|
EL OBISPO SERVIDOR DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO PARA LA ESPERANZA DEL
MUNDO
Documento
de trabajo del Sínodo de los obispos - 2001
INTRODUCCIÓN
En la perspectiva de un
nuevo milenio
1.
Cristo Jesús nuestra esperanza (1 Tim 1,1), el mismo ayer hoy y siempre
(Hb 13,8), Pastor supremo (1 P 5,4), guía su Iglesia a la plenitud de la
verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se
cumplirán todas las promesas e serán colmadas las esperanzas de la
humanidad.
Al inicio del tercer milenio cristiano, la humanidad y
la Iglesia se encaminan hacia un futuro que trae consigo la herencia de un
siglo, ya pasado, lleno de sombras y de luces.
Nos encontramos en un momento nuevo de la historia
humana. Muchos se interrogan sobre las metas futuras de la humanidad y se
preguntan cuál será el futuro del mundo, que aparece por una parte
inmerso en un dinamismo de progreso, con una creciente interdependencia en
la economía, en la cultura y en las comunicaciones, y por otra parte
todavía lleno de conflictos sociales, con amplias zonas donde crecen el
hambre, las enfermedades y la pobreza.
El inicio de un nuevo milenio pone en el centro de la
conciencia mundial un futuro por construir y con ello el tema de la
esperanza, condición esencial del homo viator y del cristiano, orientado
hacia el cumplimiento de las promesas de Dios. Una esperanza entendida
también como llama de la fe y estímulo de la caridad, hacia un futuro de
resultados imprevisibles.
2.
En este nuevo inicio se coloca la Xª Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos, prevista inicialmente en el Año Jubilar y ahora
programada para el mes de octubre del 2001.
Con intuición profética Juan Pablo II ha querido
asignar a tal Asamblea un tema de gran importancia: Episcopus minister
Evangelii Iesu Christi propter spem mundi.
Son diversas y sugestivas las razones que hacen de
éste un tema particularmente apropiado al actual momento de la vida de la
Iglesia y de la humanidad. Ellas son ante todo de carácter teológico y
eclesiológico, pero también de orden antropológico y social.
En la huella de las
precedentes asambleas sinodales
3.
En primer lugar están las razones de carácter teológico. La Iglesia
entera ha celebrado con alegría el Gran Jubileo del 2000 para honrar la
memoria del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo hace ya dos mil años;
no sólo para recordar con gratitud su venida en medio de nosotros, sino
también para celebrar su presencia viva en la Iglesia, en estos veinte
siglos de su historia, su obra como único Salvador del mundo, centro del
cosmos y de la historia.
En la indivisible unidad entre Cristo y su Evangelio,
el tema del Sínodo tiende a subrayar que es Él, Jesucristo, Hijo de
Dios, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo (cf. Jn 10,36),
la esperanza del mundo y del hombre, de cada hombre y para todo el hombre.
En efecto, es Cristo la Palabra definitiva y el don
total del Padre, el verdadero Evangelio de Dios, en el cual se realizan
todas las promesas y en el cual está el Amén de Dios (cf. 2 Co1,20), el
cumplimiento de la esperanza del mundo. Su Evangelio es la noticia siempre
nueva y buena, potencia de vida que continúa a iluminar los caminos del
mundo hacia el futuro, como lo ha hecho durante veinte siglos. En efecto,
son inseparables su doctrina y su persona, su obra y sus enseñanzas, su
mensaje y su Iglesia, donde él continúa a estar presente. La Iglesia, al
inicio del tercer milenio, propone todavía con alegría su mensaje de
vida y de esperanza a toda la humanidad.
4.
Hay luego razones de orden eclesiológico. Algunas son de carácter
permanente, otras de orden coyuntural.
El Señor Jesús, al final de su permanencia entre
nosotros, ha enviado a los apóstoles como sus testigos y mensajeros hasta
los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. También sobre
esta palabra se apoya el arduo deber de proponer al mundo su persona y su
doctrina como suprema esperanza: "Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28,19-20). Los obispos, en comunión con el Papa, están
llamados hoy, a cumplir esta misión junto con todos los miembros de la
Iglesia, siendo los testigos del Evangelio de Cristo en el mundo, aunque a
ellos, como sucesores de los apóstoles, les "incumbe la noble tarea
de ser los primeros en proclamar las «razones de la
esperanza» (1 P 3,15); esperanza que se apoya en las promesas de
Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene como certeza inquebrantable
la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el
pecado".
La importancia de la celebración de la Xª Asamblea
General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, centrada en modo particular
en el ministerio del obispo como servidor del Evangelio para la esperanza
del mundo, emerge con claridad se si considera que las últimas Asambleas
ordinarias han tratado respectivamente la vocación y la misión de los
laicos en la Iglesia y en el mundo (1987), la formación de los sacerdotes
en las circunstancias actuales (1990) y la vida consagrada y su misión en
la Iglesia y en el mundo (1994). Fruto de las reuniones sinodales fueron
las respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales de Juan Pablo
II: Christifideles laici, Pastores dabo vobis y Vita consecrata.
Parecía entonces oportuno afrontar el tema del
ministerio del obispo bajo el perfil de la proclamación del Evangelio y
de la esperanza, casi como vértice y síntesis. En efecto, las varias
asambleas sinodales ordinarias han dado un nuevo impulso de renovación a
las diversas vocaciones en el pueblo de Dios, para una mayor
complementariedad, en una eclesiología de comunión y de misión, atenta
a la naturaleza jerárquica y carismática de la Iglesia. Ahora la
disertación específica del tema de esta asamblea indica la necesidad de
orientar hacia el futuro la misión del entero pueblo de Dios, en
comunión con sus pastores.
5.
Más aún, en la última década del siglo XX, hacia el final del segundo
milenio de la era cristiana, los obispos de los diversos continentes
fueron convocados por el Romano Pontífice en diversas Asambleas sinodales
especiales, para tratar acerca de la Iglesia en Europa (1991 y 1999), en
África (1994), en América (1997), en Asia (1998) y en Oceanía (1998).
Fruto de estos encuentros son los respectivos documentos post-sinodales
publicados o de próxima publicación.
La próxima Asamblea ordinaria, con su característico
tema, podrá beneficiarse con la experiencia de un período
particularmente intenso de comunión sinodal, como jamás había sucedido
antes.
En realidad, todos los Sínodos de las últimas
décadas han tocado el tema del ministerio episcopal, no sólo porque se
trató de Sínodos de Obispos, sino porque de algún modo han ayudado a
configurar la ministerialidad episcopal en las últimas décadas en
relación a la Evangelización (1974), a la Catequesis (1977), a la
Familia (1981), a la Reconciliación y la Penitencia (1983), a los Fieles
laicos (1987), a los Presbíteros (1990), a la Vida Consagrada (1994) y a
la actuación del Concilio Vaticano II, en el Sínodo extraordinario de
1985.
6.
El aspecto doctrinal y pastoral específico del tema del Sínodo se
concreta entonces en el anuncio del Evangelio de Cristo para la esperanza
del mundo. Es en esta perspectiva que la temática de la próxima Asamblea
ordinaria tendrá máxima importancia también a nivel antropológico y
social. La Iglesia, que quiere compartir "las alegrías y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy",
deberá preguntarse por qué senderos se encamina la humanidad de nuestro
tiempo, en la cual ella misma está inmersa como sal de la tierra y luz
del mundo (cf. Mt 5,13-14). Ella deberá preguntarse también cómo
anunciar hoy la verdadera esperanza del mundo que es Cristo y su
Evangelio.
Estamos en el inicio de un nuevo milenio de la era
cristiana, caracterizado por particulares situaciones sociales y
culturales, casi una "aetas nova", una época nueva, a veces
definida como post-modernismo o post-modernidad. Es necesario que con un
nuevo impulso resuene en el mundo el anuncio de la salvación, en modo de
suscitar aquel dinamismo teologal que es propio del Evangelio, para que la
humanidad entera lo "escuche y crea, creyendo espere, esperando
ame".
En efecto, la esperanza cristiana está íntimamente
unida al anuncio audaz e integral del Evangelio, que sobresale entre las
funciones principales del ministerio episcopal. Por esto, entre los
múltiples deberes y tareas del obispo, "sobre todas las
preocupaciones y dificultades, que están inevitablemente ligadas al fiel
trabajo cotidiano en la viña del Señor, debe estar primero de todo la
esperanza".
