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EL OBISPO SERVIDOR DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO PARA LA ESPERANZA DEL
MUNDO
Documento
de trabajo del Sínodo de los obispos - 2001
INTRODUCCIÓN
En la perspectiva de un
nuevo milenio
1.
Cristo Jesús nuestra esperanza (1 Tim 1,1), el mismo ayer hoy y siempre
(Hb 13,8), Pastor supremo (1 P 5,4), guía su Iglesia a la plenitud de la
verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se
cumplirán todas las promesas e serán colmadas las esperanzas de la
humanidad.
Al inicio del tercer milenio cristiano, la humanidad y
la Iglesia se encaminan hacia un futuro que trae consigo la herencia de un
siglo, ya pasado, lleno de sombras y de luces.
Nos encontramos en un momento nuevo de la historia
humana. Muchos se interrogan sobre las metas futuras de la humanidad y se
preguntan cuál será el futuro del mundo, que aparece por una parte
inmerso en un dinamismo de progreso, con una creciente interdependencia en
la economía, en la cultura y en las comunicaciones, y por otra parte
todavía lleno de conflictos sociales, con amplias zonas donde crecen el
hambre, las enfermedades y la pobreza.
El inicio de un nuevo milenio pone en el centro de la
conciencia mundial un futuro por construir y con ello el tema de la
esperanza, condición esencial del homo viator y del cristiano, orientado
hacia el cumplimiento de las promesas de Dios. Una esperanza entendida
también como llama de la fe y estímulo de la caridad, hacia un futuro de
resultados imprevisibles.
2.
En este nuevo inicio se coloca la Xª Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos, prevista inicialmente en el Año Jubilar y ahora
programada para el mes de octubre del 2001.
Con intuición profética Juan Pablo II ha querido
asignar a tal Asamblea un tema de gran importancia: Episcopus minister
Evangelii Iesu Christi propter spem mundi.
Son diversas y sugestivas las razones que hacen de
éste un tema particularmente apropiado al actual momento de la vida de la
Iglesia y de la humanidad. Ellas son ante todo de carácter teológico y
eclesiológico, pero también de orden antropológico y social.
En la huella de las
precedentes asambleas sinodales
3.
En primer lugar están las razones de carácter teológico. La Iglesia
entera ha celebrado con alegría el Gran Jubileo del 2000 para honrar la
memoria del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo hace ya dos mil años;
no sólo para recordar con gratitud su venida en medio de nosotros, sino
también para celebrar su presencia viva en la Iglesia, en estos veinte
siglos de su historia, su obra como único Salvador del mundo, centro del
cosmos y de la historia.
En la indivisible unidad entre Cristo y su Evangelio,
el tema del Sínodo tiende a subrayar que es Él, Jesucristo, Hijo de
Dios, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo (cf. Jn 10,36),
la esperanza del mundo y del hombre, de cada hombre y para todo el hombre.
En efecto, es Cristo la Palabra definitiva y el don
total del Padre, el verdadero Evangelio de Dios, en el cual se realizan
todas las promesas y en el cual está el Amén de Dios (cf. 2 Co1,20), el
cumplimiento de la esperanza del mundo. Su Evangelio es la noticia siempre
nueva y buena, potencia de vida que continúa a iluminar los caminos del
mundo hacia el futuro, como lo ha hecho durante veinte siglos. En efecto,
son inseparables su doctrina y su persona, su obra y sus enseñanzas, su
mensaje y su Iglesia, donde él continúa a estar presente. La Iglesia, al
inicio del tercer milenio, propone todavía con alegría su mensaje de
vida y de esperanza a toda la humanidad.
4.
Hay luego razones de orden eclesiológico. Algunas son de carácter
permanente, otras de orden coyuntural.
El Señor Jesús, al final de su permanencia entre
nosotros, ha enviado a los apóstoles como sus testigos y mensajeros hasta
los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. También sobre
esta palabra se apoya el arduo deber de proponer al mundo su persona y su
doctrina como suprema esperanza: "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28,19-20). Los obispos, en comunión con el Papa, están
llamados hoy, a cumplir esta misión junto con todos los miembros de la
Iglesia, siendo los testigos del Evangelio de Cristo en el mundo, aunque a
ellos, como sucesores de los apóstoles, les "incumbe la noble tarea
de ser los primeros en proclamar las «razones de la
esperanza» (1 P 3,15); esperanza que se apoya en las promesas de
Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene como certeza inquebrantable
la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el
pecado".
La importancia de la celebración de la Xª Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, centrada en modo particular
en el ministerio del obispo como servidor del Evangelio para la esperanza
del mundo, emerge con claridad se si considera que las últimas Asambleas
ordinarias han tratado respectivamente la vocación y la misión de los
laicos en la Iglesia y en el mundo (1987), la formación de los sacerdotes
en las circunstancias actuales (1990) y la vida consagrada y su misión en
la Iglesia y en el mundo (1994). Fruto de las reuniones sinodales fueron
las respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales de Juan Pablo
II: Christifideles laici, Pastores dabo vobis y Vita consecrata.
Parecía entonces oportuno afrontar el tema del
ministerio del obispo bajo el perfil de la proclamación del Evangelio y
de la esperanza, casi como vértice y síntesis. En efecto, las varias
asambleas sinodales ordinarias han dado un nuevo impulso de renovación a
las diversas vocaciones en el pueblo de Dios, para una mayor
complementariedad, en una eclesiología de comunión y de misión, atenta
a la naturaleza jerárquica y carismática de la Iglesia. Ahora la
disertación específica del tema de esta asamblea indica la necesidad de
orientar hacia el futuro la misión del entero pueblo de Dios, en
comunión con sus pastores.
5.
Más aún, en la última década del siglo XX, hacia el final del segundo
milenio de la era cristiana, los obispos de los diversos continentes
fueron convocados por el Romano Pontífice en diversas Asambleas sinodales
especiales, para tratar acerca de la Iglesia en Europa (1991 y 1999), en
África (1994), en América (1997), en Asia (1998) y en Oceanía (1998).
Fruto de estos encuentros son los respectivos documentos post-sinodales
publicados o de próxima publicación.
La próxima Asamblea ordinaria, con su característico
tema, podrá beneficiarse con la experiencia de un período
particularmente intenso de comunión sinodal, como jamás había sucedido
antes.
En realidad, todos los Sínodos de las últimas
décadas han tocado el tema del ministerio episcopal, no sólo porque se
trató de Sínodos de Obispos, sino porque de algún modo han ayudado a
configurar la ministerialidad episcopal en las últimas décadas en
relación a la Evangelización (1974), a la Catequesis (1977), a la
Familia (1981), a la Reconciliación y la Penitencia (1983), a los Fieles
laicos (1987), a los Presbíteros (1990), a la Vida Consagrada (1994) y a
la actuación del Concilio Vaticano II, en el Sínodo extraordinario de
1985.
6.
El aspecto doctrinal y pastoral específico del tema del Sínodo se
concreta entonces en el anuncio del Evangelio de Cristo para la esperanza
del mundo. Es en esta perspectiva que la temática de la próxima Asamblea
ordinaria tendrá máxima importancia también a nivel antropológico y
social. La Iglesia, que quiere compartir "las alegrías y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy",
deberá preguntarse por qué senderos se encamina la humanidad de nuestro
tiempo, en la cual ella misma está inmersa como sal de la tierra y luz
del mundo (cf. Mt 5,13-14). Ella deberá preguntarse también cómo
anunciar hoy la verdadera esperanza del mundo que es Cristo y su
Evangelio.
Estamos en el inicio de un nuevo milenio de la era
cristiana, caracterizado por particulares situaciones sociales y
culturales, casi una "aetas nova", una época nueva, a veces
definida como post-modernismo o post-modernidad. Es necesario que con un
nuevo impulso resuene en el mundo el anuncio de la salvación, en modo de
suscitar aquel dinamismo teologal que es propio del Evangelio, para que la
humanidad entera lo "escuche y crea, creyendo espere, esperando
ame".
En efecto, la esperanza cristiana está íntimamente
unida al anuncio audaz e integral del Evangelio, que sobresale entre las
funciones principales del ministerio episcopal. Por esto, entre los
múltiples deberes y tareas del obispo, "sobre todas las
preocupaciones y dificultades, que están inevitablemente ligadas al fiel
trabajo cotidiano en la viña del Señor, debe estar primero de todo la
esperanza".
Continuidad y novedad
7.
En este camino de gracia se coloca la preparación y la próxima
celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos.
El texto de los Lineamenta publicado en 1998, ha
suscitado intereses y consensos, y ha ofrecido la ocasión para una
profundización de las temáticas inherentes al ministerio del obispo.
Fruto de las respuestas de las Conferencias Episcopales y de otros
organismos, sin dejar de lado a muchos obispos y otros miembros del Pueblo
de Dios, es el presente Instrumentum laboris, que intenta proponer e
ilustrar el tema elegido por el Papa, incorporando cuestiones y
propuestas, en continuidad con los Lineamenta, en modo que ofrezca un plan
para un ordenado y abierto desenvolvimiento del trabajo sinodal.
El proceso preparatorio de la asamblea, de la
consultación promovida con los Lineamenta ha pasado a través de las
respuestas y ha llegado hasta el Instrumentum laboris, delineando así la
típica actividad sinodal como un flujo ininterrumpido de meditación
sobre el tema dado por el Santo Padre. Esta operación, que del texto
inicial ha confluido en el presente documento de trabajo, tiene en este
caso un carácter especial. En efecto, el alto consenso obtenido por los
Lineamenta ha producido primero un desarrollo muy homogéneo de las ideas
y después una singular correspondencia entre los dos textos.
La rica experiencia que los obispos del mundo han
vivido en las últimas asambleas ordinarias y especiales de los Sínodos y
el precioso patrimonio de doctrina que de allí emergió, están en la
base de una preparación provechosa de la próxima asamblea. Por esto el
Instrumentum laoris no pretende alargarse en una amplia descripción de la
situación mundial, ni menos aún atraer la atención sobre cuestiones de
carácter particular o regional, ya examinadas en las precedentes
Asambleas continentales.
8.
La disertación específica del ministerio del obispo como servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo se coloca en el
interior de una continuidad magisterial, que evoca los documentos del
Concilio Vaticano II; en modo especial, desde el punto de vista doctrinal,
la Constitución Dogmática Lumen gentium y el Decreto conciliar Christus
Dominus.
Por su modo completo y concreto en la ilustración de
la figura y del ministerio del obispo en su iglesia particular, el
Directorio Pastoral de la Congregación para los Obispos, Ecclesiae Imago
del 22 de febrero de 1973, conserva una validez esencial todavía hoy.
Desde el punto de vista teológico-canónico hay que referirse al Codex
iuris canonici (CIC) de 1983 y al Codex canonum Ecclesiarum Orientalium
(CCEO) de 1990, para las necesarias actualizaciones.
Muchos son además los documentos del Magisterio
postconciliar que en modo específico se refieren al ministerio pastoral
de los obispos, entre ellos de manera especial las alocuciones de los
Romanos Pontífices a las diversas Conferencias episcopales con ocasión
de las visitas "ad limina" o de los viajes apostólicos de las
últimas décadas.
Entre otros documentos más recientes, que se refieren
a problemas específicos del ministerio pastoral de los obispos en la
Iglesia universal y en las iglesias particulares, se debe recordar, desde
el punto de vista eclesiológico, la Carta de la Congregación para la
Doctrina de la Fe Communionis notio del 22 de mayo de 1992, sobre algunos
aspectos de la Iglesia como comunión, y finalmente, la Carta apostólica
en forma de Motu propio de Juan Pablo II Apostolos suos, del 21 de mayo de
1998, sobre la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias
Episcopales.
9.
La referencia al obispo en el tema asignado por el Santo Padre Juan Pablo
II para la próxima asamblea sinodal merece una aclaración. Se trata del
ministerio episcopal, como fue ilustrado por la Costitución dogmática
Lumen gentium y por el Decreto conciliar Chrsitus Dominus, en toda su rica
gama de temas y deberes pastorales. Todos los obispos, de hecho, tienen en
común la gracia de la ordenación episcopal, son sucesores de los
apóstoles y en comunión con el Romano Pontífice forman parte del
Colegio episcopal.
El Concilio Vaticano II ha puesto nuevamente en un
lugar de honor la realidad del Colegio episcopal, que sucede al Colegio de
los Apóstoles y es expresión privilegiada del servicio pastoral
desarrollado por los obispos en comunión entre ellos y con el Sucesor de
Pedro. En cuanto miembros de este colegio todos los obispos "han sido
consagrados no solo para una diócesis determinada, sino para la
salvación de todo el mundo" . Por institución y voluntad de Cristo
ellos "están obligados a tener por la Iglesia universal aquella
solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye,
sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal".
En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la
Iglesia católica, participa de la plenitud del sacramento del orden. Como
ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del
Paráclito, debe obrar para que toda la Iglesia crezca como familia del
Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, en la triple función que
está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la de santificar y la
de gobernar.
En modo particular, sin embargo, el Sínodo mira más
concretamente al obispo diocesano en la plenitud de su ministerio en la
iglesia particular. Él es presencia viva y actual de Cristo "pastor
y obispo" de nuestras almas (1 P 2,25); es su vicario en la iglesia
particular a él confiada, no sólo de su palabra sino también de su
misma persona.
Por otra parte, la importancia del tema del Sínodo
aparece claramente cuando se considera cómo en las últimas décadas ha
cambiado la imagen del obispo; él aparece en la experiencia de los
fieles, más cerca y presente en medio de su pueblo, como padre, hermano y
amigo; más simple y accesible. Y sin embargo, han aumentado sus
responsabilidades pastorales y se han alargado sus deberes ministeriales,
en una Iglesia siempre más atenta a las necesidades del mundo, a tal
punto que el obispo aparece hoy empeñado en varias tareas ministeriales y
muchas veces es signo de contradicción a causa de la defensa de la
verdad. Por lo tanto, él está abierto a una constante renovación de su
oficio pastoral, en una cada vez más profunda dimensión de comunión y
de colaboración con los presbíteros, las personas consagradas y los
laicos.
La Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos será sin duda la ocasión para verificar que cuanto más sólida
es la unidad de los obispos con el Papa, entre ellos y con el pueblo de
Dios, tanto más resulta enriquecida la comunión y la misión de la
Iglesia, y al mismo tiempo, tanto más reforzado y confortado será su
mismo ministerio.
Un renovado anuncio del
Evangelio de la esperanza
10.
Muchos son los motivos de esperanza con los que la Iglesia mira a la
celebración del próximo sínodo. El tiempo oportuno del Gran Jubileo del
2000, preparado por el camino trinitario cumplido en los años
precedentes, ha ofrecido a todo el pueblo de Dios la gracia de vivir un
Año santo en la conversión, en la reconciliación y en la renovación
espiritual.
En Roma y en Tierra Santa, al lado del sucesor de
Pedro, en las iglesias particulares en torno a los propios pastores, los
fieles han tenido la gozosa experiencia de un año de misericordia y de
santidad. Tanto es así que muchos se han preguntado cómo dar
continuidad, en el comienzo del nuevo siglo y milenio, a la gracia y a las
experiencias positivas del Gran Jubileo.
La Iglesia se ha puesto nuevamente delante del mundo
como signo de esperanza, especialmente por el testimonio de muchas
categorías del pueblo de Dios, como los jóvenes y las familias; pero
también por los gestos fuertes de carácter ecuménico, de purificación
de la memoria y de pedido de perdón, por la audaz evocación de los
testigos de la fe del siglo XX.
Fueron fuertes y significativas las solicitudes de
clemencia para los encarcelados y de reducción o total condonación de la
deuda internacional, que pesa sobre el destino de muchas naciones.
También los obispos han tenido la posibilidad de vivir
momentos de intensa comunión y renovación espiritual en su Jubileo
específico, junto al Papa y unidos a la Virgen María, como en el
Cenáculo de Pentecostés.
El Evangelio de Cristo se demuestra todavía potencia
de vida, palabra que humaniza y une a los pueblos en una sola familia y
promueve el bien de todos más allá de las diferencias de lengua, raza o
religión.
11.
Sobre el fundamento de la esperanza cristiana que no falla (cf. Rm 5,5),
la Iglesia orienta sus pasos hacia el futuro, con un renovado impulso para
una nueva evangelización.
El mundo que ha superado el umbral del nuevo milenio
espera una palabra de esperanza, una luz que lo guíe en el futuro. El
Evangelio, en la historia temporal de los hombres, fue, es y será un
fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz.
El próximo Sínodo de los Obispos, espera ofrecer a la
Iglesia y al mundo el anuncio audaz y confiado del Evangelio de Cristo,
que abre los corazones a la esperanza terrena y eterna. Pretende hacerlo
con el testimonio de unidad, de gozo y de solicitud por la humanidad de
nuestro tiempo de parte de los sucesores de los apóstoles en comunión
con el Papa, a los cuales el Señor mismo ha asegurado su asistencia hasta
la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20).
CAPÍTULO
I
UN
MINISTERIO DE ESPERANZA
Una mirada sobre el mundo
con los sentimientos del Buen Pastor
12.
¿Qué actitud asume hoy el obispo para ser servidor del Evangelio de
Jesucristo para la esperanza del mundo?
Antes que nada, el obispo se ubica frente al mundo con
una mirada contemplativa, ante la realidad de nuestro mundo, en lo
concreto del propio ministerio y en comunión con la Iglesia universal y
particular, a cuyo cuidado él está destinado. Luego, lo hace con un
corazón compasivo, capaz de entrar en comunión con los hombres y las
mujeres de nuestro tiempo, para los cuales debe ser testigo y servidor de
la esperanza.
Una imagen evangélica da vida a la actitud que se le
exige. Al comienzo de su ministerio Jesús se presenta como el heraldo de
la Buena noticia del Padre y lo confirma saliendo al encuentro de las
necesidades de la gente: "y al ver a la muchedumbre, sintió
compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no
tienen pastor" (Mt 9,36).
El obispo, con la gracia del Espíritu Santo que dilata
y profundiza su mirada de fe, revive los sentimientos de Cristo Buen
Pastor ante las ansias y las búsquedas del mundo de hoy, anunciando una
palabra de verdad y de vida y promoviendo una acción que va al corazón
mismo de la humanidad. Sólo así, unido a Cristo, fiel a su Evangelio,
abierto con realismo a este mundo, amado por Dios, se transforma en
profeta de la esperanza.
Con esta imagen se presenta ante los hombres y las
mujeres de nuestro tiempo, los cuales, después de la caída de las
ideologías y de las utopías, a veces sin memoria del pasado y demasiado
ansiosos por el presente, tienen proyectos más bien efímeros y limitados
y son a menudo manipulados por fuerzas económicas y políticas. Por esto
necesitan redescubrir la virtud de la esperanza, poseer válidas razones
para creer y para esperar, y, por lo tanto, también para amar y obrar
más allá de lo inmediato cotidiano, con una serena mirada sobre el
pasado y una perspectiva abierta al futuro.
La Iglesia, y en ella el obispo, como pastor del
rebaño, en continuidad con las actitudes de Jesús, se propone como
testigo de la esperanza que no falla (cf. Rm 5,5), consciente de la fuerza
propulsora que la orienta hacia el cumplimiento de las promesas de Dios:
en efecto "el amor de Dios, fue derramado en nuestros corazones por
el Espíritu que nos ha sido dado" (ib.).
A la Iglesia y a sus pastores fue confiado el Evangelio
de la esperanza. Ésta se apoya sobre la certeza de las promesas de Dios,
es la esperanza viva a la que el Padre nos ha reengendrado con la
resurrección de Cristo (cf. 1 P 1,3), victoria sobre la muerte y sobre el
pecado. Y como consecuencia se apoya en la certeza de la perenne presencia
de Cristo, Señor de la historia, Padre del siglo futuro (cf. Is 9,6).
Por lo tanto, hay que abrir y vivir bajo el signo de la
confianza teologal el tercer milenio del cristianismo con la proclamación
del Evangelio de las promesas de Dios.
En las Escrituras y en la tradición de la Iglesia
encontramos la semilla escondida de los designios de Dios, que debe
germinar en el futuro de los hombres y de los pueblos, confiado a la
acción del Espíritu Santo, sabio artífice de la trama de la historia
con nuestra colaboración.
Bajo el signo de la
esperanza teologal
13.
La esperanza teologal, que se apoya totalmente en las promesas de Dios,
reviste hoy también un papel importante, al comienzo de un siglo y de un
milenio. La espera y la preparación de las últimas décadas para
alcanzar una meta tan importante de la historia humana, como lo es el año
2000, signado por el memorial dos veces milenario del nacimiento de
Jesús, se dilatan aún desde el punto de vista simbólico hacia el
futuro. No ya hacia una meta alcanzada, sino casi hacia un horizonte
lejano, con el deber de construir pacientemente el futuro.
La esperanza se presenta como fuerza motriz de lo
nuevo, como capacidad de soñar el futuro y de dejar huellas duraderas en
el tiempo con la novedad de las obras, como capacidad de construir la
historia con la fuerza del Evangelio, o, por lo menos, de dar sentido a la
historia, antes de que sean las fuerzas del mundo las que establezcan el
sentido del futuro o programen los plazos.
Y todo esto en la fidelidad al deber característico de
los cristianos, que es aquel de ser como el alma del mundo. "Lo que
el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo"
afirma la carta a Diogneto. La Iglesia de Jesús está llamada a ser
inspiradora y promotora de historia, en la escucha de las expectativas
más profundas y de las esperanzas más auténticas de los hombres y de
las mujeres de este mundo.
La esperanza de la cual el obispo debe ser testigo,
para ser servidor del Evangelio de Cristo, es la virtud teologal o
teológica de la esperanza, en la unidad de la fe que cree y del amor que
obra.
El directorio pastoral Ecclesiae imago había puesto en
evidencia, a este respecto, algunas características del ministerio del
obispo en una síntesis que vale la pena recordar a propósito de la
esperanza en Dios, que es fiel a sus promesas: "El Evangelio, del
cual el obispo por fe vive y que anuncia a los hombres con la palabra de
Cristo, es 'garantía de lo que se espera; prueba de las realidades que no
se ven' (Hb 11,1). Apoyándose, por tanto, en semejante esperanza, el
obispo con firme certeza espera de Dios todo bien, y repone en la Divina
Providencia la máxima confianza. Repite con Pablo: 'Todo lo puedo en
aquel que me conforta' (Flp 4,13), acordándose de los santos apóstoles y
de los antiguos obispos quienes, aún experimentando graves dificultades y
obstáculos de todo género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios
con toda franqueza (cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31). La esperanza, que 'no
falla' (Rm 5,5), estimula en el obispo el espíritu misionero y, en
consecuencia, el espíritu de creatividad, es decir de iniciativa. En
efecto, sabe que ha sido mandado por Dios, Señor de la historia (cf. 1
Tim 1,17), para edificar la Iglesia en el lugar, en el tiempo y en el
momento que 'ha fijado el Padre con su autoridad' (Hch 1,7). De aquí
también ese sano optimismo que el obispo vive personalmente y, por así
decirlo, irradia en los demás, especialmente a sus colaboradores".
14.
Sostenido por esta esperanza teologal, el obispo se prepara para
programar, intuir y casi soñar el futuro, releyendo la Palabra de Dios,
bajo la gracia del Espíritu Santo y en la comunión eclesial.
La Palabra de Dios, fecundada por el Espíritu Santo en
el corazón del obispo unido a sus sacerdotes y a sus fieles, será
siempre fuente perenne de inspiración y de recursos para afrontar los
desafíos del futuro. Según una feliz expresión de Pablo VI: "La
Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés, necesita fuego en el
corazón, palabra en los labios, profecía en la mirada".
El Papa, el Colegio Episcopal, los obispos de las
Conferencias episcopales nacionales o regionales, todo el pueblo santo de
Dios tienen en común también la vocación a la misma esperanza (cf. Ef
4,4).
Esta comunión en la esperanza asegura la presencia
viva de Cristo y la inspiración del Espíritu, al cual fue confiado
llevar a cumplimiento la plenitud de la comprensión y de la actuación
del Evangelio de Jesús en la historia humana.
La comunión en la esperanza debe ser profundizada y
compartida como fuente de inspiración, fecundada por la oración del
obispo, por el diálogo de la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo
especial, con sus más estrechos colaboradores, para llegar a reflexiones
y programas concretos y compartidos.
La esperanza de los cristianos es el motor del futuro.
Es la virtud que no sólo deja huellas en la vida de la humanidad, sino
que abre también nuevos surcos en la historia, para sembrar la semilla de
las promesas divinas y guiar los caminos del futuro con la fuerza de Dios.
La Iglesia será efectivamente signo de esperanza si sabrá estar atenta
al designio de Dios, que garantiza un futuro de plenitud, si seguirá
fielmente su voluntad y sabrá discernir las expectativas más válidas de
la humanidad, de las cuales debe ser intérprete y orientadora.
Entre el pasado y el futuro
15.
La Iglesia atraviesa el umbral de la esperanza en los comienzos del tercer
milenio con una particular atención a la humanidad de hoy, compartiendo
alegrías y esperanzas, tristezas y angustias, pero sabiendo que posee la
palabra de la salvación. Sin embargo, hay que reflexionar a qué mundo
son enviados los obispos para anunciar el Evangelio.
La esperanza teologal, que crece y se desarrolla como
confianza en las promesas de Dios, a veces se purifica en la espera; pero
será tanto más auténtica cuanto más probada; se radica en los signos
positivos que germinan, entre el ya y el no todavía del Reino, presente
en este mundo, pero orientado hacia su cumplimiento final en la gloria.
Ella es memoria fundante, fija en la revelación, que
manifiesta no sólo la historia de la salvación, sino también el
proyecto y el designio de Dios para el futuro. No es casual que el último
libro de la Sagrada Escritura lleva el nombre de Apocalipsis, es decir,
revelación. La esperanza suscita en los corazones un dinamismo activo,
capaz de volver a encenderse continuamente en la cotidianidad.
Se trata de aquella "perseverancia" fiel, de
la cual hablan los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,42) como
actitud propia de los discípulos de Jesús, inmersos cada día en la vida
de fe. Es la firme confianza puesta en Dios, Padre del Señor Jesucristo,
el cual, con la resurrección de su Hijo, proyecta el hoy cotidiano hacia
el seguro cumplimiento de las promesas.
16.
Muchas veces, especialmente en la última década, una visión panorámica
de la realidad del mundo de hoy fue trazada por el Magisterio.
También en el Sínodo de los Obispos este análisis
fue llevado a cabo durante las asambleas especiales continentales para
Europa, África, América, Asia y Oceanía, así como también en las
respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales hasta ahora
publicadas.
No es entonces el momento de rehacer este análisis
que, a pesar de presentar rasgos comunes por la creciente globalización
de los aspectos generales, tiene sin embargo necesidad de una atenta
visión local de los problemas y de las soluciones.
En el texto de los Lineamenta fue igualmente ilustrada
la situación general, que en parte ha sido confirmada y enriquecida por
las respuestas de las Conferencias Episcopales.
Entre luces y sombras en el
panorama mundial
17.
El panorama que ofrece nuestro mundo es variado. Sin embargo, la Iglesia
con la mirada vigilante y el corazón compasivo del Buen Pastor (cf. Mt
9,36) no puede dejar de advertir con realismo, más allá de los análisis
políticos, sociológicos o económicos, los signos de desconfianza o,
más aún, de desesperación que hay en el mundo, para ofrecer la medicina
de la consolación y el fortalecimiento de la confianza y de la
liberación en Cristo. No es una consolación pasajera y débil, que se
revela caduca, sino aquella de las certezas de la fe; certezas
descubiertas por corazones capaces de amar y de servir, fundadas en la
visión unitaria y real de los aspectos de la vida personal y social, sin
reducciones pesimistas ni optimistas. Todo esto puede ofrecer el Evangelio
de la esperanza.
Quedan todavía sin resolver algunas situaciones
problemáticas que comprometen y estimulan el ministerio de la Iglesia, la
cual ofrece una esperanza hacia una continua renovación del mundo y de la
sociedad, también en lo concreto del ministerio del obispo en su iglesia
particular.
18.
En muchas partes de nuestro mundo la situación de pobreza, la falta de
libertad, el escaso ejercicio de los derechos humanos, los conflictos
étnicos, el subdesarrollo que hace crecer la pobreza de las grandes masas
populares, crean situaciones de sufrimiento y de falta de esperanza en el
futuro.
