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REFLEXIONES SOBRE LA CLONACIÓN
Documento de la Pontificia Academia por la Vida sobre la clonación,
publicada en lengua italiana, por L'Osservatore Romano el 25 de junio
de 1997
1. NOTAS HISTÓRICAS
Los progresos del conocimiento y los consiguientes avances de la
técnica en el campo de la biología molecular, la genética y la
fecundación artificial han hecho posibles, desde hace tiempo, la
experimentación y la realización de clonaciones en el ámbito vegetal y
animal.
Por lo
que atañe al reino animal se ha tratado, desde los años treinta, de
experimentos de producción de individuos idénticos, obtenidos por
escisión gemelar artificial, modalidad que impropiamente se puede
definir como clonación.
La
práctica de la escisión gemelar en campo zootécnico se está
difundiendo en los establos experimentales como incentivo a la
producción múltipla de dados ejemplares seleccionados.
En el año
1993 Jerry Hall y Robert Stilmann, de la George Washington University,
divulgaron datos relativos a experimentos de escisión gemelar (splitting)
de embriones humanos de 2, 4 y 8 embrioblastos, realizados por ellos
mismos. Se trató de experimentos llevados a cabo sin el consentimiento
previo del Comité ético competente y publicados –según los autores–
para avivar la discusión ética.
Sin
embargo, la noticia dada por la revista Nature –en su número del 27 de
febrero de 1997– del nacimiento de la oveja Dolly, llevado a cabo por
los científicos escoceses Jan Vilmut y K.H.S. Campbell con sus
colaboradores del Roslin Institute de Edimburgo, ha sacudido la
opinión pública de modo excepcional y ha provocado declaraciones de
comités y de autoridades nacionales e internacionales, por ser un
hecho nuevo, considerado desconcertante.
La
novedad del hecho es doble. En primer lugar, porque se trata no de una
escisión gemelar, sino de una novedad radical definida como clonación,
es decir, de una reproducción asexual y agámica encaminada a producir
individuos biológicamente iguales al individuo adulto que proporciona
el patrimonio genético nuclear. En segundo lugar, porque, hasta ahora,
la clonación propiamente dicha se consideraba imposible. Se creía que
el DNA de las células somáticas de los animales superiores, al haber
sufrido ya el imprinting de la diferenciación, no podía en adelante
recuperar su completa potencialidad original y, por consiguiente, la
capacidad de guiar el desarrollo de un nuevo individuo.
Superada
esta supuesta imposibilidad, parecía que se abría el camino a la
clonacíon humana, entendida como réplica de uno o varios individuos
somáticamente idénticos al donante.
El hecho
ha provocado con razón agitación y alarma. Pero, después de un primer
momento de oposición general, algunas voces han querido llamar la
atención sobre la necesidad de garantizar la libertad de investigación
y de no condenar el progreso; incluso se ha llegado a hablar de una
futura aceptación de la clonación en el ámbito de la Iglesia católica.
Por eso,
ahora que ha pasado un cierto tiempo y que es está en un período más
tranquilo, conviene hacer un atento examen de este hecho, estimado
como un acontecimiento desconcertante.
2 - EL HECHO BIOLÓGICO
La clonación, considerada en su dimensión biológica, en cuanto
reproducción artificial, se obtiene sin la aportación de los dos
gametos; se trata, por tanto, de una reproducción asexual y agámica.
La fecundación propiamente dicha es sustituida por la fusión bien de
un núcleo tomado de una célula somática misma, con un ovocito
desnucleado, es decir, privado del genoma de origen materno. Dado que
el núcleo de la célula somática contiene todo el patrimonio genético,
el individuo que se obtiene posee –salvo posibles alteraciones– la
misma identidad genética del donante del núcleo. Esta correspondencia
genética fundamental con el donante es la que convierte al nuevo
individuo en réplica somática o copia del donante.
El hecho
de Edimburgo tuvo lugar después de 277 fusiones ovocito-núcleo
donante. Sólo 8 tuvieron éxito; es decir, sólo 8 da las 277 iniciaron
el desarrollo embrional, y de esos 8 embriones sólo 1 llegó a nacer:
la oveja que fue llamada Dolly.