Continuidad y novedad
7.
En este camino de gracia se coloca la preparación y la próxima
celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos.
El texto de los Lineamenta publicado en 1998, ha
suscitado intereses y consensos, y ha ofrecido la ocasión para una
profundización de las temáticas inherentes al ministerio del obispo.
Fruto de las respuestas de las Conferencias Episcopales y de otros
organismos, sin dejar de lado a muchos obispos y otros miembros del Pueblo
de Dios, es el presente Instrumentum laboris, que intenta proponer e
ilustrar el tema elegido por el Papa, incorporando cuestiones y
propuestas, en continuidad con los Lineamenta, en modo que ofrezca un plan
para un ordenado y abierto desenvolvimiento del trabajo sinodal.
El proceso preparatorio de la asamblea, de la
consultación promovida con los Lineamenta ha pasado a través de las
respuestas y ha llegado hasta el Instrumentum laboris, delineando así la
típica actividad sinodal como un flujo ininterrumpido de meditación
sobre el tema dado por el Santo Padre. Esta operación, que del texto
inicial ha confluido en el presente documento de trabajo, tiene en este
caso un carácter especial. En efecto, el alto consenso obtenido por los
Lineamenta ha producido primero un desarrollo muy homogéneo de las ideas
y después una singular correspondencia entre los dos textos.
La rica experiencia que los obispos del mundo han
vivido en las últimas asambleas ordinarias y especiales de los Sínodos y
el precioso patrimonio de doctrina que de allí emergió, están en la
base de una preparación provechosa de la próxima asamblea. Por esto el
Instrumentum laoris no pretende alargarse en una amplia descripción de la
situación mundial, ni menos aún atraer la atención sobre cuestiones de
carácter particular o regional, ya examinadas en las precedentes
Asambleas continentales.
8.
La disertación específica del ministerio del obispo como servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo se coloca en el
interior de una continuidad magisterial, que evoca los documentos del
Concilio Vaticano II; en modo especial, desde el punto de vista doctrinal,
la Constitución Dogmática Lumen gentium y el Decreto conciliar Christus
Dominus.
Por su modo completo y concreto en la ilustración de
la figura y del ministerio del obispo en su iglesia particular, el
Directorio Pastoral de la Congregación para los Obispos, Ecclesiae Imago
del 22 de febrero de 1973, conserva una validez esencial todavía hoy.
Desde el punto de vista teológico-canónico hay que referirse al Codex
iuris canonici (CIC) de 1983 y al Codex canonum Ecclesiarum Orientalium
(CCEO) de 1990, para las necesarias actualizaciones.
Muchos son además los documentos del Magisterio
postconciliar que en modo específico se refieren al ministerio pastoral
de los obispos, entre ellos de manera especial las alocuciones de los
Romanos Pontífices a las diversas Conferencias episcopales con ocasión
de las visitas "ad limina" o de los viajes apostólicos de las
últimas décadas.
Entre otros documentos más recientes, que se refieren
a problemas específicos del ministerio pastoral de los obispos en la
Iglesia universal y en las iglesias particulares, se debe recordar, desde
el punto de vista eclesiológico, la Carta de la Congregación para la
Doctrina de la Fe Communionis notio del 22 de mayo de 1992, sobre algunos
aspectos de la Iglesia como comunión, y finalmente, la Carta apostólica
en forma de Motu propio de Juan Pablo II Apostolos suos, del 21 de mayo de
1998, sobre la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias
Episcopales.
9.
La referencia al obispo en el tema asignado por el Santo Padre Juan Pablo
II para la próxima asamblea sinodal merece una aclaración. Se trata del
ministerio episcopal, como fue ilustrado por la Costitución dogmática
Lumen gentium y por el Decreto conciliar Chrsitus Dominus, en toda su rica
gama de temas y deberes pastorales. Todos los obispos, de hecho, tienen en
común la gracia de la ordenación episcopal, son sucesores de los
apóstoles y en comunión con el Romano Pontífice forman parte del
Colegio episcopal.
El Concilio Vaticano II ha puesto nuevamente en un
lugar de honor la realidad del Colegio episcopal, que sucede al Colegio de
los Apóstoles y es expresión privilegiada del servicio pastoral
desarrollado por los obispos en comunión entre ellos y con el Sucesor de
Pedro. En cuanto miembros de este colegio todos los obispos "han sido
consagrados no solo para una diócesis determinada, sino para la
salvación de todo el mundo" . Por institución y voluntad de Cristo
ellos "están obligados a tener por la Iglesia universal aquella
solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye,
sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal".
En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la
Iglesia católica, participa de la plenitud del sacramento del orden. Como
ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del
Paráclito, debe obrar para que toda la Iglesia crezca como familia del
Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, en la triple función que
está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la de santificar y la
de gobernar.
En modo particular, sin embargo, el Sínodo mira más
concretamente al obispo diocesano en la plenitud de su ministerio en la
iglesia particular. Él es presencia viva y actual de Cristo "pastor
y obispo" de nuestras almas (1 P 2,25); es su vicario en la iglesia
particular a él confiada, no sólo de su palabra sino también de su
misma persona.
Por otra parte, la importancia del tema del Sínodo
aparece claramente cuando se considera cómo en las últimas décadas ha
cambiado la imagen del obispo; él aparece en la experiencia de los
fieles, más cerca y presente en medio de su pueblo, como padre, hermano y
amigo; más simple y accesible. Y sin embargo, han aumentado sus
responsabilidades pastorales y se han alargado sus deberes ministeriales,
en una Iglesia siempre más atenta a las necesidades del mundo, a tal
punto que el obispo aparece hoy empeñado en varias tareas ministeriales y
muchas veces es signo de contradicción a causa de la defensa de la
verdad. Por lo tanto, él está abierto a una constante renovación de su
oficio pastoral, en una cada vez más profunda dimensión de comunión y
de colaboración con los presbíteros, las personas consagradas y los
laicos.
La Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos será sin duda la ocasión para verificar que cuanto más sólida
es la unidad de los obispos con el Papa, entre ellos y con el pueblo de
Dios, tanto más resulta enriquecida la comunión y la misión de la
Iglesia, y al mismo tiempo, tanto más reforzado y confortado será su
mismo ministerio.
Un renovado anuncio del
Evangelio de la esperanza
10.
Muchos son los motivos de esperanza con los que la Iglesia mira a la
celebración del próximo sínodo. El tiempo oportuno del Gran Jubileo del
2000, preparado por el camino trinitario cumplido en los años
precedentes, ha ofrecido a todo el pueblo de Dios la gracia de vivir un
Año santo en la conversión, en la reconciliación y en la renovación
espiritual.
En Roma y en Tierra Santa, al lado del sucesor de
Pedro, en las iglesias particulares en torno a los propios pastores, los
fieles han tenido la gozosa experiencia de un año de misericordia y de
santidad. Tanto es así que muchos se han preguntado cómo dar
continuidad, en el comienzo del nuevo siglo y milenio, a la gracia y a las
experiencias positivas del Gran Jubileo.
La Iglesia se ha puesto nuevamente delante del mundo
como signo de esperanza, especialmente por el testimonio de muchas
categorías del pueblo de Dios, como los jóvenes y las familias; pero
también por los gestos fuertes de carácter ecuménico, de purificación
de la memoria y de pedido de perdón, por la audaz evocación de los
testigos de la fe del siglo XX.
Fueron fuertes y significativas las solicitudes de
clemencia para los encarcelados y de reducción o total condonación de la
deuda internacional, que pesa sobre el destino de muchas naciones.
También los obispos han tenido la posibilidad de vivir
momentos de intensa comunión y renovación espiritual en su Jubileo
específico, junto al Papa y unidos a la Virgen María, como en el
Cenáculo de Pentecostés.
El Evangelio de Cristo se demuestra todavía potencia
de vida, palabra que humaniza y une a los pueblos en una sola familia y
promueve el bien de todos más allá de las diferencias de lengua, raza o
religión.
11.
Sobre el fundamento de la esperanza cristiana que no falla (cf. Rm 5,5),
la Iglesia orienta sus pasos hacia el futuro, con un renovado impulso para
una nueva evangelización.
El mundo que ha superado el umbral del nuevo milenio
espera una palabra de esperanza, una luz que lo guíe en el futuro. El
Evangelio, en la historia temporal de los hombres, fue, es y será un
fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz.