Constantemente los medios de comunicación nos muestran
rostros de desesperación: rostros de niños privados de la necesaria
nutrición y muchas veces indignamente explotados; rostros de jóvenes a
los cuales se les niega la educación y se los obliga al trabajo de
menores; rostros de jóvenes desocupados, entregados a la desesperación y
a la indiferencia, fácil presa de la manipulación ideológica o del
impulso hacia la degradación moral y espiritual; rostros de mujeres
privadas de la propia dignidad; rostros de ancianos necesitados de
asistencia; masas de pobres que buscan en la emigración una esperanza
para el futuro y refugiados en busca de una patria; rostros de indígenas
privados de sus tierras.
No fueron todavía superados los conflictos que al
final del precedente siglo y milenio, han provocado muerte y destrucción,
emigración, pobreza, luchas étnicas y odios tribales, dejando muerte y
heridas profundas en el cuerpo y en el espíritu.
Todavía no se han cicatrizado las laceraciones de
algunos recientes conflictos locales que han dividido profundamente
culturas y nacionalidades, llamadas a integrarse en un diálogo de paz.
Cada tanto afloran fundamentalismos religiosos, enemigos del diálogo y de
la paz.
Además en las naciones de mayor progreso muchas veces
se encuentran grandes áreas de depresión económica y moral; se nota un
aumento de la corrupción y de la ilegalidad, también en el campo
político.
19.
Los efectos de la globalización ya se escuchan con la despiadada lógica
de programas económicos inspirados en un liberalismo desenfrenado que
hace a los ricos siempre más ricos y a los pobres siempre más pobres,
excluidos como son de los programas de desarrollo, al punto que algunos
hablan ya de un nuevo desorden mundial. Preocupa justamente el futuro de
enteras poblaciones, que pertenecen a la misma familia de Dios y tienen en
común los mismos derechos; son dejadas al margen de la justa
participación en el bien común. En muchas ocasiones las comunidades
indígenas son usurpadas de las riquezas de la materia prima y de los
recursos naturales de los propios países en una desleal explotación del
territorio y de las poblaciones.
No obstante una sensibilidad cada vez más positiva
hacia la ecología, puede decirse que hasta la tierra padece - como tal
vez no haya sucedido antes en la historia de la humanidad - cambios
climáticos del ecosistema, que suscitan interrogantes sobre el futuro de
nuestro planeta. Es causa de preocupación la degradación del ambiente.
La Iglesia se hace portavoz de las aspiraciones más auténticas en favor
de un equilibrio ecológico que no ponga en peligro nuestra tierra y la
creación entera, obra de las manos del Creador, ofrecida a la humanidad
como lugar de belleza y de equilibrio, don y fuente natural de la
existencia humana.
Entre el retorno a lo
sagrado y la indiferencia
20.
Aunque no faltan signos de un despertar religioso, de nuevos intereses por
las realidades espirituales y de un cierto retorno a lo sagrado, los
pastores ven con preocupación la que fue definida una silenciosa y
tranquila apostasía de las masas de la práctica eclesial. Avanza una
cultura inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los
cristianos hay una creciente indiferencia con respecto al futuro
escatológico y sobrenatural de la vida que hace a la existencia mundana
realmente digna de ser vivida.
Esto se traduce en un individualismo carente de
comunión eclesial y de práctica sacramental. Por ello algunas veces se
cae en el extremo de la búsqueda de compensación espiritualista en los
movimientos religiosos alternativos y en las sectas, en la adopción de
formas de religiosidad, que son en parte imitación de las prácticas
ascéticas más nobles de algunas religiones no cristianas. Hoy muchos se
conforman con una ambigua religiosidad sin una referencia personal al Dios
verdadero de Jesucristo y de la comunidad eclesial.
Para muchos pastores es motivo de preocupación y de
una oscura visión del futuro el reducido número de las vocaciones
sacerdotales y religiosas, aunque sea sólo en vista de una pastoral
ordinaria de evangelización, de una adecuada vida sacramental y
eucarística, con el relativo cuidado de la vitalidad de la fe y de la
práctica cristiana.
Un nuevo horizonte de
problemas éticos
21.
Son causa de preocupación el crecimiento del relativismo moral, una
cierta cultura que no hace prevalecer la vida y que no la respeta, una
desacralización del comienzo y del fin de la existencia humana, tan
ligados al misterio del Dios de la vida.
Son signo de esperanza en el Dios Creador la
transmisión de la vida física, la educación de los hijos, el uso de la
promoción de los valores de la existencia humana en su plenitud de
sentido y de destino.
Nunca como en este momento de la historia la falsa
ecuación que aquello que es científicamente posible es también
éticamente justo nos ha llevado a una verdadera y propia manipulación
biológica. De ella se derivan graves consecuencias para el hombre, que es
imagen y semejanza de Dios en Cristo, nuestra vida (Jn 1,14: 14,16). De
aquí provienen los problemas que han estallado en los últimos años, que
se expanden como una sombra hacia el futuro.
La apasionada defensa que el Magisterio de la Iglesia
ha hecho de la dignidad de cada vida humana, desde su nacimiento hasta su
declino, está influenciando también en la opinión pública y está
dando además algunos frutos en el sector de la ética mundial. Están en
juego el futuro de la humanidad y la dignidad de la persona humana con sus
derechos intocables e inalienables.
22.
La crisis de la familia y de su estabilidad, además de las solapadas
insidias contra la institución familiar, se presentan hoy como graves
amenazas contra la vida y la educación de los hijos.
Es constante en nuestro tiempo la acción doctrinal de
la Iglesia en favor de la vida y en el campo del matrimonio y la familia.
Son puntos de referencia de esta ininterrumpida acción algunos documentos
del Magisterio Pontificio y de otros dicasterios de la Santa Sede, así
como también las Jornadas internacionales de la Familia, que son de ayuda
a los cónyuges en vista de una adecuada espiritualidad matrimonial y
familiar.
Situaciones eclesiales
emergentes
23.
Una nueva situación eclesial se verifica en los territorios que vivieron
un largo período bajo regímenes totalitarios. Aquellas Iglesias viven en
una redescubierta libertad de culto y en una nueva presencia apostólica;
experimentan el florecer de las vocaciones y un incipiente impulso
misionero fuera de los confines de las propias iglesias particulares. En
ellas la fatiga y la alegría de un nuevo comienzo, el frecuente
testimonio de una alegre vitalidad católica y de un fervor de la fe
desconocido en otros países hacer esperar en un futuro prometedor.
Quedan todavía problemas estructurales y
organizativos, como la dificultad de un diálogo fraterno y de una
concreta comunión y colaboración ecuménica con las otras iglesias,
especialmente con las ortodoxas.
Sin embargo la Iglesia no renuncia a su deber de
anunciar con audacia el Evangelio en estos países asolados por el vacío
dejado por la cultura de los regímenes totalitarios. Es más, debe
promover la educación a la libertad y una nueva comunión entre todos los
cristianos. Una necesaria educación de la fe puede influir en la
superación de una cierta práctica de devoción sin fundamentos sólidos
y en el impulso de una renovada evangelización; es necesaria la
promoción de una fe adulta, de una vida moral coherente, especialmente
ante el asedio de las sectas y ante el peligro de caer, como algunos
temen, en la búsqueda de un excesivo consumismo.
24.
El futuro de la Iglesia del tercer milenio se ha ido, poco a poco,
configurando como una desconcentración de la presencia de los católicos
hacia los países de África y Asia, donde, como también en América
Latina, florecen jóvenes iglesias, llenas de fervor y de vitalidad, ricas
en vocaciones sacerdotales y religiosas, que muchas veces ayudan a superar
la escasez de fuerzas vivas que se registra en Occidente.
No se pueden olvidar los vastos y poblados territorios
del continente asiático donde todavía muchos fieles no pueden expresar
plena y públicamente su fe católica en comunión con la Iglesia
universal y su Supremo Pastor. La Iglesia mira también a estos países
con una gran esperanza y confía en la acción silenciosa del Espíritu
Santo, para que los fieles puedan finalmente expresar la plenitud de la
comunión eclesial visible y de la recíproca ayuda para hacer conocer a
todos a Cristo Salvador.
Signos de vitalidad y de
esperanza
25.
Entre los signos positivos que al final del siglo y del milenio fueron
percibidos, también en las recientes asambleas sinodales, encontramos el
ansia por la paz, el deseo de una participación solidaria de las naciones
en la solución de eventuales conflictos locales, la creciente conciencia
de los derechos humanos, la igual dignidad de todas las naciones, la
búsqueda de una mayor unidad en el planeta, con una solidaridad efectiva
a nivel mundial entre países pobres y ricos. La dedicación de muchos al
servicio de los pobres y de los países más necesitados a través el
voluntariado es germen de esperanza. Crece la estima del genio femenino y
se percibe una mayor responsabilidad de las mujeres en la sociedad y en la
Iglesia.
No faltan temores por los excesos de la globalización;
sin embargo hay saludables reacciones bajo formas de solidaridad, de mayor
sensibilidad en la salvaguardia de los valores culturales de los pueblos y
de las naciones, de una conciencia de hacer prevalecer los valores éticos
y religiosos sobre los económicos y políticos. Existe en nuestro mundo
una acentuada búsqueda de la verdadera libertad y un creciente sentido de
comunión contra los individualismos.
El anuncio del Compendio de la doctrina social de la
Iglesia da buenas esperanzas en vista del compromiso en el campo social y
económico en favor de todos los pueblos.
En los vaivenes de luces y sombras, a veces se
descubren también a nivel mundial movimientos de opinión a favor de
algunos aspectos que parecen amenazados.
Contra la manipulación genética y el desprecio de la
vida naciente está surgiendo una mayor atención por la vida humana y su
valor trascendente, que la une al Dios de la vida. Se busca fuertemente
una convergencia sobre los valores éticos a nivel internacional, mientras
del peligro de un desequilibrio ecológico nace un sentido más profundo
del valor de la creación.
Hacia un nuevo humanismo
26.
La masificación y la globalización suscitan, como justa reacción, un
deseo profundo de personalismo e interioridad. Hoy es muy valorado el
equilibrio entre unidad y pluralismo: unidad que pertenece al designio de
Dios, que ha creado una única naturaleza humana, fundamento de la unidad
de la familia de los pueblos, de su origen y de su destino; pluralismo de
naciones, lenguas y culturas que reflejan la riqueza de la multiforme
sabiduría de Dios (cf. Ef 3,1). En este contexto asistimos también al
despertar de las culturas como contrapunto a una mundialización que
aplasta y empobrece. Al contrario, la identidad cultural, provoca,
también en el intercambio de bienes, un enriquecimiento recíproco.
En la problemática situación de desesperación de
muchos, como son la soledad, el egoísmo, los pequeños proyectos humanos
sin trascendencia, muchas veces replegados sobre el egocentrismo de las
personas y de los grupos, la esperanza traza amplios senderos de
comunión, de colaboración, de acciones comunes, de voluntariado generoso
y gratuito. Tales valores se integran en el gran designio de Dios a
través de la vida personal, eclesial, familiar, en la cual cada uno
responde según la propia vocación.
También hoy hay una búsqueda del sentido y de la
cualidad de la vida en cada nivel, incluido el espiritual. Se manifiesta
una mayor sensibilidad hacia el personalismo y hacia el sentido
comunitario de las relaciones interpersonales, sobre la base de una
verdadera comunión entre las personas.
El mundo actual y la Iglesia sienten la urgencia de la
unidad, aunque muchas veces sea amenazada la plena y auténtica
"cultura" de la unidad y de la comunión.
Los frutos del Jubileo
27.
A nivel eclesial continúa, especialmente después del Gran jubileo del
2000, la renovación de la vida cristiana, de la participación solidaria
de todos en la nueva evangelización.
La preparación del Jubileo de la Encarnación, según
el programa pastoral y espiritual trazado en la Tertio millenio adveniente
de Juan Pablo II, fue vivida a nivel universal con válidas iniciativas de
catequesis y de vida sacramental.
Los tres años dedicados a la contemplación del
misterio del Hijo, del Espíritu Santo y del Padre, con específicos
compromisos de carácter sacramental (redescubrimiento del bautismo, de la
confirmación y de la penitencia), de vida teologal (la fe, la esperanza y
el amor) y ético-sociales, están dando sus frutos.
El Jubileo del 2000, vivido según el espíritu de la
institución bíblica del quincuagésimo año (cf Lv 25) con su plena
realización en Jesús de Nazaret (cf Lc 4,16 ss), ha sido realmente un
año de progreso espiritual. La gracia de la conversión se ha
multiplicado, alimentando la esperanza de una continuidad, como de un
nuevo comienzo, que coincide con la puesta en marcha del tercer milenio.
28.
Algunos momentos del Jubileo han sido un signo especial para la Iglesia y
para el mundo. La Jornada mundial de la juventud ha ofrecido un testimonio
de fe, de piedad y de frescura eclesial con la gozosa presencia y
participación de tantos jóvenes, provenientes de todo el mundo y
reunidos en Roma alrededor del Papa. Su presencia eclesial es un desafío,
la pastoral juvenil una de las fronteras de las próximas décadas. En los
jóvenes cristianos se siente la exigencia de una clara y decidida vida
evangélica.
Bajo
la guía del Espíritu
29.
Como ya fue notado en las diversas asambleas sinodales continentales, y ha
emergido especialmente en ocasión de la solemnidad de Pentecostés de
1998, la Iglesia siente fuertemente que el Espíritu Santo, como ha hecho
en otras épocas de la historia, ha sembrado nuevas energías espirituales
y apostólicas, auténticos carismas de vida evangélica y de espíritu
misionero, aptos para las necesidades del mundo de hoy, especialmente en
los movimientos eclesiales y en las nuevas comunidades. Esta siembra
promete una cosecha abundante favorecida por las vocaciones sacerdotales,
religiosas y laicales de muchos jóvenes deseosos de consagrar sus vidas
al servicio del Evangelio.
Respondiendo a los criterios de eclesialidad trazados
por el Magisterio y a su propio carisma, estas nuevas realidades son ya,
junto con aquellas existentes, el presente y el futuro de la Iglesia en el
mundo.
Hacia senderos convergentes
de unidad
30.
El siglo y el milenio que se abren ciertamente encuentran a los fieles y a
los pastores de las diversas iglesias y comunidades cristianas más
unidos, a través de los innegables progresos del diálogo ecuménico,
fruto precioso del Espíritu en el siglo ya transcurrido. Un diálogo que
ha tenido sus variables vicisitudes en las últimas décadas. Un
proseguimiento de los contactos ecuménicos en los últimos años anima
este irreversible compromiso de la Iglesia y de las otras iglesias y
comunidades cristianas.
Algunos eventos jubilares como la apertura de la puerta
santa de la Basílica de San Pablo, la conmemoración ecuménica de los
testigos de la fe del siglo XX, el viaje del Papa a Tierra Santa, junto
con otras iniciativas recientes, constituyen el signo de una renovada
voluntad de parte de los cristianos de recorrer juntos los caminos del
Señor.
También el diálogo interreligioso está abierto a
nuevos desarrollos en la búsqueda de la paz y en el reconocimiento de
valores religiosos y trascendentes.
Hay que nombrar en primer lugar las relaciones con
representantes del pueblo de Dios de la primera alianza. Tales encuentros
abren senderos de esperanza, al comienzo de un milenio que muchos ven como
la época del gran diálogo entre las religiones mundiales, guardianes de
los valores del espíritu.
El diálogo, entendido como encuentro entre personas y
grupos, en el respeto de las diversas identidades y en el rechazo del
irenismo y del sincretismo, no es sólo el nuevo nombre de la caridad,
como ha dicho Pablo VI, sino que hoy también es el nuevo nombre de la
esperanza, en un renovado escenario mundial.
Un fuerte reclamo de
espiritualidad
31.
Es un signo de esperanza el reclamo de espiritualidad que es una exigencia
del tiempo presente y que asume diversos aspectos. Ante todo como una
fuerte llamada a la experiencia primigenia cristiana que es
el encuentro con un Viviente. Esto significa el
necesario pasaje de la proclamación de la fe a la fe vivida. Postula
también una liturgia viva en el encuentro con la bondad del Dios
misericordioso que nos ofrece redención y salvación, como aquel que es
"médico de la carne y del espíritu".
En el ámbito moral se siente la necesidad de
"vivificar" la experiencia cristiana en sus exigencias éticas
con el soplo del Espíritu. En efecto, la moral cristiana "difunde
toda su fuerza misionera, cuando se realiza a través del don no sólo de
la palabra anunciada sino también de la palabra vivida. En particular, es
la vida de santidad, que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios
frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que
constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede
percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del
amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicionada a todas las
exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más
difíciles".
Se hace evidente, por lo tanto, la urgente necesidad de
una pastoral más espiritual que responda a las exigencias de la nueva
evangelización; se perfila la necesidad de cualificar la pastoral en modo
que tienda a suscitar el encuentro personal y místico con Cristo, a
imitación de los apóstoles, antes y después de la resurrección, y de
los primeros cristianos.
Obispos testigos de
esperanza
32.
Esta visión de la
situación de la Iglesia en el mundo, con sus luces y sus sombras, al
comienzo del tercer milenio de la era cristiana, es el testimonio que cada
obispo debe dar del Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo, ya
sea en el vasto horizonte de la Iglesia universal ya sea en las diversas
iglesias particulares.
De aquí resulta la concreta responsabilidad espiritual
y pastoral del obispo en la iglesia particular, en una sociedad que vive
en el mundo global de las comunicaciones, participando de la vida del
entero planeta.
No se puede olvidar, además, el compromiso que tal
situación comporta para una ordenada visión de la Iglesia que vive en el
mundo, pidiendo a los obispos la necesaria palabra y acción en vista del
bien común.
Fieles en las expectativas y las promesas de Dios como la
Virgen María
33.
La esperanza de la Iglesia viene de Cristo, el Resucitado, que posee ya la
victoria y la anticipación escatológica de las promesas de Dios en la
gloria futura.
Ante las pruebas cotidianas, en el contexto de una
existencia que se hace espera de algo nuevo que debe venir de Dios, el
obispo es para su Iglesia como Abrahán, que "esperando contra toda
esperanza, creyó" (Rm 4,18-22). Confía con certeza en la palabra y
en el designio de Dios, como María, mujer de la esperanza, que esperó el
cumplimiento de las promesas del Dios fiel, en Nazaret, en Belén, en el
Calvario y en el Cenáculo.
La historia de la Iglesia es una historia de fe y de
caridad, pero también una historia de esperanza y de coraje. El obispo
que sabe ser vigilante profeta de esperanza, como un centinela de Dios en
la noche (cf Is 21,11), puede dar confianza a su grey, trazando en el
mundo senderos de novedad.
Cada obispo, poniendo sólo en Dios su fe y su
esperanza (1 P 1,21), debe poder hacer propias las palabras de S.
Agustín: "Como seamos, vuestra esperanza no sea puesta en nosotros.
Como obispo, me rebajo a decir esto: quiero alegrarme con vosotros, no ser
exaltado. No me congratulo para nada con quien sea que habré descubierto
que pone en mí su esperanza: sea corregido, no confirmado; debe cambiar,
no hay que alentarlo... vuestra esperanza no sea puesta en nosotros, no
sea puesta en los hombres. Si somos buenos, somos ministros; si somos
malos, somos ministros. Pero si somos ministros buenos, fieles, somos
realmente ministros".
34.
En este amplio horizonte se coloca el ministerio de la Iglesia para el
próximo milenio, en modo especial la misión del obispo como testigo y
promotor de esperanza cristiana. Para cada pastor de la Iglesia se trata
de llevar, en modo audaz e intrépido, la
presencia de Dios en lo cotidiano de la vida. El entero
servicio episcopal es ministerio para el renacimiento "a una
esperanza viva" (1 P 1,3) del pueblo de Dios y de cada hombre. Por
eso es necesario que el obispo oriente toda la obra de evangelización al
servicio de la esperanza, sobre todo de los jóvenes, amenazados por los
mitos ilusorios y por el pesimismo de sueños que se desvanecen, y de
cuantos, afligidos por las múltiples formas de pobreza, miran a la
Iglesia como su única defensa, gracias a su esperanza sobrenatural.
Fiel a la esperanza, cada obispo debe custodiarla en
sí mismo porque es el don pascual del Señor resucitado. Ella se funda en
el hecho que el Evangelio, a cuyo servicio el obispo vive, es un bien
total, el punto crucial en el cual se centra el ministerio episcopal. Sin
la esperanza toda su acción pastoral sería estéril.
El secreto de su misión está, en cambio, en la firme
solidez de su esperanza teologal y escatológica. De ella afirma S. Pablo
"fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio,
que llegó hasta vosotros" (Col 1,6).
La esperanza cristiana inicia con Cristo y se nutre de
Cristo, es participación al misterio de su Pascua y anticipación para
una suerte análoga a aquella de Cristo, ya que el Padre con Él "nos
resucitó y nos hizo sentar en los cielos" (Ef 2,6).
De esta esperanza el obispo es signo y ministro. Cada
obispo puede acoger para sí estas palabras de Juan Pablo II: "Sin la
esperanza seríamos no sólo hombres infelices y dignos de compasión,
sino que toda nuestra acción pastoral sería infructuosa; nosotros no
osaríamos emprender más nada. En la inflexibilidad de nuestra esperanza
reside el secreto de nuestra misión. Ella es más fuerte de las repetidas
desilusiones y de las dudas fatigosas porqué toma su fuerza de una fuente
que ni nuestra desatención ni nuestra negligencia pueden agotar. La
surgiente de nuestra esperanza es Dios mismo, que mediante Cristo una vez
y para siempre ha vencido al mundo y hoy continúa a través de nosotros
su misión salvífica entre los hombres!."
CAPÍTULO
II
MISTERIO,
MINISTERIO Y CAMINO ESPIRITUAL DEL OBISPO
La imagen de Cristo Buen
Pastor
35.
Son muchos los textos de la Escritura que aluden a la figura espiritual
del obispo, a la luz de Cristo, sumo sacerdote y pastor de nuestras almas.
Son párrafos del Antiguo y del Nuevo Testamento, centrados sobre la
imagen del sumo sacerdote o del pastor.
Todos los textos hacen referencia al arquetipo que es
Cristo. Él se ha presentado en las parábolas evangélicas como el pastor
en búsqueda de la oveja perdida (cf Lc 15,4-7), se autodefinió
"buen" pastor del rebaño (cf Jn 10,11.14.16; Mt 26,31; Mc
14,27); fue reconocido por la comunidad apostólica con este título:
"pastor y obispo de las ... almas" (1 P 2,25), "príncipe
de los pastores" (1 P 5,4), "gran pastor de las ovejas" (Hb
13,20), resucitado por el Padre. En la visión del Apocalipsis el Señor
resucitado es el Cordero-Pastor (cf Ap 13, 17) que une en sí mismo la
realidad de la ofrenda del sacrificio pascual y de la salvación, las
figuras del sacerdote y pastor del Antiguo y del Nuevo Testamento.
La primitiva iconografía cristiana ha amado
representar a Cristo como pastor bueno y hermoso, vivo en el esplendor de
su resurrección, cantado por la liturgia como el buen pastor resucitado
que ha dado la vida por sus ovejas.
Jesucristo entonces es el pastor, que une en sí la
verdad, la bondad y la belleza del don de sí por el rebaño. La belleza
del buen pastor está en el amor con que se entrega por cada una de sus
ovejas y establece con ellas una relación directa de conocimiento y amor.
El lugar del encuentro con el Buen Pastor es la
Iglesia, donde él se hace presente, apacienta su rebaño con la palabra y
los sacramentos, lo guía hacia las praderas de la vida eterna mediante
aquellos a los cuales Cristo mismo por medio del Espíritu Santo ha
constituido pastores del rebaño. La belleza del pastor se manifiesta en
la belleza de una Iglesia que ama y que sirve. Ella es motivo de esperanza
para toda la humanidad, movida también por el instinto divino, que lleva
en el corazón, hacia la belleza que salva, la cual se expresa en el
rostro del Cordero-Pastor.
36.
Sólo Cristo es el buen Pastor. De él, como manantial, se irradia en la
Iglesia el ministerio pastoral, que Jesús ha confiado a Pedro (cf Jn 21,
15.17); una gracia que fue percibida como la continuidad del ministerio
apostólico de guiar y de vigilar: "Apacentad la grey de Dios que os
está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según
Dios" (1 P 5,2).
La figura del obispo como pastor es, por lo tanto,
familiar a la tradición cristiana en las palabras, en los gestos, en las
insignias episcopales, siempre sin embargo en la contemplación del único
pastor y en la imitación de sus sentimientos, por la fuerza de la gracia
recibida de Él.
"Aquel a quien Jesús, el buen Pastor, ha
confiado, mediante el sacramento del episcopado, sus mismos poderes, tiene
como obligación de amor apacentar la grey del Señor, tratar de
corresponder con el decidido empeño de vivir y ejercitar el ministerio
con las mismas disposiciones que tuvo Cristo, Príncipe de los Pastores
(cf 1 P 5,4) y obispo de nuestras almas (cf. 1 P 2,25)".
El ministerio episcopal en la Iglesia es un amoris
officium, según las palabras de Agustín, un servicio de unidad, en la
comunión y en la misión. A este altísimo arquetipo que es Cristo hace
referencia el nombre de pastor y todas las expresiones que de él derivan.
I. Misterio y Gracia del Episcopado
La gracia de la ordenación
episcopal
37.
Con la consagración episcopal "se confiere la plenitud del
sacramento del orden, llamada en la práctica litúrgica de la Iglesia y
en la enseñanza de los Santos Padres sumo sacerdocio, cumbre del
ministerio sagrado". La íntima naturaleza del misterio y del
ministerio del obispo viene expresada por las palabras y por los gestos de
la ordenación episcopal, en la liturgia sacramental a la que, con razón,
la antigua tradición llama "natalis Episcopi".
La imagen eclesial del obispo se perfila ya desde la
antigüedad cristiana en las diversas liturgias de ordenación episcopal
en Oriente y en Occidente, como el momento en el cual, con la imposición
de las manos y las palabras de la consagración, la gracia del Espíritu
Santo desciende sobre el elegido y con el carácter sagrado imprime en
plenitud la imagen viva de Cristo maestro, pontífice y pastor, para obrar
en nombre suyo y en su persona.
El obispo es consagrado también con la unción del
santo crisma para ser partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, en modo
tal que pueda plenamente ejercitar el ministerio de la palabra, de la
santificación y del gobierno. Como pontífice es separado de entre los
hombres y constituido en favor de los hombres en todo aquello que tiene
que ver con Dios (cf. Hb 5,1). El episcopado, se dice, no es un término
que indique primariamente un honor, sino un servicio; está destinado
sobre todo a hacer el bien más que a manifestar una preeminencia. En
efecto, también para el obispo valen las palabras del Señor "el
mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que
sirve" (Lc 22,26).
En comunión con la
Trinidad
38.
La dimensión trinitaria de la vida de Jesús, que lo une al Padre y al
Espíritu como consagrado y enviado en el mundo y se manifiesta en todo su
ser y obrar, plasma también la personalidad del obispo, como buen pastor,
sucesor de los apóstoles.
Esta participación en la vida y en la misión
trinitaria tiene una primera aplicación en los apóstoles, como primeros
partícipes de la comunión y de la misión: "Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15,9;
cf. 17,23); "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn
20,21). Jesús además reza por los discípulos para que sean envueltos en
el mismo amor trinitario: como el Padre y el Hijo son uno, que los
discípulos sean uno (cf. Jn 17,21).
Esta referencia a la Trinidad hace remontar el
ministerio del obispo hasta su fuente. La sucesión apostólica, además,
no es sólo física y temporal, sino también ontológica y espiritual,
mediante la gracia de la ordenación episcopal.
En efecto, los obispos han sido mandados por los
apóstoles, como sus sucesores, los apóstoles han sido enviados por
Cristo y Cristo ha sido mandado por el Padre.
39.
El sello trinitario de la gracia del episcopado lo expresa en modo
apropiado la liturgia romana de la ordenación episcopal: "Cuida,
pues, de todo el rebaño que el Espíritu Santo te encarga guardar, como
pastor de la Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen
representas en la asamblea, en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro,
Sacerdote y Pastor ejerces, y en el nombre del Espíritu Santo, que da
vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad".
