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LA EUCARISTÍA NOS CONVOCA
Homilía del cardenal Julio Terrazas Sandoval
Misa de apertura del X Congreso Eucarístico Nacional (1 de setiembre
de 2004)
Amadísimos hermanos y hermanas, que conforman el Pueblo de Dios que
peregrina en la extraordinaria extensión de la tierra Argentina:
Saludo
a Ustedes Hermanos Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas, seminaristas y fieles todos congregados en torno a la mesa
de la Eucaristía.
A
ustedes señores autoridades civiles, militares y representantes de
organizaciones sociales.
Y a
ti, querido hermano monseñor Domingo Castagna, pastor de esta Iglesia
de Corrientes.
A todos ustedes, que participan en esta celebración y a los que nos
acompañan a través de los medios de Comunicación Social, deseo
transmitir con fidelidad el saludo afectuoso y paternal del Santo
Padre. Expresamente me lo ha pedido en la carta que me dirigiera
nombrándome su “Enviado Extraordinario”. “Deseamos ardientemente
que transmitas nuestro saludo paternal a todos los que se reúnen en
este Congreso, saludo que hago de todo corazón... Los exhortarás
fervorosamente a los presentes para que crezcan en el amor y en el
culto al sacramento del altar en todo tiempo”. Estas son palabras
del sucesor de Pedro que ama tanto a esta querida tierra Argentina.
Unidos al
Santo Padre y a toda la Iglesia nos lanzamos a vivir este tiempo de
gracia y bendición y experimentar la fuerza transformadora que se nos
da en la Eucaristía.
Con
sencillez, les expreso también el cariño del pueblo y de la iglesia en
Bolivia. Sientan el calor y la cercanía de tantos hermanos que están
unidos espiritualmente a este momento tan significativo para esta
iglesia. Saludo con afecto a los miles de bolivianos que viven y
trabajan en esta tierra y que se sienten parte del pueblo argentino,
participando los gozos y tristezas del caminar de cada día.
El décimo
Congreso Eucarístico Nacional que tras entusiasta y prolongada
preparación hoy iniciamos, es una gracia especial, un don para la
Iglesia y para el país entero, gracia que no se puede dejar pasa sin
empaparnos de la salvación que se nos ofrece en la Eucaristía.
Los temas
del Congreso “La Eucaristía nos convoca, nos reconcilia, nos
solidariza y nos envía” tocan el fondo de nuestras propias vidas y
responden sin ambigüedades a las aspiraciones humanas de libertad, de
justicia, de verdad, de amor y de paz.
Cuando el
Señor nos invita a mirar esta realidad desafiante, nos dice:
“Denles ustedes de comer” (Mc. 6,37) y urge a despertar nuestra
responsabilidad en el quehacer cotidiano y en el compartir con todos
esta extraordinaria misión.
El lema
del Congreso no es una frase más o un slogan. Ustedes, a lo largo del
camino preparatorio han desentrañado las exigencias profundas que
enseña la “Eucaristía”; desde ella se palpa el hambre de vida,
de justicia, de esperanza y de paz que tiene el hombre de hoy, aunque
el mismo, a veces, lo ignore.
Esta
realidad se campea por todo nuestro continente: “El hombre tiene
hambre de Dios y hambre de pan” dijo el Santo Padre en Lima en
1988. Es una constatación actual y vigente en nuestros países, que
hiere el corazón y que interpela la conciencia cristiana.
“Denles ustedes de comer”:
así como Jesús se dirigió a los apóstoles, con la misma fuerza y vigor
nos dice a nosotros sus discípulos. El es quien llama y convoca a esta
Iglesia de Argentina a saciar el hambre de tantas vidas marcadas por
la pobreza, la exclusión, la desorientación, y las marginaciones
sociales antiguas y modernas. Hay aún entre nosotros, muchísimos
hermanos y hermanas que no han recibido el pan de vida.
Hay hambre de la Palabra
Hambre
del Cuerpo y la Sangre del Señor
Hambre de
dignidad, libertad, respeto, justicia, trabajo, salud, educación.
Hambre que no se sacia con actos de terrorismo ni con enfrentamiento
entre hermanos.
En una palabra, hambre de dignidad humana y dignidad de hijos de Dios.