El próximo Sínodo de los Obispos, espera ofrecer a la
Iglesia y al mundo el anuncio audaz y confiado del Evangelio de Cristo,
que abre los corazones a la esperanza terrena y eterna. Pretende hacerlo
con el testimonio de unidad, de gozo y de solicitud por la humanidad de
nuestro tiempo de parte de los sucesores de los apóstoles en comunión
con el Papa, a los cuales el Señor mismo ha asegurado su asistencia hasta
la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20).
CAPÍTULO
I
UN
MINISTERIO DE ESPERANZA
Una mirada sobre el mundo
con los sentimientos del Buen Pastor
12.
¿Qué actitud asume hoy el obispo para ser servidor del Evangelio de
Jesucristo para la esperanza del mundo?
Antes que nada, el obispo se ubica frente al mundo con
una mirada contemplativa, ante la realidad de nuestro mundo, en lo
concreto del propio ministerio y en comunión con la Iglesia universal y
particular, a cuyo cuidado él está destinado. Luego, lo hace con un
corazón compasivo, capaz de entrar en comunión con los hombres y las
mujeres de nuestro tiempo, para los cuales debe ser testigo y servidor de
la esperanza.
Una imagen evangélica da vida a la actitud que se le
exige. Al comienzo de su ministerio Jesús se presenta como el heraldo de
la Buena noticia del Padre y lo confirma saliendo al encuentro de las
necesidades de la gente: "y al ver a la muchedumbre, sintió
compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no
tienen pastor" (Mt 9,36).
El obispo, con la gracia del Espíritu Santo que dilata
y profundiza su mirada de fe, revive los sentimientos de Cristo Buen
Pastor ante las ansias y las búsquedas del mundo de hoy, anunciando una
palabra de verdad y de vida y promoviendo una acción que va al corazón
mismo de la humanidad. Sólo así, unido a Cristo, fiel a su Evangelio,
abierto con realismo a este mundo, amado por Dios, se transforma en
profeta de la esperanza.
Con esta imagen se presenta ante los hombres y las
mujeres de nuestro tiempo, los cuales, después de la caída de las
ideologías y de las utopías, a veces sin memoria del pasado y demasiado
ansiosos por el presente, tienen proyectos más bien efímeros y limitados
y son a menudo manipulados por fuerzas económicas y políticas. Por esto
necesitan redescubrir la virtud de la esperanza, poseer válidas razones
para creer y para esperar, y, por lo tanto, también para amar y obrar
más allá de lo inmediato cotidiano, con una serena mirada sobre el
pasado y una perspectiva abierta al futuro.
La Iglesia, y en ella el obispo, como pastor del
rebaño, en continuidad con las actitudes de Jesús, se propone como
testigo de la esperanza que no falla (cf. Rm 5,5), consciente de la fuerza
propulsora que la orienta hacia el cumplimiento de las promesas de Dios:
en efecto "el amor de Dios, fue derramado en nuestros corazones por
el Espíritu que nos ha sido dado" (ib.).
A la Iglesia y a sus pastores fue confiado el Evangelio
de la esperanza. Ésta se apoya sobre la certeza de las promesas de Dios,
es la esperanza viva a la que el Padre nos ha reengendrado con la
resurrección de Cristo (cf. 1 P 1,3), victoria sobre la muerte y sobre el
pecado. Y como consecuencia se apoya en la certeza de la perenne presencia
de Cristo, Señor de la historia, Padre del siglo futuro (cf. Is 9,6).
Por lo tanto, hay que abrir y vivir bajo el signo de la
confianza teologal el tercer milenio del cristianismo con la proclamación
del Evangelio de las promesas de Dios.
En las Escrituras y en la tradición de la Iglesia
encontramos la semilla escondida de los designios de Dios, que debe
germinar en el futuro de los hombres y de los pueblos, confiado a la
acción del Espíritu Santo, sabio artífice de la trama de la historia
con nuestra colaboración.
Bajo el signo de la
esperanza teologal
13.
La esperanza teologal, que se apoya totalmente en las promesas de Dios,
reviste hoy también un papel importante, al comienzo de un siglo y de un
milenio. La espera y la preparación de las últimas décadas para
alcanzar una meta tan importante de la historia humana, como lo es el año
2000, signado por el memorial dos veces milenario del nacimiento de
Jesús, se dilatan aún desde el punto de vista simbólico hacia el
futuro. No ya hacia una meta alcanzada, sino casi hacia un horizonte
lejano, con el deber de construir pacientemente el futuro.
La esperanza se presenta como fuerza motriz de lo
nuevo, como capacidad de soñar el futuro y de dejar huellas duraderas en
el tiempo con la novedad de las obras, como capacidad de construir la
historia con la fuerza del Evangelio, o, por lo menos, de dar sentido a la
historia, antes de que sean las fuerzas del mundo las que establezcan el
sentido del futuro o programen los plazos.
Y todo esto en la fidelidad al deber característico de
los cristianos, que es aquel de ser como el alma del mundo. "Lo que
el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo"
afirma la carta a Diogneto. La Iglesia de Jesús está llamada a ser
inspiradora y promotora de historia, en la escucha de las expectativas
más profundas y de las esperanzas más auténticas de los hombres y de
las mujeres de este mundo.
La esperanza de la cual el obispo debe ser testigo,
para ser servidor del Evangelio de Cristo, es la virtud teologal o
teológica de la esperanza, en la unidad de la fe que cree y del amor que
obra.
El directorio pastoral Ecclesiae imago había puesto en
evidencia, a este respecto, algunas características del ministerio del
obispo en una síntesis que vale la pena recordar a propósito de la
esperanza en Dios, que es fiel a sus promesas: "El Evangelio, del
cual el obispo por fe vive y que anuncia a los hombres con la palabra de
Cristo, es 'garantía de lo que se espera; prueba de las realidades que no
se ven' (Hb 11,1). Apoyándose, por tanto, en semejante esperanza, el
obispo con firme certeza espera de Dios todo bien, y repone en la Divina
Providencia la máxima confianza. Repite con Pablo: 'Todo lo puedo en
aquel que me conforta' (Flp 4,13), acordándose de los santos apóstoles y
de los antiguos obispos quienes, aún experimentando graves dificultades y
obstáculos de todo género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios
con toda franqueza (cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31). La esperanza, que 'no
falla' (Rm 5,5), estimula en el obispo el espíritu misionero y, en
consecuencia, el espíritu de creatividad, es decir de iniciativa. En
efecto, sabe que ha sido mandado por Dios, Señor de la historia (cf. 1
Tim 1,17), para edificar la Iglesia en el lugar, en el tiempo y en el
momento que 'ha fijado el Padre con su autoridad' (Hch 1,7). De aquí
también ese sano optimismo que el obispo vive personalmente y, por así
decirlo, irradia en los demás, especialmente a sus colaboradores".
14.
Sostenido por esta esperanza teologal, el obispo se prepara para
programar, intuir y casi soñar el futuro, releyendo la Palabra de Dios,
bajo la gracia del Espíritu Santo y en la comunión eclesial.
La Palabra de Dios, fecundada por el Espíritu Santo en
el corazón del obispo unido a sus sacerdotes y a sus fieles, será
siempre fuente perenne de inspiración y de recursos para afrontar los
desafíos del futuro. Según una feliz expresión de Pablo VI: "La
Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés, necesita fuego en el
corazón, palabra en los labios, profecía en la mirada".
El Papa, el Colegio Episcopal, los obispos de las
Conferencias episcopales nacionales o regionales, todo el pueblo santo de
Dios tienen en común también la vocación a la misma esperanza (cf. Ef
4,4).
Esta comunión en la esperanza asegura la presencia
viva de Cristo y la inspiración del Espíritu, al cual fue confiado
llevar a cumplimiento la plenitud de la comprensión y de la actuación
del Evangelio de Jesús en la historia humana.
La comunión en la esperanza debe ser profundizada y
compartida como fuente de inspiración, fecundada por la oración del
obispo, por el diálogo de la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo
especial, con sus más estrechos colaboradores, para llegar a reflexiones
y programas concretos y compartidos.
La esperanza de los cristianos es el motor del futuro.
Es la virtud que no sólo deja huellas en la vida de la humanidad, sino
que abre también nuevos surcos en la historia, para sembrar la semilla de
las promesas divinas y guiar los caminos del futuro con la fuerza de Dios.