Se pone además de manifiesto, a través de las
palabras y los gestos de la ordenación con la imposición de las manos,
un gesto que, según Ireneo de Lyon, evoca las dos manos del Padre, el
Hijo y el Espíritu; este último plasma al elegido para la plenitud del
sacerdocio, como el don del "Espíritu del Sumo sacerdocio" es
revertido sobre Cristo y transmitido a los apóstoles, los cuales han
fundado en todas partes la Iglesia.
Desde el Padre por Cristo
en el Espíritu
40.
La tradición que presenta al obispo como imagen del Padre es muy antigua.
Se la encuentra especialmente en las Cartas de Ignacio de Antioquía. En
efecto, el Padre es como el obispo invisible, el obispo de todos. A su vez
el obispo debe ser por todos reverenciado porque es imagen del Padre. En
modo similar un antiguo texto amonesta: amad a los obispos que son,
después de Dios, padre y madre.
También hoy en la ordenación episcopal se alude a
esta dimensión paterna; el obispo es llamado a cuidar con afecto paterno
al pueblo santo de Dios, como un auténtico padre de familia, para
guiarlo, con la ayuda de los presbíteros y diáconos, en el camino de la
salvación. El descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, ya
presente en el Concilio Vaticano II, hace más elocuente la imagen paterna
del obispo.
En continuidad con la persona de Cristo, que es la
imagen original del Padre y la manifestación de su presencia y de su
misericordia, también el obispo, por la gracia sacramental, se transforma
en imagen viviente del Señor Jesús como cabeza y esposo de la Iglesia a
él confiada. En ella ejerce como sacerdote el ministerio de la
santificación, del culto y de la oración; como maestro el servicio de la
evangelización, de la catequesis y de la enseñanza; como pastor, el
deber del gobierno y de la conducción del pueblo. Son ministerios que él
debe ejercer con los rasgos característicos del buen pastor: la caridad,
el conocimiento de la grey, el cuidado de todos, la acción misericordiosa
hacia los pobres, los peregrinos, los indigentes, la búsqueda de las
ovejas perdidas para reconducirlas al único rebaño de la Iglesia.
Todo esto es posible porque el obispo recibe en
plenitud en su ordenación la unción del Espíritu Santo que descendió
sobre los discípulos en Pentecostés, Espíritu del sumo sacerdocio, que
lo habilita interiormente, configurándolo a Cristo, para ser viva
continuación de su misterio en favor de su Cuerpo místico.
Esta visión trinitaria de la vida y del ministerio del
obispo signa además en profundidad su constante referencia al misterio
que resplandece también en la Iglesia, imagen de la Trinidad, pueblo
reunido en la paz y en la concordia, de la unidad del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
La imagen eclesial del
obispo
41.
Las mismas consignas e insignias que el obispo recibe en su ordenación
episcopal, como expresión de la gracia y del ministerio, son elocuentes
en su simbolismo eclesial.
El libro del Evangelio, puesto sobre la cabeza del
obispo, es signo de una vida totalmente sometida a la Palabra de Dios y
consumada en la predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina.
El anillo es símbolo de la fidelidad, en la integridad
de la fe y en la pureza de la vida, hacia la Iglesia, que él debe
custodiar como esposa de Cristo. La mitra alude a la santidad episcopal y
a la corona de la gloria que el Príncipe de los Pastores asignará a sus
siervos fieles. El báculo es símbolo del oficio del Buen Pastor, que
cuida y guía con solicitud el rebaño a él confiado por el Espíritu
Santo.
También el palio, que los obispos desde siempre usan
en Oriente y algunos obispos reciben ahora en Occidente, tiene varios y
diversos significados. Para los metropolitanos que lo reciben en Occidente
es signo de comunión con la Sede apostólica, vínculo de caridad y
estímulo de fortaleza en la confesión y defensa de la fe. El palio, sin
embargo, como el omophorion de los obispos de las Iglesias orientales, ha
tenido en la antigüedad y aún hoy conserva otros significados de gran
valor espiritual y eclesial. Confeccionado con lana y ornado con signos de
cruz, es emblema del obispo, identificado con Cristo, el Buen Pastor
inmolado, que ha dado la vida por el rebaño y lleva sobre la espalda la
oveja perdida, significa la solicitud por todos, especialmente por
aquellos que se alejan del rebaño. Así lo atestigua la tradición
oriental y la occidental.
La cruz que el obispo lleva visiblemente sobre el pecho
es signo elocuente de su pertenencia a Cristo, de la confesión de su
confianza en él, de la fuerza recibida constantemente de la cruz del
Señor para poder donar la vida. Lejos de ser una joya o un ornamento
exterior, representa la cruz gloriosa de Cristo, signo de esperanza,
según la elocuente palabra del apóstol: "En cuanto a mí, ¡Dios me
libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por
la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el
mundo!" (Ga 6,14).
Estas simples indicaciones ponen en evidencia el
simbolismo implícito en la solemnidad de la ordenación episcopal.
Todo ello lleva en sí una connotación de
universalidad para todos aquellos que han recibido la ordenación
episcopal y, en comunión con el Romano Pontífice, forman parte del
Colegio Episcopal y con él comparten la solicitud por toda la Iglesia.
El espíritu de santidad
42.
De la figura del obispo, como es expresada por las palabras y por los
ritos de la ordenación, emerge la llamada a la santidad, su peculiar
espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica. Es una
tradición confirmada por los ritos de Occidente y de Oriente que
confieren al obispo la plenitud de la santidad para vivirla delante de
Dios y en comunión con los fieles.
El antiguo Eucologio de Serapión expresa este concepto
en la oración de la consagración del obispo: "Dios de verdad, haz
de tu servidor un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los
Santos apóstoles; y dónale la gracia del Espíritu divino, que haz
concedido a todos los siervos fieles, profetas y patriarcas".
Se trata de una llamada a la santidad, vivida en la
caridad pastoral, en el servicio continuo del Señor, en la ofrenda de los
santos dones, en el ministerio de la remisión de los pecados, agradando a
Él con mansedumbre y pureza, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de
suave fragancia.
De estas premisas emerge para el obispo la llamada a la
santidad propia, a raíz del don recibido y del misterio de santificación
a él confiado.
II. La Santificación en el propio Ministerio
La vida espiritual del
obispo
43.
La vida espiritual del obispo, como vida en Cristo según el Espíritu,
tiene su raíz en la gracia del sacramento del bautismo y de la
confirmación, donde, en cuanto "christifidelis", renacido en
Cristo, fue hecho capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo
por medio de las virtudes teologales, de vivir y obrar bajo la moción del
espíritu Santo por medio de sus santos dones. En efecto, el obispo, no
diversamente de todos los otros discípulos del Señor que fueron
incorporados a él y se han transformado en templo del Espíritu, vive su
vocación cristiana consciente de su relación con Cristo, como discípulo
y apóstol. Lo ha expresado bien Agustín con su notoria fórmula referida
a sus fieles: "Para vosotros soy obispo, con vosotros soy
cristiano".
También el obispo, entonces, como bautizado y
confirmado, se nutre de la eucaristía y tiene necesidad del perdón del
Padre, a causa de la fragilidad humana. Además, junto a todos los
presbíteros, debe recorrer caminos específicos de espiritualidad,
llamado a la santidad por el nuevo título del Orden sagrado.
44.
Se trata, sin embargo, de una espiritualidad propia, que el obispo deduce
de su realidad, orientado a vivir en la fe, en la esperanza y en la
caridad el ministerio evangelizador, de liturgo y de guía de la
comunidad. Es una espiritualidad eclesial porque cada obispo es conformado
a Cristo Pastor y Esposo para amar y servir a la Iglesia.
No es posible amar a Cristo y vivir en la intimidad con
él sin amar a la Iglesia, que Cristo ama: tanto, en efecto, se posee el
Espíritu de Dios cuanto se ama a la Iglesia "una en todos y toda en
cada uno; simple en la pluralidad por la unidad de la fe, múltiple en
cada uno por el aglutinante de la caridad y la variedad de carismas".
Sólo del amor por la Iglesia, amada por Cristo hasta el don de sí mismo
por ella (cf. Ef 5,25), nace una espiritualidad a la medida total de
aquella con la que el Señor Jesús ha amado a los hombres, o sea hasta la
cruz.
Es, entonces, una espiritualidad de comunión eclesial,
orientada a construir la Iglesia con una vigilante atención, de modo que
las palabras y las obras, los gestos y las decisiones, que comprometen el
servicio pastoral, sean signo del dinamismo trinitario de la comunión y
de la misión.
Una auténtica caridad
pastoral
45.
Centro de la espiritualidad específica del obispo es el ejercicio de su
ministerio, informado interiormente por la fe, por la esperanza y en modo
especial por la caridad pastoral, que es el alma de su apostolado, en un
dinamismo de "pro-existentia" pastoral, es decir, un vivir para
Dios y para los otros, como Cristo, orientado hacia el Padre y totalmente
al servicio de los hermanos, en el don cotidiano de sí en un servicio
gratuito de amor, en comunión con la Trinidad. "Los pastores de la
grey de Cristo - afirma la Lumen gentium - a imagen del sumo y eterno
Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su ministerio
santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así cumplido,
ese ministerio será también para ellos un magnífico medio de
santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados
de la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y
predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de
servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. No
teman entregar su vida por las ovejas, y hechos modelo para la grey (cf. 1
P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día
mayor".
Ya el Directorio pastoral Ecclesiae imago había
dedicado un entero y detallado capítulo a las virtudes necesarias en un
obispo. En ese contexto, además de las referencias a las virtudes
sobrenaturales de la obediencia, de la perfecta continencia por amor del
Reino, de la pobreza, de la prudencia pastoral y de la fortaleza, se
encuentra además una llamada a la virtud teologal de la esperanza.
Apoyándose en ella el obispo con firme certeza espera
de Dios todo bien y pone en la divina Providencia la máxima confianza,
"acordándose de los santos Apóstoles y de los antiguos obispos,
quienes, aún experimentando graves dificultades y obstáculos de todo
género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios con toda franqueza
(cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31)".
Desde los primeros siglos del cristianismo, y hasta el
siglo veinte, muchos obispos han sido modelos de sabiduría teológica y
de caridad pastoral; han unido en su existencia el ministerio de la
predicación y de la catequesis, la celebración de los santos misterios y
la oración, el celo apostólico y el amor intenso por el Señor. Han
fundado Iglesias, reformado las costumbres, defendido la verdad; han sido
audaces testigos en el martirio y han dejado una huella en la sociedad,
con iniciativas de caridad y justicia, con gestos de coraje frente a los
potentes del mundo en favor del propio pueblo.
El ministerio de la
predicación
46.
La espiritualidad ministerial, radicada en la caridad pastoral y expresada
en triple oficio de enseñar, santificar y gobernar, no debe ser vivida
por el obispo al margen de su ministerio, sino en la unidad de vida de su
ministerio.
El obispo es ante todo ministro de la verdad que salva,
no sólo para enseñar e instruir sino también para conducir a los
hombres a la esperanza, y por lo tanto, al progreso en el camino de la
esperanza. Si, entonces, un obispo quiere verdaderamente mostrarse a su
pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza no puede hacer otra
cosa que alimentarse de la Palabra de Verdad, en total adhesión y plena
disponibilidad a ella, sobre el modelo de la santa Madre de Dios María,
que "ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de
parte del Señor" (Lc 1,45).
Dado que esta divina Palabra está contenida y
expresada en la Sagrada Escritura, a ella el obispo debe recurrir
constantemente, con una lectura asidua y un estudio diligente, para
obtener ayuda en su ministerio. Esto no solamente porque sería un vano
predicador de la Palabra de Dios al exterior si no la escuchase en su
interior, sino también porque vaciaría su ministerio en favor de la
esperanza. De hecho, el obispo se nutre de la Escritura para crecer en su
espiritualidad, en modo de desarrollar con veracidad su ministerio de
evangelizador. Sólo así, como S. Pablo, él podrá dirigirse a sus
fieles diciendo: "con la paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza" (Rm 15,4)
En el ministerio episcopal se repite la opción de los
apóstoles en el comienzo de la Iglesia: "Nosotros nos dedicaremos a
la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch 6,4). Como ha escrito
Orígenes: "Son éstas las dos actividades del Pontífice: o aprender
de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas varias veces, o
enseñar al pueblo. Mas, enseñe las cosas que él mismo aprendió de
Dios."
Orante y maestro de la
oración
47.
El obispo es también orante, aquel que intercede por su pueblo, con la
fiel celebración de la liturgia de las Horas, que también debe presidir
en medio de su pueblo.
Consciente que el será maestro de oración para sus
fieles sólo a través de su misma oración personal, el obispo se
dirigirá a Dios para repetir, junto con el salmista: "Yo espero en
tu palabra" (Sal 119, 114). La oración, en efecto, es un momento
expresivo de la esperanza o, como se lee en S. Tomás, ella misma es
"intérprete de la esperanza".
Es propio del obispo el ministerio de la oración
pastoral y apostólica, delante de Dios por su pueblo, a imitación de
Jesús que reza por los apóstoles (cf. Jn 17) y del apóstol Pablo que
reza por sus comunidades (cf. Ef 3,14-21; Flp 1,3-10). En efecto, él
también en su oración, debe llevar consigo toda la Iglesia rezando en
manera especial por el pueblo que le ha sido confiado.
Imitando a Jesús en la elección de sus Apóstoles
(cf. Lc 6,12-13), también él someterá al Padre todas sus iniciativas
pastorales y le presentará, mediante Cristo en el Espíritu sus
expectativas y sus esperanzas. Y el Dios de la esperanza lo colmará de
todo gozo y paz, para que abunde en la esperanza por la fuerza del
Espíritu Santo (cf. Rm 15,13).
Un obispo debe además buscar las ocasiones en las
cuales pueda escuchar la Palabra de Dios y rezar junto con el presbiterio,
con los diáconos permanentes, con los seminaristas y con los consagrados
y las consagradas presentes en la iglesia particular y, donde y cuando sea
posible, también con los laicos, en particular con aquellos que viven en
forma asociada su apostolado.
De este modo el obispo favorece el espíritu de
comunión, sostiene la vida espiritual de la Diócesis mostrándose como
"maestro de perfección" en su iglesia particular, comprometido
a "fomentar la santidad de sus clérigos, de los religiosos y laicos,
de acuerdo con la peculiar vocación de cada uno". Al mismo tiempo
lleva a su origen divino y confirma en la comunión de la oración a los
vínculos de las relaciones eclesiales, en las cuales ha sido injertado
como visible centro de unidad.
Tampoco descuidará las ocasiones para transcurrir
junto con los hermanos obispos, sobre todo aquellos de la misma provincia
y región eclesiástica, análogos momentos de encuentro espiritual. En
tales ocasiones se expresa la alegría que deriva del vivir juntos entre
hermanos (cf. Sal 133,1), se manifiesta y crece el afecto colegial.
Nutrido por la gracia de
los sacramentos
48.
La eficacia de la guía pastoral de un obispo y de su testimonio de
Cristo, esperanza del mundo, depende en gran parte de la autenticidad del
seguimiento del Señor y del vivir en amistad con Él.
Sólo la santidad es anuncio profético de la
renovación que el obispo anticipa en la propia vida al acercarse a
aquella meta hacia la cual conduce a sus fieles.
Sin embargo, en su camino espiritual, como todo
cristiano él también, siendo consciente de las propias debilidades, de
los propios desalientos y del propio pecado, experimenta la necesidad de
la conversión. Pero dado que, como predicaba S. Agustín, no puede
negarse la esperanza del perdón aquel al cual no ha sido impedido el
pecado, el obispo, debe recurrir al sacramento de la penitencia y de la
reconciliación. Cualquiera tiene la esperanza de ser hijo de Dios y de
ver a Dios así como él es, se purifica a sí mismo como es puro el Padre
celeste (cf. Jn 3,3).
También los apóstoles, a los cuales Jesús resucitado
ha comunicado el don del Espíritu Santo para perdonar los pecados (cf. Jn
20,22-23), han tenido necesidad de recibir del Señor la palabra de la paz
que reconcilia y el pedido del amor arrepentido que sana (cf. Jn 20,19.21;
21,15 ss).
Indudablemente es signo de aliento para el pueblo de
Dios el ver al propio obispo acercarse, él en primer lugar, al sacramento
de la reconciliación en particulares circunstancias, como cuando preside
una celebración de ese tipo en la forma comunitaria.
El obispo, junto con todo el pueblo de Dios, alimenta
la propia esperanza a partir de la santa liturgia. En efecto, la Iglesia
cuando celebra la liturgia en la tierra, pregusta, en la esperanza, la
liturgia de la Jerusalén celeste, hacia la cual tiende como peregrina y
donde Cristo está sentado a la derecha del Padre "al servicio del
santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor y no por un
hombre" (Hb 8,2).
49.
Todos los sacramentos de la Iglesia, primero de todos la Eucaristía, son
memorial de las palabras, de las obras y de los misterios del Señor,
representación de la salvación obrada por Cristo una vez para siempre y
anticipación de la plena posesión, que será el don del tiempo final.
Hasta entonces la Iglesia los celebra como signos eficaces en su espera,
en la invocación y en la esperanza.
Tanto en Oriente como en Occidente la espiritualidad
del ministerio episcopal está unida a la celebración de los santos
misterios que el obispo preside y celebra junto con su presbiterio, con
los diáconos y con el pueblo santo de Dios.
La variedad de los ritos de la Iglesia y su
especificidad, ya sea en Oriente como en Occidente, signa la vida del
pueblo de Dios, le confiere una identidad propia y es fuente de una rica
espiritualidad eclesial. Por eso, el obispo como gran sacerdote de su
pueblo debe no sólo celebrar atentamente los santos misterios, sino
también hacer de la celebración de ellos una auténtica escuela de
espiritualidad para el pueblo. Le será útil en esto su conocimiento de
la teología y de la liturgia episcopal como aparece en el Caeremoniale
Episcoporum.
Los obispos de las Iglesias Orientales, fieles al
propio rico patrimonio litúrgico, con las diversas y particulares
celebraciones, podrán vivir y obrar en comunión, en plena sintonía con
los valores espirituales de las propias tradiciones.
Como gran sacerdote en
medio de su pueblo
50.
Entre la acciones litúrgicas hay algunas en las cuales la presencia del
obispo tiene un significado particular. En primer lugar, la Misa crismal,
durante la cual son bendecidos el Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de
los Enfermos y consagrado el santo Crisma: es el momento de la más alta
manifestación de la iglesia local, que celebra al Señor Jesús,
sacerdote sumo y eterno de su mismo sacrificio. Para un obispo es un
momento de gran esperanza, porque él encuentra el presbiterio diocesano
reunido en torno a sí para mirar juntos, en el horizonte gozoso de la
Pascua, al gran sacerdote; para renovar, así, la gracia sacramental del
Orden mediante la renovación de las promesas que, desde el día de la
Ordenación, fundan el especial carácter de su ministerio en la Iglesia.
En esta circunstancia, única en el año litúrgico, los sólidos
vínculos de la comunión eclesial, son para el pueblo de Dios, aunque
apesadumbrado por innumerables ansiedades, un vibrante grito de esperanza.
A esta celebración se agregará la solemne liturgia de
la ordenación de nuevos presbíteros y de nuevos diáconos. Aquí,
recibiendo de Dios los nuevos cooperadores del orden episcopal y de su
ministerio, el obispo ve cumplidas por el Espíritu, donum Dei e dator
munerum, la oración por la abundancia de las vocaciones y la esperanza de
una Iglesia todavía más esplendorosa en su rostro ministerial.
Análogamente se puede decir de la administración del
sacramento de la Confirmación, del cual el obispo es el ministro
originario y, en el rito latino, ministro ordinario.
También en este sacramento de la efusión del
Espíritu Santo, que comporta muchas veces para los pastores un gran
compromiso de tiempo y es una ocasión para cumplir la visita pastoral en
las parroquias, el obispo vive un momento de intensa espiritualidad
ministerial y de comunión con sus fieles, especialmente con los jóvenes.
El hecho que sea el pastor de la diócesis quien administra el sacramento,
evidencia que éste tiene como efecto unir más estrechamente a todos al
misterio de Pentecostés, a la Iglesia de Dios en sus orígenes
apostólicos, a la comunidad local y asociar a aquellos que lo reciben a
la misión de testimoniar a Cristo.
Una espiritualidad de
comunión
51.
Signo de una fuerte espiritualidad de comunión y elemento de gran valor
para la santidad y la santificación del obispo es la comunión con sus
presbíteros, con los diáconos, los religiosos y las religiosas, con los
laicos, tanto en la relación personal como en diversas reuniones. Su
palabra de exhortación y su mensaje espiritual tiende a favorecer y a
garantizar la presencia activa y santificante de Cristo en medio a su
Iglesia y el flujo de la gracia del Espíritu Santo que crea un particular
testimonio de unidad y caridad.
Por eso es oportuno que el obispo anime y promueva
también con su presencia y su palabra los "momentos del
Espíritu" que favorecen el crecimiento de la vida espiritual, como
son los retiros, los ejercicios espirituales, las jornadas de
espiritualidad, usando también los medios de comunicación social que
pueden alcanzar también a los más lejanos.
Deberá saber también sacar fruto de los medios
comunes de la vida espiritual, como la búsqueda del consejo espiritual,
la amistad y la comunión fraterna, para evitar el riesgo de la soledad y
el peligro del desánimo ante los problemas. Él podrá así vivir y
animar una espiritualidad de comunión con los operadores de la pastoral a
través de la escucha, de la colaboración, y de la responsable
asignación de los deberes y de los ministerios.
Un medio especial para mantener viva esta
espiritualidad es la comunión afectiva y efectiva del obispo, en su
oración y en sus relaciones, con el Papa y con los otros obispos.
El obispo no está solo en su ministerio: debe donar y
recibir aquel flujo de caridad fraterna que viene de la relación con los
otros hermanos en el episcopado, en un verdadero ejercicio de amor
recíproco, como aquel pedido por Jesús a sus discípulos (cf. Jn 13,34;
15,12-13), que se transforma también en un compartir la oración, el
discernimiento, las experiencias espirituales y pastorales.
Por este motivo son importantes las ocasiones de
diálogo y de intercambio, los retiros espirituales, los momentos de
distensión y de reposo, en los cuales los obispos pueden ejercitar la
comunión y la caridad pastoral.
Animador de una
espiritualidad pastoral
52.
Él mismo está llamado a estar en medio del pueblo como promotor y
animador de una pastoral de santidad, maestro espiritual de su grey, con
el estilo de vida y el testimonio creíble en palabras y en obras.
La llamada a la santidad compromete al obispo a ser
también promotor de la vocación universal a la santidad en su iglesia. A
este fin él debe promover la espiritualidad y la santidad del pueblo de
Dios con iniciativas específicas acogiendo los carismas antiguos y
recientes, signos de la riqueza del Espíritu Santo.
En comunión con la Santa
Madre de Dios
53.
La especial presencia materna de María, honrada con una relación
personal de auténtico amor filial, es sostén del obispo en su vida
espiritual.
Cada obispo está llamado a revivir aquel particular
acto de entrega de María y del discípulo Juan a los pies de la cruz (cf.
Jn 19,26-27); está llamado además a verse reflejado en la oración
perseverante de los discípulos con María, la Madre de Jesús, desde la
Ascensión hasta Pentecostés (cf. Hch 1,14). Cada obispo y todos los
obispos en la comunión fraterna son confiados a los cuidados maternos de
María en el ministerio, en la comunión y en la esperanza.
Esto comporta una sólida devoción mariana, que
consiste en una intensa comunión con la Santa Madre de Dios en el
ministerio litúrgico de santificación y de culto, en la enseñanza de la
doctrina, en la vida y en el gobierno. Este estilo mariano en el ejercicio
del ministerio episcopal deriva del mismo perfil mariano de la Iglesia.
III. Camino Espiritual del Obispo
Un necesario camino
espiritual
54.
La espiritualidad cristiana es un camino con sus etapas, sus pruebas y sus
sorpresas, en un dinamismo de fidelidad a la propia vocación. Las
estaciones de la vida, la tensión constante hacia la perfección y la
santidad personal, según el designio de Dios, ayudan también al obispo a
descubrir en su ministerio un verdadero y propio itinerario espiritual. En
medio de las alegrías y de las pruebas, que no faltan en la vida del
pastor, vivirá la propia historia y la de su pueblo. Un camino que debe
recorrer precediendo a su grey, en la fidelidad a Cristo, con un
testimonio también público hasta el fin.
Podrá y deberá hacerlo con serena confianza y animado
por la esperanza teologal, también cuando se encontrará en las
condiciones de presentar la renuncia al cargo. Sin embargo, no deberá
cesar de vivir hasta el fin, en las formas más apropiadas, el espíritu
del ministerio en la oración o en otras actividades.
Con el realismo espiritual
de lo cotidiano
55.
El realismo espiritual enseña además a evaluar cómo el obispo debe
vivir su vocación a la santidad también en su debilidad humana, en la
multiplicidad de compromisos, en los imprevistos cotidianos, en muchos
problemas personales e institucionales. A veces, comprometido y solicitado
por tantas responsabilidades, corre el riesgo de ser superado por los
problemas, sin encontrar válidas respuestas y soluciones.
Cada obispo experimenta el peso de la vida y de la
historia; también sobre él pesan la responsabilidad, el compartir los
problemas y las alegrías de su gente. A veces estará bajo la presión de
los medios de comunicación, ante fenómenos que involucran a la Iglesia y
a la defensa de la verdadera doctrina y de la moral; afrontará
acusaciones injustas o problemas de carácter social.
Por esto necesita cultivar un sereno tenor de vida que
favorezca el equilibrio mental, psíquico, afectivo, capaz de fomentar una
disposición a las relaciones interpersonales, a acoger a las personas y
sus problemas, a ensimismarse con las situaciones tristes o alegres de su
gente que quiere encontrar en él la madurez y la bondad de un padre y de
un maestro espiritual.
Al obispo es necesario el coraje en la fatiga de su
ministerio, la audacia en llevar la cruz con dignidad y experimentar la
gloria de servir, en comunión con el Crucificado-Glorioso.
En la armonía del divino y
de lo humano
56.
El obispo está llamado a cultivar una espiritualidad a la medida de la
humanitas misma de Jesús, en la cual pueda expresar el aspecto divino y
humano de su consagración y misión. De este modo dará equilibrio a sí
mismo en sus compromisos: la celebración litúrgica y la oración
personal, la programación pastoral, el recogimiento y el reposo, la justa
distensión y el congruo tiempo de vacaciones, el estudio y la
actualización teológica y pastoral.
El cuidado de la propia salud, física, psíquica y
espiritual, y el equilibrio de la existencia son también para el obispo
un acto de amor hacia los fieles, una garantía de mayor disponibilidad y
apertura a las inspiraciones del Espíritu.
Armado con estos subsidios de espiritualidad, encuentra
la paz del corazón y la profundidad de la comunión con la Trinidad, que
lo ha elegido y consagrado. En la gracia que Dios le asegura, cada día
sabrá desarrollar su ministerio, atento a las necesidades de la Iglesia y
del mundo, como testigo de la esperanza.
En efecto, el obispo cada día renueva su confianza en
Dios y se enorgullece, como el Apóstol, "en la esperanza de la
gloria de Dios... sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la
paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza" (Rm 5,2-4).
De la esperanza deriva además la alegría. La alegría cristiana, que es,
en efecto, alegría en la esperanza (cf. Rm 12,12), es además objeto de
la esperanza. El obispo, testigo de la alegría cristiana que nace de la
cruz, no sólo debe hablar de la alegría, sino que debe además
"esperar la alegría" y testimoniarla ante su pueblo.
Fidelidad
hasta el final
57.
Será paciente y perseverante en la esperanza, cuando en el ejercicio de
su ministerio será puesto a la prueba de la enfermedad o será conducido
por el Señor a vivir los últimos años de su vida como una ofrenda en
favor de su rebaño o bien será llamado a dar testimonio de Cristo en
difíciles condiciones de persecución y de martirio, como no raramente ha
sucedido y sucede en nuestro tiempo.
Éstas serán también ocasiones preciosas para que
todo el pueblo a él confiado sepa que su pastor vive el don total de sí
como Cristo en la Cruz.
