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LA EUCARISTÍA NOS ENVÍA


Homilía del cardenal Julio Terrazas Sandoval, del enviado del papa al X Congreso Eucarístico Nacional en la última misa del encuentro
(Corrientes, 5 de setiembre de 2004)



Amadísimos Hermanos y Hermanas:

Hoy en este último día de nuestro Congreso Eucarístico estamos nuevamente invitados para celebrar juntos la Cena del Señor, la cena de la Pascua. Llegamos con la inolvidable experiencia de estos días en que hemos palpado la presencia viva y estimulante del Señor que ha hecho latir nuestros corazones haciéndonos más hermanos y amigos entre nosotros y sobre todo mejores hijos de su amado Padre.

Esta es la gracia que jamás olvidaremos.

Reflexión, búsqueda, adoración y celebración orante han caracterizado estas jornadas. Hemos rodeado al Señor en torno a su mesa, mesa abierta a todos con manjares de vida abundante que no solo reconfortan sino que urgen a la unidad, a la reconciliación, a la solidaridad y a nuevos compromisos exigidos por los desafíos del hoy de nuestra historia.

¿Será que podemos dar algunos pasos  más?.

Toda esta vivencia maravillosa podría llevarnos a una conclusión no del todo correcta: quedarnos aquí y hacer nuestras tiendas en esta hospitalaria Corrientes.

Mejor lejos de las realidades convulsionadas. Fue la tentación de los apóstoles en el Tabor. Aquí no hay otra salida “sino bajar al llano”. Así lo quiere el Señor: “bajar al llano” de nuestra vida y de la vida de nuestro país. La Eucaristía se convierte en  mensaje para nuestros hogares, campos, lugares de trabajos, en nuestras escuelas y oficinas. Allí se parte y se comparte el Pan de Vida porque los que tienen hambre y sed de justicia no pueden esperar indefinidamente.

Hay que “bajar al llano”, allí están las muchedumbres que quieren conocer al Señor y encontrar en Él la paz que un mundo hostil no les puede dar. Así podría escribirse nuestra historia como espacio que eleve a las personas sin seguir creando vergonzantes mendicidades.

Es cierto que en estos días se ha realizado lo que el salmista nos decía “vean que dulzura, que delicia convivir los hermanos unidos” (Salmo 133,1).

Esta unidad es el primer servicio al Reino, que es la misión de la Iglesia.

La misión encuentra en la Eucaristía su fuente de vitalidad. “Eucaristía y misión” forman un binomio inseparable. Sin la Eucaristía la misión multiplica activismos estériles, sin la “misión” la Eucaristía se reduce a meros intimismos.

Cada Santa Misa termina con el envío: “pueden ir en paz”. Es un trabajo que se nos da.

“Quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor” (Jornada Mundial de las Misiones 2004).

El encuentro con Cristo es transformante. Es imposible comer su Cuerpo y beber su Sangre y quedar indiferentes, insensibles;  si recibimos su Vida no es para dilapidarla en cosas superfluas o esconderla por cobardía frente a los crecientes signos de muerte.

“Pueden ir en paz” no es una despedida que adormece la conciencia, es contar al mundo que hemos estado con el Señor de nuestras vidas. Es una misión que destierra la esquizofrenia de la separación entre la fe y la vida, entre la fe y la ética, entre la fe y la ciencia.

He aquí una misión que nos desinstala. Es en el “llano” que se pueden construir espacios de libertad personal y social.

Con obras y palabras anunciaremos “lo que hemos oído, lo que han visto nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos”. ( 1 Jn. 1, -14)

Así actuaron los profetas: Eliseo dispone de las primicias que Baal-Salisá le presenta, ordenándole “dáselo a la gente y que coman, porque así dice Yahvé: comerán todos y sobrará” (2 Re 4,43).

Hoy la gente espera que esta orden se repita, espera que alguien anuncie un Dios capaz de saciar el hambre de su pueblo, no solo hambre física sino hambre de verdad y de auténtica libertad.

Es Jesús quien nos revela el proyecto de su Padre.

En Marcos se nos habla de la “multiplicación de los panes”. Estamos frente a un hecho que sigue teniendo grandes consecuencias para el pueblo y para la Iglesia y para las multitudes en los albores del siglo XXI.

Marcos nos habla de “los doce” que vuelven de una experiencia misionera, están ansiosos para dar a conocer a Jesús sus logros y dificultades. Hablan de los signos del reino, de la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte.

Nosotros en este congreso “hemos estado con Jesús”, le hemos contado nuestras preocupaciones y sufrimientos.

En la Eucaristía Jesús nos ha vuelto a decir “vengan a mí todos los que se sienten cargados y agobiados porque Yo los aliviaré” (Mt 11,28) y hemos gustado en comunidad el pan de los hijos.

Jesús ha estado con nosotros al igual que con los discípulos – pero sus oídos atentos escucharon el clamor de una multitud que lo buscaba.

“Él siente compasión de la gente” (Mc 6,34) renuncia al “descanso” y le brinda su palabra y carga sobre sí sus problemas y sufrimientos.

El Maestro nos da el ejemplo. El estar con Él no puede alejarnos de las situaciones históricas de los desamparados y al igual que Él, nos corresponde ser solidarios con sus justas aspiraciones.