La Iglesia será efectivamente signo de esperanza si sabrá estar atenta
al designio de Dios, que garantiza un futuro de plenitud, si seguirá
fielmente su voluntad y sabrá discernir las expectativas más válidas de
la humanidad, de las cuales debe ser intérprete y orientadora.
Entre el pasado y el futuro
15.
La Iglesia atraviesa el umbral de la esperanza en los comienzos del tercer
milenio con una particular atención a la humanidad de hoy, compartiendo
alegrías y esperanzas, tristezas y angustias, pero sabiendo que posee la
palabra de la salvación. Sin embargo, hay que reflexionar a qué mundo
son enviados los obispos para anunciar el Evangelio.
La esperanza teologal, que crece y se desarrolla como
confianza en las promesas de Dios, a veces se purifica en la espera; pero
será tanto más auténtica cuanto más probada; se radica en los signos
positivos que germinan, entre el ya y el no todavía del Reino, presente
en este mundo, pero orientado hacia su cumplimiento final en la gloria.
Ella es memoria fundante, fija en la revelación, que
manifiesta no sólo la historia de la salvación, sino también el
proyecto y el designio de Dios para el futuro. No es casual que el último
libro de la Sagrada Escritura lleva el nombre de Apocalipsis, es decir,
revelación. La esperanza suscita en los corazones un dinamismo activo,
capaz de volver a encenderse continuamente en la cotidianidad.
Se trata de aquella "perseverancia" fiel, de
la cual hablan los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,42) como
actitud propia de los discípulos de Jesús, inmersos cada día en la vida
de fe. Es la firme confianza puesta en Dios, Padre del Señor Jesucristo,
el cual, con la resurrección de su Hijo, proyecta el hoy cotidiano hacia
el seguro cumplimiento de las promesas.
16.
Muchas veces, especialmente en la última década, una visión panorámica
de la realidad del mundo de hoy fue trazada por el Magisterio.
También en el Sínodo de los Obispos este análisis
fue llevado a cabo durante las asambleas especiales continentales para
Europa, África, América, Asia y Oceanía, así como también en las
respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales hasta ahora
publicadas.
No es entonces el momento de rehacer este análisis
que, a pesar de presentar rasgos comunes por la creciente globalización
de los aspectos generales, tiene sin embargo necesidad de una atenta
visión local de los problemas y de las soluciones.
En el texto de los Lineamenta fue igualmente ilustrada
la situación general, que en parte ha sido confirmada y enriquecida por
las respuestas de las Conferencias Episcopales.
Entre luces y sombras en el
panorama mundial
17.
El panorama que ofrece nuestro mundo es variado. Sin embargo, la Iglesia
con la mirada vigilante y el corazón compasivo del Buen Pastor (cf. Mt
9,36) no puede dejar de advertir con realismo, más allá de los análisis
políticos, sociológicos o económicos, los signos de desconfianza o,
más aún, de desesperación que hay en el mundo, para ofrecer la medicina
de la consolación y el fortalecimiento de la confianza y de la
liberación en Cristo. No es una consolación pasajera y débil, que se
revela caduca, sino aquella de las certezas de la fe; certezas
descubiertas por corazones capaces de amar y de servir, fundadas en la
visión unitaria y real de los aspectos de la vida personal y social, sin
reducciones pesimistas ni optimistas. Todo esto puede ofrecer el Evangelio
de la esperanza.
Quedan todavía sin resolver algunas situaciones
problemáticas que comprometen y estimulan el ministerio de la Iglesia, la
cual ofrece una esperanza hacia una continua renovación del mundo y de la
sociedad, también en lo concreto del ministerio del obispo en su iglesia
particular.
18.
En muchas partes de nuestro mundo la situación de pobreza, la falta de
libertad, el escaso ejercicio de los derechos humanos, los conflictos
étnicos, el subdesarrollo que hace crecer la pobreza de las grandes masas
populares, crean situaciones de sufrimiento y de falta de esperanza en el
futuro.
Constantemente los medios de comunicación nos muestran
rostros de desesperación: rostros de niños privados de la necesaria
nutrición y muchas veces indignamente explotados; rostros de jóvenes a
los cuales se les niega la educación y se los obliga al trabajo de
menores; rostros de jóvenes desocupados, entregados a la desesperación y
a la indiferencia, fácil presa de la manipulación ideológica o del
impulso hacia la degradación moral y espiritual; rostros de mujeres
privadas de la propia dignidad; rostros de ancianos necesitados de
asistencia; masas de pobres que buscan en la emigración una esperanza
para el futuro y refugiados en busca de una patria; rostros de indígenas
privados de sus tierras.
No fueron todavía superados los conflictos que al
final del precedente siglo y milenio, han provocado muerte y destrucción,
emigración, pobreza, luchas étnicas y odios tribales, dejando muerte y
heridas profundas en el cuerpo y en el espíritu.
Todavía no se han cicatrizado las laceraciones de
algunos recientes conflictos locales que han dividido profundamente
culturas y nacionalidades, llamadas a integrarse en un diálogo de paz.
Cada tanto afloran fundamentalismos religiosos, enemigos del diálogo y de
la paz.
Además en las naciones de mayor progreso muchas veces
se encuentran grandes áreas de depresión económica y moral; se nota un
aumento de la corrupción y de la ilegalidad, también en el campo
político.
19.
Los efectos de la globalización ya se escuchan con la despiadada lógica
de programas económicos inspirados en un liberalismo desenfrenado que
hace a los ricos siempre más ricos y a los pobres siempre más pobres,
excluidos como son de los programas de desarrollo, al punto que algunos
hablan ya de un nuevo desorden mundial. Preocupa justamente el futuro de
enteras poblaciones, que pertenecen a la misma familia de Dios y tienen en
común los mismos derechos; son dejadas al margen de la justa
participación en el bien común. En muchas ocasiones las comunidades
indígenas son usurpadas de las riquezas de la materia prima y de los
recursos naturales de los propios países en una desleal explotación del
territorio y de las poblaciones.
No obstante una sensibilidad cada vez más positiva
hacia la ecología, puede decirse que hasta la tierra padece - como tal
vez no haya sucedido antes en la historia de la humanidad - cambios
climáticos del ecosistema, que suscitan interrogantes sobre el futuro de
nuestro planeta. Es causa de preocupación la degradación del ambiente.
La Iglesia se hace portavoz de las aspiraciones más auténticas en favor
de un equilibrio ecológico que no ponga en peligro nuestra tierra y la
creación entera, obra de las manos del Creador, ofrecida a la humanidad
como lugar de belleza y de equilibrio, don y fuente natural de la
existencia humana.
Entre el retorno a lo
sagrado y la indiferencia
20.
Aunque no faltan signos de un despertar religioso, de nuevos intereses por
las realidades espirituales y de un cierto retorno a lo sagrado, los
pastores ven con preocupación la que fue definida una silenciosa y
tranquila apostasía de las masas de la práctica eclesial. Avanza una
cultura inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los
cristianos hay una creciente indiferencia con respecto al futuro
escatológico y sobrenatural de la vida que hace a la existencia mundana
realmente digna de ser vivida.
Esto se traduce en un individualismo carente de
comunión eclesial y de práctica sacramental. Por ello algunas veces se
cae en el extremo de la búsqueda de compensación espiritualista en los
movimientos religiosos alternativos y en las sectas, en la adopción de
formas de religiosidad, que son en parte imitación de las prácticas
ascéticas más nobles de algunas religiones no cristianas. Hoy muchos se
conforman con una ambigua religiosidad sin una referencia personal al Dios
verdadero de Jesucristo y de la comunidad eclesial.
Para muchos pastores es motivo de preocupación y de
una oscura visión del futuro el reducido número de las vocaciones
sacerdotales y religiosas, aunque sea sólo en vista de una pastoral
ordinaria de evangelización, de una adecuada vida sacramental y
eucarística, con el relativo cuidado de la vitalidad de la fe y de la
práctica cristiana.
Un nuevo horizonte de
problemas éticos
21.
Son causa de preocupación el crecimiento del relativismo moral, una
cierta cultura que no hace prevalecer la vida y que no la respeta, una
desacralización del comienzo y del fin de la existencia humana, tan
ligados al misterio del Dios de la vida.