Para esto será también hermoso ver al obispo que,
consciente de su enfermedad, recibe el sacramento de la Unción de los
enfermos y el santo viático con solemnidad y en compañía del clero y
del pueblo.
En este último testimonio de su vida terrena él
tendrá la ocasión de enseñar a sus fieles que jamás hay que traicionar
la propia esperanza y que cada dolor del momento presente es aliviado con
la esperanza de las realidades futuras.
En el último acto de su éxodo de este mundo al Padre,
él podrá reasumir y volver a proponer la finalidad de su mismo
ministerio en la Iglesia: señalar la meta escatológica a los hijos de la
Iglesia, como Moisés señaló en el monte Nebo la tierra prometida a los
hijos de Israel (cf. Dt 34,1 ss).
En consecuencia también la conclusión de su
itinerario con la muerte y las exequias solemnes celebradas en la iglesia
catedral, deben ser un momento espiritual de gran valor para la vida de
los fieles, un canto a la resurrección del Señor que acoge a sus siervos
fieles. Esta es una ocasión propicia para dejar como don a la Iglesia las
palabras de un testamento espiritual y la imagen de un rostro amigo y
cercano, junto a todos los pastores que lo han precedido en la iglesia
particular.
El ejemplo de los santos
obispos
58.
El camino espiritual del obispo está iluminado por la gran multitud de
pastores de la Iglesia, que a partir de los apóstoles han iluminado con
su ejemplo la vida de la Iglesia en cada época y en cada lugar. Sería
arduo hacer una lista de estos ilustres modelos que brillan en la Iglesia,
cuya santidad ha sido o será reconocida por la Iglesia. Pero sus nombres
y sus rostros están bien presentes en la vida de la Iglesia universal y
de las iglesias locales, también en la celebración cíclica del año
litúrgico o en las lecturas de la liturgia de las horas.
Pensemos a los santos pastores que desde el comienzo de
la Iglesia han unido la santidad de vida con la predicación y la
sabiduría, el sentido pastoral y también social del mensaje evangélico.
Algunos de ellos han dado su vida a través del testimonio del martirio.
Hay santos pastores fundadores de iglesias recordados y celebrados como
santos patronos.
Han existido pastores que resplandecen por su doctrina,
que han dado una contribución específica en los concilios ecuménicos y
han puesto en práctica con sabiduría las directivas de reforma y de
renovación. Son también santos obispos muchos misioneros que han llevado
el Evangelio a nuevas tierras y han organizado la vida de las iglesias
locales nacientes. No han faltado hasta nuestros días testigos de la fe
que han pagado con la cárcel, el exilio y otros sufrimientos, su
fidelidad a la Iglesia católica y a la comunión con la Sede de Pedro.
Otros en circunstancias difíciles han dado la vida por su rebaño como
defensores de los derechos humanos y religiosos.
La comunión espiritual con estos pastores es motivo de
esperanza y fuente de impulso apostólico. Cada obispo ve en ellos una
manifestación de la gracia y la fuerza del Espíritu Santo, así como
también el modelo de la fidelidad a la cual está llamado en el propio
ministerio pastoral.
CAPÍTULO
III
EL
EPISCOPADO, MINISTERIO DE COMUNIÓN
Y DE MISIÓN EN LA IGLESIA UNIVERSAL
Amigos de Cristo, elegidos
y enviados por Él
59.
Las palabras de Jesús en la última Cena, en modo especial en el cap. 15
de Juan, se refieren a la vocación de los apóstoles a la luz de la
comunión y de la misión. Jesús habla de la vid y los sarmientos en una
figura bíblica que expresa con claridad la necesidad de la comunión y la
fecundidad de la misión. Aunque la palabra de Jesús tiene una dimensión
eclesial y eucarística que alcanza a todos los fieles, ella se refiere en
primer lugar al círculo de los apóstoles y en consecuencia de sus
sucesores.
En el discurso de Jesús sobre la vid y los sarmientos
emerge el dinamismo trinitario de la comunión y de la misión. El padre
es el viñador; Cristo es la verdadera vid; la savia interior de comunión
y fecundidad es el Espíritu Santo que vivifica los sarmientos unidos a la
vid, destinados a dar fruto abundante y duradero. En el centro de esta
parábola hay una enseñanza fundamental: los discípulos de Jesús son
llamados a permanecer en comunión vital con Cristo, con su palabra y sus
mandamientos, para crecer a través de la poda de Dios y dar frutos en
abundancia (cf. Jn 15,1-10).
De esto se deriva la necesidad de la comunión con
Cristo y en él con el Padre y el Espíritu, en la vid mística, en la
cual se encuentra veladamente representada la Iglesia.
"Separados de mí no podéis hacer nada" (Jn
15,5). Según el sentido de la parábola de la vid, en el Evangelio de S.
Juan, Jesús indica a sus discípulos la comunión con Él como fidelidad
a una amistad divina: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os
mando" (Jn 15,14). En la amistad de Cristo está comprendido el
compartir los secretos del Padre, el don de la vida hasta la muerte, la
comunión recíproca en el amor. Ella supone, de parte de Jesús y en
continuidad con su misión que viene del Padre, la elección y el envío
misionero de los discípulos: "No me habéis elegido vosotros a mí,
sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y
deis fruto, y que vuestro fruto permanezca " (Jn 15,16). De parte del
discípulo se pide la fidelidad a la palabra y a la misión.
60.
El obispo, sarmiento vivo injertado en la vid que es Cristo, su amigo,
discípulo y apóstol, lleva en sí la llamada personal y ministerial a la
comunión y a la misión.
La identidad del obispo en la Iglesia tiene su
fundamento en el dinamismo de la sucesión apostólica, entendida no sólo
como investidura de autoridad sino como extensión trinitaria de la
comunión y de la misión. Elegido por el Señor, llamado a una constante
comunión con él, enviado al mundo, él se identifica con la persona de
Jesús en la transmisión de la vida divina, en la comunión del amor, en
el sacrificio de su existencia.
I. El Ministerio Episcopal en una Eclesiología de
Comunión
En la Iglesia imagen de la
Trinidad
61.
El Concilio Vaticano II ha dado un lugar privilegiado en su reflexión
teológica a la Iglesia, como lugar de los misterios de la fe, con una
particular atención al tema central de la comunión. De hecho, la
Iglesia, es definida desde el inicio de la Constitución Lumen gentium
como "un sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano".
Con razón entonces el documento de la Asamblea
Extraordinaria del Sínodo de los Obispos del 1985 ha afirmado: "la
eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los
documentos del Concilio". El concepto de comunión está "en el
corazón del autoconocimiento de la Iglesia". Ella es a la vez
vertical y horizontal, comunión con Dios y entre los hombres, don de la
Trinidad y compromiso en la fe y en el amor, visible e invisible.
La comunión eclesial, fundada sobre la palabra de Dios
y sus sacramentos, especialmente la Eucaristía, expresada en la fe,
fundada sobre la esperanza, animada por la caridad, radicada en la unidad
del ministerio de enseñanza y de gobierno del sucesor de Pedro y de los
obispos, posee a la vez fuerza de unidad y dinamismo misionero.
Análogamente al misterio de la Trinidad, que es comunión y misión para
la salvación del mundo, la Iglesia, imagen viviente de la Trinidad, con
la fuerza misma del Espíritu, es convocación (ekklesía) y
manifestación (epiphanía) misionera para la salvación del mundo.
La Iglesia debe ser siempre y en todas partes, en
medida creciente, participación y sacramento del amor trinitario, para la
salvación del mundo. En consecuencia, tiene la fuerza misma del
Espíritu, que en la Trinidad es principio de comunión y de misión en el
amor.
62.
Por lo tanto, la Iglesia es el misterio-sacramento en el cual convergen la
evangelización y la catequesis, la celebración de los misterios, la
espiritualidad eclesial, la vida de caridad de los cristianos, la acción
y el testimonio misionero. Sólo en una auténtica perspectiva eclesial
pueden ser comprendidos los compromisos morales, las estrategias
pastorales, los caminos de espiritualidad vivida.
Comunión y misión se implican mutuamente. La fuerza
de la comunión hace crecer la Iglesia en extensión y en profundidad.
Pero la misión hace crecer también la comunión, que se extiende, como
círculos concéntricos, hasta alcanzar a todos.
En efecto, la Iglesia se difunde en las diversas
culturas y las introduce en el Reino, de modo que todo lo que de Dios ha
salido a Dios pueda volver. Por esto se ha afirmado: "La comunión se
abre a la misión, haciéndose ella misma misión".
La comunión corresponde al ser de la Iglesia, recuerda
el destino de todos los carismas al ágape, a la comunión en la unidad,
en el mismo designio de salvación, en el mismo proyecto eclesial.
La unidad de la Iglesia como comunión y misión no
pertenece sólo a la esencia de su misterio y de su compromiso en el
mundo, ella es también la garantía y el sello de su obrar divino: todo
proviene del designio trinitario de Dios, que en su unidad está en el
origen de todo y es también el destino final de todo, según la visión
de la historia de la salvación que involucra a la humanidad y al cosmos.
En una eclesiología de
comunión y de misión
63.
También en nuestro tiempo la unidad es un signo de esperanza ya sea que
se trate de los pueblos, ya sea que se hable del obrar humano por un mundo
reconciliado. Pero la unidad es también signo y testimonio creíble de la
autenticidad del Evangelio. De aquí nace la urgencia también en nuestro
mundo de la unidad de la Iglesia y de un modo particular de la unidad de
todos del discípulos de Cristo, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
El misterio trinitario, que es misterio de comunión en
la reciprocidad, es como el cuadro de referencia de la vida de la Iglesia,
de su misión, de sus ministerios y por lo tanto del ministerio episcopal.
Tal perspectiva es un signo de esperanza para el mundo
en medio de las disgregaciones de la unidad, de las contraposiciones y de
los conflictos. La fuerza de la Iglesia está en la comunión, su
debilidad está en la división y en la contraposición.
64.
El ministerio episcopal se encuadra en esta eclesiología de comunión y
de misión que genera un obrar en comunión, una espiritualidad y un
estilo de comunión.
En efecto, en este ministerio se expresa la unidad de
la sucesión apostólica en el Colegio de los obispos, bajo el ministerio
petrino. Además, en el obispo converge la iglesia particular, la
comunidad del pueblo de Dios, con los presbíteros, los diáconos, las
personas consagradas, los laicos.
Esta comunión en la unidad es sostenida por la caridad
pastoral y por la esperanza sobrenatural en la actuación de designio
divino con la fuerza del Espíritu Santo.
Unidad y catolicidad del
ministerio episcopal
65.
Enviado en nombre de Cristo como pastor de una iglesia particular, el
obispo cuida la porción del pueblo de Dios que le ha sido confiada y la
hace crecer como comunión en el Espíritu por medio del Evangelio y de la
Eucaristía. En ella es visible el principio y fundamento de la unidad de
la fe, de los sacramentos y del gobierno en razón de la potestad
recibida.
Sin embargo, cada obispo es pastor de una iglesia
particular en cuanto es miembro del Colegio de los obispos. En este mismo
Colegio cada obispo está inserido en virtud de la consagración episcopal
y mediante la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio. De esto
derivan para el ministerio del obispo algunas consecuencias que, aún en
forma sintética, es oportuno considerar.
La primera es que el obispo no está nunca solo. Esto
es verdad no solamente respecto a su colocación en la propia iglesia
particular, sino también en la Iglesia universal, unido como está -por
la naturaleza misma del episcopado uno e indivisible- a todo el Colegio
episcopal, el cual sucede al Colegio apostólico. Por esta razón cada
obispo está simultáneamente en relación con la iglesia particular y con
la Iglesia universal.
Visible principio y fundamento de la unidad en la
propia iglesia particular, cada obispo lleva en sí el vínculo visible de
comunión eclesial entre su iglesia y la Iglesia universal. Por esto todos
los obispos, aún residiendo en diversas partes del mundo, pero siempre
custodiando la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio episcopal y
con el mismo Colegio en su totalidad, dan consistencia y figura a la
catolicidad de la Iglesia; al mismo tiempo confieren a la iglesia
particular, de la que son encargados, la misma nota de catolicidad.
"El obispo es principio y fundamento visible de la
unidad en la iglesia particular confiada a su ministerio pastoral, pero
para que cada iglesia particular sea plenamente Iglesia, es decir,
presencia particular de la Iglesia universal con todos sus elementos
esenciales, y por lo tanto constituida a imagen de la Iglesia universal,
debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad
de la Iglesia: el Colegio episcopal «junto con su Cabeza, el Romano
Pontífice, y jamás sin ella».
En la comunión de las Iglesias,
entonces, el obispo representa su iglesia particular y, en ésta, él
representa la comunión de las iglesias. Mediante el ministerio episcopal,
en efecto, cada iglesia particular, que también es una portio Ecclesiae
universalis, vive la totalidad de la una-santa y está presente en ella la
totalidad de la católica-apostólica.
66.
La segunda consecuencia, sobre la que parece oportuno detenerse, es que
justamente esta unión colegial, o comunión fraterna de caridad, o afecto
colegial, es la fuente de la solicitud que cada obispo, por institución y
mandato de Cristo, tiene con respecto a toda la Iglesia y a todas las
otras iglesias particulares. Así se dilata también su solicitud por
"aquellas regiones del orbe terrestre en que todavía no ha sido
anunciada la palabra de Dios, o en que, principalmente por el escaso
número de sacerdotes, se hallan los fieles en peligro de apartarse de los
mandamientos de la vida cristiana y aún de perder la fe misma".
Por otra parte, los dones divinos, mediante los cuales
cada obispo edifica su iglesia particular, o sea el Evangelio y la
Eucaristía, son los mismos que no sólo constituyen cada iglesia
particular como reunión en el Espíritu, sino que también la abren, cada
una, a la comunión con todas las otras iglesias. El anuncio del
Evangelio, en efecto, es universal y, por voluntad del Señor, está
dirigido a todos los hombres y es inmutable en todos los tiempos.
Luego, la celebración de la Eucaristía por su misma
naturaleza y como todas las otras acciones litúrgicas, es acción de toda
la Iglesia, pertenece al entero cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta y lo
implica. También de aquí surge el deber de todo obispo, como legítimo
sucesor de los apóstoles y miembro del Colegio episcopal, de ser en
cierto modo garante de la Iglesia toda (sponsor Ecclesiae).
En comunión con el Sucesor
de Pedro
67.
La eclesiología de comunión, característica de la Iglesia Católica,
expresa las múltiples relaciones de unidad no sólo en la misma fe,
esperanza y caridad, en la misma doctrina y en los sacramentos, entre
todas las iglesias particulares, sino también en la concreta comunión
con el Romano Pontífice, principio visible de la unidad de la Iglesia.
Esta realidad se manifiesta en la santificación y en el culto, en la
doctrina y en el gobierno, según el proyecto divino de Cristo, que ha
querido que Pedro y sus sucesores fueran principio de unidad visible para
que confirmaran a los hermanos en la fe.
La unidad de la Iglesia, en comunión y bajo la guía
del sucesor de Pedro, es además fuente de esperanza para el futuro. El
designio de Dios es la unidad de la entera familia humana y la Iglesia
católica conserva en su estructura este precioso don.
Tal unidad es fuente de confianza y de esperanza para
el futuro de la misión de los cristianos en el mundo. En efecto, ella es
garantía de la continuidad de la verdad y de la vida del Evangelio: la
plenitud de una Iglesia que sea una, santa, católica y apostólica, como
fue querida por Cristo, y que "subsiste en la Iglesia católica,
gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con
él".
68.
Múltiples son los vínculos que unen a cada obispo con el ministerio de
Pedro. En primer lugar, la comunión en la vida divina, especialmente a
través de la celebración de la Eucaristía, fundamento de la unidad de
la Iglesia en Cristo. Cada celebración de la Eucaristía, signo de la
"sanctorum communio", o sea de la comunión de los santos y de
las cosas santas, según la apreciada expresión de la antigüedad
cristiana, tiene lugar en unión, no sólo con el propio obispo, sino ante
todo con el Papa y con el orden episcopal, en consecuencia con el clero y
con todo el pueblo de Dios, como lo expresan los diversos formularios de
la plegaria eucarística.
A esto se agrega la comunión en la predicación del
Evangelio y en la recta doctrina, en fidelidad al magisterio de la Iglesia
que el Romano Pontífice ejerce, especialmente en las cuestiones de fe y
costumbres. La cordial acogida y difusión del magisterio pontificio es
signo de auténtica comunión y garantía de unidad en la Iglesia,
también para guiar el pueblo de Dios por los senderos de la verdad,
especialmente en campos doctrinales que exigen también el estudio
profundo y específico de nuevas problemáticas.
Por último también la necesaria unidad en la
disciplina eclesiástica es signo de comunión en la verdad y en la vida,
aún con las legítimas variaciones, según el derecho.
Colaboración en el
ministerio petrino
69.
La pertenencia al Colegio de los obispos, que no puede ser concebida sin
la comunión con su Cabeza visible que es el Romano Pontífice, tiene
varias formas de participación y de ejercicio de la colegialidad.
Justamente en cuanto pertenece al Colegio episcopal,
cada obispo en el ejercicio de su ministerio se encuentra y está en una
viva y dinámica comunión con el obispo de Roma, Sucesor de Pedro y
Cabeza del Colegio, y con todos los otros hermanos obispos esparcidos en
el mundo entero. En tal comunión se actúa también la solicitud por
todas las iglesias diseminadas por el mundo y la dimensión de misión, de
cooperación y de colaboración misionera, que es propia del ministerio
episcopal.
Una específica forma de colaboración con el Romano
Pontífice en la solicitud por toda la Iglesia es el Sínodo de los
Obispos, donde tiene lugar un fructuoso intercambio de noticias y de
sugerencias y son delineadas, a la luz del Evangelio y de la doctrina de
la Iglesia, las orientaciones comunes que, si son hechas propias por el
Papa y por él son propuestas a toda la Iglesia, vuelven a las iglesias
locales en beneficio de ellas mismas. En tal modo la Iglesia entera es
válidamente sostenida para mantener la comunión en la pluralidad de las
culturas y de las situaciones.
Fruto y expresión de esta unión colegial es la
colaboración de los obispos pertenecientes a todas partes del orbe
católico en los organismos de la Santa Sede, en particular en los
dicasterios de la Curia Romana y en varias comisiones, donde pueden
eficazmente llevar su propia contribución como pastores de iglesias
particulares.
Las visitas "ad
limina" y las relaciones con la Santa Sede
70.
Un momento importante, manifestación de la unión con el Papa y con los
organismos de la Santa Sede, es el constituido por las visitas ad limina.
Ellas se desarrollan en la comunión sacramental de la celebración
eucarística, en la oración común, en el encuentro personal de los
obispos con el Papa y sus colaboradores. Son ocasiones de discernimiento
que llevan al centro de la comunión visible las realidades, las ansias,
las esperanzas, las alegrías y los problemas de las iglesias particulares
para un enriquecimiento de la catolicidad y una particular experiencia de
unidad.
En los últimos tiempos, en ocasión de tales visitas,
los mismos pastores han tenido la oportunidad de compartir entre ellos
momentos de oración, en compañía de los más estrechos colaboradores
diocesanos y de algún grupo de fieles, poniendo así en evidencia un
verdadero y auténtico sentido de renovación de las visitas de los
pastores de las iglesias particulares "ad limina apostolorum".
Muchos obispos en las respuestas a los Lineamenta,
expresan el deseo que la relación entre el Sucesor de Pedro y los obispos
diocesanos, a través de los dicasterios de la Santa Sede y los
representantes pontificios, sea cada vez más marcada por criterios de
colaboración recíproca y de estima fraterna, como actuación concreta de
una eclesiología de comunión, en el respeto de las competencias.
Las conferencias
episcopales
71.
Los obispos viven su comunión con los otros Pastores en el ejercicio de
la colegialidad episcopal. Desde la antigüedad cristiana tal realidad de
comunión ha encontrado una expresión particularmente calificada en la
celebración de los Concilios ecuménicos, también en los concilios
particulares, tanto plenarios como provinciales, concilios que todavía
hoy tienen una utilidad, contemporáneamente a la consolidación de las
Conferencias episcopales.
A partir del siglo pasado, en efecto, han nacido las
Conferencias episcopales que en el Decreto Christus Dominus han encontrado
una acogida particular y en el CIC una específica normativa.
Recientemente, siguiendo las recomendaciones del Sínodo Extraordinario de
1985, que pedía un estudio sobre la naturaleza teológica de las
Conferencias episcopales, Juan Pablo II ha promulgado, a propósito, el
Motu proprio Apostolos suos, que esclarece y analiza detalladamente todo
el argumento.
En el Directorio Ecclesiae imago venía de algún modo
expresada su naturaleza con estas palabras: "La Conferencia episcopal
ha sido instituida con el fin de que pueda hoy por hoy aportar una
múltiple y fecunda contribución a la aplicación concreta del afecto
colegial. Por medio de las Conferencias se fomenta de manera excelente el
espíritu de comunión con la Iglesia universal y de las diversas iglesias
particulares entre sí".
72.
Quedando firme la autoridad de cada obispo en su iglesia particular,
"en la Conferencia los obispos ejercen unidos el ministerio episcopal
en favor de los fieles del territorio de la Conferencia; pero, para que
tal servicio sea legítimo y obligatorio para cada obispo, es necesaria la
intervención de la autoridad suprema de la Iglesia que, mediante ley
universal o mandato especial, confía determinadas cuestiones a la
deliberación de la Conferencia episcopal".
"El ejercicio conjunto del ministerio episcopal
incluye también la función doctrinal". Los obispos reunidos en la
Conferencia episcopal deben procurar que el magisterio universal llegue al
pueblo a ellos confiado. Para que las declaraciones doctrinales de la
Conferencia episcopal obliguen a los fieles a adherir a ellas con
religioso obsequio de ánimo deben, o ser aprobadas por unanimidad, o
bien, aprobadas por mayoría cualificada, obtener la recognitio de la Sede
Apostólica.
Las Iglesias orientales patriarcales y arzobispales
mayores tienen sus propias instituciones de carácter sinodal, como el
Sínodo patriarcal y la Asamblea patriarcal, y gozan de leyes propias. El
mismo CCEO contempla las asambleas de los jerarcas de diversas iglesias
sui iuris.
Existen también organismos como las Reuniones
Internacionales de Conferencias Episcopales a nivel continental o regional
por su cercanía, que, aún no teniendo las competencias de las
Conferencias episcopales, propiamente dichas, según las normas del
derecho canónico, sin embargo, son instrumentos útiles a través de los
cuales se establecen relaciones de colaboración entre los obispos en
vista del bien común.
Comunión afectiva y
efectiva
73.
Las relaciones que se establecen entre los obispos, ya sea en el ámbito
de los Sínodos patriarcales de la Iglesias orientales, ya sea a través
de las Conferencias episcopales, ya sea mediante otras formas de
colaboración y comunión, cada una según la propia naturaleza teológica
y jurídica, no deben ser vistas sólo en función del trámite
burocrático de cuestiones internas y externas. Es más, en el espíritu
de comunión entre los pastores de las iglesias y en el affectus
collegialis, propio de la participación sacramental a la solicitud por el
entero pueblo de Dios, dichas relaciones deben constituir una verdadera
experiencia de espiritualidad, un ejercicio de comunión afectiva y
efectiva.
Las asambleas episcopales deben entonces desarrollarse
en la escucha recíproca en virtud de la común responsabilidad y
solicitud eclesial. Ellas constituyen momentos de responsabilidad
pastoral, de evangélica fraternidad, de compartir problemas, de verdadero
discernimiento eclesial y espiritual; son momentos en los cuales los
obispos iluminan con la sabiduría del Evangelio los problemas de nuestro
tiempo, en una mutua ayuda que se confía a la gracia del Señor, presente
en medio de los que están reunidos en su nombre (cf. Mt 18,20), y a la
asistencia del Espíritu Santo que guía a la Iglesia.
74.
Esta ayuda recíproca entre los obispos, y en modo especial de parte de
los metropolitanos, puede y debe transformarse en estímulo, en sostén en
el discernimiento, en consejo recíproco y eventualmente en una oportuna
corrección fraterna, según el Evangelio, en momentos de dificultad.
Algunos esperan que en razón de la comunión fraterna
en la gracia del Episcopado y en la unidad de la Iglesia se establezcan
relaciones de ayuda recíproca entre diócesis grandes y pequeñas, con
aquellas ayudas que se revelarán oportunas como el intercambio de agentes
de pastoral, de medios económicos y de subsidios, así como también la
constitución de estructuras y organismos comunes, cuando las diócesis
sean vecinas. Hay que alentar también las relaciones de fraternidad entre
diócesis, como gemelas, como iglesias esparcidas por el mundo,
especialmente con aquellas más necesitadas y jóvenes, como signo de
solicitud por la Iglesia universal.
En las respuestas a los Lineamenta se pide aclarar las
relaciones cuando, por varias razones, especialmente por la diversidad de
iglesias "sui iuris" o bien por la existencia de una prelatura
personal o de un ordinario militar, diversos obispos dentro del mismo
territorio se encuentran ejerciendo la función de pastor respecto a sus
respectivos fieles. Es necesario que se establezcan definidos criterios
para favorecer el testimonio de la unidad.
II. Algunos Problemas Particulares
Distintas tipologías del
ministerio episcopal
75.
De las respuestas a los Lineamenta emergen algunas cuestiones que merecen
una especial atención, de tal manera que puedan ser aclaradas, a la luz
de los últimos años, particulares tareas, derechos y deberes, en el
respeto de los dones propios de cada obispo.
La primera de estas cuestiones toca la variedad del
ministerio episcopal, como se ha delineado a través de la historia y de
las tradiciones de la Iglesia.
Dentro de la Iglesia sobresale el ministerio del obispo
elegido y consagrado al servicio de una iglesia particular. Entre éstos
está investido por el Señor de una función particular el Obispo de
Roma. La Iglesia que está en Roma preside la asamblea universal de la
caridad, posee una particular principalidad y, por su peculiar vínculo
con el apóstol Pedro, su Obispo es Cabeza y Pastor de la Iglesia
universal. Él, animado por el Espíritu del Buen Pastor, apacienta el
rebaño universal de Cristo y confirma a los hermanos en la verdad, como
signo de comunión y de unidad ante todas las otras iglesias y confesiones
cristianas, ante las otras religiones y ante la entera sociedad.
Una particular figura episcopal, según la tradición
de la Iglesia, revisten los obispos que, con el título de Patriarca,
presiden las Iglesias católicas orientales. Al Patriarca está reservado
un especial honor como Padre y Cabeza de su iglesia patriarcal. En las
Iglesias orientales católicas se encuentran también los arzobispos
mayores, que son metropolitanos de una sede determinada reconocida por la
suprema autoridad de la Iglesia. Ellos presiden una entera Iglesia
oriental sui iuris que no tiene título patriarcal.
Los arzobispos y obispos
diocesanos o eparquiales son constituidos pastores de sus respectivas
iglesias particulares.
Existen, además de los
arzobispos y obispos diocesanos al frente de una iglesia particular
residencial, otros arzobispos y obispos, a quienes ha sido conferida la
gracia y la dignidad episcopal, al servicio de toda la Iglesia y con un
particular vínculo con el ministerio petrino en el gobierno de la
Iglesia; entre éstos los obispos creados cardenales sin una sede
particular. Otros colaboran con el Romano Pontífice en la solicitud de la
Iglesia universal y están al servicio de la Santa Sede, con cargos en la
Curia Romana o en las Nunciaturas y Delegaciones apostólicas.
Hay que mencionar además los obispos metropolitanos de
las Iglesias de Oriente que están encargados de una provincia dentro de
los límites del territorio de una Iglesia Patriarcal, a norma del propio
derecho particular. También en la Iglesia latina se encuentran los
metropolitanos, que presiden una provincia eclesiástica con propios
derechos y deberes a norma del derecho.
Los obispos coadjutores y auxiliares, sean diocesanos o
eparquiales, están al servicio de las propias diócesis o eparquías y
colaboran con el obispo diocesano o eparquial cuando las circunstancias lo
aconsejan, a norma del propio derecho.
Esta simple enumeración ilustra la
rica variedad del ministerio episcopal en la Iglesia universal y
particular desde el punto de vista teológico e institucional.
Los obispos eméritos
76.
