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CONSAGRACIÓN


El Pueblo de Dios consagra su Patria a Jesucristo Sacramentado (leído por un matrimonio en la misa de clausura del X Congreso Eucarístico Nacional -
Corrientes, 5 de setiembre de 2004)



Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre ¡te adoramos! Con la confianza que nace de esta fe exponemos nuestros corazones fatigados a tu mirada misericordiosa. ¡Te pedimos que ocupes nuestra vida personal, familiar y ciudadana!

Todo el pueblo argentino hoy te suplica por nuestra oración creyente. Tu presencia despierta nuestra conciencia y responsabilidad en una historia trabajosamente escrita por generaciones de hombres y mujeres que extrajeron su valor del poder de tu gracia.

Los desaciertos y debilidades constituyen el fruto amargo de nuestro olvido y alejamiento de ti. ¡Qué otra sería hoy nuestra sociedad si quienes creemos en ti  hubiéramos sido fieles a tus enseñanzas y preceptos! 

Imaginamos nuestras familias, sólidamente fundadas en el amor “para siempre” que tu amor crucificado nos ha inspirado. Imaginamos nuestros jóvenes, en pos de grandes ideales y en el esfuerzo por servir a la Patria desde el estudio, el trabajo artesanal y el cuidado de las enormes riquezas naturales de su geografía. Imaginamos los auténticos conductores de la sociedad, proponiendo y ejecutando políticas humanizadoras, respetuosas de la legítima diversidad y del patrimonio común, especialmente de la fe religiosa de los ciudadanos.

¡Qué firme e inquebrantable hubiera sido el respeto por las venerables tradiciones y leyes plasmadas en nuestra Constitución! Es saludable reconocer nuestro actual estado de extrema necesidad y, al mismo tiempo, disponernos a superarlo uniendo el esfuerzo y generosidad de todos. Para ello, Señor, necesitamos tu gracia; la seguridad de tu presencia y la posibilidad de acudir a tu palabra para adoptar las medidas oportunas, que nos debemos hoy, que facilitarán la elaboración de proyectos inteligentes en vista a un futuro superador del pasado.

Los sufrimientos de ayer y el desconcierto que aún nos aflige pugnan por devorar nuestras esperanzas y han creado una imagen negativa que necesita ser reconfigurada a la luz de tu Evangelio. Es nuestro aporte como cristianos, decididos a asumir indelegables responsabilidades, en el campo amplio de la organización social, que nos enfrentan al desafío de conjugar la fe y la vida temporal, la esperanza del Reino definitivo y su paciente construcción histórica.

Somos tu pueblo y deseamos que tu oración al Padre nos comprenda y consagre: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal”.(1) La Eucaristía nos incorpora a ti para hacerte presente, por la santidad, entre nuestros hermanos argentinos. Allí se expresará tu amor a los hombres en una solidaridad que nos compromete en el restablecimiento de todos los valores, a veces olvidados. Queremos sacarte a las calles de nuestra vida cotidiana para que seas conocido y amado por quienes, al no conocerte, no pueden amarte.

¡Danos el valor de ser cristianos! De celebrarte y anunciarte hoy prestándote nuestra pobre y accidentada historia de seres en busca de la Paz. Que nuestros templos sean lugares de encuentro contigo ¡Oh Misterio encarnado del Amor del Padre! desde los que emprendamos el sendero, claramente trazado por Ti, atravesando este mundo hambriento de ti “Pan bajado del cielo”, amasado y horneado sobre tu Cruz.

No queremos volver, desde esta experiencia excepcional, a la inconciencia e indiferencia de un estado bautismal que no logre renovar las diversas culturas purificándolas del pecado. Queremos, por la gracia de tu presencia sacramental, vencer la injusticia, el odio y la corrupción que nos han invadido como una enfermedad mortal. Te pedimos por todos los que integramos esta Nación: te conozcan o no, te identifiquen como Señor de su historia o no.

Que tu llamado a vivir en comunión aparezca nítidamente en los bautizados y se exprese en sus vidas fieles a la fe que profesan. Te pedimos que reactives el carácter bautismal de los ciudadanos cristianos. Que quienes se identifiquen como tus seguidores lo sean de verdad. Que quienes juran sobre los Evangelios sepan que no lo hacen sobre una reliquia petrificada sino sobre tu persona: Verdad y Gracia, Espíritu y Vida.

Señor Sacramentado, te consagramos nuestra Patria, su compromiso y esfuerzo en lograr la reconciliación y en ser un pueblo auténticamente solidario, justo y fraterno. Te consagramos sus familias, sus niños, sus jóvenes, sus ancianos, sus gobernantes, sus científicos y artistas. Otorga, a quienes corresponda, la capacidad de crear fuentes de trabajo para todos, de servir y administrar rectamente la justicia, de respetar y hacer respetar los derechos de todos, de estimular el cumplimiento del deber, de educar generaciones nuevas y de excluir definitivamente la delincuencia y la injusticia. Danos el valor de asistir y servir a nuestros innumerables pobres y solitarios, de excluir de nuestra sociedad el escándalo de la fragmentación y de la intolerancia.

Que tu presencia, Jesús Sacramentado, “ocupe nuestros corazones, inspire nuestros proyectos y esperanzas, aliente nuestro fraterno gesto de partir el pan y nos otorgue la PAZ”. AMEN.


Nota:

(1) Juan 17, 15.

 

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004



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