Son signo de esperanza en el Dios Creador la
transmisión de la vida física, la educación de los hijos, el uso de la
promoción de los valores de la existencia humana en su plenitud de
sentido y de destino.
Nunca como en este momento de la historia la falsa
ecuación que aquello que es científicamente posible es también
éticamente justo nos ha llevado a una verdadera y propia manipulación
biológica. De ella se derivan graves consecuencias para el hombre, que es
imagen y semejanza de Dios en Cristo, nuestra vida (Jn 1,14: 14,16). De
aquí provienen los problemas que han estallado en los últimos años, que
se expanden como una sombra hacia el futuro.
La apasionada defensa que el Magisterio de la Iglesia
ha hecho de la dignidad de cada vida humana, desde su nacimiento hasta su
declino, está influenciando también en la opinión pública y está
dando además algunos frutos en el sector de la ética mundial. Están en
juego el futuro de la humanidad y la dignidad de la persona humana con sus
derechos intocables e inalienables.
22.
La crisis de la familia y de su estabilidad, además de las solapadas
insidias contra la institución familiar, se presentan hoy como graves
amenazas contra la vida y la educación de los hijos.
Es constante en nuestro tiempo la acción doctrinal de
la Iglesia en favor de la vida y en el campo del matrimonio y la familia.
Son puntos de referencia de esta ininterrumpida acción algunos documentos
del Magisterio Pontificio y de otros dicasterios de la Santa Sede, así
como también las Jornadas internacionales de la Familia, que son de ayuda
a los cónyuges en vista de una adecuada espiritualidad matrimonial y
familiar.
Situaciones eclesiales
emergentes
23.
Una nueva situación eclesial se verifica en los territorios que vivieron
un largo período bajo regímenes totalitarios. Aquellas Iglesias viven en
una redescubierta libertad de culto y en una nueva presencia apostólica;
experimentan el florecer de las vocaciones y un incipiente impulso
misionero fuera de los confines de las propias iglesias particulares. En
ellas la fatiga y la alegría de un nuevo comienzo, el frecuente
testimonio de una alegre vitalidad católica y de un fervor de la fe
desconocido en otros países hacer esperar en un futuro prometedor.
Quedan todavía problemas estructurales y
organizativos, como la dificultad de un diálogo fraterno y de una
concreta comunión y colaboración ecuménica con las otras iglesias,
especialmente con las ortodoxas.
Sin embargo la Iglesia no renuncia a su deber de
anunciar con audacia el Evangelio en estos países asolados por el vacío
dejado por la cultura de los regímenes totalitarios. Es más, debe
promover la educación a la libertad y una nueva comunión entre todos los
cristianos. Una necesaria educación de la fe puede influir en la
superación de una cierta práctica de devoción sin fundamentos sólidos
y en el impulso de una renovada evangelización; es necesaria la
promoción de una fe adulta, de una vida moral coherente, especialmente
ante el asedio de las sectas y ante el peligro de caer, como algunos
temen, en la búsqueda de un excesivo consumismo.
24.
El futuro de la Iglesia del tercer milenio se ha ido, poco a poco,
configurando como una desconcentración de la presencia de los católicos
hacia los países de África y Asia, donde, como también en América
Latina, florecen jóvenes iglesias, llenas de fervor y de vitalidad, ricas
en vocaciones sacerdotales y religiosas, que muchas veces ayudan a superar
la escasez de fuerzas vivas que se registra en Occidente.
No se pueden olvidar los vastos y poblados territorios
del continente asiático donde todavía muchos fieles no pueden expresar
plena y públicamente su fe católica en comunión con la Iglesia
universal y su Supremo Pastor. La Iglesia mira también a estos países
con una gran esperanza y confía en la acción silenciosa del Espíritu
Santo, para que los fieles puedan finalmente expresar la plenitud de la
comunión eclesial visible y de la recíproca ayuda para hacer conocer a
todos a Cristo Salvador.
Signos de vitalidad y de
esperanza
25.
Entre los signos positivos que al final del siglo y del milenio fueron
percibidos, también en las recientes asambleas sinodales, encontramos el
ansia por la paz, el deseo de una participación solidaria de las naciones
en la solución de eventuales conflictos locales, la creciente conciencia
de los derechos humanos, la igual dignidad de todas las naciones, la
búsqueda de una mayor unidad en el planeta, con una solidaridad efectiva
a nivel mundial entre países pobres y ricos. La dedicación de muchos al
servicio de los pobres y de los países más necesitados a través el
voluntariado es germen de esperanza. Crece la estima del genio femenino y
se percibe una mayor responsabilidad de las mujeres en la sociedad y en la
Iglesia.
No faltan temores por los excesos de la globalización;
sin embargo hay saludables reacciones bajo formas de solidaridad, de mayor
sensibilidad en la salvaguardia de los valores culturales de los pueblos y
de las naciones, de una conciencia de hacer prevalecer los valores éticos
y religiosos sobre los económicos y políticos. Existe en nuestro mundo
una acentuada búsqueda de la verdadera libertad y un creciente sentido de
comunión contra los individualismos.
El anuncio del Compendio de la doctrina social de la
Iglesia da buenas esperanzas en vista del compromiso en el campo social y
económico en favor de todos los pueblos.
En los vaivenes de luces y sombras, a veces se
descubren también a nivel mundial movimientos de opinión a favor de
algunos aspectos que parecen amenazados.
Contra la manipulación genética y el desprecio de la
vida naciente está surgiendo una mayor atención por la vida humana y su
valor trascendente, que la une al Dios de la vida. Se busca fuertemente
una convergencia sobre los valores éticos a nivel internacional, mientras
del peligro de un desequilibrio ecológico nace un sentido más profundo
del valor de la creación.
Hacia un nuevo humanismo
26.
La masificación y la globalización suscitan, como justa reacción, un
deseo profundo de personalismo e interioridad. Hoy es muy valorado el
equilibrio entre unidad y pluralismo: unidad que pertenece al designio de
Dios, que ha creado una única naturaleza humana, fundamento de la unidad
de la familia de los pueblos, de su origen y de su destino; pluralismo de
naciones, lenguas y culturas que reflejan la riqueza de la multiforme
sabiduría de Dios (cf. Ef 3,1). En este contexto asistimos también al
despertar de las culturas como contrapunto a una mundialización que
aplasta y empobrece. Al contrario, la identidad cultural, provoca,
también en el intercambio de bienes, un enriquecimiento recíproco.
En la problemática situación de desesperación de
muchos, como son la soledad, el egoísmo, los pequeños proyectos humanos
sin trascendencia, muchas veces replegados sobre el egocentrismo de las
personas y de los grupos, la esperanza traza amplios senderos de
comunión, de colaboración, de acciones comunes, de voluntariado generoso
y gratuito. Tales valores se integran en el gran designio de Dios a
través de la vida personal, eclesial, familiar, en la cual cada uno
responde según la propia vocación.
También hoy hay una búsqueda del sentido y de la
cualidad de la vida en cada nivel, incluido el espiritual. Se manifiesta
una mayor sensibilidad hacia el personalismo y hacia el sentido
comunitario de las relaciones interpersonales, sobre la base de una
verdadera comunión entre las personas.
El mundo actual y la Iglesia sienten la urgencia de la
unidad, aunque muchas veces sea amenazada la plena y auténtica
"cultura" de la unidad y de la comunión.
Los frutos del Jubileo
27.
A nivel eclesial continúa, especialmente después del Gran jubileo del
2000, la renovación de la vida cristiana, de la participación solidaria
de todos en la nueva evangelización.
La preparación del Jubileo de la Encarnación, según
el programa pastoral y espiritual trazado en la Tertio millenio adveniente
de Juan Pablo II, fue vivida a nivel universal con válidas iniciativas de
catequesis y de vida sacramental.
Los tres años dedicados a la contemplación del
misterio del Hijo, del Espíritu Santo y del Padre, con específicos
compromisos de carácter sacramental (redescubrimiento del bautismo, de la
confirmación y de la penitencia), de vida teologal (la fe, la esperanza y
el amor) y ético-sociales, están dando sus frutos.
El Jubileo del 2000, vivido según el espíritu de la
institución bíblica del quincuagésimo año (cf Lv 25) con su plena
realización en Jesús de Nazaret (cf Lc 4,16 ss), ha sido realmente un
año de progreso espiritual. La gracia de la conversión se ha
multiplicado, alimentando la esperanza de una continuidad, como de un
nuevo comienzo, que coincide con la puesta en marcha del tercer milenio.