Hoy han aumentado en modo considerable los obispos que por las razones
previstas en el derecho han sido dispensados de la función pastoral. Se
ha puesto repetidamente el problema de una mayor participación de ellos
en la vida eclesial.
Los obispos eméritos, continuando a formar parte del
Colegio Episcopal, mantienen el derecho/deber de participar en los actos
del Colegio en los modos previstos por el derecho.
Además, vista su experiencia pastoral, son consultados
sobre las cuestiones de índole general. Para que, entonces, permanezcan
informados sobre los problemas de mayor importancia, deben ser enviados a
ellos con anticipación los documentos de la Santa Sede y, de parte del
obispo diocesano, el boletín eclesiástico y otros documentos. Por su
competencia en determinadas materias ellos pueden ser contados entre los
miembros adjuntos de los Dicasterios de la Curia Romana y ser nombrados
consultores de los mismos; ser elegidos, en los casos previstos por los
estatutos de la diversas Conferencias episcopales, para el Sínodo de los
obispos; participar en alguna reunión o comisión de estudio, si en los
estatutos de la Conferencias de los obispos no fuera prevista su presencia
con voto deliberativo.
En las respuestas a los Lineamenta se espera que cuanto
está previsto por el derecho sea llevado a fiel aplicación.
Se pide que no falte a cada obispo emérito un adecuado
trato económico y se busquen laudables soluciones que eviten su
aislamiento y favorezcan su plena vitalidad eclesial.
Conviene tomar en consideración las necesarias
atenciones debidas a los obispos ancianos o enfermos que también
constituyen en la Iglesia y en medio de los fieles un ejemplo de amor a
Cristo y de donación de la vida en su ministerio, en la oración y en el
sufrimiento.
Finalmente, el consejo de los hermanos obispos puede
ser de gran ayuda y consuelo en el momento en el cual llega el tiempo de
renunciar al oficio. De la sabiduría, comprensión y aliento de otros
obispos puede venir también la ayuda para que en este difícil pasaje
humano y espiritual, las decisiones que se refieren al propio futuro
puedan ser tomadas con serenidad y confianza en la divina providencia.
Elección y formación de
los obispos
77.
Entre las respuestas a los Lineamenta algunas se refieren al argumento de
las consultaciones previas a la elección de los obispos, con el objeto de
que a través de dichas consultaciones se pueda favorecer la elección del
candidato más adecuado a la misión para la cual es destinado.
Dada la especial responsabilidad del ministerio
episcopal, se considera siempre más la oportunidad de iniciativas
particulares en favor de los obispos recientemente nombrados. Para ellos
en los últimos años han sido propuestas actividades formativas, para que
tengan la ocasión de prepararse mejor a responder a las exigencias del
ministerio desde el punto de vista teológico, pastoral, canónico,
espiritual y administrativo.
A través de oportunos programas de formación
permanente se propone también la necesaria actualización doctrinal,
pastoral y espiritual de los obispos junto con un aumento de la comunión
colegial y de la eficacia pastoral en las respectivas diócesis.
Además, en vista, de las ordinarias y graves
decisiones a tomar, se siente la particular necesidad de invitar a los
obispos a destinar un tiempo adecuado a la meditación y a la
contemplación en medio de las tareas cotidianas del ministerio, cuando la
urgencia de las cuestiones golpea a la puerta del corazón y la
preocupación del pastor invoca la pausa de la piedad y la escucha del
Espíritu en la serenidad interior.
CAPÍTULO
IV
EL OBISPO
AL SERVICIO DE SU IGLESIA
La imagen bíblica del
lavatorio de los pies: Jn 13,1-16
78.
En el punto culminante de su vida, cuando Jesús comienza la última etapa
de su éxodo pascual, para ofrecerse libremente al Padre por nuestra
salvación, se revela ante sus discípulos como el siervo de todos.
Con el lavatorio de los pies, Jesús ha dejado la
imagen del amor servicial hasta el don de la vida, como modelo para los
verdaderos discípulos del Evangelio. El ejemplo de Cristo exige una
continuidad de su misma actitud: "Os he dado ejemplo, para que
también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15).
Este gesto de humilde servicio, que todo obispo esta llamado a repetir
ritualmente cada año el Jueves Santo en la celebración de la Cena del
Señor, está vinculado al ministerio de la caridad, al mandamiento nuevo
del amor recíproco (cf. Jn 13, 34-35) y se muestra como un signo que
tiene su cumplimiento en la Eucaristía y en el sacrificio de la muerte en
cruz. Servicio, caridad, Eucaristía, cruz y resurrección, aparecen
íntimamente ligados entre sí en la vida de Jesús, en su enseñanza y en
el ejemplo que dejó para su Iglesia, en su memorial.
A la luz de esta imagen joánica el ministerio del
obispo en su iglesia particular aparece como un servicio de amor y su
figura, como la de Cristo, siervo de los hermanos. Con estos sentimientos,
Jesús cumplió aquel gesto también como signo de esperanza, sabiendo que
el Padre había puesto todo en sus manos y que había venido del Padre y
al Padre tornaba, con la esperanza cierta de volver a ver a sus
discípulos después de la Pascua (cf. Jn 13,3). Así también, el obispo
en la humildad de su servicio proclamará la esperanza con la palabra, la
celebrará con los sacramentos, la actuará en medio a su pueblo y con su
gente, como el humilde inclinarse hacia todas las necesidades de los
fieles, en modo especial hacia los más necesitados.
I. El Obispo en su Iglesia Particular
La iglesia particular
79.
La misión específica del ministerio episcopal adquiere una particular
relevancia y concretización en la iglesia particular, para la cual el
obispo diocesano ha sido elegido y consagrado. El ministerio de los
obispos se hace especifico como un servicio a las iglesias particulares
dispersas por el mundo, en las cuales y a partir de las cuales ("in
quibus et ex quibus") existe la sola y única Iglesia católica.
La mutua relación de identidad y representación que
coloca al obispo al centro de la iglesia particular se expresa en la
sentencia de la tradición, formulada con las palabras de Cipriano:
"Debes saber que el obispo está en la Iglesia y la Iglesia está en
el obispo, y si uno no está con el obispo no está tampoco en la
Iglesia". Así, el ministerio del obispo está todo en relación a su
iglesia, que lo comprende a él mismo, y representa una serie de elementos
de comunión y de unidad en la Iglesia universal. Por otra parte, no se
puede pensar en una iglesia particular sin la referencia a su pastor. La
iglesia particular se puede explicar a partir de la triple función
episcopal de la santificación, del magisterio y del gobierno, que se
entrelaza con la dimensión profética, sacerdotal y real del Pueblo de
Dios.
Por ello, como ya recordaba el Directorio Ecclesiae
imago, el obispo "debe armonizar en su propia persona los aspectos de
hermano y de padre, de discípulo de Cristo y de maestro de la fe, de hijo
de la Iglesia y, en un cierto sentido, de padre de la misma, por ser
ministro de la regeneración sobrenatural de los cristianos (cf. 1 Co
4,15)".
Un misterio que converge en
el obispo junto a su pueblo
80.
En la persona del obispo, unido a su pueblo, convergen las
características de la comunión eclesial. Se manifiesta en él la
comunión trinitaria, porque él se convierte en signo del
"Padre"; es presencia de Cristo, "cabeza, esposo y
siervo"; es "ecónomo" de la gracia y hombre del Espíritu.
Se cumple en el obispo la comunión apostólica, que lo hace testigo de la
tradición viva del Evangelio, en conexión con la sucesión apostólica.
Obra en él la comunión jerárquica que lo une al carisma petrino, como
los apóstoles estaban unidos a Pedro en Jerusalén.
En la gracia de su ministerio de maestro, sacerdote y
pastor se hace concreta la unidad de la iglesia particular, que encuentra
en él el punto de comunión entre los presbíteros y las diversas
parroquias y asambleas locales; éstas, en comunión con él, se hacen
"legítimas". Él es, en fin, animador de la comunión de
carismas y ministerios de los otros fieles de Cristo, consagrados y
laicos, que encuentran en él el principio de unidad y de fuerza
misionera.
También en la persona del obispo se manifiesta la
reciprocidad entre la Iglesia Universal y las iglesias particulares, que
abiertas las unas a las otras, se reencuentran como porciones del pueblo
de Dios y "portiones Ecclesiae" en la una, santa, católica y
apostólica, la cual preexiste a ellas y en ellas se encarna como
comunidades históricas, territoriales y culturales concretas.
Palabra, Eucaristía,
comunidad
81.
En el Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia
Christus Dominus encontramos trazada en términos teológicos la imagen de
la iglesia particular con estas palabras, referidas explícitamente a la
diócesis: "La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se
confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de sus
sacerdotes, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el
Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituya una
iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia
de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica."
Los elementos constitutivos de la iglesia particular en
torno al obispo pueden ser resumidos en estas instancias fundamentales de
la eclesiología del Nuevo Testamento:
a) La predicación del Evangelio como presencia de
Cristo y de su Palabra. Esta Palabra hace la Iglesia. La Iglesia nace ante
todo de la Palabra; ella es "creatura Verbi", en el soplo
vivificante del Espíritu. En efecto, la Iglesia comienza a ser
"ecclesia", comunidad de los convocados a través de la Palabra
del Evangelio; es formada y como plasmada por la Palabra proclamada,
acogida con fe, predicada continuamente, como nos enseñan los Hechos de
los Apóstoles (cf. Hch 2, 42 ss). Por eso son intrínsecas a la Iglesia
la proclamación litúrgica de la Palabra, la evangelización y la
catequesis, en la potencia vivificadora del Espíritu.
b) El misterio de la Cena del Señor o Eucaristía que
hace la Iglesia. Es, precisamente, Cristo la Cabeza y el Esposo de la
Iglesia y es la Eucaristía el memorial sacramental de la muerte y
resurrección del Cristo glorioso que hace a la Iglesia una, santa,
católica y apostólica.
c) Esta sinaxis, que se hace concreta también en
"comunidades pequeñas, pobres y dispersas", presupone y genera
la vida teologal: el amor, la esperanza y la caridad, es decir, la
existencia cristiana que se expresa en la comunión entre los fieles y en
su misión. La Eucaristía es siempre fuente y culmen de la vida de la
Iglesia.
En estos tres signos se pueden advertir tres
características originales del ser cristiano. En efecto, la Iglesia en su
comunicación con el Maestro invisible y con su Espíritu recibe la
Palabra del Evangelio, celebra el misterio de la Cena del Señor y vive en
la caridad mediante la misma fe y la misma esperanza.
Una, santa, católica y
apostólica
82.
La iglesia particular lleva consigo toda la compleja realidad de la
Iglesia como Pueblo de Dios; empeña a todos los bautizados en su
múltiple y comprometida realidad sacerdotal, profética y real, junto con
la variedad de ministerios ordenados y carismas.
Se trata de un pueblo sellado por la gracia de los
sacramentos, constituido Iglesia en Cristo y en el Espíritu para gloria
del Padre. Pero es también un pueblo peregrino, radicado aquí y ahora en
una tierra, en una historia, en una cultura.
La iglesia particular es llamada continuamente a
medirse con la riqueza de la Iglesia universal que ella misma actualiza,
hace presente y operante. Es iglesia local, particular, pero proyectada en
el plan escatológico que comprende: la unidad en la vida teologal, en el
ministerio, en los sacramentos, en la vida, en la misión, en comunión
con Pedro; la santidad en la riqueza del Evangelio vivido y en la madura y
rica experiencia de los dones del Espíritu Santo; la catolicidad como
cordial comunión con todos, en la apertura a la universalidad de la
Iglesia y a sus múltiples riquezas, que han de ser integradas en la
reciprocidad; la apostolicidad, en virtud de la tradición de fe y de vida
sacramental que viene de los apóstoles, con la fuerza del mandato
misionero hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos.
Una Iglesia con rostro
humano
83.
La Iglesia es la convergencia de lo divino y lo humano; por ello, su raíz
divina es la Trinidad, pero, como campo y viña de Dios, ella está
también plantada en esta tierra; como pueblo en camino vive en un lugar,
tiene una historia, un presente y un futuro. Una iglesia particular posee,
en efecto, sus tradiciones y a veces incluso sus liturgias, conserva las
huellas de la historia de la salvación pasada y presente, de las cuales
vive y se proyecta hacia un futuro.
Es necesario valorar esta realidad terrena de la
iglesia particular, que vive aquí y hoy, para entender profundamente su
ser y su actuar, sus riquezas y sus debilidades, sus necesidades, en vista
de la evangelización y el testimonio.
Como iglesia particular, además, tiene la conciencia
de estar en la comunión de las cosas santas y de los santos del cielo y
de la tierra, que es la verdadera y grande "communio sanctorum".
Además, la Iglesia es comunión de personas y de
rostros, donde cada uno es irrepetible y donde ninguna individualidad es
cancelada. Los rostros indican la concreción de lo vivido de parte de las
personas, hombres y mujeres de toda edad y condición.
En esta "iglesia de los rostros" se puede
leer un mensaje concreto, una urgencia de presencia, de evangelización,
de testimonio, un ofrecimiento de diálogo, un pedido de autenticidad.
Cada vez que se piensa en la iglesia particular no se deben olvidar los
rostros concretos porque en ellos se refleja la imagen viva del Cristo.
Pablo VI ha recordado que "la Iglesia universal se encarna de hecho
en las iglesias particulares, constituidas de tal o cual porción de
humanidad concreta, que hablan tal lengua, son tributarias de una herencia
cultural, de una visión del mundo, de un pasado histórico, de un
sustrato humano determinado".
En realidad, también cada iglesia particular tiene su
rostro peculiar, humano y geográfico, que determina también una
organización pastoral particular. Hay diócesis que comprenden ciudades
modernas especialmente populosas; otras se extienden en territorios
grandes y difíciles de recorrer por parte del Pastor.
Iglesia universal, iglesia
particular
84.
El Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis
notio, con el fin de especificar algunos valores y límites de la
eclesiología de comunión y de la eclesiología eucarística, ha querido
aclarar con razón algunos aspectos de la plenitud y de los límites de la
iglesia particular, para que responda a su auténtica perspectiva
católica.
Así, por ejemplo, pone en guardia contra un concepto
de iglesia particular que presente la comunión de cada iglesia de modo
tal que debilite, en el plano visible e institucional, la concepción de
la unidad de la Iglesia. "Se llega así a afirmar- observa el
documento - que cada iglesia particular es sujeto en sí mismo completo, y
que la Iglesia universal resulta del reconocimiento recíproco de las
iglesias particulares. Esta unilateralidad eclesiológica, reductiva no
sólo en el concepto de Iglesia universal sino también en el de iglesia
particular, manifiesta una insuficiente comprensión del concepto de
comunión". Justamente para no ensombrecer la comunión en su
dimensión de universalidad, en el mismo documento se encuentra una
afirmación iluminadora: "en la Iglesia nadie es extranjero:
especialmente en la celebración de la Eucaristía, todo fiel se encuentra
en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo". En efecto, cada fiel,
pertenezca o no a la diócesis, a la parroquia o a la comunidad
particular, en la celebración de la Eucaristía debe sentirse siempre en
su Iglesia. Aún perteneciendo a una iglesia particular en la cual ha sido
bautizado o vive o participa de la vida de Cristo, el fiel pertenece de
algún modo a todas las iglesias particulares.
Este misterio de unidad es
confiado al ministerio del obispo en la referencia indisoluble de la
iglesia particular a la Iglesia universal.
85.
En esta porción del Pueblo de Dios una comunidad perteneciente a la
única familia de Dios, vive plenamente la referencia al Reino de Cristo,
en el cual están integradas todas las riquezas de la catolicidad,
prefiguradas en la Iglesia de Pentecostés.
La referencia a la Iglesia de Jerusalén hace que cada
iglesia tenga un vínculo necesario con Pedro, cabeza de esta Iglesia de
los orígenes. Tal vínculo confiere carácter apostólico a cada iglesia
local a través de la sucesión apostólica de los obispos. La comunión
en la única Iglesia y en cada iglesia supone también la unidad en el
carisma de Pedro y por ello la comunión con todas las otras iglesias
dispersas por el mundo.
En este designio de la unidad universal y de las
peculiaridades particulares se manifiesta como una especie de plan
trinitario, que sella y modela la existencia propia de cada iglesia en la
Iglesia católica y la correspondiente mutua relación. Por ello, no
carece de significado la realidad social, cultural, geográfica,
histórica de cada iglesia. En la realidad de las iglesias locales
dispersas por el mundo la Iglesia universal realiza el misterio de la
unidad y de la reconciliación de todos en Cristo. Y esta comunión de
todos los miembros de la Iglesia particular tiene el signo y el garante en
el obispo.
II. La Comunión y la Misión en la Iglesia
Particular
En comunión con el
presbiterio
86.
Un acto necesario de la comunión es el de la unión sacramental del
presbiterio en torno a su obispo. Según los textos más antiguos de la
tradición, como los de Ignacio de Antioquía, ello es parte esencial de
la iglesia particular. Entre el obispo y los presbíteros existe la
"communio sacramentalis" en el sacerdocio ministerial o
jerárquico, participación al único sacerdocio de Cristo y por lo tanto,
aunque en grado diverso, en el único ministerio eclesial ordenado y en la
única misión apostólica.
En virtud de esto y además de la cooperación en el
ministerio episcopal, los presbíteros "reúnen la familia de Dios
como fraternidad, animada con espíritu de unidad".
En la línea del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II ha
resaltado la pertenencia de los presbíteros a la iglesia particular como
fundamento de una rica teología y espiritualidad: "Es necesario que
el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una iglesia
particular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento
calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello, el
presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a la
iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de
discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral,
como su vida espiritual".
Al presbiterio de la diócesis pertenecen también
todos los presbíteros de los Institutos de vida consagrada y de las
Sociedades de vida apostólica. Estos viven los propios carismas en la
unidad, en la comunión y en la misión de la iglesia particular. En ella
contribuyen a poner en común la riqueza de los dones de espiritualidad y
de apostolado que les son propios. Así las iglesias particulares pueden
ser enriquecidas a nivel carismático "a imagen" de la Iglesia
universal, a la cual se refieren ciertas instituciones supra-diocesanas.
En realidad, la dimensión de universalidad es
inherente a la comunión con todas las iglesias y a la naturaleza misma
del ministerio presbiteral, que tiene una misión universal.
87.
El Concilio Vaticano II ha descrito las relaciones recíprocas entre el
obispo y los presbíteros con imágenes y términos diversos. Ha indicado
en el obispo al "padre" de los presbíteros, pero ha unido al
aspecto de la paternidad espiritual, el de la fraternidad, el de la
amistad, el de la colaboración necesaria y el del consejo. Sin embargo,
es cierto que la gracia sacramental llega al presbítero a través del
ministerio del obispo, y ésta misma le es donada en vistas de la
cooperación con el obispo en la misión apostólica. Esa gracia une a los
presbíteros a las diversas funciones del ministerio episcopal, de modo
particular a la de servidor del Evangelio de Jesucristo pare la esperanza
del mundo. En virtud de este vínculo sacramental y jerárquico los
presbíteros, necesarios colaboradores y consejeros, asumen, según su
grado, los oficios y la solicitud del obispo y lo hacen presente en cada
comunidad.
La relación sacramental-jerárquica se traduce en la
búsqueda constante de una comunión real del obispo con los miembros de
su presbiterio y confiere consistencia y significado a la actitud interior
y exterior del obispo hacia sus presbíteros. E1 Consejo presbiteral es el
lugar en el que se realiza tal comunión. Dicho Consejo, representando al
presbiterio, es el senado del obispo y lo ayuda en el gobierno de la
diócesis, para promover de modo más eficaz el bien de todos los fieles.
Es tarea del obispo consultarlo y escuchar de buen animo su parecer.
Una atención particular
para los sacerdotes
88.
Como modelo de la grey (cf. 1P 5,3), el obispo debe serlo, ante todo, para
su clero, al cual se propone como ejemplo de oración, de sentido
eclesial, de celo apostólico, de dedicación a la pastoral de conjunto y
de colaboración con todos los otros fieles.
Además, al obispo incumbe en primer lugar la
responsabilidad de la santificación de sus presbíteros y de su
formación permanente. A la luz de estas instancias espirituales actúa de
manera que compromete el ministerio de los presbíteros en el modo más
adecuado posible. Él debe velar cotidianamente para que todos los
presbíteros sepan y adviertan concretamente que no están solos o
abandonados, sino que son miembros y parte de un "único
presbiterio".
En las respuestas a los Lineamenta se destaca el hecho
de que, puesto que los sacerdotes necesitan un punto de referencia
espiritual, deben encontrar en el obispo su apoyo. El obispo, como padre y
pastor, expresa y promueve relaciones, tanto personales como colectivas ,
con sus sacerdotes al comprometerlos responsablemente en el Consejo
presbiteral o en otros encuentros formativos de carácter pastoral y
espiritual. Toda división entre el obispo y los presbíteros constituye
un escándalo para los fieles y ello hace no creíble el anuncio; en
cambio, en el signo de la fraternidad, el ejercicio de la autoridad se
transforma realmente en un servicio. Además el obispo, estableciendo una
profunda relación con sus presbíteros, llega a conocer sus dotes y así
a cada uno podrá confiar la tarea a la que mejor se adapta.
El ministerio y la
cooperación de los diáconos
89.
En la comunión de la iglesia particular participan los diáconos, tanto
los ordenados en vista al presbiterado como los diáconos permanentes.
Ellos están al servicio del obispo y de la iglesia particular en su
ministerio de la predicación del Evangelio, del servicio de la
Eucaristía y de la caridad.
En cuanto a los diáconos ordenados, no para el
sacerdocio sino para el ministerio, por su grado en el Orden sagrado
están ciertamente ligados en modo estrecho al obispo y a su presbiterio.
Por ello, el obispo es el primer responsable del discernimiento de la
vocación de los candidatos, de su formación espiritual, teológica y
pastoral. Es también el obispo quien, tomando en cuenta las necesidades
pastorales y las condiciones familiares y profesionales, les confía las
tareas ministeriales, haciendo que estén orgánicamente integrados en la
vida de la iglesia particular y que no se descuide su formación
permanente ni la promoción de su espiritualidad especifica.
El Seminario y la pastoral
vocacional
90.
De la importancia fundamental de los presbíteros y los diáconos en la
iglesia particular, nace también la primordial preocupación del obispo
por la pastoral vocacional en general y por la pastoral de las vocaciones
sacerdotales y diaconales en especial, con una atención particular con
respecto al Seminario, frecuentemente llamado en la tradición
eclesiástica como la pupila de los ojos del pastor. El Seminario, como
lugar y ambiente comunitario, donde crecen, maduran y se forman los
futuros presbíteros, es signo de aquella esperanza de la que vive una
iglesia particular de cara al futuro.
Ante la escasez de vocaciones en una Iglesia que no
puede renunciar a la plenitud del ministerio sacerdotal para celebrar la
palabra y los sacramentos, de manera especial la Eucaristía y la
remisión de los pecados; se hace necesario proponer con coraje la vida
sacerdotal. Para esto, y también como específico testimonio de
esperanza, entre las tareas más importantes del obispo se cuenta la
atención a las vocaciones y el interés directo por la formación
integral de los futuros sacerdotes, según las directivas del Magisterio.
Ello exige del obispo un conocimiento personal de quienes deben recibir la
ordenación sacerdotal y diaconal.
Hoy debe volver a proponerse con confianza la estima
por la llamada al sacerdocio con la colaboración de las familias, de las
parroquias, de las personas consagradas y de los movimientos eclesiales y
comunidades. Una Iglesia en la cual falte la referencia necesaria al
presbítero ordenado, corre el riesgo de perder su identidad. No se puede
entonces considerar hipotéticamente una comunidad cristiana que prescinda
del ministerio presbiteral en vista de la enseñanza, del gobierno y de
los sacramentos, especialmente de la penitencia, de la unción de los
enfermos y de la Eucaristía.
En relación a los otros
ministerios
91.
Junto al presbiterado y al diaconado, la Iglesia también ejerce su
misión a través de los ministros instituidos y otras tareas y oficios.
Considerando esta multiplicidad es necesario que el obispo promueva los
diversos ministerios con los que la Iglesia se hace idónea para toda obra
buena. Estos deben ser confiados tanto a las personas consagradas como a
los fieles laicos, en virtud de la vocación común y de la misión que
nacen del bautismo y de la confirmación, en razón de las dotes
particulares que cada uno alegremente pone al servicio del Evangelio.
Es aquí que aflora el triple carácter ministerial de
la Iglesia, ligado a la triple dignidad de los bautizados en el pueblo de
Dios: del oficio profético nacen la evangelización y la catequesis, que
brotan de la escucha de la Palabra; del oficio sacerdotal se irradian los
ministerios ligados a la celebración litúrgica, como también el culto
espiritual de la vida cotidiana y la oración, para hacer de la existencia
un don, una adoración en Espíritu y verdad; del oficio real surgen todos
los ministerios que están al servicio del Reino de Dios en el mundo, en
las estructuras de la sociedad, en la familia, en las fábricas, con todas
las formas concretas de caridad, de acción social, de la sana y
comprometida "caridad política".
Si en todo predomina la comunión, entonces obra y se
manifiesta la fuerza de la Trinidad, que es la caridad y se renueva la
esperanza en la comunión recíproca.
Solicitud por la vida
consagrada
92.
La vida consagrada es una expresión privilegiada de la Iglesia Esposa del
Verbo y más aún una parte integrante de la misma Iglesia, como se
recuerda desde el principio en la Exhortación apostólica post-sinodal
Vita consecrata, donde se afirma que este tipo de vida está "en el
corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su
misión".. Por medio de la vida consagrada, en la variedad de sus
formas, con una típica y permanente visibilidad, se hacen presentes de
algún modo en el mundo y se señalan como valor absoluto y escatológico
los rasgos característicos de Jesús, casto, pobre y obediente. La
Iglesia entera agradece a la Trinidad Santa por el don de la vida
consagrada.
Esto demuestra que la vida de la Iglesia no se agota en
la estructura jerárquica, como si estuviese compuesta únicamente de
ministros sagrados y de fieles laicos, sino que hace referencia a una
estructura fundamental más amplia, rica y articulada, que es
carismático-institucional, querida por Cristo mismo y que incluye la vida
consagrada.
La vida consagrada proviene del Espíritu y es un don
suyo que constituye un elemento esencial para la vida y la santidad de la
Iglesia. Ella está necesariamente en una relación jerárquica con el
ministerio sagrado, especialmente con el del Romano Pontífice y de los
obispos. En la Exhortación apostólica Vita consecrata, Juan Pablo II ha
recordado que los diversos Institutos de vida consagrada y las Sociedades
de vida apostólica tienen un peculiar vínculo de comunión con el
Sucesor de Pedro, en el cual está también radicado su carácter de
universalidad y su connotación supra-diocesana.
A los obispos en comunión con el Romano Pontífice,
como enunciaban ya las notas directivas de Mutuae relationes,
Cristo-cabeza confía "el cuidado de los carismas religiosos; tanto
más al ser, en virtud de su indivisible ministerio pastoral,
perfeccionadores de toda su grey. Y por lo mismo, al promover la vida
religiosa y protegerla según sus propias notas características, los
obispos cumplen su propia misión pastoral".
En la Exhortación apostólica Vita consecrata está
siempre presente la instancia de incrementar las relaciones mutuas entre
las Conferencias episcopales, los Superiores generales y sus mismas
Conferencias, con el fin de favorecer la riqueza de los carismas y de
trabajar por el bien de la Iglesia universal y particular.
Las personas consagradas, dondequiera que se
encuentren, viven su vocación para la Iglesia universal dentro de una
determinada iglesia particular, donde expresan su pertenencia eclesial y
desenvuelven tareas significativas. De modo especial, con motivo del
carácter profético inherente a la vida consagrada, son anuncio vivido
del Evangelio de la esperanza, testigos elocuentes del primado de Dios en
la vida cristiana y de la fuerza de su amor en la fragilidad de la
condición humana. De aquí nace la importancia, para el desarrollo
armonioso de la pastoral diocesana, de la colaboración entre cada obispo
y las personas consagradas.
La Iglesia agradece a tantos obispos que, en el curso
de su historia hasta hoy, han estimado a tal punto la vida consagrada como
peculiar don del Espíritu para el pueblo de Dios, que ellos mismos han
fundado familias religiosas, muchas de las cuales están aún hoy activas
al servicio de la Iglesia universal y de las iglesias particulares.
