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MOVIMIENTO CURSILLO DE CRISTIANDAD
MANIFIESTO DEL
MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD,
DE LA
REPUBLICA ARGENTINA
EN DEFENSA DE LA VIDA HUMANA EN TODAS
SUS EXPRESIONES Y DEL ROL PRIMORDIAL DE LA
FAMILIA
La grandeza y el valor de la vida humana nos mueve a pensar que ella,
al desarrollarse en el tiempo, llega a su plenitud en la eternidad.
Este pensamiento tiene “un eco profundo y persuasivo en el corazón de
toda persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando
infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente”
(Evangelium Vitae, 2).
Los graves incidentes que se dan en los ámbitos internacionales deben
llevarnos a reflexionar sobre el valor y el sentido de la vida humana.
Esto se hace aún más necesario cuando observamos, con gran
preocupación, en nuestro país, síntomas inequívocos de una crisis
cultural en la que convergen factores negativos heredados de nuestra
propia historia y otros profundamente perniciosos, provenientes de
sociedades con mayor crecimiento económico, pero en franco proceso de
deterioro moral.
La “crisis de la civilización”, de la que se acostumbra hablar,
proyecta sus influjos que desintegran nuestras naciones. Las débiles
democracias, en su injusta estructuración social, inyectan la “nueva
mentalidad” de la que nos habla Juan Pablo II, cuyo contenido
principal no es otra cosa que el desprecio o la mínima valoración de
la vida humana (Cfr. Gaudium et Spes, 27).
Muchas veces hemos escuchado las expresiones tales como: la “cultura
de la muerte”, el “eclipse del valor de la vida humana”, o “conjura
contra la vida”, que nos hablan claramente sobre los atentados que la
persona humana sufre en su dignidad, desde el momento de su
concepción, pasando por una historia personal que llega hasta su
término con la muerte natural o provocada. Todo ello habla de nuevas
amenazas contra la vida humana, ante las cuales debemos estar alertas
y ofrecer un aporte de promoción y defensa de la misma vida.
Los atentados contra la vida son numerosos. Las campañas
antinatalistas, que buscan por cualquier medio disminuir el número de
los nacimientos en los países pobres. Existe el programa de la “salud
reproductiva” que tiende a superar los problemas de salud
materno-infantil, incentivando la anticoncepción, incluyendo la
anticoncepción de emergencia que es abortiva. Y tenemos en ciernes
toda una mentalidad que promueve despenalizar el aborto, comenzando
con la revisión de la Carta Magna de la Nación y el mismo Código
Penal.
Hay un modo de
pensar que considera al enfermo, al anciano, al minusválido, una carga
insoportable para la sociedad; un adversario del que hay que
desprenderse para no tener obstáculos en aras de una eficiencia
económica o para un bienestar egoísta.
Una distorsionada visión sobres la sexualidad, cuando es entendida
cono mera genitalidad, absolutamente desvinculada de las dimensiones
psicológica, social, ética y trascendente que le son propias, que
considera al sexo como un objeto de consumo más. Agravándose esta
situación por el abuso del alcohol, el uso masivo de drogas, la
promoción de espectáculos que conspiran contra la integridad de las
personas, de su dimensión moral y del compromiso social. A todo ello
se añade la campaña, no siempre honesta, para la prevención del sida
que se concentra más en favorecer el sexo “seguro y fácil” antes que
hacia un comportamiento sexual constructivo de la personalidad.
El aumento de la pedofilia, la prostitución y el pansexualismo obedece
a una mentalidad liberacionista del comportamiento del hombre y de la
mujer que no logran armonizar su afectividad con el auténtico sentido
de la libertad responsable para lograr la superación de los vicios y
antivalores de la vida.
Estos aspectos señalados se dan en un marco de violencia provocada por
el hambre, la miseria, la marginación social de grandes sectores de
nuestra sociedad y por la inestabilidad política y económica
imperante. La impronta general es la de buscar la legalización del
conjunto de prácticas y situaciones antes descritas, como dice el Papa
Juan Pablo II, de “una estructura”, de un sistema perfectamente
configurado, que cuenta con todo el apoyo internacional para provocar
una aceptación global y así llegar hasta las poblaciones menos
desarrolladas del mundo (Cfr. Evangelium Vitae, 3-4).