28.
Algunos momentos del Jubileo han sido un signo especial para la Iglesia y
para el mundo. La Jornada mundial de la juventud ha ofrecido un testimonio
de fe, de piedad y de frescura eclesial con la gozosa presencia y
participación de tantos jóvenes, provenientes de todo el mundo y
reunidos en Roma alrededor del Papa. Su presencia eclesial es un desafío,
la pastoral juvenil una de las fronteras de las próximas décadas. En los
jóvenes cristianos se siente la exigencia de una clara y decidida vida
evangélica.
Bajo
la guía del Espíritu
29.
Como ya fue notado en las diversas asambleas sinodales continentales, y ha
emergido especialmente en ocasión de la solemnidad de Pentecostés de
1998, la Iglesia siente fuertemente que el Espíritu Santo, como ha hecho
en otras épocas de la historia, ha sembrado nuevas energías espirituales
y apostólicas, auténticos carismas de vida evangélica y de espíritu
misionero, aptos para las necesidades del mundo de hoy, especialmente en
los movimientos eclesiales y en las nuevas comunidades. Esta siembra
promete una cosecha abundante favorecida por las vocaciones sacerdotales,
religiosas y laicales de muchos jóvenes deseosos de consagrar sus vidas
al servicio del Evangelio.
Respondiendo a los criterios de eclesialidad trazados
por el Magisterio y a su propio carisma, estas nuevas realidades son ya,
junto con aquellas existentes, el presente y el futuro de la Iglesia en el
mundo.
Hacia senderos convergentes
de unidad
30.
El siglo y el milenio que se abren ciertamente encuentran a los fieles y a
los pastores de las diversas iglesias y comunidades cristianas más
unidos, a través de los innegables progresos del diálogo ecuménico,
fruto precioso del Espíritu en el siglo ya transcurrido. Un diálogo que
ha tenido sus variables vicisitudes en las últimas décadas. Un
proseguimiento de los contactos ecuménicos en los últimos años anima
este irreversible compromiso de la Iglesia y de las otras iglesias y
comunidades cristianas.
Algunos eventos jubilares como la apertura de la puerta
santa de la Basílica de San Pablo, la conmemoración ecuménica de los
testigos de la fe del siglo XX, el viaje del Papa a Tierra Santa, junto
con otras iniciativas recientes, constituyen el signo de una renovada
voluntad de parte de los cristianos de recorrer juntos los caminos del
Señor.
También el diálogo interreligioso está abierto a
nuevos desarrollos en la búsqueda de la paz y en el reconocimiento de
valores religiosos y trascendentes.
Hay que nombrar en primer lugar las relaciones con
representantes del pueblo de Dios de la primera alianza. Tales encuentros
abren senderos de esperanza, al comienzo de un milenio que muchos ven como
la época del gran diálogo entre las religiones mundiales, guardianes de
los valores del espíritu.
El diálogo, entendido como encuentro entre personas y
grupos, en el respeto de las diversas identidades y en el rechazo del
irenismo y del sincretismo, no es sólo el nuevo nombre de la caridad,
como ha dicho Pablo VI, sino que hoy también es el nuevo nombre de la
esperanza, en un renovado escenario mundial.
Un fuerte reclamo de
espiritualidad
31.
Es un signo de esperanza el reclamo de espiritualidad que es una exigencia
del tiempo presente y que asume diversos aspectos. Ante todo como una
fuerte llamada a la experiencia primigenia cristiana que es
el encuentro con un Viviente. Esto significa el
necesario pasaje de la proclamación de la fe a la fe vivida. Postula
también una liturgia viva en el encuentro con la bondad del Dios
misericordioso que nos ofrece redención y salvación, como aquel que es
"médico de la carne y del espíritu".
En el ámbito moral se siente la necesidad de
"vivificar" la experiencia cristiana en sus exigencias éticas
con el soplo del Espíritu. En efecto, la moral cristiana "difunde
toda su fuerza misionera, cuando se realiza a través del don no sólo de
la palabra anunciada sino también de la palabra vivida. En particular, es
la vida de santidad, que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios
frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que
constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede
percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del
amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicionada a todas las
exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más
difíciles".
Se hace evidente, por lo tanto, la urgente necesidad de
una pastoral más espiritual que responda a las exigencias de la nueva
evangelización; se perfila la necesidad de cualificar la pastoral en modo
que tienda a suscitar el encuentro personal y místico con Cristo, a
imitación de los apóstoles, antes y después de la resurrección, y de
los primeros cristianos.
Obispos testigos de
esperanza
32.
Esta visión de la
situación de la Iglesia en el mundo, con sus luces y sus sombras, al
comienzo del tercer milenio de la era cristiana, es el testimonio que cada
obispo debe dar del Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo, ya
sea en el vasto horizonte de la Iglesia universal ya sea en las diversas
iglesias particulares.
De aquí resulta la concreta responsabilidad espiritual
y pastoral del obispo en la iglesia particular, en una sociedad que vive
en el mundo global de las comunicaciones, participando de la vida del
entero planeta.
No se puede olvidar, además, el compromiso que tal
situación comporta para una ordenada visión de la Iglesia que vive en el
mundo, pidiendo a los obispos la necesaria palabra y acción en vista del
bien común.
Fieles en las expectativas y las promesas de Dios como la
Virgen María
33.
La esperanza de la Iglesia viene de Cristo, el Resucitado, que posee ya la
victoria y la anticipación escatológica de las promesas de Dios en la
gloria futura.
Ante las pruebas cotidianas, en el contexto de una
existencia que se hace espera de algo nuevo que debe venir de Dios, el
obispo es para su Iglesia como Abrahán, que "esperando contra toda
esperanza, creyó" (Rm 4,18-22). Confía con certeza en la palabra y
en el designio de Dios, como María, mujer de la esperanza, que esperó el
cumplimiento de las promesas del Dios fiel, en Nazaret, en Belén, en el
Calvario y en el Cenáculo.
La historia de la Iglesia es una historia de fe y de
caridad, pero también una historia de esperanza y de coraje. El obispo
que sabe ser vigilante profeta de esperanza, como un centinela de Dios en
la noche (cf Is 21,11), puede dar confianza a su grey, trazando en el
mundo senderos de novedad.
Cada obispo, poniendo sólo en Dios su fe y su
esperanza (1 P 1,21), debe poder hacer propias las palabras de S.
Agustín: "Como seamos, vuestra esperanza no sea puesta en nosotros.
Como obispo, me rebajo a decir esto: quiero alegrarme con vosotros, no ser
exaltado. No me congratulo para nada con quien sea que habré descubierto
que pone en mí su esperanza: sea corregido, no confirmado; debe cambiar,
no hay que alentarlo... vuestra esperanza no sea puesta en nosotros, no
sea puesta en los hombres. Si somos buenos, somos ministros; si somos
malos, somos ministros. Pero si somos ministros buenos, fieles, somos
realmente ministros".
34.
En este amplio horizonte se coloca el ministerio de la Iglesia para el
próximo milenio, en modo especial la misión del obispo como testigo y
promotor de esperanza cristiana. Para cada pastor de la Iglesia se trata
de llevar, en modo audaz e intrépido, la
presencia de Dios en lo cotidiano de la vida. El entero
servicio episcopal es ministerio para el renacimiento "a una
esperanza viva" (1 P 1,3) del pueblo de Dios y de cada hombre. Por
eso es necesario que el obispo oriente toda la obra de evangelización al
servicio de la esperanza, sobre todo de los jóvenes, amenazados por los
mitos ilusorios y por el pesimismo de sueños que se desvanecen, y de
cuantos, afligidos por las múltiples formas de pobreza, miran a la
Iglesia como su única defensa, gracias a su esperanza sobrenatural.
Fiel a la esperanza, cada obispo debe custodiarla en
sí mismo porque es el don pascual del Señor resucitado. Ella se funda en
el hecho que el Evangelio, a cuyo servicio el obispo vive, es un bien
total, el punto crucial en el cual se centra el ministerio episcopal. Sin
la esperanza toda su acción pastoral sería estéril.
El secreto de su misión está, en cambio, en la firme
solidez de su esperanza teologal y escatológica. De ella afirma S. Pablo
"fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio,
que llegó hasta vosotros" (Col 1,6).