Además, el hecho de que el obispo se dedique a tutelar la fidelidad de
los institutos a su carisma es un motivo de esperanza para los institutos
mismos, especialmente para aquellos que se encuentran en dificultades.
Un laicado comprometido y
responsable
93.
El Concilio Vaticano II, la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos de 1987 y la sucesiva Exhortación apostólica Christifideles
laici de Juan Pablo II han ilustrado ampliamente la vocación y misión de
los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. La dignidad bautismal, que
los hace partícipes del sacerdocio de Cristo, juntamente con un don
particular del Espíritu les confieren un puesto propio en el Cuerpo de la
Iglesia. Así los laicos son llamados a participar, según su modo propio,
en la misión redentora que la Iglesia lleva a cabo, por mandato de
Cristo, hasta el fin de los siglos.
Los laicos desarrollan la característica
responsabilidad cristiana que les es propia en los diversos campos de la
vida y de la familia, de la política, del mundo profesional y social, de
la economía, de la cultura, de la ciencia, de las artes, de la vida
internacional y de los medios de comunicación.
En todas sus múltiples actividades los fieles laicos
unen el propio talento personal y la competencia adquirida al testimonio
límpido de la propia fe en Jesucristo. Comprometidos en las realidades
temporales, los laicos tienen el mandato de dar cuenta de la esperanza
teologal (cf. 1 P 3,15) y de ser solícitos en el trabajo en esta tierra,
justamente porque son estimulados por la esperanza en una "nueva
tierra". Ellos tienen la capacidad de ejercer una gran influencia
sobre la cultura, ensanchando en ella las perspectivas y los horizontes de
esperanza. Actuando así, cumplen también un especial servicio al
Evangelio y a la cultura misma, tanto más necesario cuanto persistente
es, en nuestro tiempo, el drama de la separación entre ambos. Además, en
el ámbito de las comunicaciones, que influyen mucho la mentalidad de las
personas, a los fieles laicos toca una responsabilidad particular, sobre
todo en relación a una correcta divulgación de los valores éticos.
En las respuestas a los Lineamenta se aconseja a los
obispos, a fin de evitar las intervenciones impropias o el silencio ante
problemas emergentes, el crear algunos "forum" en que los laicos
intervengan, según el carisma propio de la secularidad laical, con sus
competencias, cubriendo la discordancia entre el Evangelio y la sociedad
contemporánea.
94.
Si bien los laicos, por vocación, tienen ocupaciones primordialmente
seculares, no debe olvidarse que ellos pertenecen a la única comunidad
eclesial, de la que numéricamente constituyen la mayor parte. Después
del Concilio Vaticano II se han desarrollado felizmente nuevas formas de
participación responsable de los laicos, hombres y mujeres, en la vida de
las comunidades diocesanas y parroquiales. Por este motivo, ellos están
presentes en diversos consejos pastorales, desenvuelven una función de
creciente importancia en varios servicios, como la animación de la
liturgia o de la catequesis, se comprometen en la enseñanza de la
religión católica en las escuelas, etc.
Un cierto numero de laicos acepta también dedicarse a
tales tareas con compromisos permanentes y en ocasiones perpetuos. Esta
colaboración de los fieles laicos es ciertamente preciosa frente a las
exigencias de la "nueva evangelización", particularmente allí
donde se registra un número insuficiente de ministros ordenados.
La reflexión sobre los fieles laicos debe incluir
también la necesidad de su formación adecuada. Es obvio, por otra parte,
que el obispo debe estar atento en sostener, particularmente en el plano
espiritual, a cuantos colaboran más de cerca en la misión eclesial.
Un puesto especial en la formación de los fieles
laicos debe ser reconocido a la doctrina social de la Iglesia, que ha de
iluminarlos y estimularlos en su trabajo, según las exigencias urgentes
de justicia y bien común; éstas deben impulsar su contribución decidida
en las obras y servicios que la sociedad reclama. Por esto se hace
necesaria la promoción de escuelas diocesanas de formación social y
política, como instrumento pastoral indispensable.
Siempre de las respuestas a los Lineamenta emerge que
un laicado adulto bien formado no solo doctrinalmente, sino también
eclesialmente, es esencial para el ministerio de la evangelización. Sin
un tal laicado existe el peligro de que en ciertas zonas cese la misión
evangelizadora de la Iglesia, especialmente donde se lamenta una fuerte
falta de sacerdotes y los laicos cumplen la función de ministros
asistentes. En muchos territorios asume una gran relevancia la figura del
catequista. Es necesario entonces una sólida formación doctrinal,
pastoral y espiritual de catequistas válidos, pero también de otros
agentes pastorales capaces de obrar en la diócesis y en las parroquias,
con una auténtica acción eclesial también en los diversos campos en los
que el Evangelio debe hacerse levadura de la sociedad actual, como signo
de transformación y de esperanza. Se pide una mayor confianza de parte de
los obispos y de los presbíteros en los laicos, que frecuentemente no se
sienten apreciados como adultos en la fe y quisieran sentirse más
partícipes en la vida y en los proyectos diocesanos, especialmente en el
campo de la evangelización.
Al servicio de la familia
95.
Igualmente importante es la formación de los jóvenes para la vida
matrimonial y familiar, según sus esperanzas y sus anhelos, para lograr
un amor profundo y auténtico, a la luz del plan que Dios tiene para el
matrimonio y para la familia. La pastoral y la espiritualidad familiar, la
atención a las parejas en dificultad, la experiencia de parejas maduras y
la formación para el sacramento del matrimonio en un itinerario de
iniciación sacramental son medios eficaces para afrontar la crisis de
inestabilidad y de infidelidad en la alianza matrimonial.
La cercanía del obispo a los cónyuges y a sus hijos,
incluso a través de jornadas diocesanas de la familia, es un aliciente
recíproco.
Los jóvenes: una prioridad
pastoral para el futuro
96.
Una atención especial de los pastores está dirigida a los jóvenes.
Ellos son el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Un ministerio de
esperanza no puede dejar de construir el futuro con aquellos a los cuales
ha sido confiado el porvenir. Como "centinelas de la noche", los
jóvenes esperan la aurora de un mundo nuevo, listos para comprometerse en
la vida y en la acción de la Iglesia, si se les propone una auténtica
responsabilidad y una verdadera formación cristiana. Como evangelizadores
de sus coetáneos, los jóvenes, que frecuentemente están alejados de la
Iglesia, son un estímulo y un incentivo para los Pastores, en vistas de
la renovación interior de las parroquias.
El ejemplo de Juan Pablo II, que a través de las
Jornadas mundiales de la Juventud ha demostrado creer en el futuro,
abriendo un camino de esperanza, puede sostener a los pastores de la
Iglesia en la propuesta de una auténtica pastoral juvenil, fundada en
Cristo. La pasión por el bien espiritual de los jóvenes del tercer
milenio es un motivo fuerte para educarlos a transmitir el Evangelio a las
generaciones futuras.
Las parroquias
97.
Al centro de las iglesias particulares se encuentran, como infraestructura
cristiana, las parroquias. La Exhortación apostólica post-sinodal
Christifideles laici, remitiéndose claramente a la teología y al
lenguaje de la Lumen gentium, describe las comunidades parroquiales como
una presencia de la iglesia particular en el territorio. Se puede hablar
entonces del misterio eclesial de la parroquia aún cuando ésta sea pobre
en personas y en medios, cuando aparece casi absorbida por edificios en
los caóticos y populosos barrios modernos, o cuando se encuentra perdida
en poblaciones entre las montañas o los valles o en las extensiones
interminables de ciertas regiones.
La parroquia debe ser vista entonces como familia de
Dios, fraternidad animada por el Espíritu, como casa de familia, fraterna
y acogedora. Ella es la comunidad de los fieles, que se define como
comunidad eucarística: comunidad de fe, donde viven los fieles de Cristo
destinatarios de carismas y servicios ministeriales y donde obran el
párroco, los presbíteros y los diáconos. En ella, además, la comunión
con el obispo expresa la unidad orgánica y jerárquica de toda la iglesia
particular.
A través de los laicos se desenvuelve la mediación
humana de la comunidad evangelizada y evangelizadora. Ellos realizan la
conjunción entre la Iglesia y el mundo, entre la asamblea que se reúne
en unidad y los pueblos donde se difunde en misión.
Al interior de la comunidad parroquial es necesario que
encuentren particulares momentos y expresiones de presencia y de
convergencia, en el respeto de la propia vocación y carisma, los
religiosos y las religiosas, los miembros de los institutos seculares y de
las sociedades de vida apostólica, las diversas asociaciones de fieles y
los movimientos eclesiales. Todos representan, por su vida en común, a la
Iglesia que permanece unida en la oración, en el trabajo, en el compartir
los aspectos fundamentales de la existencia cotidiana.
Las familias, además, reflejan la realidad de una
iglesia doméstica, donde se hace viva la presencia de Cristo. Así la
Iglesia puede hacerse, en su tradicional y siempre válida expresión
parroquial, para decirlo con el beato Juan XXIII, la "fuente de la
aldea", un manantial que brota para calmar la sed de Dios y ofrecer
el agua viva del Evangelio de Cristo.
98.
Para organizar el trabajo pastoral y hacer crecer la unidad en las
iglesias particulares es tarea del obispo promover la coordinación de las
parroquias a través de vicarias foráneas, decanatos, prefecturas u otras
denominaciones, según las diversas formas de trabajo pastoral de las
diócesis. Se trata de estructuras que han de ser frecuentemente evaluadas
para que respondan mejor a las finalidades de cada iglesia particular.
A través de tales estructuras de comunión y de
misión se promueve la fraternidad entre los sacerdotes, el discernimiento
y la programación, con reuniones periódicas bajo la guía de un
responsable. Se puede favorecer así la eventual suplencia y ayuda en el
ministerio como también la atención a los hermanos enfermos o impedidos.
Además, son favorecidas entre los fieles de un mismo territorio
iniciativas de evangelización y de catequesis, de formación y de
testimonio de carácter interparroquial.
Movimientos eclesiales y
nuevas comunidades
99.
Es responsabilidad del obispo dedicar atención a los llamados movimientos
eclesiales y a otras nuevas realidades que surgen en la iglesia particular
como experiencia de vida evangélica. La iglesia particular es el espacio
donde el aspecto institucional y carismático, coesenciales en el plan de
Dios sobre la Iglesia, se encuentran y se vivifican mutuamente. En la
experiencia de la verdadera comunión, los dones prodigados por Dios para
el bien común no se agotan en sí mismos, no se descentran del ágape ni
de la Eucaristía, no son dones narcisistas, por el contrario, manifiestan
su medida humilde y discreta, a la vez que necesaria, integrándose con
los otros dones del Espíritu.
Los diversos carismas -religiosos, laicales,
misioneros- hacen que la Iglesia local se encuentre abierta a una
dimensión de universalidad, mientras ellos encuentran su concreción en
el servicio y el compromiso apostólico, querido por los Fundadores.
En las respuestas a los Lineamenta se indican con
particular insistencia algunos movimientos eclesiales que son
verdaderamente constructivos a nivel universal, diocesano y parroquial;
también se alude a otros, que cuando permanecen al margen de la vida
parroquial y diocesana, no ayudan al crecimiento de la iglesia local; y
finalmente se señalan algunos otros que, al hacer alarde de sus
particularidades, corren el riesgo de sustraerse a la comunión entre
todos. Por eso se pide afrontar el tema del estatuto teológico y
jurídico de tales movimientos dentro de la iglesia particular y
clarificar su relación concreta con el obispo.
Respecto a las nuevas comunidades que no han recibido
todavía una aprobación eclesial, el necesario discernimiento es confiado
a los pastores, los cuales deben examinar con atención las personas,
evaluar la espiritualidad, con un necesario tiempo de prueba.
Cuando se trata de examinar las vocaciones sacerdotales
que pueden surgir dentro de estos grupos, se pide una atención aún más
cuidadosa. Los candidatos necesitan una sólida formación bajo la
responsabilidad del obispo, al que corresponde también el necesario
discernimiento en vistas de la ordenación a los ministerios y la
asignación de las tareas apostólicas en la diócesis.
En fidelidad al Espíritu, los diversos carismas deben
ser integrados en la comunión y en la misión de la Iglesia. Así se
evita el peligro del aislamiento y se favorece la generosidad en el don de
sí, la fraternidad y la eficacia en la misión, para el bien de la
Iglesia.
III. El Ministerio Episcopal al Servicio del
Evangelio
100.
El triple ministerio de la enseñanza, la santificación y el gobierno,
constituye un servicio al Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo.
El obispo, pues, proclama con la palabra, celebra en la liturgia, vive y
difunde con su servicio pastoral el Evangelio de la esperanza.
No se trata de tres dimensiones diversas, sino de la
única esperanza proclamada y acogida con la adhesión de la fe, celebrada
en el corazón mismo del misterio pascual que es la Eucaristía, vivida de
modo que ilumine e informe toda la vida personal y social de los
creyentes.
Sin embargo, aún considerando esta unidad es necesario
también acoger la intención del Concilio, que en su magisterio sobre los
tria munera respecto al obispo y a los presbíteros, prefiere anteponer a
los otros ministerios el de la enseñanza. En ello el Vaticano II retoma
idealmente la sucesión presente en las palabras que el Resucitado
dirigió a sus discípulos: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y
en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes,
bautizándolas... y enseñandoles a guardar todo lo que yo os he
mandado" (Mt. 28, 18-20). En esta prioridad dada a la tarea episcopal
del anuncio del Evangelio, que es una característica de la eclesiología
conciliar, todo obispo puede reencontrar el sentido de aquella paternidad
espiritual que hacía escribir al apóstol San Pablo: "Pues aunque
hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos
padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo
Jesús" (1 Co 4,15).
1. El Ministerio de la Palabra
Proclamar el Evangelio de la esperanza
101.
Como enseña el Concilio, la función que
identifica al obispo más que todas, y que, en cierto modo, resume todo su
ministerio es la de vicario y embajador de Cristo en la iglesia particular
que le es confiada. Así pues, el obispo en cuanto expresión viviente de
Cristo, ejerce su función sacramental con la predicación del Evangelio.
Como ministro de la Palabra de Dios que actúa con la fuerza del Espíritu
y mediante el carisma del servicio episcopal, él hace manifiesto a Cristo
en el mundo, lo hace presente en la comunidad y lo comunica eficazmente a
aquellos que le hacen un lugar en la propia vida.
Se trata de la proclamación del Evangelio de la
esperanza como tarea fundamental del ministerio episcopal.
Por ello, la predicación del Evangelio sobresale entre
los principales deberes de los obispos, que son "los pregoneros de la
fe... los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la
autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido confiado la fe
que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida".
De ello se deriva que todas las actividades del obispo
deben estar dirigidas a la proclamación del Evangelio, "fuerza de
Dios para la salvación de todo el que cree" (Rom 1,16), orientadas a
ayudar al pueblo de Dios a la obediencia de la fe (cf. Rom 1, 15) a la
Palabra de Dios y a abrazar integralmente la enseñanza de Cristo.
El centro del anuncio
102.
El Concilio Vaticano II expresa muy adecuadamente
el objeto del magisterio del obispo cuando indica que se trata
unitariamente de la fe que ha de ser creída y practicada en la vida.
Puesto que el centro vivo del anuncio es Cristo, el obispo debe
precisamente anunciar el misterio de Cristo crucificado y resucitado:
Cristo, único salvador del hombre, el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb
13,8), centro de la historia y de toda la vida de los fieles.
De este centro, que es el misterio de Cristo, se
irradian todas las otras verdades de fe y se irradia también la esperanza
para cada hombre. Cristo es la luz que ilumina a todo hombre y todo aquel
que es regenerado en Él recibe las primicias del Espíritu que lo
habilitan a cumplir la ley nueva del amor.
103.
La tarea de la predicación y la custodia del
depósito de la fe implican el deber de defender la Palabra de Dios de
todo aquello que podría comprometer la pureza y la integridad, aún
reconociendo la justa libertad en la profundización ulterior de la fe. En
efecto, en la sucesión apostólica, el obispo ha recibido, según el
beneplácito del Padre, el carisma seguro de la verdad que debe
transmitir.
A tal deber ningún obispo puede faltar, aún cuando
ello pudiera costarle sacrificio o incomprensión. Como el apóstol San
Pablo, el obispo es consciente de haber sido mandado a proclamar el
Evangelio "y no con palabras sabias, para no desvirtuar la Cruz de
Cristo" (1 Co 1,17); como él, también el obispo se dedica a
"la predicación de la Cruz" (1 Co 1,18), no para obtener un
consenso humano sino como trasmitir una revelación divina.
Educación en la fe y catequesis
104.
Maestro de la fe, el obispo es también educador
de la fe, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia.
Se trata de su obra de catequesis, que merece la atención plena de los
obispos en cuanto pastores y maestros, en cuanto "catequistas por
excelencia".
Son diversas las formas a través de las cuales el
obispo ejerce su servicio de la Palabra de Dios. El Directorio Ecclesiae
imago recuerda una forma particular de predicación a la comunidad ya
evangelizada, es decir la Homilía, que se destaca por encima de las otras
por su contexto litúrgico y por su vínculo con la proclamación de la
Palabra mediante las lecturas de la Sagrada Escritura. Otra forma de
anuncio es la que un obispo ejerce mediante sus Cartas Pastorales.
A este propósito, el uso discreto de los medios de
comunicación diocesanos, interdiocesanos o nacionales, será de gran
ayuda para la divulgación de los documentos del Magisterio, de los
programas pastorales y de los acontecimientos eclesiales.
Toda la iglesia comprometida en la catequesis
105.
El carisma magisterial de los obispos es único en
su responsabilidad y no puede ser delegado en modo alguno. Sin embargo,
como dan testimonio las respuestas a los Lineamenta, no esta aislado en la
Iglesia. Cada obispo cumple el propio servicio pastoral en una iglesia
particular donde, íntimamente unidos a su ministerio y bajo su autoridad,
los presbíteros son sus primeros colaboradores, a los que se añaden los
diáconos. Una ayuda eficaz viene también de las religiosas y los
religiosos y de un creciente número de fieles laicos que colaboran,
según la constitución de la Iglesia, en el proclamar y en el vivir la
Palabra de Dios.
Gracias a los obispos la auténtica fe católica es
transmitida a los padres para que a su vez ellos la trasmitan a los hijos;
esto sucede también con los profesores y educadores, a todos los niveles.
Todo el laicado da testimonio de la pureza de la fe que los obispos se
dedican a mantener infatigablemente y es importante que ningún obispo
olvide procurar a los laicos, con escuelas apropiadas, los medios
necesarios para una formación conveniente.
Diálogo y colaboración con teólogos y fieles
106.
Particularmente útil, para los fines del anuncio,
es también el dialogo y la colaboración con los teólogos, los cuales se
dedican a profundizar metódicamente la insondable riqueza del misterio de
Cristo. El magisterio de los pastores y el trabajo teológico, aún
teniendo funciones diferentes, dependen ambos de la única Palabra de Dios
y tienen el mismo fin de conservar al pueblo de Dios en la verdad. De
aquí nace para los obispos la tarea de dar a los teólogos el aliento y
el apoyo para que puedan realizar su tarea en la fidelidad a la Tradición
y en la atención a las nuevas necesidades de la historia.
En diálogo con todos sus fieles, el obispo sabrá
reconocer y apreciar su fe, fortalecerla liberarla de añadidos superfluos
y darle un contenido doctrinal apropiado. Para esto, y también con el fin
de elaborar catecismos locales que tengan en cuenta las diversas
situaciones y culturas, el Catecismo de la Iglesia Católica será un
punto de referencia para que sea custodiada con atención la unidad de la
fe y la fidelidad a la doctrina católica.
Testigo de la verdad
107.
Llamado a proclamar la salvación en Cristo Jesús
con su predicación, el obispo representa para el pueblo de Dios el signo
de la certeza de la fe. Si bien el obispo, como la Iglesia misma, no tiene
soluciones listas frente a los problemas del hombre, él es ministro del
esplendor de una verdad capaz de iluminar el camino.Aún sin poseer
prerrogativas específicas en referencia a la promoción del orden
temporal, el obispo, ejerciendo su magisterio y educando en la fe a las
personas y las comunidades a él confiadas, prepara a los fieles laicos en
vista de soluciones que a ellos corresponde ofrecer según las respectivas
competencias.
Como subrayan repetidamente las respuestas a los
Lineamenta, la mentalidad secularizada de gran parte de la sociedad, así
como el énfasis exagerado en la autonomía del pensamiento y la cultura
relativista, llevan a la gente a considerar las intervenciones del obispo,
y también del Papa, especialmente en materia de moral sexual y familiar,
como opiniones entre otras opiniones, sin influencia sobre la vida. Esto,
si bien por una parte plantea un desafío radical, por otra es también el
terreno para un anuncio de esperanza de parte del obispo.
108.
Además, el obispo, aún en el respeto de la
autonomía de aquellos que son competentes en cuestiones seculares, no
puede renunciar al carácter profético de su mensaje portador de
esperanza, aún cuando sabe que éste no será aceptado.
Ello ocurre especialmente cuando denuncia con
valentía, no sólo con palabras, sino con la promoción de medios
eficaces a estos fines, la guerra, la injusticia y todo aquello que es
destructivo de la dignidad del hombre. Hacer presente en el mundo la
potencia de la Palabra que salva es el gran acto de caridad pastoral que
un obispo ofrece a los hombres y es también la primera razón de
esperanza.
Tareas para el futuro
109.
De las respuestas a los Ltneamenta surgen algunos
pedidos precisos para extender y actualizar las tareas del magisterio de
los obispos.
Según las circunstancias es conveniente que se
promuevan iniciativas de amplio alcance diocesano o interdiocesano como la
creación de universidades católicas para un influjo adecuado en la vida
social, con la formación de un laicado que se destaque en los diversos
campos de la ciencia y de la técnica al servicio del hombre y de la
verdad. En esta perspectiva, se pide también dar un impulso particular a
la pastoral universitaria, según las directivas de la Santa Sede.
Como compromiso en campo educativo, se hacen necesarias
instituciones idóneas para la promoción y la defensa de las escuelas
católicas, a través de la obra de sacerdotes y laicos. Se pide a los
gobiernos el reconocimiento de éstas, en cuanto hacen referencia a los
derechos de los padres de dar una adecuada educación de los hijos, según
los valores culturales y religiosos escogidos libremente por ellos.
La promoción de los medios de comunicación social en
una sociedad pluralista reclama una adecuada formación de comunicadores a
través de varias iniciativas diocesanas o interdiocesanas.
Cultura e inculturación
110.
La proclamación del Evangelio de parte del obispo
en el ámbito de la cultura reclama la promoción de la fe en los campos
más sensibles al mensaje del Evangelio.
Es necesario favorecer el diálogo con las
instituciones culturales laicas, mediante encuentros entre personas
preparadas, en los cuales la Iglesia ofrezca su imagen de amiga de todo
aquello que es auténticamente humano.
Puede ayudar a este diálogo la valorización del
patrimonio cultural, artístico e histórico de la diócesis. Existen en
las diócesis riquezas culturales, históricas, archivos y bibliotecas,
obras de arte que merecen una atención particular como testimonio
cultural. Las iniciativas a favor de museos y exposiciones, la adecuada
conservación, la catalogación y exposición de los tesoros de la
tradición artística y literaria, pueden convertirse en instrumento de
evangelización y contemplación de la belleza, testimonio de un cuidado
particular de la Iglesia por la propia historia humane, geográfica y
cultural.
Pertenece al ministerio del obispo, según las
directivas de la Santa Sede y en colaboración con la Conferencia
episcopal, llevar la fe y la vida cristiana a las diversas culturas según
las directivas ofrecidas en ocasión de las Asambleas del Sínodo de
Obispos, especialmente en lo relacionado con la liturgia, la formación
sacerdotal y la vida consagrada.
2. El Ministerio de la Santificación
111.
En el origen de la reunión del pueblo de Dios en
Ekklesìa, o sea en una asamblea santa, está la proclamación de la
Palabra de Dios y ésta alcanza su plenitud en el Sacramento. En efecto,
palabra y sacramento forman una unidad, son inseparables entre ellas como
dos momentos de una única obra salvífica.
Ambos hacen actual y operante, en toda su eficacia, la
salvación obrada por Cristo. Él mismo, como Verbo que se hace carne, es
la razón ejemplar del vínculo íntimo que enlaza Palabra y Sacramento.
Ello es cierto para todos los sacramentos, pero lo es de modo particular y
excelente para la santa Eucaristía, que es fuente y culmen de toda la
evangelización.
Por esta unidad de la Palabra y del Sacramento, así
como los Apóstoles fueron enviados por el Resucitado para enseñar y
bautizar a todas las naciones (cf. Mt 28, 19), también el obispo, en
cuanto sucesor de los Apóstoles, en virtud de la plenitud del Sacramento
del Orden con el cual ha sido distinguido, recibe, junto con la misión de
heraldo del Evangelio, la de "administrador de la gracia del supremo
sacerdocio". El servicio del anuncio del Evangelio está ordenado al
servicio de la gracia de los sacramentos de la Iglesia. Como ministro de
la gracia, el obispo "actúa el munus sanctificandi al que se orienta
el munus docendi, que realiza en medio del pueblo de Dios que se le ha
confiado".
El ministerio de la santificación está íntimamente
unido a la celebración de la salvación en Cristo, en una perspectiva de
esperanza que proyecta a los fieles hacia el cumplimiento de las promesas,
mientras como pueblo, atraviesan el mundo en peregrinación hacia la
ciudad definitiva.
El obispo como sacerdote y liturgo en su catedral
112.
La función de santificar es inherente a la
misión del obispo. De hecho, en su iglesia particular él es el principal
dispensador de los misterios de Dios, sobre todo de la Eucaristía. Al
presidirla, él aparece a los ojos de su pueblo como el hombre del nuevo y
eterno culto a Dios, instituido por Jesucristo con el sacrificio de la
Cruz. Él regula además la administración del Bautismo, en razón del
cual los fieles participan del sacerdocio real de Cristo; él es ministro
originario de la Confirmación, dispensador del Orden sagrado y moderador
de la disciplina penitencial. El obispo es liturgo de la iglesia
particular principalmente en la presidencia de la sinaxis Eucarística.
En ella tiene lugar el acontecimiento más alto de la
vida de la Iglesia y encuentra plenitud también el munus sanctificandi,
que el obispo ejerce en la persona de Cristo, sumo y eterno Sacerdote. Lo
expresa bien un insigne texto del Concilio Vaticano II: "Por eso
conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la
diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral,
persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en
la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las
mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía,
en una misma oración, junto al único altar, donde preside el obispo
rodeado de su presbiterio y ministros".
Lugar privilegiado de las celebraciones episcopales es
la catedral, donde está colocada la cátedra del obispo y desde donde él
educa a su pueblo. Es la Iglesia madre y el centro de la Diócesis, signo
de la continuidad de una historia, espacio simbólico de su unidad. El
Caeremoniale episcoporum dedica a este tema un capítulo entero, bajo el
título: La Iglesia catedral.
Es el lugar de las celebraciones más solemnes del año
litúrgico; en modo especial, de la consagración del crisma y de las
ordenaciones sagradas. Imagen de la Iglesia de Cristo, de la unidad del
cuerpo místico, de la asamblea de los bautizados y de la Jerusalén
celestial, debe ser en sí misma un ejemplo para las otras iglesias de la
diócesis en el orden de los espacios sagrados, en el decoro y en el modo
como se celebra la liturgia según las prescripciones.
La figura del obispo celebrante expresa y despliega su
verdad interior también a través de los lugares destinados a la
liturgia: la cátedra, sede del obispo, desde donde él preside la
asamblea y guía la oración; el altar, símbolo del cuerpo de Cristo y
mesa del Señor donde se celebra la Eucaristía; el presbiterio, donde
ocupan su lugar el obispo, los presbíteros, los diáconos y otros
ministros; el ambón donde tiene lugar el anuncio del Evangelio y la
predicación de la palabra, a menos que el obispo no lo haga, si prefiere,
desde su cátedra; el baptisterio donde se celebra eventualmente el
bautismo en la noche de Pascua.
La Eucaristía al centro de la iglesia particular
113.