La vida es una realidad sagrada y debe ser custodiada como un don de
Dios desde la concepción hasta la muerte natural. Ese don refleja la
imagen y semejanza de Dios porque Él comparte su vida con su criatura.
No solamente lo hace superior en el orden biológico a todos los otros
seres vivientes, sino que le otorga su espíritu con todas las
facultades, como la razón, el discernimiento del bien y del mal, la
libre voluntad y su gracia.
A
lo largo de la historia, la persona humana ha podido reconocer
determinados valores objetivos como la vida, la familia, la justicia,
la solidaridad, la existencia de Dios, común a todas las culturas. Por
eso, la religión ha sido y es un factor fundamental para el desarrollo
de la conciencia moral. El sentido religioso es la cualidad natural
que pone al ser humano en una actitud de búsqueda de lo trascendente,
de ese Alguien que le ayudará a satisfacer sus ansias de poseer la
verdad, y el deseo de hacer el bien para encontrar la felicidad. Lo
religioso ilumina la verdad sobre la persona humana y su identidad y
le otorga el significado hondo de su pensamiento, de su acción
y de su experiencia de vida en profundidad.
La expresión más
cabal de la dignidad humana se manifiesta en Jesucristo, Hijo de Dios
hecho hombre. Él abre definitivamente el camino de la realización del
hombre y la mujer que vencen el pecado y a la muerte. Por eso, cada
instante de la vida humana tiene el sentido y el valor de la
salvación.
Desde esta
perspectiva, el misterio profundo de la vida humana y de la tensión
con la “cultura de la muerte” merece una actitud
crítica. No se puede llamar al crimen del aborto como un derecho a la
libertad. No se debe entender la sexualidad como algo meramente
genital, orientada hacia el desahogo en el placer físico. La
sexualidad no es una mercancía expuesta al consumo, desvinculada del
amor, de la responsabilidad, y de la preocupación por la plena
realización de las personas en sociedad.
No se puede entender el matrimonio como un simple contrato que se
deshace con los mismos expedientes que en un acuerdo comercial. La
vocación al matrimonio expresa el sentido de la vida como un don que
se comparte en pareja, de varón y mujer, para construir la familia
como comunidad de amor, cimentada sobre la fidelidad y el respeto
mutuos.
Solamente la familia, en su concepción tradicional de hombre y mujer,
abierta a la acogida de los hijos, es capaz de configurar el lugar de
pertenencia donde el ser humano aprende a ser persona. Allí adquiere
su identidad y forja su personalidad. Porque el amor y fidelidad de
los padres y la convivencia familiar, hacen posible la unidad, en el
amor de sus miembros, y construye la cultura de la vida.
“En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre
la ‘cultura de la vida’ y la ‘cultura de la muerte’, debe madurar un
fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y
las auténticas exigencias” (Evangelium Vitae, 95).-
Frente a todo este panorama, el MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD
DE LA REPUBLICA ARGENTINA, a través de su SECRETARIADO NACIONAL
quiere, por este medio, repudiar todo intento de poner en peligro la
vida humana, y expresar su adhesión plena al Magisterio de los
Pontífices Juan Pablo II, de feliz memoria, y de Benedicto XVI, actual
Pastor Supremo de la Iglesia Católica, como también al Magisterio
Pastoral de todos los Obispos Argentinos y de la Conferencia Episcopal
Argentina.-
Unidos y en comunión con el Magisterio Pontificio y Episcopal en
defensa de la Vida expresamos nuestra postura frente a todo intento
de la “cultura de la muerte” que amenaza la integridad de la persona
humana.
Los dirigentes laicos y sacerdotes asesores
miembros del Secretariado Nacional
del Movimiento de Cursillos de Cristiandad de la Republica Argentina,
reunidos en Plenario Nacional.
11 al 13 de noviembre
del año del Señor de 2005,
en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina).
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