La esperanza cristiana inicia con Cristo y se nutre de
Cristo, es participación al misterio de su Pascua y anticipación para
una suerte análoga a aquella de Cristo, ya que el Padre con Él "nos
resucitó y nos hizo sentar en los cielos" (Ef 2,6).
De esta esperanza el obispo es signo y ministro. Cada
obispo puede acoger para sí estas palabras de Juan Pablo II: "Sin la
esperanza seríamos no sólo hombres infelices y dignos de compasión,
sino que toda nuestra acción pastoral sería infructuosa; nosotros no
osaríamos emprender más nada. En la inflexibilidad de nuestra esperanza
reside el secreto de nuestra misión. Ella es más fuerte de las repetidas
desilusiones y de las dudas fatigosas porqué toma su fuerza de una fuente
que ni nuestra desatención ni nuestra negligencia pueden agotar. La
surgiente de nuestra esperanza es Dios mismo, que mediante Cristo una vez
y para siempre ha vencido al mundo y hoy continúa a través de nosotros
su misión salvífica entre los hombres!."
CAPÍTULO
II
MISTERIO,
MINISTERIO Y CAMINO ESPIRITUAL DEL OBISPO
La imagen de Cristo Buen
Pastor
35.
Son muchos los textos de la Escritura que aluden a la figura espiritual
del obispo, a la luz de Cristo, sumo sacerdote y pastor de nuestras almas.
Son párrafos del Antiguo y del Nuevo Testamento, centrados sobre la
imagen del sumo sacerdote o del pastor.
Todos los textos hacen referencia al arquetipo que es
Cristo. Él se ha presentado en las parábolas evangélicas como el pastor
en búsqueda de la oveja perdida (cf Lc 15,4-7), se autodefinió
"buen" pastor del rebaño (cf Jn 10,11.14.16; Mt 26,31; Mc
14,27); fue reconocido por la comunidad apostólica con este título:
"pastor y obispo de las ... almas" (1 P 2,25), "príncipe
de los pastores" (1 P 5,4), "gran pastor de las ovejas" (Hb
13,20), resucitado por el Padre. En la visión del Apocalipsis el Señor
resucitado es el Cordero-Pastor (cf Ap 13, 17) que une en sí mismo la
realidad de la ofrenda del sacrificio pascual y de la salvación, las
figuras del sacerdote y pastor del Antiguo y del Nuevo Testamento.
La primitiva iconografía cristiana ha amado
representar a Cristo como pastor bueno y hermoso, vivo en el esplendor de
su resurrección, cantado por la liturgia como el buen pastor resucitado
que ha dado la vida por sus ovejas.
Jesucristo entonces es el pastor, que une en sí la
verdad, la bondad y la belleza del don de sí por el rebaño. La belleza
del buen pastor está en el amor con que se entrega por cada una de sus
ovejas y establece con ellas una relación directa de conocimiento y amor.
El lugar del encuentro con el Buen Pastor es la
Iglesia, donde él se hace presente, apacienta su rebaño con la palabra y
los sacramentos, lo guía hacia las praderas de la vida eterna mediante
aquellos a los cuales Cristo mismo por medio del Espíritu Santo ha
constituido pastores del rebaño. La belleza del pastor se manifiesta en
la belleza de una Iglesia que ama y que sirve. Ella es motivo de esperanza
para toda la humanidad, movida también por el instinto divino, que lleva
en el corazón, hacia la belleza que salva, la cual se expresa en el
rostro del Cordero-Pastor.
36.
Sólo Cristo es el buen Pastor. De él, como manantial, se irradia en la
Iglesia el ministerio pastoral, que Jesús ha confiado a Pedro (cf Jn 21,
15.17); una gracia que fue percibida como la continuidad del ministerio
apostólico de guiar y de vigilar: "Apacentad la grey de Dios que os
está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según
Dios" (1 P 5,2).
La figura del obispo como pastor es, por lo tanto,
familiar a la tradición cristiana en las palabras, en los gestos, en las
insignias episcopales, siempre sin embargo en la contemplación del único
pastor y en la imitación de sus sentimientos, por la fuerza de la gracia
recibida de Él.
"Aquel a quien Jesús, el buen Pastor, ha
confiado, mediante el sacramento del episcopado, sus mismos poderes, tiene
como obligación de amor apacentar la grey del Señor, tratar de
corresponder con el decidido empeño de vivir y ejercitar el ministerio
con las mismas disposiciones que tuvo Cristo, Príncipe de los Pastores
(cf 1 P 5,4) y obispo de nuestras almas (cf. 1 P 2,25)".
El ministerio episcopal en la Iglesia es un amoris
officium, según las palabras de Agustín, un servicio de unidad, en la
comunión y en la misión. A este altísimo arquetipo que es Cristo hace
referencia el nombre de pastor y todas las expresiones que de él derivan.
I. Misterio y Gracia del Episcopado
La gracia de la ordenación
episcopal
37.
Con la consagración episcopal "se confiere la plenitud del
sacramento del orden, llamada en la práctica litúrgica de la Iglesia y
en la enseñanza de los Santos Padres sumo sacerdocio, cumbre del
ministerio sagrado". La íntima naturaleza del misterio y del
ministerio del obispo viene expresada por las palabras y por los gestos de
la ordenación episcopal, en la liturgia sacramental a la que, con razón,
la antigua tradición llama "natalis Episcopi".
La imagen eclesial del obispo se perfila ya desde la
antigüedad cristiana en las diversas liturgias de ordenación episcopal
en Oriente y en Occidente, como el momento en el cual, con la imposición
de las manos y las palabras de la consagración, la gracia del Espíritu
Santo desciende sobre el elegido y con el carácter sagrado imprime en
plenitud la imagen viva de Cristo maestro, pontífice y pastor, para obrar
en nombre suyo y en su persona.
El obispo es consagrado también con la unción del
santo crisma para ser partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, en modo
tal que pueda plenamente ejercitar el ministerio de la palabra, de la
santificación y del gobierno. Como pontífice es separado de entre los
hombres y constituido en favor de los hombres en todo aquello que tiene
que ver con Dios (cf. Hb 5,1). El episcopado, se dice, no es un término
que indique primariamente un honor, sino un servicio; está destinado
sobre todo a hacer el bien más que a manifestar una preeminencia. En
efecto, también para el obispo valen las palabras del Señor "el
mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que
sirve" (Lc 22,26).
En comunión con la
Trinidad
38.
La dimensión trinitaria de la vida de Jesús, que lo une al Padre y al
Espíritu como consagrado y enviado en el mundo y se manifiesta en todo su
ser y obrar, plasma también la personalidad del obispo, como buen pastor,
sucesor de los apóstoles.
Esta participación en la vida y en la misión
trinitaria tiene una primera aplicación en los apóstoles, como primeros
partícipes de la comunión y de la misión: "Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15,9;
cf. 17,23); "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn
20,21). Jesús además reza por los discípulos para que sean envueltos en
el mismo amor trinitario: como el Padre y el Hijo son uno, que los
discípulos sean uno (cf. Jn 17,21).
Esta referencia a la Trinidad hace remontar el
ministerio del obispo hasta su fuente. La sucesión apostólica, además,
no es sólo física y temporal, sino también ontológica y espiritual,
mediante la gracia de la ordenación episcopal.
En efecto, los obispos han sido mandados por los
apóstoles, como sus sucesores, los apóstoles han sido enviados por
Cristo y Cristo ha sido mandado por el Padre.
39.
El sello trinitario de la gracia del episcopado lo expresa en modo
apropiado la liturgia romana de la ordenación episcopal: "Cuida,
pues, de todo el rebaño que el Espíritu Santo te encarga guardar, como
pastor de la Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen
representas en la asamblea, en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro,
Sacerdote y Pastor ejerces, y en el nombre del Espíritu Santo, que da
vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad".
Se pone además de manifiesto, a través de las
palabras y los gestos de la ordenación con la imposición de las manos,
un gesto que, según Ireneo de Lyon, evoca las dos manos del Padre, el
Hijo y el Espíritu; este último plasma al elegido para la plenitud del
sacerdocio, como el don del "Espíritu del Sumo sacerdocio" es
revertido sobre Cristo y transmitido a los apóstoles, los cuales han
fundado en todas partes la Iglesia.