Hambre de
la Palabra, la de Jesús que marca el camino, que da seguridad,
valentía y esperanza; Palabra que no defrauda en medio de tantas
palabras vacías, llenas de mentiras, de ilusiones que confunden,
desorientan y originan crisis de valores, eliminando los principios
básicos de la moral y la ética. “¿Señor, a quién iremos? ¡Sólo tú
tienes palabras de vida eterna!” (Jn.6,68).
Hambre
del Cuerpo y la Sangre del Señor. Hoy más que nunca la Iglesia debe
pedir al Señor con insistencia: “Danos siempre de ese pan” (Jn.
6,34). Nuestra Fe en la Eucaristía no debe ceder ante el desconcierto
de ciertos ritualismos vacíos que privan nuestra vida y compromiso de
la fuerza que brota de esta fuente de vida eterna. El Señor de la
Eucaristía nos vuelve a decir: “El que venga a mí no tendrá hambre,
el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn. 6,35).
Hambre de
pan: sí, en nuestra sociedad, el hambre ha aumentado. La falacia de un
modelo globalizante ha agudizado la pobreza en los sectores más
vulnerables y ha alcanzado a otros grupos sociales. Las consecuencias
son los graves conflictos, la violencia, los enfrentamientos, la
inseguridad ciudadana y la corrupción que irrumpe en lo privado y en
lo público. Se han debilitado las organizaciones intermedias y se
apunta a la destrucción de la familia como Santuario de la vida.
Ante esta
dispersión generalizada escuchemos al profeta Isaías que invita a
reconstruir la esperanza en bien de todos los pueblos: “Llegará el
tiempo de congregar a todos los pueblos y lenguas; vendrán y
contemplaran mi gloria” (Is 66,18).
Jesús
hace lo mismo con nosotros, nos llama a caminar hacia el nuevo Templo,
nos convoca a volver al Cenáculo, “a aquella sala grande en el piso
superior, ya dispuesta y preparada” (Mc 14,15), nos pide sentarnos
a la mesa con Él y los doce.
Así se
celebrará la Pascua: fiesta, vida, liberación y esperanza. Nos convoca
a vivir la comunión con Él y con los hermanos, a ser el nuevo Pueblo
de Dios: “Ustedes que en un tiempo no eran pueblo, y ahora son
pueblo de Dios” (I Pd 2,10).
La unidad
que el Señor pide es algo vital. Es unión con Él y en Él con los
hermanos. “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece
en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no pueden
hacer nada”(Jn. 15,5).
Cristo,
fuente de agua viva, pan bajado del cielo, es también vid dispensadora
de vida. La relación entre el sarmiento y la vid es signo de la
comunión de los creyentes con Cristo, de relación de amor, de relación
eucarística.
Permanecer en Jesús exige una relación personal, íntima y existencial,
como el sarmiento debe permanecer unido al tronco si quiere tener
vida. Sólo así se es discípulo, sólo así se dan frutos de vida ante
tantos signos de muerte.
Sólo en
esta perspectiva de discipulado nos vamos haciendo Iglesia, Cuerpo
místico de Cristo. Iglesia que da testimonio de unidad y amor “para
que el mundo crea” (Jn 17,21).
La
comunión en la Iglesia se hace visible, palpable, concreta en los
vínculos que nos unen a todos los miembros del pueblo de Dios.
“Esta espiritualidad de comunión nos permite valorarnos unos a otros
de corazón y apreciar la riqueza de unidad en la diversidad de
vocaciones, carismas y ministerios.” (Conferencia Episcopal
Argentina, “Navega mar adentro”)
Si
estamos convocados a la unidad, no podemos pensar que comulgamos con
el Señor si no comulgamos con los hermanos. Este es un misterio
sublime que brota de la Eucaristía.
San
Agustín se lo explicaba a los neófitos en estos términos: “Debe
quedar claro lo que han recibido. Escuchen pues, brevemente, lo que
dice el Apóstol o, mejor aún, Cristo por medio del Apóstol sobre el
sacramento del Cuerpo del Señor: ‘Uno sólo es el pan, nosotros somos
un Cuerpo sólo aun siendo muchos’. He aquí: Esto es todo; se lo he
dicho rápidamente; pero ustedes no cuenten las palabras, ¡pésenlas!”.