Solidaridad profunda, no frases hechas que diluyen los compromisos. Cuando los discípulos perciben la situación de la muchedumbre: La falta de espacio para descansar, ya anochece y no hay comida para tanta gente, le sugieren a Jesús la solución más fácil: “despide a la gente”.

“Despide a la gente” es hoy una postura que la toman los grandes por miedo a perder posiciones, los pequeños que sueñan con respuestas inmediatistas, y aun algunos creyentes que no acaban de entender al Dios de la vida para todos.

“Despide a la gente” es para muchos hoy privar de la vida, es asfixiar a pueblos enteros con imposiciones esclavizantes, es aferrarse a los sistemas de corrupción o lo es también depredar la misma creación solo para asegurar tesoros al servicio de lucros egoístas.

Jesús no subestima el problema y no se deja llevar por la facilidad. Su respuesta es contundente, es una orden: “denles ustedes de comer”.

Los discípulos no pueden desentenderse de la gente hay que encontrar respuestas a sus necesidades.

Ustedes y también el pueblo – el pueblo con lo que tenga: los panes y los peces.

Los discípulos organizando a la gente y sirviendo a las mesas para compartir lo poco que hay – y el Señor siempre dispuesto a jugarse por la vida abundante.

Después del prodigio de la multiplicación de los panes todos saben que es urgente compartir lo que se ha recibido. – A eso apunta la misión.

“Pan y peces” es la comida para todos, compartida entre todos, sin exclusiones. Eso es practicar la Palabra y compartir el Pan de Vida.

La mesa del Señor en la Eucaristía no es una mesa cerrada para elegidos y puros, está abierta a quienes desean beneficiarse con la salvación “don que la Eucaristía hace presente sacramentalmente a lo largo de la historia: haced esto en recuerdo mío” (Jornada Mundial de las Misiones 2004).

La Iglesia debe hacerse presente en los lugares donde nadie quiere ir, debe estar en el corazón del dolor y de los conflictos. Todo esto y mucho más involucra el “remar mar adentro” que nos ha planteado el Santo Padre.

En la Eucaristía Cristo nos envía a compartir los bienes que el Padre ha puesto a disposición de todos.

En nuestro mundo no hay problema de carencia de bienes, sino carencia de generosidad y de espíritu para compartir.

El pan compartido se hace comida abundante, “comieron todos y se saciaron. Y recogieron las sobras” (Mc 6 42-46).

Este compartir crea una estrecha unidad entre el “Pan de Vida” y el “pan de los pobres”.

Así la celebración eucarística tiene que salir de los espacios de culto y llegar a la vida hecha solidaridad.

El mandato que hoy recibimos es que seamos Iglesia eucarística que comparte la Palabra, el Pan de Vida y el pan de la solidaridad en forma abierta y sin exclusiones en un mundo individualista y materialista.

El valor para la misión nos viene del banquete pascual. “La Eucaristía es el consuelo y la prueba de la victoria definitiva para quien lucha contra el mal y el pecado, es el “Pan de Vida” que sostiene a cuantos se hacen “pan partido” para los hermanos, pagando a veces incluso con el martirio. (Ibid)

Martirio es palabra que nos impacta y escandaliza, sin embargo sabemos que es el precio que se tiene que pagar si queremos ser fieles a la misión que el Señor nos ha encomendado: la Evangelización.

Esta querida Iglesia que peregrina en Argentina, en los inicios del Tercer Milenio, se encuentra ante el desafío de evangelizar a todos los habitantes de esta tierra tan bendecida.

La Eucaristía nos congrega como Iglesia, casa abierta y misionera, que se proyecta hacia afuera, movida por el Espíritu del Resucitado fuerza que lanza a la misión, porque:  “Para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles "expertos" en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía” (ibid.). Y sobre todo resuenan con nuevo ímpetu las palabras de Pablo: “¡Ay de mi si no evangelizara!” (1Cor 9,16).

Este camino evangelizador que hemos ido descubriendo en la meditación de este Evangelio  más que un método, es un elemento inherente al anuncio de la Buena Nueva, es el testimonio viviente de la comunión, es el esfuerzo y el camino comunitario que debemos emprender como Pueblo de Dios para responder a las urgencias de la evangelización en este inicio de siglo.

María, la primera misionera, bajo su bella advocación de Nuestra Señora de Itatí, que nos ha cobijado en estos días en esta comunidad correntina, nos invita hoy a salir a todos los espacios humanos para ser testigos creíbles de su Hijo.

Este extraordinario fervor eucarístico que hoy nos anima no puede reducirse a estos momentos, debe extenderse a todo el año eucarístico que celebraremos desde octubre y durante toda nuestra vida.

No podemos dejar de ser hombres y mujeres eucarísticos. No olvidemos que somos ya “misioneros de la Eucaristía”.

Al finalizar hago presente una vez más a la Iglesia y al pueblo Argentino el amor y el cariño del Santo Padre. A él le diré muy pronto que Argentina se ha convertido en un inmenso sagrario para Jesús sacramentado, un sagrario abierto a todos, a  fin de que todos recuperen la vida y la esperanza.

Personalmente les agradezco sus atenciones y afecto. Quiero seguir siendo para ustedes lo que he vivido en estos días: un  hermano y amigo para siempre.

Amén

 

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004



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