, de todo nuestro apostolado. Entonces sí
que la celebración de la Eucaristía no podrá quedar sin frutos también en
la perspectiva de la evangelización y del compromiso académico.
María y la Eucaristía
Estando en el mes de
mayo, dedicado a la Santísima Virgen, quiero anotar, en la perspectiva de
lo que he dicho, que María se presenta como aquella que ha participado en
la cruz de Jesús en el modo mejor, y por lo tanto Ella es un símbolo, es
el ejemplo de nuestra participación a la Eucaristía.
Por una parte, Ella fue
enriquecida de modo totalmente particular con los frutos de la cruz
redentora de Jesús: en previsión, efectivamente, de la pasión y de la
muerte salvadora de Jesús en la cruz, nació sin pecado original,
inmaculada, desde el principio fue llena de gracia y así permaneció por
toda la vida.
Por otra, María
participó intensamente en los sufrimientos de Jesús, y no sólo cuando,
llena de dolor, estuvo bajo la cruz. Participó en los sufrimientos de
Jesús, hasta el punto de ser llamada a veces incluso Corredentora.
Por consiguiente, no
hay celebración de la Santa Misa en la que no sea mencionada Maria.
Conclusión
En esta significativa
celebración eucarística deseo -y ruego al Señor- que la Eucaristía se
haga cada vez más “fuente y cumbre” de la vida, del hacer y del apostolado
de los profesores y estudiantes universitarios católicos, para que pueda
crecer su dinamismo y su eficacia en consolidar la cultura cristiana, en
evangelizar las culturas y en formar auténticos constructores de paz y de
verdadero bien para la humanidad. |