(Tractatus de Dominica Sanctae Paschae)
Los
Padres de la Iglesia insistían en esta dimensión propia de la
Eucaristía, la unidad entre todos los cristianos. “Se congregan...
en unánime fe y en Jesucristo... rompiendo un solo pan que es medicina
de inmortalidad.” (San Ignacio de Antioquia). “Es esta la
unidad de la fe: cuando todos somos una sola cosa, cuando todos juntos
reconocemos lo que nos une.” (San Juan Crisóstomo)
Esta
insistencia de la enseñanza de la Iglesia primitiva, tiene su razón de
ser. A pesar de que la conocemos muy bien, no la vivimos con
autenticidad y estamos lejos de dar testimonio de unidad, de formar
cada vez más “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) en
nuestra sociedad sedienta de ejemplos vivientes, que arrastren por su
fuerza interior.
El Papa
Juan Pablo II en su Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía, reafirma
esta constatación: “La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia
hace la Eucaristía”. (E.E. 26). Finalidad de la Eucaristía es
precisamente “la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con
el Padre y con el Espíritu Santo” (E.E. 22). Ciertamente “no se
construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene como raíz y
centro la celebración de la sagrada Eucaristía” (Ibíd., 33; cfr
Presbyterorum Ordinis, 6).
Jesús en
cada Eucaristía no solo se hace presente, no solo se ofrece como Pan
de Vida y nos convoca a unirnos a El y a los hermanos, sino que
también actualiza y hace presente para nosotros hoy el misterio de su
pasión, muerte y resurrección. “Por lo tanto, la naturaleza
sacrificial del misterio Eucarístico no puede ser entendida como algo
aparte, independiente de la cruz o con una referencia solamente
indirecta al sacrificio del Calvario”( E.E. 12).
Es a
través de esta participación al misterio de su muerte y resurrección,
que el dolor, el sufrimiento y nuestras cruces, personales y las de
nuestro pueblo, cobran su verdadera dimensión salvadora.
Solo
entendida a la luz de esta verdad y vivida en unión con el sacrificio
de Cristo en cada Eucaristía, la muerte se vuelve vida: “les
aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da
fruto. Pero si muere da mucho fruto.”(Jn. 12,24)
La
Eucaristía es un tesoro de vida y de esperanza. Miremos a la Iglesia y
al mundo con optimismo, valentía y sin miedo, porque el Señor esta
aquí, con nosotros y “si Dios esta con nosotros quien contra
nosotros”(Rom. 8,31)
Iglesia
hermana en Argentina, ante el Señor presente en la Eucaristía
redescubre este tesoro, levántalo en alto para que todos se sientan
atraídos por El, pregónalo con claridad sin reticencias ni temores en
todos los rincones del país y que resuene en las pampas, desde las
frías tierras patagónicas hasta las altas Cordilleras de los Andes.
Jesús en
la Eucaristía nos convoca a seguir viviendo esta fiesta, no podemos
contentarnos con inaugurarla, hay que vivirla en profundidad para
sacarle todo el fruto que el Señor nos tiene preparado y sabemos que
El es siempre generoso en dar.
Han de
ser días donde vamos a vivir experiencias de gracia. Los temas
elegidos nos invitan a acercarnos al hermano, justamente a ese al que
no aceptamos o con quienes estamos peleados, al hermano que necesita
una mano amiga que lo levante de su postración. Sobre todo tenemos que
estar abiertos a acoger con disponibilidad gozosa el envío misionero y
ser testigos valientes del Pan de Vida.
No
podemos olvidar, en este momento a Maria, Madre y modelo de la
Iglesia. Acudamos a Ella, en su multisecular advocación de Nuestra
Señora de Itatí que, como madre y hermana, nos conduzca a la mesa de
su hijo Jesús. “Efectivamente María puede guiarnos hacia este
Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con El” (E.E.
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Así como
toda su vida fue un acompañar a Jesús y a los apóstoles, hoy acompañe
a nuestra Iglesia en este acontecimiento tan singular. Pongámonos como
hijos, confiadamente en sus manos de Madre. Amén
Corrientes, 1 de setiembre de 2004
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004 |