Quedan
muchas dudas e incertidumbres sobre numerosos aspectos de la
experimentación. Por ejemplo, la posibilidad de que entre las 277
células donantes usadas hubiera algunas "estaminales", es decir,
dotadas de un genoma no totalmente diferenciado; el papel que puede
haber tenido el DNA mitocondrial eventualmente residuo en el óvulo
materno; y muchas otras aún, a las que, desgraciadamente, los
investigadores ni siquiera han hecho referencia. De todos modos, se
trata de un hecho que supera las formas de fecundación artificial
conocidas hasta ahora, las cuales se realizan siempre utilizando dos
gametos.
Debe
subrayarse que el desarrollo de los individuos obtenidos por clonación
–salvo eventuales mutaciones, que podrían no ser pocas– debería
producir una estructura corpórea muy semejante a la del donante del
DNA: este es el resultado más preocupante, especialmente en el caso de
que el experimento se aplicase también a la especie humana.
Con todo,
conviene advertir que, en la hipótesis de que la clonación se quisiera
extender a la especie humana, de esta réplica de la estructura
corpórea no se derivaría necesariamente una perfecta identidad de la
persona, entendida tanto en su realidad ontológica como psicológica.
El alma espiritual, constitutivo esencial de cada sujeto perteneciente
a la especie humana, es creada directamente por Dios y no puede ser
engendrada por los padres, ni producida por la fecundación artificial,
ni clonada. Además, el desarrollo psicológico, la cultura y el
ambiente conducen siempre a personalidades diversas; se trata de un
hecho bien conocido también entre los gemelos, cuya semejanza no
significa identidad. La imaginación popular y la aureola de
omnipotencia que acompaña a la clonación han de ser, al menos,
relativizadas.
A pesar
de la imposibilidad de implicar al espíritu, que es la fuente de la
personalidad, la proyección de la clonación al hombre ha llevado a
imaginar ya hipótesis inspiradas en el deseo de omnipotencia: réplica
de individuos dotados de ingenio y belleza excepcionales; reproducción
de la imagen de familiares difuntos; selección de individuos sanos e
inmunes a enfermedades genéticas; posibilidad de selección del sexo;
producción de embriones escogidos previamente y congelados para ser
transferidos posteriormente a un útero como reserva de órganos, etc.
Aún
considerando estas hipótesis como ciencia ficción, pronto podrían
aparecer propuestas de clonación presentadas como "razonables" y
"compasivas" –la procreación de un hijo en una familia en la que el
padre sufre de aspermia o el reemplazo del hijo moribundo de una
viuda–, las cuales, se diría, no tienen nada que ver con las fantasías
de la ciencia ficción.
Pero,
¿cuál sería el significado antropológico de esta operación en la
deplorable perspectiva de su aplicación al hombre?
3. PROBLEMAS ÉTICOS RELACIONADOS CON LA CLONACIÓN HUMANA
La clonación humana se incluye en el proyecto del eugenismo y, por
tanto, está expuesta a todas las observaciones éticas y jurídicas que
lo han condenado ampliamente. Como ha escrito Hans Jonas, es "en el
método la forma más despótica y, a la vez, en el fin, la forma más
esclavizante de manipulación genética; su objetivo no es una
modificación arbitraria de la sustancia hereditaria, sino precisamente
su arbitraria fijación en oposición a la estrategia dominante en la
naturaleza" (cf. Cloniamo un uomo: dall'eugenetica all'ingegneria
genetica, en Tecnica, medicina ed etica, Einaudi, Torino 1997, pp.
122-154, 136).
Es una
manipulación radical de la relacionalidad y complementariedad
constitutivas, que están en la base de la procreación humana, tanto en
su aspecto biológico como en el propiamente personal. En efecto,
tiende a considerar la bisexualidad como un mero residuo funcional,
puesto que se requiere un óvulo, privado de su núcleo, para dar lugar
al embrión-clon y, por ahora, es necesario un útero femenino para que
su desarrollo pueda llegar hasta el final. De este modo se aplican
todas las técnicas que se han experimentado en la zootecnia,
reduciendo el significado específico de la reproducción humana.
En esta
perspectiva se adopta la lógica de la producción industrial: se deberá
analizar y favorecer la búsqueda de mercados, perfeccionar la
experimentación y producir siempre modelos nuevos.
Se
produce una instrumentalización radical de la mujer, reducida a
algunas de sus funciones puramente biológicas (prestadora de óvulos y
de útero), a la vez que se abre la perspectiva de una investigación
sobre la posibilidad de crear úteros artificiales, último paso para la
producción "en laboratorio" del ser humano.