Una de las tareas preeminentes del obispo es la de
proveer a que en las comunidades de la iglesia particular los fieles
tengan la posibilidad de acceder a la mesa del Señor, especialmente en el
domingo, que es el día en que la Iglesia celebra el misterio pascual y
los fieles, en la alegría y en el descanso, dan gracias a Dios
"quién mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos
nos ha reengendrado a una esperanza viva" (1P 1, 3).
En muchos lugares, por la escasez de presbíteros o por
otras graves razones, se hace difícil proveer a la celebración
eucarística . Ello acrecienta el deber del obispo de ser el administrador
de la gracia, atento siempre a discernir las necesidades efectivas y la
gravedad de las situaciones, procediendo a una hábil distribución de los
miembros de su presbiterio y a buscar el modo para que, aún en
necesidades de ese tipo, las comunidades de los fieles no queden por mucho
tiempo privadas de la Eucaristía. Ello vale también en referencia a los
fieles que por enfermedad, ancianidad o por otros motivos razonables
pueden recibir la Eucaristía sólo en sus casas o en los lugares donde
son acogidos.
114.
La Liturgia es la forma más alta de la alabanza a
la Santa Trinidad. En ella, sobre todo con la celebración de los
sacramentos, el pueblo de Dios, reunido localmente, expresa y actualiza su
índole de comunidad sacerdotal, sagrada y orgánica. Ejerciendo el munus
sanctificandi el obispo obra de modo que toda la iglesia particular se
convierta en una comunidad de orantes, de fieles perseverantes y concordes
en la oración (cf. Hch 1,14).
Por lo tanto, el obispo, imbuido él mismo en primer
lugar, junto con su presbiterio, del espíritu y la fuerza de la liturgia,
procura favorecer y desarrollar en la propia diócesis una educación
intensiva donde se descubran las riquezas contenidas en la Liturgia,
celebrada según los textos aprobados y vivida ante todo como una realidad
de orden espiritual. Como responsable del culto divino en la iglesia
particular, el obispo, mientras dirige y protege la vida litúrgica de la
diócesis, actuando junto con los obispos de la misma Conferencia
Episcopal y en la fidelidad a la fe común, sostiene el esfuerzo de su
misma iglesia particular para que, en correspondencia a las exigencias de
los tiempos y los lugares, la liturgia sea radicada en las culturas,
teniendo en cuenta aquello que en la liturgia es inmutable, porque es de
institución divina, y aquello que, en cambio, es susceptible de cambio.
Atención a la oración y a la piedad popular
115. La oración, en todas sus formas, es el acto con
el que se expresa la esperanza de la Iglesia. Cada oración de la Esposa
de Cristo, que anhela la perfecta unión con el Esposo, queda asumida en
aquella invocación que el Espíritu le sugiere: "¡Ven!". El
Espíritu pronuncia esta oración con la Iglesia y en la Iglesia. Es la
esperanza escatológica, la esperanza del cumplimiento definitivo en Dios,
la esperanza del Reino eterno, que se actualiza en la participación en la
vida trinitaria. El Espíritu Santo, dado a los Apóstoles como
consolador, es el custodio y el animador de esta esperanza en el corazón
de la Iglesia. En la perspectiva del tercer milenio después de Cristo,
mientras "el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: «¡Ven!»
", esta oración de ellos está cargada,
como siempre, de una connotación escatológica.
Consciente de ello, el obispo se compromete
cotidianamente a comunicar a los fieles, con el testimonio personal, con
la palabra, con la oración y con los sacramentos, la plenitud de la vida
en Cristo.
En tal contexto el obispo dirige su atención también
a las diversas formas de la piedad popular cristiana y a su relación con
la vida litúrgica. En cuanto expresa la actitud religiosa del hombre,
esta piedad popular no puede ser ni ignorada ni tratada con indiferencia o
desprecio, porque, como escribía Pablo VI, es rica de valores. Sin
embargo, ella tiene necesidad de ser siempre evangelizada para que la fe
que expresa, sea un acto cada vez más maduro. Una auténtica pastoral
litúrgica, bíblicamente formada, sabrá apoyarse en las riquezas de la
piedad popular, purificarlas y orientarlas hacia la litúrgica como
ofrenda de los pueblos.
Algunas cuestiones particulares
116. En las respuestas a los Lineamenta se subrayan
algunas tareas propias del ministerio litúrgico del obispo, que conviene
recordar aquí brevemente.
Ante todo, el obispo es en su iglesia el primer
responsable de la celebración y de la disciplina de la iniciación
cristiana. De modo especial es el promotor, el custodio atento y ministro
de los ritos de la iniciación cristiana de los adultos. Por esto conviene
que sea él quien presida las celebraciones más características del
catecumenado, especialmente en la preparación próxima al bautismo y en
la iniciación cristiana de los adultos en la Vigilia pascual.
Para una más auténtica y profunda promoción de la
liturgia, conviene que presida frecuentemente, también en las visitas, la
Liturgia de la Palabra y la Liturgia de las Horas, como está previsto en
el Caeremoniale Episcoporum. En este sentido, él podrá aparecer en su
característica función de maestro que celebra la palabra de la
salvación y de sacerdote que ora e intercede por su pueblo.
3. El Ejercicio del Ministerio de Gobierno
El servicio del gobierno
117. La función ministerial del obispo se completa en
el oficio de guía de la porción del pueblo de Dios que le ha sido
confiada. La Tradición de la Iglesia ha siempre asimilado esta tarea a
dos figuras que, como atestiguan los Evangelios, Jesús aplica a sí
mismo, la figura del Pastor y la del Siervo. El Concilio describe así el
oficio propio de los obispos de gobernar a los fieles: "Los obispos
rigen, como vicarios y legados de Cristo, las iglesias particulares que se
les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con
sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que
usan únicamente para edificar a su grey en la verdad y en la santidad,
teniendo en cuenta que el que es mayor debe hacerse como el menor y el que
ocupa el primer puesto como el servidor (cf. Lc 22, 26-27)".
Juan Pablo II explica que "se debe insistir en el
concepto de «servicio», que se puede aplicar a todo «ministerio eclesiástico», comenzando por el de los
obispos. Sí, el episcopado es más un servicio que un honor. Y, si es
también un honor, lo es cuando el obispo, sucesor de los Apóstoles,
sirve con espíritu de humildad evangélica, a ejemplo del Hijo del
hombre... A esta luz del servicio «como buenos
pastores» se debe entender la autoridad que el obispo posee como
propia, aunque esté siempre sometida a la del Sumo Pontífice". Por
esto, con buena razón, el Código de Derecho Canónico indica tal oficio
como munus pastoris y le une la característica de la solicitud pastoral.
Ejercicio de auténtica caridad pastoral
118. La caritas pastoralis es una virtud típica del
obispo, el cual a través de ella imita a Cristo "Buen" Pastor,
que es tal porque da la propia vida. Esta virtud, por lo tanto, se realiza
no solamente en el ejercicio de las acciones ministeriales, sino más aún
en el don de sí, que manifiesta el amor de Cristo por su grey.
Una de las formas con las que se expresa la caridad
pastoral es la compasión, a imitación de Cristo, Sumo Sacerdote, capaz
de compadecer la debilidad humana habiendo sido Él mismo probado en todo,
como nosotros, menos en el pecado (cf. Hb 4, 15). Sin embargo, tal
compasión, que el obispo indica y vive como signo de la compasión de
Cristo, no puede ser separada de la verdad de Cristo. Otra expresión de
la caridad pastoral es la responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia en
relación a la verdad, que ha de ser anunciada en toda ocasión, "a
tiempo y a destiempo" (2Tm 4,2).
La caridad pastoral hace que el obispo se sienta ávido
por servir al bien común de la propia diócesis que, subordinado al de
toda la Iglesia, reúne el bien de las comunidades particulares de la
diócesis. El Directorio Ecclesiae imago indica al respecto los principios
fundamentales de la unidad, de la colaboración responsable y de la
coordinación.
Gracias a la caridad pastoral, que es el principio
interior unificador de toda la actividad ministerial, "puede
encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la
vida interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio,
exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial
fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la
dispersión". Por eso, es la misma caridad la que debe distinguir los
modos de pensar y actuar del obispo y de su relación con cuantos
encuentra.
En el gobierno de la diócesis el obispo cuida también
que sea reconocido el valor de la ley canónica de la Iglesia, cuyo
objetivo es el bien de las personas y de las comunidades eclesiales.
Un estilo pastoral confirmado por la vida
119. La caridad pastoral exige, en consecuencia,
estilos y formas de vida que, a imitación de Cristo pobre y humilde,
consientan al obispo estar cerca de todos los miembros de la grey, desde
el más grande hasta el más pequeño, para compartir sus alegrías y sus
dolores, no solamente en los pensamientos y en las oraciones, sino
también estando junto a ellos. De este modo, a través de la presencia y
el ministerio, el obispo se acerca a todos sin avergonzarse ni hacer
sentir incómodos a los demás, para que puedan experimentar el amor de
Dios por el hombre.
De las respuestas a los Lineamenta por parte de las
Conferencias episcopales surgen algunas características de la figura del
obispo tal como son percibidas en diversos lugares y sociedades. A veces
aparece una cierta visión "monárquica" o
"autoritaria", que tiende a atribuir al obispo una parte
impropia en la Iglesia y en el mundo; otras veces se considera en cambio
al obispo como "pastor en medio de su grey", "padre en la
fe", de modo tal que los presbíteros, los religiosos y los laicos no
son simplemente "ayudantes" del obispo, sino sus
"colaboradores".
Una profundización de la realidad de la
"communio" puede conducir a ver al obispo como autentico
"siervo de los siervos de Dios", es decir, el primero entre los
siervos de Dios. En efecto, el obispo será fiel a su misión recordando
que su responsabilidad personal de pastor es participada, por todos los
fieles en virtud del bautismo, en los modos que les son propios, por
algunos en virtud del orden sagrado y por otros a raíz de la especial
consagración por los consejos evangélicos.
120. Una condición no favorable a esta
"communio", como advierten muchos, se produce frecuentemente por
la vastedad de la diócesis y los muchos compromisos del obispo.
En efecto, las respuestas subrayan que existe el
peligro de que en el modo de gobernar del obispo se introduzcan elementos
poco convenientes a una pastoral genuinamente evangélica, al punto que la
gente corra el riesgo de considerarlo como uno de los personajes notables
de la sociedad. A veces la misma presencia del obispo junto a las
autoridades civiles parecería hacer sombra a su autonomía y por lo tanto
a su figura.
Además, en las sociedades que nutren sentimientos
contrarios a un cierto ejercicio de la autoridad se manifiesta una cierta
tendencia a revisar la figura del obispo, dando interpretaciones
particulares al principio de subsidiaridad y a las normas jurídicas de la
consultación. Esto porque frecuentemente la autoridad es vista solo como
"poder".
Los obispos pueden superar todo esto con el ejercicio
de su prerrogativa de padres, presentándose como sucesores de los
Apóstoles no sólo en la autoridad que ejercen, sino también en su forma
de vida evangélica, coherente con cuanto anuncian, en los sufrimientos
apostólicos, en el cuidado amoroso y misericordioso de los fieles,
especialmente de los más pobres, necesitados y sufrientes.
En esto serán signo de Cristo en medio del pueblo de
Dios y su gobierno mismo verdaderamente pastoral será un anuncio del
Evangelio de la esperanza. Ciertas formas y atribuciones exteriores, como
títulos honoríficos y vestiduras, no deben ofuscar el ministerio
episcopal de enseñanza en palabras y obras.
El obispo debe ser imagen viva del Cristo, que ha
lavado los pies a sus discípulos como Señor y Maestro, y por lo tanto,
debe mostrar con su vida simple y pobre el rostro evangélico de Jesús y
su condición de verdadero "hombre de Dios" (cf. 2Tm 3, 17).
Las visitas pastorales
121. La tradición eclesiástica indica algunas formas
específicas a través de las cuales el obispo ejerce en su iglesia
particular el ministerio del pastor. Se recuerdan dos de ellas en
particular. La primera se refiere directamente al compromiso pastoral; la
segunda, en cambio, implica una obra sinodal.
La visita pastoral no es una simple institución
jurídica, prescrita al obispo por la disciplina eclesiástica, ni tampoco
una suerte de instrumento de investigación. Mediante la visita pastoral
el obispo se presenta concretamente como principio visible y fundamento de
la unidad en la iglesia particular y ella "refleja de alguna manera
la imagen de aquella singularísima y totalmente maravillosa visita, por
medio de la cual el 'sumo pastor' (1 P 5,4), el obispo de nuestras almas
(cf. I P 2, 25) Jesucristo, ha visitado y redimido a su pueblo (cf. Lc 1,
68)". Además, puesto que la diócesis antes de ser un territorio, es
una porción del pueblo de Dios confiada a los cuidados pastorales de un
obispo, oportunamente el Directorio Ecclesiae imago escribe que el primer
lugar en la visita pastoral corresponde a las personas. Para mejor
dedicarse a ellas es oportuno que el obispo delegue a otros el examen de
las cuestiones de carácter más administrativo.
Las visitas pastorales, preparadas y programadas, son
ocasión propicia para un conocimiento mutuo entre el Pastor y el pueblo
que se le ha confiado.
En las parroquias debe privilegiarse el encuentro con
el párroco y los otros sacerdotes. La visita pastoral es el momento en el
que se ejerce el ministerio de la predicación y de la catequesis, del
diálogo y del contacto directo con los problemas de la gente; ocasión
pare celebrar en comunión la Eucaristía y los sacramentos, compartir la
oración y la piedad popular. En esta circunstancia se imponen a la
atención del Pastor algunas categorías: los jóvenes, los niños, los
enfermos, los pobres, los emarginados, los alejados.
La experiencia además sugiere otros encuentros del
obispo con los componentes de la diócesis, en ocasión de asambleas
diocesanas de programación pastoral y verificación, como también en
vista de ordenaciones sacerdotales o diaconales y de fiestas patronales o,
en fin, en las jornadas dedicadas a sujetos particulares como el clero,
los religiosos y las religiosas, las familias.
El Sínodo diocesano
122. La celebración del Sínodo Diocesano, cuyo perfil
jurídico es delineado por el Código de Derecho Canónico, tiene
indudablemente un puesto de preeminencia entre los deberes pastorales del
obispo. El Sínodo, en efecto, es el primero de los organismos que la
disciplina eclesiástica indica para el desarrollo de la vida de una
iglesia particular. Su estructura, como la de otros organismos llamados
"de participación", responde a fundamentales exigencias
eclesiológicas y es expresión institucional de realidades teológicas,
como son, por ejemplo, la necesaria cooperación entre presbiterio y
obispo, la participación de todos los bautizados en el oficio profético
de Cristo, el deber de los pastores de reconocer y promover la dignidad de
los fieles laicos sirviéndose de buena gana de su prudente consejo. En su
realidad el Sínodo diocesano se inserta en el contexto de la
corresponsabilidad de todos en torno al propio obispo, en orden al bien de
la diócesis. En su composición, como requiere la disciplina canónica
vigente, es expresión privilegiada de la comunión orgánica en la
iglesia particular. En el Sínodo, que debe ser bien preparado y ser
convocado con objetivos bien determinados, el obispo, responsable de las
decisiones definitivas, escucha lo que el Espíritu dice a la iglesia
particular, de modo que todos permanezcan firmes en la fe, unidos en la
comunión, abiertos al carácter misionero, disponibles hacia las
necesidades espirituales del mundo y llenos de esperanza ante sus
desafíos.
Un gobierno animado de espíritu de comunión
123. Por su oficio pastoral el obispo es el ministro de
la caridad en su iglesia particular, edificándola mediante la Palabra y
la Eucaristía. Ya en la Iglesia apostólica los Doce dispusieron la
institución de "siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y
de sabiduría"(Hch 6, 2-3) a los cuales confiaron el servicio de las
mesas. El mismo San Pablo tenía como punto firme de su apostolado el
cuidado de los pobres, que sigue siendo para nosotros el signo fundamental
de la comunión entre los cristianos. Así el obispo, también hoy, es
llamado a ejercer personalmente la caridad en la propia diócesis,
mediante las estructuras adecuadas.
De este modo él testimonia que las tristezas y las
angustias de los hombres, de los pobres sobre todo y de todos aquellos que
sufren, son también las ansias de los discípulos de Cristo.
Indudablemente, las pobrezas son muchas y a las antiguas se han añadido
otras nuevas . En tales situaciones el obispo está en primera linea en
suscitar nuevas formas de apostolado y de caridad allá donde la
indigencia se presenta bajo nuevos aspectos. Servir, alentar, educar en
estos compromisos de solidaridad, renovando cada día la antigua historia
del Samaritano, es, ya de por sí, un signo de esperanza para el mundo.
124. Para cumplir el ministerio de guía pastoral y de
discernimiento el obispo necesita de la colaboración de todos los fieles,
en espíritu de comunión y de fervor misionero.
El Consejo presbiteral y el Consejo pastoral son
estructuras de diálogo, comunión y discernimiento para esta finalidad,
como fue ya recordado.
Las necesidades pastorales crecientes han llevado a
configurar ordenadamente la Curia diocesana con las diversas oficinas,
según las normas canónicas, de acuerdo a las posibilidades de cada
iglesia particular y a la competencia del clero diocesano, de las personas
consagradas y de los laicos, en modo de poder dar respuesta a todas las
necesidades de la diócesis.
Es tarea del obispo no sólo favorecer la acción
responsable y coordinada, la iniciativa y el trabajo asiduo de los
responsables de las diversas oficinas diocesanas, sino también estimular
con el ejemplo y favorecer los encuentros colegiales de coordinación. Es
necesario infundir en todos un sereno sentido de confianza, amistad y
responsabilidad en los diversos organismos de la Curia, de modo que la
unidad y el entendimiento mutuo creen un estilo eclesial de trabajo.
La administración económica
125. Particular importancia tiene en este tiempo,
incluso en vista de las responsabilidades civiles, la administración de
los bienes de la diócesis. Es necesaria la vigilancia y la seriedad en la
administración económica de las diócesis, como ejemplo para las otras
instituciones diocesanas. Ello ha de hacerse a través del trabajo de
personas competentes y eclesialmente expertas en los consejos diocesanos
de administración.
Se trata de una tarea de gobierno de la máxima
importancia, dirigida a garantizar el bien común de la diócesis y la
comunión de los bienes con la obligación de la caridad a favor de las
misiones y de los más pobres.
Cuestiones prácticas relacionadas con la iglesia
particular
126. Parece oportuno enumerar sintéticamente aquí
algunas cuestiones prácticas, ya desarrolladas en otros puntos, para que,
conforme a las indicaciones que emergen de las respuestas a los
Lineamenta, el Sínodo preste a ellas una particular y adecuada atención.
Es deseo de muchas Conferencias episcopales que se
insista en la presencia del obispo en la diócesis a tiempo completo,
puesto que ausencias frecuentes y prolongadas amenazan la continuidad del
servicio pastoral.
La presencia y permanencia del obispo en su sede o en
visita a sus parroquias, la disponibilidad al encuentro con sacerdotes,
religiosos y laicos, las visitas pastorales, son garantía de estabilidad
y de corresponsabilidad en el ejercicio cotidiano del ministerio. El
obispo aparece de este modo como un modelo de servicio constante en su
iglesia.
Otros recomiendan la estabilidad del obispo en la
diócesis para la cual ha sido elegido, para que se confirme en él una
mentalidad de donación a la Iglesia que le ha sido confiada con un
vínculo de fidelidad y amor esponsal. Se quisieran así evitar, en cuanto
sea posible, ciertos problemas como la mentalidad de un compromiso
pasajero en favor de la diócesis, el deseo de cambio o transferencia a
otras iglesias particulares más prestigiosas o menos problemáticas, la
discontinuidad de los programas y las iniciativas pastorales.
Se recuerda también el problema de las diócesis
dejadas largo tiempo sin pastor, por retrasos en el nombramiento de los
obispos. Tales situaciones crean malestar en el presbiterio y en el pueblo
de Dios, privados del ministerio episcopal de la unidad y de la comunión.
Surge también la necesidad de que las
responsabilidades de gobierno del obispo gocen de una mejor organización;
éste se encuentra frecuentemente abrumado con demasiados problemas
administrativos, burocráticos y organizativos, que amenazan con hacer de
él, a veces, más un dirigente que un Pastor. Se propone una conveniente
descentralización administrativa para un mejor servicio suyo a la
diócesis.
Algunos, en fin, ponen de relieve la cuestión de la
conflictualidad que se advierte hoy entre el foro eclesiástico y el foro
civil en materia de los procesos referidos a las personas eclesiásticas.
No raramente se pide claridad en el reconocimiento público de las leyes
eclesiásticas que se refieren a los procesos canónicos. Debe ser
reconocida al obispo la libertad y la responsabilidad en el proceso hacia
sus súbditos, evitando escándalos y procediendo en manera adecuada, con
justicia y caridad, en relación a la salvación de las almas, que es
siempre la ley suprema de la Iglesia.
CAPÍTULO V
AL SERVICIO DEL EVANGELIO
PARA LA ESPERANZA DEL MUNDO
En Jesucristo el perenne Jubileo de la Iglesia
127. El Jubileo del 2000, apenas concluido, ha ofrecido
a la Iglesia y al mundo la ocasión de fijar la mirada en Cristo, que ha
venido a anunciar la buena noticia a los pobres (cf. Lc 4,16 ss.). Él,
enviado por el Padre ha venido a llamar a todos a la conversión, a dar a
la humanidad la esperanza, a revelar al hombre su dignidad de hijo de Dios
y su destino de gloria. Con sus obras, especialmente con su misterio
pascual, ha manifestado el amor de Dios que busca al hombre, le revela su
vocación, le hace tomar conciencia de su altísima vocación.
Toda la vida de Jesús ha sido un gran tiempo jubilar,
en el cual él ha comunicado la gracia y el perdón del Padre, ha mostrado
el sendero de la verdad, se ha hecho prójimo de todos. Él ha anunciado
la salvación y la ha llevado a cumplimiento con sus palabras, con sus
obras y con la efusión del Espíritu Santo.
En la figura evangélica de Jesús de Nazaret, la
Iglesia reconoce un Mesías jubilar, que vive en el don total de sí
mismo, comunica la verdad y la vida a todos, llama a la conversión,
enseña el camino nuevo del amor que él trae al mundo como modo de ser y
de obrar de la Trinidad.
En él se hace evidente que la salvación es para
todos. Él, que se unió con la encarnación a cada hombre y con su
pasión y muerte a cada sufrimiento humano, mediante la resurrección se
transforma en causa de salvación y de esperanza para cada ser humano,
destinado a la comunión con Dios en la gloria.
La Iglesia, desde Pentecostés, con la gracia del
Espíritu Santo, continua la misión de Jesús, anunciando cada día la
buena noticia y la liberación del mal.
El ministerio de salvación de la Iglesia
128. Según el espíritu de la colegialidad y de la
comunión jerárquica todos los obispos continúan este anuncio que pone
al centro de la predicación Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre, único salvador del mundo.
Aún cuando puedan escapar a nuestra consideración los
caminos a través de los cuales Cristo ejerce esta salvación más allá
de las estructuras sacramentales de su Cuerpo, al cual él mismo ha
confiado el ministerio de la predicación y de la santificación, la
Iglesia cree que toda la humanidad pertenece a Cristo, primogénito de
toda creatura (cf. Col 1,15 ss).
Por este motivo, el horizonte de la esperanza, que
tiene como último término la reconciliación de todo y de todos en
Cristo, ilumina a la Iglesia que anuncia la paz y la salvación a los que
están lejos y a los que están cerca, "pues por él, unos y otros
tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu"(Ef 2,17-18) y
reanuda con confianza el múltiple diálogo de la salvación, para que
también el futuro de la historia pertenezca al Señor, conocido y amado
como nuestro Hermano, revelación del amor del Padre. "Por esta vía,
- afirma la Gaudium et spes en la conclusión - en todo el mundo los
hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del
Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la
paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria
del Señor".
Una nueva situación religiosa
129. La situación religiosa al comienzo del milenio es
muy compleja y no hace fácil la misión de la Iglesia. La presencia de
las grandes religiones, en cuanto ellas son portadoras de auténticos
valores humanos, exige de la Iglesia una actitud respetuosa para descubrir
en tales religiones el designio del único Dios salvador.
Por otra parte, en los grandes continentes invadidos
por las religiones tradicionales, hoy a causa de las migraciones
destinadas a aumentar en el futuro, así como también a raíz de los
movimientos y de los intercambios económicos y culturales, se vive una
situación nueva, multiétnica y multirreligiosa.
Las iglesias jóvenes, que especialmente en Asia,
África y Oceanía conviven con aquellas religiones, mientras están
particularmente comprometidas en el diálogo interreligioso, prestan
también una considerable ayuda misionera en otras partes del pueblo de
Dios.
130. En las repuestas a los Lineamenta algunas
Conferencias Episcopales se refieren a la necesidad de afrontar un
fenómeno, ciertamente no ajeno a la historia, pero que hoy adquiere, tal
vez, dimensiones desconocidas. Se trata de las nuevas y reiteradas
inmigraciones. Éstas crean problemas pastorales nuevos y concretos como
son la evangelización y el diálogo interreligioso, especialmente para
cuantos profesan religiones no cristianas. En cuanto a los inmigrantes
católicos, desarraigados de sus tierras y de sus costumbres, es necesaria
la colaboración de sacerdotes nativos para sostener y fortalecer la fe y
la vida cristiana de esa gente.
La Iglesia entera, por lo tanto, se orienta hacia un
renovado compromiso de evangelización en el cual no deben faltar jamás
el anuncio explícito de la revelación como don irrenunciable, el
diálogo como método de comprensión recíproca, el testimonio
evangélico, especialmente el de la caridad, en todo y sobre todo, como
signo de la verdad proclamada y fundamento del diálogo, para que Cristo
sea reconocido en sus discípulos. Además el anuncio integral de la
salvación requiere una solicitud de la Iglesia por todos los valores
humanos auténticos.
De estas premisas surge la acción pastoral de la
Iglesia, la cual no puede renunciar a proclamar el sentido de la vida y de
la historia a la luz del misterio de Cristo, confiando en la fuerza del
Evangelio y en la ayuda del Espíritu Santo, don de Cristo resucitado para
revelar y realizar la plenitud de la verdad y de la vida divina.
Diálogo ecuménico
131. El compromiso de la Iglesia en el diálogo
ecuménico por la unidad de los cristianos, fruto precioso de la acción
del Espíritu Santo, es irreversible.
Ello responde a la oración y a las intenciones del
Señor (cf. Jn 17, 21-23), a su oblación en la cruz para reunir a todos
los hijos dispersos (cf. Jn 11,52), al necesario testimonio de la Iglesia
en el mundo (cf. Ef 4,4-5).
Los obispos participan de la solicitud del Romano
Pontífice, expresada por el Decreto conciliar Unitatis redintegratio, y
del renovado empeño de la Iglesia por la unidad de todos los bautizados,
confirmado por la Encíclica Ut unum sint, como tarea prioritatia del
nuevo milenio para la esperanza del mundo.
Siguiendo las directivas de la Santa Sede, en comunión
con la Conferencia Episcopal cada obispo es promotor de la unidad y
apóstol del ecumenismo espiritual y del diálogo, por medio de contactos
fraternos con las iglesias y comunidades cristianas. Con la promoción de
cuanto haya de positivo no puede admitir gestos ambiguos y apresurados que
dañen, con la impaciencia, el verdadero ecumenismo.
Él promueve entre sus fieles la pasión por la unidad
que ardía en el corazón de Cristo, anhelando con esperanza la gracia de
la comunión de todos en la única Iglesia de Cristo, según el designio
del Espíritu Santo.
Al obispo y sus colaboradores en la diócesis es
confiada la tarea específica del ecumenismo local, con todas las
iniciativas posibles, como la semana de oración por la unidad de los
cristianos, los intercambios de oración y el testimonio del único
Evangelio de Cristo Señor. Finalmente, es siempre valioso el diálogo
cotidiano y el ecumenismo de los simples gestos cotidianos de comunión y
de servicio, que acercan los corazones y las mentes de los cristianos.
El anuncio del Evangelio
132. Nuevas son las tareas de la misión de la Iglesia
porque nuevos son los fenómenos sociales y las emergencias culturales,
los areópagos de la evangelización, los compromisos que surgen de la
comprensión del mensaje evangélico: la promoción de la paz, el
desarrollo y la liberación de los pueblos, el reconocimiento de los
derechos de las minorías, la promoción de la mujer, una nueva
preocupación por los niños y los jóvenes, la salvaguardia de la
creación, la promoción de una auténtica cultura y la investigación
científica respetuosa de los valores de la vida, el diálogo
internacional y los nuevos proyectos mundiales.
