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nostra aetate,
cuarenta años después

 

La revista Debate, que dirige el periodista Marcelo Capurro, publicó diálogo que por vía internet sostuvieron el rabino León Klenicki y el periodista Roberto Bosca, con motivo de los 40 años de la declaración conciliar “Nostra aetate”. Por su interés transcribimos íntegro dicho diálogo.

 

Roberto Bosca. Los frutos del Concilio Vaticano II cambiaron el rostro de la Iglesia católica, infundiendo un nuevo espíritu. Uno de los más novedosos fue la apertura del diálogo ecuménico e interreligioso. Ambos constituyen la expresión de un deseo de unidad que precede a la asamblea conciliar, tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. Con el Concilio, el diálogo saca carta de ciudadanía en la vida de la Iglesia; después del Concilio, ya nadie podrá prescindir de él. Pablo VI le había dedicado su encíclica programática Ecclesiam Suam, una verdadera carta magna del diálogo, que da a luz mientras se discutía una declaración conciliar que suscitó no pocas oposiciones, pero que finalmente fue promulgada y se constituiría en un verdadero hito histórico: Nostra aetate. ¿Cómo reaccionó la comunidad judía ante el documento?

 

León Klenicki. La reacción judía fue variada. Te recuerdo que nosotros no tenemos un magisterio central, las opiniones provienen de rabinos y grupos tanto religiosos como seculares. Un sector de la comunidad, ya comprometido en el diálogo, tuvo una actitud muy positiva y creo que leyó en el documento más de lo que contenía, movidos por sus propias esperanzas. Otras voces expresaron sus dudas, reaccionando a la parquedad del texto, y a su falta de una condena del antisemitismo. Se habla allí de que la Iglesia “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judios”. Este era un texto muy general y opaco después del martirio de Auschwitz. La condena del antisemitismo se proclama en realidad en otro documento posterior, en 1974. Juan Pablo II no sólo condenó el antisemitismo, también lo calificó de pecado.

 

Roberto Bosca. Sin embargo, me parece que aun teniendo en cuenta esas limitaciones, Nostra aetate puede ser considerada un verdadero punto de inflexión en las relaciones entre el judaísmo y la Iglesia católica. Si uno mira para atrás, se puede valorar la importancia del paso. Fue pequeño y limitado, pero cambió una forma de considerar a los otros por parte de los fieles. Introdujo una nueva sensibilidad en la Iglesia. Expresiones resonantes de este cambio se registran en el pontificado de Juan Pablo II, por ejemplo en su visita a la sinagoga de Roma y en otros documentos.

 

León Klenicky. Fue un momento importante, como también lo fue cuando rezó ante el Muro de los Lamentos, algo muy impresionante para un judío.

 

Roberto Bosca. En el reciente encuentro de Colonia, Benedicto XVI ha profundizado esta huella de su predecesor en una nueva visita a una sinagoga y en su mensaje a los musulmanes. Es verdad que se objetó que la Iglesia católica no ha satisfecho las expectativas, pero debe admitirse que se trata de un proceso de largo aliento, que muy gradualmente empieza a cosechar sus primeros frutos. Estos documentos evidencian esa nueva sensibilidad en la que se registra un elemento que parece novedoso, pero que al mismo tiempo es bien antiguo, puesto que viene del Evangelio: pedir perdón y perdonar. ¿Qué significó esta actitud para los judíos?

 

León Klenicky. Tienes razón. Los documentos fueron profundizando una reflexión sobre el judaísmo, pero no creo que en su espíritu tuvieran el deseo de pedir perdón. Esto lo hizo Juan Pablo II cuando se conmemoró el nuevo milenio, y el texto que dejó en el Muro en Jerusalén durante su visita a Israel fue un pedido de perdón por un pasado de intolerancia católica hacia el pueblo judío. Creo que Nostra aetate y los otros documentos deseaban un "aggiornamento" con respecto al judaísmo y su valor es único en la historia religiosa. Siento que en nuestro encuentro de fe que ahora llamamos diálogo es necesario superar nuestros triunfalismos. El triunfalismo teológico cristiano se da en la enseñanza del menosprecio tan bien definida por Jules Isaac y que Juan XXIII tomó muy en cuenta en sus recomendaciones al Concilio. Parte de este triunfalismo se nota aún en los documentos.

 

Roberto Bosca. ¿Cómo se concreta la superación del triunfalismo? No es algo fácil, exige una tarea ascética.

 

León Klenicky. Por nuestra parte necesitamos elaborar el peso de las imágenes y los recuerdos de tanto tiempo de dolor y humillación que hemos sufrido desde la Edad Media hasta el Holocausto. Elaborar no significa olvidar tanto sufrimiento moral y social pero poner todo en su propia situación. Involucra nuestra renovada defensa de nuestro derecho a ser y existir espiritualmente y poder ejercer vitalmente esta diferencia humana. Lo hicimos en el pasado creciendo espiritual y teológicamente a pesar de la historia. Esta realidad se da dolorosamente en la vida argentina después del bombardeo a la embajada de Israel y la destrucción del edificio de la AMIA, amén de los cementerios llenos de inscripciones antisemitas. Una acción conjunta de católicos y judíos llamando al respeto mutuo por medio de la educación y el deseo de terminar con toda forma de racismo en el país ayudaría mucho.