En el
proceso de clonación se pervierten las relaciones fundamentales de la
persona humana: la filiación, la consanguinidad, el parentesco y la
paternidad o maternidad. Una mujer puede ser hermana gemela de su
madre, carecer de padre biológico y ser hija de su abuelo. Ya con la
FIVET se produjo una confusión en el parentesco, pero con la clonación
se llega a la ruptura total de estos vínculos.
Como en
toda actividad artificial se "emula" e "imita" lo que acontece en la
naturaleza, pero a costa de olvidar que el hombre no se reduce a su
componente biológico, sobre todo cuando éste se limita a las
modalidades reproductivas que han caracterizado sólo a los organismos
más simples y menos evolucionados desde el punto de vista biológico.
Se
alimenta la idea de que algunos hombres pueden tener un dominio total
sobre la existencia de los demás, hasta el punto de programar su
identidad biológica –seleccionada sobre la base de criterios
arbitrarios o puramente instrumentales–, la cual, aunque no agota la
identidad personal del hombre, caracterizada por el espíritu, es parte
constitutiva de la misma. Esta concepción selectiva del hombre tendrá,
entre otros efectos, un influjo negativo en la cultura, incluso fuera
de la práctica –numéricamente reducida– de la clonación, puesto que
favorecerá la convicción de que el valor del hombre y de la mujer no
depende de su identidad personal, sino sólo de las cualidades
biológicas que pueden apreciarse y, por tanto, ser seleccionadas.
La
clonación humana merece un juicio negativo también en relación a la
dignidad de la persona clonada, que vendrá al mundo como "copia"
(aunque sea sólo copia biológica) de otro ser. En efecto, esta
práctica propicia un íntimo malestar en el clonado, cuya identidad
psíquica corre serio peligro por la presencia real o incluso sólo
virtual de su "otro". Tampoco es imaginable que pueda valer un pacto
de silencio, el cual –como ya notaba Jonas– sería imposible y también
inmoral, dado que el clonado fue engendrado para que se asemejara a
alguien que "valía la pena" clonar y, por tanto, recaerán sobre él
atenciones y expectativas no menos nefastas, que constituirán un
verdadero atentado contra su subjetividad personal.
Si el
proyecto de clonación humana pretende detenerse "antes" de la
implantación en el útero, tratando de evitar al menos algunas de las
consecuencias que acabamos de señalar, resulta también injusto desde
un punto de vista moral.
En
efecto, limitar la prohibición de la clonación al hecho de impedir el
nacimiento de un niño clonado permitiría de todos modos la clonación
del embrión-feto, implicando así la experimentación sobre embriones y
fetos, y exigiendo su supresión antes del nacimiento, lo cual
manifiesta un proceso instrumental y cruel respecto al ser humano.
En todo
caso, dicha experimentación es inmoral por la arbitraria concepción
del cuerpo humano (considerado definitivamente como una máquina
compuesta de piezas), reducido a simple instrumento de investigación.
El cuerpo humano es elemento integrante de la dignidad y de la
identidad personal de cada uno, y no es lícito usar a la mujer para
que proporcione óvulos con los cuales realizar experimentos de
clonación.
Es
inmoral porque también el ser clonado es un "hombre", aunque sea en
estado embrional.
En contra
de la clonación humana se pueden aducir, además, todas las razones
morales que han llevado a la condena de la fecundación in vitro en
cuanto tal o al rechazo radical de la fecundación in vitro destinada
sólo a la experimentación.
El
proyecto de la "clonación humana" es una terrible consecuencia a la
que lleva una ciencia sin valores y es signo del profundo malestar de
nuestra civilización, que busca en la ciencia, en la técnica y en la
"calidad de vida" sucedáneos al sentido de la vida y a la salvación de
la existencia.
La
proclamación de la "muerte de Dios", con la vana esperanza de un
"superhombre", comporta un resultado claro: la "muerte del hombre". En
efecto, no debe olvidarse que el hombre, negando su condición de
criatura, más que exaltar su libertad, genera nuevas formas de
esclavitud, nuevas discriminaciones, nuevos y profundos sufrimientos.
La clonación puede llegar a ser la trágica parodia de la omnipotencia
de Dios. El hombre, a quien Dios ha confiado todo lo creado dándole
libertad e inteligencia, no encuentra en su acción solamente los
límites impuestos por la imposibilidad práctica, sino que él mismo, en
su discernimiento entre el bien y el mal, debe saber trazar sus
propios confines. Una vez más, el hombre debe elegir: tiene que
decidir entre transformar la tecnología en un instrumento de
liberación o convertirse en su esclavo introduciendo nuevas formas de
violencia y sufrimiento.