En este contexto social y cultural el Evangelio de la
esperanza es anunciado como la verdad de siempre, pero con nuevos
lenguajes, con nuevo brío y fervor, con nuevos métodos, especialmente
con la fuerza que nace de la santidad de la Iglesia y del testimonio de su
unidad. Este objetivo es confiado a aquellos que por el Espíritu Santo
han sido puestos como obispos para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch
20, 28).
Acción y cooperación misionera
133. A imitación de Jesús de Nazaret, evangelizador
del Padre, el obispo, animado por la esperanza inherente al anuncio de la
Buena Nueva, dilata los confines de su ministerio a todo el mundo, puesto
que todos son destinatarios de su solicitud pastoral. La misma posición
del obispo en la Iglesia y la misión que es llamado a desarrollar hacen
de él el primer responsable de la perenne misión de llevar el Evangelio
a cuantos aún no conocen a Cristo, redentor del hombre. La misión del
obispo está intrínsecamente vinculada a su ministerio universal de
enseñanza y a la plena relación con la comunidad que él preside en
nombre de Cristo Pastor.
El mandato confiado por el Señor Resucitado a sus
apóstoles se refiere a todas las gentes. En los apóstoles mismos,
"la Iglesia recibió una misión universal, que no conoce confines y
concierne a la salvación en toda su integridad, de conformidad con la
plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn 10,10)".
También para los sucesores de los apóstoles el deber
de anunciar el Evangelio no está limitado al ámbito eclesial, puesto que
el Evangelio es para todos los hombres y la misma Iglesia es sacramento de
salvación para todos los hombres.
Ella, más bien, es "fuerza dinámica en el camino
de la humanidad hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez
promotora de los valores evangélicos entre los hombres". Por ello,
siempre incumbe a los sucesores de los apóstoles la responsabilidad de
difundir el Evangelio en toda la tierra.
Consagrados no solamente para una diócesis sino
también para la salvación del mundo entero, los obispos, ya sea como
miembros del colegio episcopal, ya sea como pastores individuales de las
iglesias particulares, son, junto con el obispo de Roma, directamente
responsables de la evangelización de cuantos aún no reconocen en Cristo
al único salvador y todavía no ponen en él la propia esperanza.
En este contexto no pueden ser olvidados tantos obispos
misioneros que, ayer como hoy, ofrecen a la Iglesia la santidad de vida y
la generosidad de su ímpetu apostólico. Algunos de ellos han sido
además fundadores de Institutos misioneros.
134. En cuando pastor de una iglesia particular,
corresponde al obispo guiar sus caminos misioneros, dirigirlos y
coordinarlos. Él cumple con su deber de comprometer a fondo el impulso
evangelizador de la propia iglesia particular cuando suscita, promueve y
guía la obra misionera en su diócesis. De este modo, "hace presente
y como visible el espíritu y el ardor misionero del Pueblo de Dios, de
forma que toda la diócesis se haga misionera".
En su celo por la actividad misionera el obispo se
muestra siempre servidor y testigo de la esperanza. En efecto, la misión
es, sin duda, "el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor
por nosotros" y, mientras impulsa al hombre de todos los tiempos a
una vida nueva, es, ella misma, fruto de la esperanza cristiana.
Anunciando a Cristo Resucitado, los cristianos anuncian
a Aquel que inaugura una nueva era de la historia y proclaman al mundo la
buena noticia de una salvación integral y universal, que contiene en sí
la anticipación de un mundo nuevo, en el cual el dolor y la injusticia
dejarán lugar a la alegría y a la belleza. Por lo tanto oran como Jesús
les ha enseñado: "Venga tu Reino" (Mt 6, 10). La actividad
misionera, además, en su objetivo último de poner a disposición de cada
hombre la salvación ofrecida por Cristo de una vez para siempre, tiende
de por sí a la plenitud escatológica. Gracias a ella se acrecienta el
Pueblo de Dios, se dilata el Cuerpo de Cristo y se amplía el Templo del
Espíritu hasta la consumación de los siglos.
Al comienzo del tercer milenio, cuando ya se ha
acentuado la conciencia de la universalidad de la salvación y se
experimenta que el anuncio del Evangelio debe ser renovado cada día, la
Iglesia siente que no debe disminuir su empeño misionero, es más, debe
unir las fuerzas en vista de una nueva y más profunda cooperación
misionera, con la colaboración de todos los sucesores de los apóstoles y
de sus iglesias particulares.
Diálogo interreligioso y encuentro con las otras
religiones
135. Como maestros de la fe, los obispos deben también
prestar una adecuada atención al diálogo interreligioso, primero entre
todos el especial diálogo con los hermanos de Israel, pueblo de la
primera alianza.
A todos resulta evidente, en efecto, que en las
actuales circunstancias históricas el diálogo interreligioso ha asumido
una nueva e inmediata urgencia.
Para muchas comunidades cristianas, como por ejemplo
las que se encuentran en África y en Asia, el diálogo interreligioso
constituye una parte de la vida cotidiana de las familias, de las
comunidades locales, del ambiente de trabajo y de los servicios públicos.
En otras comunidades, en cambio, como sucede en las de Europa occidental
y, en todo caso, en los países de más antigua cristiandad, se trata de
un fenómeno nuevo. También aquí sucede siempre más frecuentemente que
creyentes de diversas religiones y cultos se encuentren y a menudo vivan
juntos, a raíz de las migraciones de los pueblos, de los viajes, de las
comunicaciones sociales y de decisiones personales.
El diálogo interreligioso, como ha recordado Juan
Pablo II, es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia y entra en
la perspectiva del Jubileo del 2000 y de los desafíos del tercer milenio.
Entre las principales razones el decreto Nostra aetate enumera aquellas
que nacen de la profesión de la esperanza cristiana. Todos los hombres,
en efecto, tienen un origen común en Dios, en cuanto ellos son criaturas
amadas por Él, y además tienen el común destino del fin último que es
Dios.
En este diálogo los cristianos tienen, además, no
pocas cosas para aprender. Sin embargo, deben siempre testimoniar la
propia esperanza en Cristo, único Salvador del hombre, cultivando el
deber y la determinación en la proclamación, sin titubeos, de la
unicidad de Cristo redentor. En ningún otro, el cristiano pone su
esperanza, puesto que es Cristo el cumplimiento di cualquier esperanza.
Él es "la esperanza de cuantos, en todos los pueblos, esperan la
manifestación de la bondad divina". Además, el diálogo deber ser
conducido y actuado por los fieles con la convicción que la única
verdadera religión subsiste "en la Iglesia católica y apostólica,
a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos
los hombres".
136. A todos los fieles y a todas las comunidades
cristianas corresponde practicar el diálogo interreligioso, aún cuando
no siempre con la misma intensidad y al mismo nivel. Sin embargo, allí
donde las situaciones lo requieran y lo permitan, es deber de cada obispo
en su iglesia particular ayudar, con su predicación y con la acción
pastoral, a todos los fieles a respetar y estimar los valores, las
tradiciones, la convicciones de los otros creyentes, así como también
promover una sólida y adecuada formación religiosa de los mismos
cristianos, para que sepan dar un convincente testimonio del gran don de
la fe cristiana.
El obispo debe además cuidar la calidad teológica del
diálogo interreligioso, cuando éste tuviera lugar en la propia iglesia
particular, de modo que nunca caiga en el silencio o no sea afirmada la
universalidad y la unicidad de la redención realizada por Cristo, único
Salvador del hombre y revelador del misterio de Dios. Sólo en la
coherencia con la propia fe, en efecto, es posible también compartir,
comparar y enriquecer las experiencias espirituales y las formas de
oración, como caminos de encuentro con Dios.
El diálogo interreligioso, no obstante, no se refiere
solamente al campo doctrinal, sino que se extiende a las múltiples
relaciones cotidianas entre los creyentes, en el respeto recíproco y el
conocimiento común. Se trata del diálogo de la vida, donde los creyentes
de las diversas religiones dan recíprocamente testimonio de los propios
valores humanos y espirituales con el objetivo de favorecer la convivencia
pacífica y la colaboración para que la sociedad sea más justa y más
fraterna. Al favorecer y al preocuparse atentamente por ese diálogo, el
obispo recordará siempre a los fieles que este empeño nace de las
virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad y que crece
juntamente con ellas.
Una atención particular al fenómeno de las sectas
137. La solicitud del obispo por sus fieles debe tener
en cuenta con realismo también el peligro de la seducción que las sectas
religiosas y otros movimientos alternativos de diverso género y nombre
pueden suscitar en las personas menos preparadas. Frecuentemente se trata
de movimientos orientados a corroer la fe católica, propuestos en
ambientes de incomodidad social y familiar, juntamente con la
manipulación de las personas y de las conciencias. Se difunden incluso
sectas satánicas que se distinguen por tener objetivos anticristianos,
ritos y formas morales aberrantes.
El estudio diligente de las sectas y de su modo de
obrar, así como también el recurso a quien tiene la capacidad de ayudar
a los fieles atrapados o amenazados por las mismas sectas, puede ser de
gran ayuda para restituir a las personas la serenidad y la profesión de
la fe. Pero se trata sobre todo de formar comunidades cristianas vivas y
auténticas, plenas de vitalidad y de entusiasmo, promotoras de esperanza;
es decir, comunidades capaces de transformarse en lugares para compartir
el Evangelio, para comprometerse en la misión, para atender a la persona,
para ayudarse recíprocamente y para llevar adelante una verdadera y
propia terapia espiritual para los hombres y las mujeres de nuestro mundo,
mediante la oración y los sacramentos.
En lo que se refiere, luego, a la lucha contra el mal y
el maligno, corresponde al obispo encargar, según la legislación
canónica, a sacerdotes dotados de piedad, ciencia, prudencia e integridad
de vida, el ejercicio de exorcismos y proveer también a la práctica de
oraciones para obtener la curación de parte de Dios.
Diálogo con personas de otras convicciones
138. La Iglesia, en su empeño de evangelizar y
anunciar la salvación en Cristo a todos, no descuida establecer en los
modos más idóneos el diálogo con personas de otras convicciones
religiosas. Ellas son a menudo sensibles al atractivo del Evangelio, a la
persona de Jesús, a los valores auténticamente humanos de su
predicación y de su ejemplo. Frecuentemente esperan de la Iglesia la
palabra iluminadora, la superación de los prejuicios, la búsqueda atenta
de los valores creíbles de la verdad y de la justicia. Sienten a veces
una secreta nostalgia del cristianismo donde se conjugan las razones de la
fe con las de la esperanza, mientras hoy, caídas la utopías, la falta de
fe se traduce en una actitud incapaz de atravesar el umbral de la
esperanza.
Por este motivo, el obispo en su iglesia debe favorecer
los encuentros que puedan comprometer a los hombres y a las mujeres que
buscan la verdad, que son sensibles a los valores trascendentes de la
bondad, de la justicia y de la belleza, que están preocupados por la
humanidad de nuestro tiempo. Y todo ello con la finalidad de favorecer la
búsqueda común de senderos para la promoción de los valores del hombre,
especialmente a través del diálogo con autorizados exponentes de la
cultura y de la espiritualidad.
Como pastor de todos y responsable del anuncio del
Evangelio en la compleja situación de nuestra sociedad, el obispo no debe
olvidar que es defensor de los derechos de los fieles católicos y
también de la Iglesia, frecuentemente negados o contestados en diversos
lugares o en ciertas circunstancias sociales o políticas. Porque es el
sostén de sus fieles, el obispo debe infundir y promover la esperanza en
los momentos de persecución o de hostilidad contra los propios
feligreses, fortalecido con el testimonio de la verdad y con la coherencia
de la propia vida.
Atención a los nuevos problemas sociales y a las
nuevas pobrezas
139. La solicitud por los pobres es un aspecto
privilegiado del anuncio de la esperanza en nuestra sociedad actual, en la
cual ninguno debe olvidar que de la vida económica y social, como ha
recordado el Concilio Vaticano II, el hombre es autor, centro y fin. De
ahí la preocupación de la Iglesia para que el desarrollo no sea
entendido en sentido exclusivamente económico, sino más bien en sentido
integralmente humano.
La esperanza cristiana está ciertamente orientada
hacia el Reino de los cielos y hacia la vida eterna. Este destino
escatológico, sin embargo, no atenúa el compromiso por el progreso de la
ciudad terrena. Al contrario, le da sentido y fuerza, mientras "el
impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la
caridad". La distinción entre progreso terrestre y crecimiento del
Reino, en efecto, no implica separación, porque la vocación del hombre a
la vida eterna, más que abolir, aumenta el deber del hombre de poner en
acto las energías recibidas del Creador para el desarrollo de su vida
temporal.
140. No es competencia específica de la Iglesia ofrecer
soluciones a las cuestiones económicas y sociales, pero su doctrina
contiene un conjunto de principios indispensables para la construcción de
un sistema social y económico justo. También en este ámbito la Iglesia
tiene un Evangelio que anunciar, del cual el obispo, en su iglesia
particular, debe hacerse portador, indicando en esa Buena Noticia el
corazón en las Bienaventuranzas evangélicas.
Dado que, el mandamiento del amor al prójimo es muy
concreto, será necesario que el obispo promueva en su diócesis
iniciativas apropiadas y exhorte a la superación de eventuales actitudes
de apatía, de pasividad y de egoísmo individual y de grupo. Es
igualmente importante que con su predicación el obispo despierte la
conciencia cristiana de todos los ciudadanos, exhortándolos a obrar, con
una solidaridad activa y con los medios a su disposición, en la defensa
del hermano, contra cualquier abuso que atente a la dignidad humana.
Debe, a este respecto, recordar siempre a los fieles
que en cada pobre y en cada necesitado está presente Cristo (cf. Mt 25,
31-46). La misma figura del Señor como juez escatológico es la promesa
de una justicia finalmente perfecta para los vivos y para los muertos,
para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares.
Cercano a cuantos sufren
141. Recordando su título de padre y defensor de los
pobres, el obispo tiene el deber de alentar el ejercicio de la caridad
hacia los pobres con el ejemplo, con las obras de misericordia y de la
justicia, con intervenciones individuales, y también con amplios
programas de solidaridad.
De entre las tareas, que en las respuestas a los
Lineamenta se asignan a los obispos como promotores de la caridad de
nuestro tiempo, es necesario recordar algunas en particular.
En su diócesis cada pastor, con el auxilio de personas
cualificadas en el campo de la pastoral sanitaria, anuncia el Evangelio en
el ámbito de la asistencia a la salud física y psíquica. El cuidado de
la salud ocupa un puesto de relieve en nuestra sociedad. La humanización
de la medicina y de la asistencia a los enfermos, así como la cercanía a
todos en el momento del sufrimiento, despierta en el corazón de cada
discípulo de Jesús la figura del Cristo misericordioso, médico de los
cuerpos y de las almas, y al mismo tiempo recuerda la perentoria palabra
de la misión: "Curad enfermos"(Mt 10,8).
La organización y la promoción continua de este
sector de la pastoral merece una prioridad en el corazón y en la vida de
un obispo.
Promotor de la justicia y de la paz
142. Los temas de la justicia y del amor al prójimo
aluden espontáneamente al tema de la paz: "frutos de justicia se
siembran en la paz para los que procuran la paz" (St 3, 18). Lo que
la Iglesia anuncia es la paz de Cristo, el "príncipe de la paz"
que ha proclamado la bienaventuranza de los "que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios"(Mt 5, 9). Tales son no
solamente aquellos que renuncian al uso de la violencia como método
habitual, sino también todos aquellos que tienen el coraje de obrar para
que sea cancelado lo que impide la paz. Ellos saben bien que la paz nace
en el corazón del hombre. Por ello actúan contra el egoísmo, que impide
ver a los otros como hermanos y hermanas en una única familia humana,
sostenidos en esto por la esperanza en Jesucristo, el Redentor inocente
cuyo sufrimiento es un signo irrevocable de esperanza para la humanidad.
Cristo es la paz (cf. Ef 2,14) y el hombre no encontrará la paz si no
encuentra a Cristo.
La paz es una responsabilidad universal, que pasa a
través de muchos pequeños actos de la vida de cada día. Los hombres se
expresan a favor de la paz o contra ella según el proprio modo cotidiano
de vivir con los otros. La paz espera sus profetas y sus artífices. Estos
arquitectos de la paz no pueden faltar sobre todo en la comunidad
eclesial, de la cual el obispo es pastor.
Es necesario, por lo tanto, que el obispo no deje
perder ninguna ocasión para promover en las conciencias la aspiración a
la concordia y para favorecer el entendimiento entre las personas en la
preocupación por la causa de la justicia y la paz. Se trata de una tarea
ardua, que exige dedicación, esfuerzos renovados y una insistente acción
educativa, sobre todo hacia las nuevas generaciones, para que se empeñen,
con nuevo gozo y esperanza cristiana, en la construcción de un mundo más
pacífico y fraterno. El obrar en favor de la paz es también una tarea
prioritaria de la evangelización. Por este motivo, la promoción de una
auténtica cultura del diálogo y de la paz es, al mismo tiempo, un
objetivo fundamental de la acción pastoral de un obispo.
143. El obispo, en cuanto voz de la Iglesia que,
evangelizando, llama y convoca a todos los hombres, no deja de obrar
concretamente y de hacer escuchar su palabra sabia y equilibrada, para que
los responsables de la vida política, social y económica busquen
soluciones posibles más justas para resolver los problemas de la
convivencia civil.
Las condiciones en las cuales los pastores desarrollan
su misión en estos ámbitos son a menudo muy difíciles, tanto para la
evangelización como para la promoción humana, y es sobre todo aquí que
se pone de manifiesto cuánto y cómo, en el ministerio episcopal, deba
ser incluida la disponibilidad al sufrimiento. Sin ella no es posible que
los obispos se dediquen a su misión. Por ello, grande debe ser su
confianza en el Espíritu del Señor resucitado y sus corazones deben
estar siempre llenos de la esperanza que no falla (cf. Rom 5, 5).
Custodios de la esperanza, testigos de la caridad de
Cristo
144. Los cristianos cumplen con un mandato profético
recibido de Cristo cuando actúan para llevar al mundo el germen de la
esperanza. Por esta razón el Concilio Vaticano II recuerda que la Iglesia
"avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte
terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma
de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de
Dios".
La asunción de responsabilidades en relación al mundo
entero y a sus problemas, a sus interrogantes y a sus anhelos, pertenece a
la tarea de la evangelización, a la cual la Iglesia es llamada por el
Señor. Todo ello implica en primera persona a cada obispo, obligándolo a
leer con atención "los signos de los tiempos", de modo que sea
reavivada en los hombres una nueva esperanza. En esto él obra como
ministro del Espíritu que, también hoy, en el umbral del tercer milenio,
no cesa de obrar grandes cosas para que sea renovada la faz de la tierra.
Siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, el obispo también indica al hombre
el camino que debe recorrer y, como el Samaritano, se inclina sobre él
para curar sus heridas.
145. Además, el hombre es esencialmente un "ser
de la esperanza". Es verdad que no son pocos, en varias partes de la
tierra, los eventos que inducen al escepticismo y a la desconfianza: tales
y tantos son los desafíos que hoy son dirigidos a la esperanza. Sin
embargo, la Iglesia encuentra en el misterio de la cruz y de la
resurrección de su Señor el fundamento de la "beata
esperanza". De ahí ella toma fuerzas para ponerse y permanecer al
servicio del hombre y de cada hombre.
El Evangelio, del cual la Iglesia es servidora, es un
mensaje de libertad y una fuerza de liberación que, mientras pone al
descubierto y juzga las esperanzas ilusorias y falaces, lleva a
cumplimiento las aspiraciones más auténticas del hombre. El núcleo
central de este anuncio consiste en que Cristo, mediante su cruz, su
resurrección y el don del Espíritu Santo, ha abierto nuevos caminos de
libertad y de liberación para la humanidad.
Entre los ámbitos en los cuales el obispo guía a la
propia comunidad, delineando empeños y poniendo en acto comportamientos
que son ejemplos de la fuerza renovadora del Evangelio y eficaces señales
de esperanza, deben indicarse algunos de particular relieve, que se
refieren a la doctrina social de la Iglesia. Ésta, en efecto, no sólo no
es ajena, sino que es parte esencial del mensaje cristiano, porque propone
las directas consecuencias del Evangelio en la vida de la sociedad. Por lo
tanto, sobre ella se ha detenido varias veces el Magisterio, ilustrándola
a la luz del misterio pascual, que es para la Iglesia fuente del
conocimiento de la verdad sobre la historia y sobre el hombre, recordando
además que corresponde a las iglesias particulares, en comunión con la
Sede de Pedro y entre ellas, llevar esa misma doctrina a aplicaciones
concretas.
146. Un primer ámbito se refiere a la relación con la
sociedad civil y política.Es evidente, a este respecto, que la misión de la
Iglesia es una misión religiosa y que el fin privilegiado de su actividad
es el anuncio de Jesucristo, el único Nombre "dado a los hombres por
el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12). De ello deriva, entre
otras cosas, la distinción, reafirmada por el Concilio Vaticano II, entre
comunidad política e Iglesia. Independientes y autónomas en el propio
campo, ellas tienen en común, sin embargo, el servicio a la vocación
personal y social de las mismas personas.
Por lo tanto la Iglesia, por mandato del Señor,
abierta a todos los hombres de buena voluntad, no es, ni jamás puede ser,
competidora de la vida política, mas ni siquiera extraña a los problemas
de la vida social. Por este motivo, permaneciendo dentro de la propia
competencia de la promoción integral del hombre, la Iglesia puede buscar
también soluciones a los problemas de orden temporal, especialmente allí
donde está comprometida la dignidad del hombre y son pisoteados sus más
elementales derechos.
147. En este contexto se coloca también la actividad
del obispo, el cual reconoce la autonomía del Estado y evita, por ello,
la confusión entre fe y política sirviendo, en cambio, a la libertad de
todos. Ajeno a gestos que induzcan a identificar la fe con una determinada
forma política, él busca sobre todo el Reino de Dios y es así que,
asumiendo un más valido y puro amor para ayudar a sus hermanos y para
realizar, inspirado por la caridad, las obras de la justicia, él se
presenta como custodio del carácter trascendente de la persona humana y
como signo de esperanza. La contribución específica que un obispo ofrece
en este ámbito es aquella misma de la Iglesia, es decir, "la
dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en el
misterio del Verbo encarnado".
La autonomía de la comunidad política no incluye, en
efecto, su independencia de los principios morales; es más, una política
carente de referencias morales lleva inevitablemente al degrado de la vida
social, a la violación de la dignidad y de los derechos de la persona
humana. Por esta razón, a la Iglesia le interesa que en lo que se refiere
a la política sea conservada, o restituida, la imagen del servicio que
hay que ofrecer al hombre y a la sociedad. Dado que, además, es tarea
propia de los fieles laicos comprometerse directamente en la política, la
preocupación del obispo es la de ayudar a sus feligreses a discutir sus
cuestiones y asumir las propias decisiones a la luz de la Palabra de la
Verdad; de favorecer y guiar la formación en modo que en las decisiones
los fieles sean motivados por una sincera solicitud por el bien común de
la sociedad en que viven, es decir, el bien de todos los hombres y de todo
el hombre; de insistir para que exista coherencia entre la moral pública
y la privada.
La legión de los testigos y el ancla de la esperanza
148. Discípulo y testigo de Cristo, el obispo en este
inicio de siglo y de milenio se preocupa por anunciar, celebrar y
promover, como Jesús, el Reino del Padre en la esperanza.
Firme en la fe, que es la "garantía de lo que se
espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11,1), está
dispuesto a hacer caminar a su pueblo, como Israel en el desierto, imagen
viva de la Iglesia peregrina en el tiempo, "entre las persecuciones
del mundo y los consuelos de Dios". Con la mirada fija en Cristo,
autor y perfeccionador de la fe, sostenido por la legión de los testigos
de la fe y la esperanza, el obispo se transforma en testigo creíble de la
fidelidad de Dios en todo tiempo. Por ello, la Iglesia del final del siglo
y del milenio ha querido, entre otras cosas, hacer memoria ecuménica de
los testigos de la fe del siglo XX, como heraldos de la esperanza
cristiana, para las nuevas generaciones.
En un modo globalizado el obispo proclama la comunión
y la solidaridad, la unidad y la reconciliación. En una sociedad que va a
la búsqueda del sentido de la vida, el obispo ofrece la palabra
liberadora del Evangelio, palabra de verdad que abre los horizontes de los
hombres más allá de la muerte e ilumina con la luz de la Pascua de
Cristo los senderos de la vida.
El obispo, aferrado a la esperanza, segura y firme como
un ancla (cf. Hb 6,18 ss), guía a su pueblo con confianza, en el
espíritu del servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del
mundo.
CONCLUSIÓN
149. Entre los días 6 y 8 de octubre del 2000, los
obispos de todo el mundo han celebrado el Jubileo en comunión con el Papa
en un clima de conversión y de oración, inspirándose al mismo tema de
la próxima Asamblea General Ordinaria del sínodo: El Obispo servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo. Como ha sido
observado, por la primera vez desde los tiempos del Concilio Vaticano II,
tantos obispos, provenientes de todo el mundo, se encontraron juntos para
vivir momentos de auténtica espiritualidad jubilar: el rito penitencial
en San Juan de Letrán, la celebración misionera en San Pablo extra
muros, el Santo Rosario en el Aula Pablo VI, los encuentros con el Romano
Pontífice, especialmente la solemne concelebración eucarística del
Domingo 8 de octubre, momento culminante del Jubileo de los Obispos.
La devoción a María, manifestada en la veneración de
la estatua de la Virgen de Fátima, que ha guiado por senderos de
esperanza la afanosa historia de la Iglesia en el siglo XX, ha dado al
encuentro jubilar una particular intensidad emotiva. Como a menudo ha
repetido el Papa, ha sido casi como un retorno de los sucesores de los
apóstoles al Cenáculo de Pentecostés, con María, la Madre de Jesús.
150. En esta particular circunstancia Juan Pablo II ha
confiado a la Madre del Señor, con una vibrante oración, los frutos del
Jubileo y las ansias del nuevo milenio. En las palabras de la oración de consagración a la
Virgen María se han concentrado las esperanzas para el futuro, con la
convicción que la única salvación es Cristo Señor y que el Espíritu
de la verdad es la indispensable fuente de la vida para la Iglesia.
Junto a la memoria de los grandes progresos de una
humanidad que se encuentra en la encrucijada de la historia, el Santo
Padre ha recordado las necesidades de los más débiles: niños aún no
nacidos o nacidos en condiciones de pobreza y sufrimiento; jóvenes a la
búsqueda del sentido de la vida; personas carentes de trabajo o probadas
por el hambre y la enfermedad, familias arruinadas, ancianos sin
asistencia, personas solas y sin esperanza.
Está en juego en las esperanzas de la humanidad el
valor de la vida humana que la Iglesia defiende y propone con coraje ante
todas las amenazas, confiando en el Dios de la vida y en la Madre de Aquel
que es el camino, la verdad y la vida.
En las palabras del Sucesor de Pedro y en su
imploración en favor de la humanidad hemos escuchado nuevamente la
oración por un mundo que busca razones para creer y esperar. Como una
lógica continuación los obispos se reunirán en la próxima Asamblea
sinodal para proclamar la esperanza en Cristo y en la acción del
Espíritu para el futuro de la Iglesia y de la humanidad.
De María, la humilde servidora que se entregó a Dios,
la Iglesia aprende a proclamar el Evangelio de la salvación y de la
esperanza. En el canto del Magnificat resuenan las certezas de todos los
pobres del Señor que esperan en su Palabra. En ella, mujer vestida de
sol, asunta a la gloria junto al Hijo resucitado, la Iglesia tiene la
garantía del cumplimiento de las promesas del Señor por la humanidad,
llamada a la victoria final sobre el mal y sobre la muerte. A Ella, que
para cuantos son aún peregrinos sobre la tierra brilla "como signo
de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del
Señor", la Iglesia dirige su súplica invocándola como madre de la
esperanza, primicia del mundo futuro.
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