 

Roberto Bosca. Es que el dolor puede tener también un sentido, no es una pura negación. Viktor Frankl, un judío, lo ha sabido mostrar con una gran belleza. Tras la huellas de Nostra aetate se ha ido construyendo un camino fecundo. En 2002 la Pontificia Comisión Bíblica dio a conocer otro documento que ha pasado bastante desapercibido y al que atribuyo una enorme importancia. Se trata de “El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana”. Este documento supone una revisión notable de los judíos y el judaísmo en la teología católica y subraya que Jesucristo no vino para abolir la antigua ley sino que el Evangelio es su propio cumplimiento. Lo que nosotros denominamos el Antiguo y el Nuevo Testamento comportan una unidad, sin embargo esto no siempre ha sido advertido en el seno de la Iglesia. En realidad debería tenerse en cuenta que cualquier interpretación disociadora de ambos testamentos ha sido condenada como una herejía. Sin el antiguo, dice este documento, el nuevo sería indescifrable, una planta privada de sus raíces y destinada a secarse. Me parece muy acertada esa figura porque muestra la unidad.

 

León Klenicky. No creemos que hay una unidad de los textos bíblicos tal como se da en las ediciones bíblicas hechas por editores cristianos. Tal presentación parece mostrar que la Biblia Hebrea es la preparación del Nuevo Testamento que completa la revelacion del Sinaí. Para nosotros la Biblia comienza con el libro de Génesis y termina con Crónicas II. Cada uno de nosotros tenemos nuestro camino y compromiso. Por ello la denominación "Viejo Testamento" es una muestra de menosprecio cuando se enfrenta con el "Nuevo Testamento". Se prefiere ahora hablar de "Biblia Hebrea" y "Biblia Cristiana" evitando la ambigüedad que ofende al interlocutor judío.

 

Roberto Bosca. Desde luego, tan negativa es la enemistad como el sincretismo. Pero quisiera ahora puntualizar algo que puede pasar desapercibido. Nostra aetate es un documento que se refiere al diálogo interreligioso y no solamente al judaísmo. Antes que a él menciona concretamente tradiciones religiosas orientales tan ricas como el hinduismo y el budismo, que ha tenido en todos estos años después del Concilio una gran difusión en nuestra cultura, y desde luego al islamismo, cuya presencia ya es muy visible en los países europeos. Sin embargo, es en el judaísmo donde la declaración ha suscitado mayor atención. Resulta sugestivo que de ordinario este famoso texto sea vinculado casi exclusivamente con los judíos, y no es así. ¿a qué puede deberse esto?

 

León Klenicky. Se debe a un hecho concreto: el cristianismo proviene del judaísmo, Jesús era judío, así como sus discípulos. Su enseñanza está enraizada en la tradición rabínica-farisea, y en muchos casos el estudio del cristianismo del siglo primero nos ayuda a entender más de un aspecto del judaísmo rabínico de su tiempo.

 

Roberto Bosca. A lo mejor algunos pensaron que con Benedicto XVI el diálogo interreligioso iba a entrar en cierto letargo, pero los hechos muestran todo lo contrario. Es evidente que ese camino tiende a profundizarse, bajando desde los encuentros jerárquicos y los teólogos al común del pueblo. Era lógico que así sucediese, tanto en católicos como en judíos. ¿Dirías que ha habido un entendimiento judío respecto del cristianismo, más allá de las respuestas a la intolerancia?

 

León Klenicky. A partir de fines del siglo XIX y especialmente en el siglo XX hubo una corriente de comprensión teológica judía como se dio en la obra de Martin Buber, Franz Rosenzweig o David Flusser en Jerusalén. En los Estados Unidos el 10 de octubre del año 2000 se emitió un documento firmado por 170 rabinos y profesores judios titulado Dabru Emet, (Digamos la Verdad) basado en el texto de Isaías 23:2-3. Yo lo firmé. Allí se proclama nuestra creencia en Dios, nuestra obligación de proclamar a Dios, compartimos nuestra experiencia de Dios sin ningún intento de conversión. Nunca se dio algo parecido y este documento es una invitación a nuestra comunidad a dialogar más allá de las acusaciones o la cordialidad sin contenido o compromiso. No hablo de abolir las acusaciones, pero esto no es el fin y sentido del diálogo. Se declara allí lo que tenemos en común espiritualmente y la necesidad de ejercer nuestros compromisos en conjunto para afianzar la justicia y la paz, amén de compartir nuestra fe sin ningún intento proselitista. Lo que aún falta en la relación dialogal es el intercambio teológico, no pienso en una réplica de la Edad Media cuando rabinos y maestros judíos eran obligados a discutir temas como la presencia de Jesús en la Biblia Hebrea, o el significado de la Trinidad. Estas confrontaciones teológicas iniciadas por las autoridades católicas terminaban con el exilio de los participantes amén de sus comunidades. Lo que se da ahora es el encuentro de iguales con el deseo de explorar nuestras tradiciones en búsqueda de Dios y nuestras respectivas respuestas al llamado de Dios.


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