Es
preciso subrayar, una vez más, la diferencia que existe entre la
concepción de la vida como don de amor y la visión del ser humano
considerado como producto industrial.
Frenar el
proyecto de la clonación humana es un compromiso moral que debe
traducirse también en términos culturales, sociales y legislativos. En
efecto, el progreso de la investigación científica es muy diferente de
la aparición del despotismo cientifista, que hoy parece ocupar el
lugar de las antiguas ideologías. En un régimen democrático y
pluralista, la primera garantía con respecto a la libertad de cada uno
se realiza en el respeto incondicional de la dignidad del hombre, en
todas las fases de su vida y más allá de las dotes intelectuales o
físicas de las que goza o de las que está privado. En la clonación
humana no se da la condición que es necesaria para una verdadera
convivencia: tratar al hombre siempre y en todos los casos como fin y
como valor, y nunca como un medio o simple objeto.
4. ANTE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y LA LIBERTAD DE INVESTIGACIÓN
En el ámbito de los derechos humanos, la posible clonación humana
significaría una violacíon de los dos principios fundamentales en los
que se basan todos los derechos del hombre: el principio de igualdad
entre los seres humanos y el principio de no discriminación.
Contrariamente a cuanto pudiera parecer a primera vista, el principio
de igualdad entre los seres humanos es vulnerado por esta posible
forma de dominación del hombre sobre el hombre, al mismo tiempo que
existe una discriminación en toda la perspectiva selectiva-eugenista
inherente en la lógica de la clonación. La Resolución del Parlamento
Europeo del 12 de marzo de 1977 reafirma con energía el valor de la
dignidad de la persona humana y la prohibición de la clonación humana,
declarando expresamente que viola estos dos principios. El Parlamento
Europeo, ya desde 1983, así como todas las leyes que han sido
promulgadas para legalizar la procreación artificial, incluso las más
permisivas, siempre han prohibido la clonación. Es preciso recordar
que el Magisterio de la Iglesia, en la Instrucción Donum vitae de
1987, ha condenado la hipótesis de la clonación humana, de la fisión
gemelar y de la partenogénesis. Las razones que fundamentan el
carácter inhumano de la clonación aplicada al hombre no se deben al
hecho de ser una forma excesiva de procreación artificial, respecto a
otras formas aprobadas por la ley como la FIVET y otras.
Como
hemos dicho, la razón del rechazo radica en la negación de la dignidad
de la persona sujeta a clonación y en la negación misma de la dignidad
de la procreación humana.
Lo más
urgente ahora es armonizar las exigencias de la investigación
científica con los valores humanos imprescindibles. El científico no
puede considerar el rechazo moral de la clonación humana como una
ofensa; al contrario, esta prohibición devuelve la dignidad a la
investigación, evitando su degeneración demiúrgica. La dignidad de la
investigación científica consiste en ser uno de los recursos más ricos
para el bien de la humanidad.
Por lo
demás, la investigación sobre la clonación tiene un espacio abierto en
el reino vegetal y animal, siempre que sea necesaria o verdaderamente
útil para el hombre o los demás seres vivos, observando las reglas de
la conservación del animal mismo y la obligación de respetar la
biodiversidad específica.
La
investigación científica en beneficio del hombre representa una
esperanza para la humanidad, encomendada al genio y al trabajo de los
científicos, cuando tiende a buscar remedio a las enfermadades,
aliviar el sufrimiento, resolver los problemas debidos a la
insuficiencia de alimentos y a la mejor utilización de los recursos de
la tierra.
Para
hacer que la ciencia biomédica mantenga y refuerce su vínculo con el
verdadero bien del hombre y de la sociedad, es necesario fomentar
–como recuerda el Santo Padre en la Encíclica Evangelium vitae– una
"mirada contemplativa" sobre el hombre mismo y sobre el mundo, como
realidades creadas por Dios, y en el contexto de la solidaridad entre
la ciencia, el bien de la persona y de la sociedad.
"Es la
mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus
dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la
responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la
realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el
reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente" (Evangelium
vitae, 83).
Prof. Juan de Dios Vial Correa, Presidente
Mons.
Elio Sgreccia, Vice-Presidente
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