Desde el Padre por Cristo
en el Espíritu
40.
La tradición que presenta al obispo como imagen del Padre es muy antigua.
Se la encuentra especialmente en las Cartas de Ignacio de Antioquía. En
efecto, el Padre es como el obispo invisible, el obispo de todos. A su vez
el obispo debe ser por todos reverenciado porque es imagen del Padre. En
modo similar un antiguo texto amonesta: amad a los obispos que son,
después de Dios, padre y madre.
También hoy en la ordenación episcopal se alude a
esta dimensión paterna; el obispo es llamado a cuidar con afecto paterno
al pueblo santo de Dios, como un auténtico padre de familia, para
guiarlo, con la ayuda de los presbíteros y diáconos, en el camino de la
salvación. El descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, ya
presente en el Concilio Vaticano II, hace más elocuente la imagen paterna
del obispo.
En continuidad con la persona de Cristo, que es la
imagen original del Padre y la manifestación de su presencia y de su
misericordia, también el obispo, por la gracia sacramental, se transforma
en imagen viviente del Señor Jesús como cabeza y esposo de la Iglesia a
él confiada. En ella ejerce como sacerdote el ministerio de la
santificación, del culto y de la oración; como maestro el servicio de la
evangelización, de la catequesis y de la enseñanza; como pastor, el
deber del gobierno y de la conducción del pueblo. Son ministerios que él
debe ejercer con los rasgos característicos del buen pastor: la caridad,
el conocimiento de la grey, el cuidado de todos, la acción misericordiosa
hacia los pobres, los peregrinos, los indigentes, la búsqueda de las
ovejas perdidas para reconducirlas al único rebaño de la Iglesia.
Todo esto es posible porque el obispo recibe en
plenitud en su ordenación la unción del Espíritu Santo que descendió
sobre los discípulos en Pentecostés, Espíritu del sumo sacerdocio, que
lo habilita interiormente, configurándolo a Cristo, para ser viva
continuación de su misterio en favor de su Cuerpo místico.
Esta visión trinitaria de la vida y del ministerio del
obispo signa además en profundidad su constante referencia al misterio
que resplandece también en la Iglesia, imagen de la Trinidad, pueblo
reunido en la paz y en la concordia, de la unidad del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
La imagen eclesial del
obispo
41.
Las mismas consignas e insignias que el obispo recibe en su ordenación
episcopal, como expresión de la gracia y del ministerio, son elocuentes
en su simbolismo eclesial.
El libro del Evangelio, puesto sobre la cabeza del
obispo, es signo de una vida totalmente sometida a la Palabra de Dios y
consumada en la predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina.
El anillo es símbolo de la fidelidad, en la integridad
de la fe y en la pureza de la vida, hacia la Iglesia, que él debe
custodiar como esposa de Cristo. La mitra alude a la santidad episcopal y
a la corona de la gloria que el Príncipe de los Pastores asignará a sus
siervos fieles. El báculo es símbolo del oficio del Buen Pastor, que
cuida y guía con solicitud el rebaño a él confiado por el Espíritu
Santo.
También el palio, que los obispos desde siempre usan
en Oriente y algunos obispos reciben ahora en Occidente, tiene varios y
diversos significados. Para los metropolitanos que lo reciben en Occidente
es signo de comunión con la Sede apostólica, vínculo de caridad y
estímulo de fortaleza en la confesión y defensa de la fe. El palio, sin
embargo, como el omophorion de los obispos de las Iglesias orientales, ha
tenido en la antigüedad y aún hoy conserva otros significados de gran
valor espiritual y eclesial. Confeccionado con lana y ornado con signos de
cruz, es emblema del obispo, identificado con Cristo, el Buen Pastor
inmolado, que ha dado la vida por el rebaño y lleva sobre la espalda la
oveja perdida, significa la solicitud por todos, especialmente por
aquellos que se alejan del rebaño. Así lo atestigua la tradición
oriental y la occidental.
La cruz que el obispo lleva visiblemente sobre el pecho
es signo elocuente de su pertenencia a Cristo, de la confesión de su
confianza en él, de la fuerza recibida constantemente de la cruz del
Señor para poder donar la vida. Lejos de ser una joya o un ornamento
exterior, representa la cruz gloriosa de Cristo, signo de esperanza,
según la elocuente palabra del apóstol: "En cuanto a mí, ¡Dios me
libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por
la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el
mundo!" (Ga 6,14).
Estas simples indicaciones ponen en evidencia el
simbolismo implícito en la solemnidad de la ordenación episcopal.
Todo ello lleva en sí una connotación de
universalidad para todos aquellos que han recibido la ordenación
episcopal y, en comunión con el Romano Pontífice, forman parte del
Colegio Episcopal y con él comparten la solicitud por toda la Iglesia.
El espíritu de santidad
42.
De la figura del obispo, como es expresada por las palabras y por los
ritos de la ordenación, emerge la llamada a la santidad, su peculiar
espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica. Es una
tradición confirmada por los ritos de Occidente y de Oriente que
confieren al obispo la plenitud de la santidad para vivirla delante de
Dios y en comunión con los fieles.
El antiguo Eucologio de Serapión expresa este concepto
en la oración de la consagración del obispo: "Dios de verdad, haz
de tu servidor un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los
Santos apóstoles; y dónale la gracia del Espíritu divino, que haz
concedido a todos los siervos fieles, profetas y patriarcas".
Se trata de una llamada a la santidad, vivida en la
caridad pastoral, en el servicio continuo del Señor, en la ofrenda de los
santos dones, en el ministerio de la remisión de los pecados, agradando a
Él con mansedumbre y pureza, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de
suave fragancia.
De estas premisas emerge para el obispo la llamada a la
santidad propia, a raíz del don recibido y del misterio de santificación
a él confiado.
II. La Santificación en el propio Ministerio
La vida espiritual del
obispo
43.
La vida espiritual del obispo, como vida en Cristo según el Espíritu,
tiene su raíz en la gracia del sacramento del bautismo y de la
confirmación, donde, en cuanto "christifidelis", renacido en
Cristo, fue hecho capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo
por medio de las virtudes teologales, de vivir y obrar bajo la moción del
espíritu Santo por medio de sus santos dones. En efecto, el obispo, no
diversamente de todos los otros discípulos del Señor que fueron
incorporados a él y se han transformado en templo del Espíritu, vive su
vocación cristiana consciente de su relación con Cristo, como discípulo
y apóstol. Lo ha expresado bien Agustín con su notoria fórmula referida
a sus fieles: "Para vosotros soy obispo, con vosotros soy
cristiano".
También el obispo, entonces, como bautizado y
confirmado, se nutre de la eucaristía y tiene necesidad del perdón del
Padre, a causa de la fragilidad humana. Además, junto a todos los
presbíteros, debe recorrer caminos específicos de espiritualidad,
llamado a la santidad por el nuevo título del Orden sagrado.
44.
Se trata, sin embargo, de una espiritualidad propia, que el obispo deduce
de su realidad, orientado a vivir en la fe, en la esperanza y en la
caridad el ministerio evangelizador, de liturgo y de guía de la
comunidad. Es una espiritualidad eclesial porque cada obispo es conformado
a Cristo Pastor y Esposo para amar y servir a la Iglesia.
No es posible amar a Cristo y vivir en la intimidad con
él sin amar a la Iglesia, que Cristo ama: tanto, en efecto, se posee el
Espíritu de Dios cuanto se ama a la Iglesia "una en todos y toda en
cada uno; simple en la pluralidad por la unidad de la fe, múltiple en
cada uno por el aglutinante de la caridad y la variedad de carismas".
Sólo del amor por la Iglesia, amada por Cristo hasta el don de sí mismo
por ella (cf. Ef 5,25), nace una espiritualidad a la medida total de
aquella con la que el Señor Jesús ha amado a los hombres, o sea hasta la
cruz.
Es, entonces, una espiritualidad de comunión eclesial,
orientada a construir la Iglesia con una vigilante atención, de modo que
las palabras y las obras, los gestos y las decisiones, que comprometen el
servicio pastoral, sean signo del dinamismo trinitario de la comunión y
de la misión.
Una auténtica caridad
pastoral
45.
Centro de la espiritualidad específica del obispo es el ejercicio de su
ministerio, informado interiormente por la fe, por la esperanza y en modo
especial por la caridad pastoral, que es el alma de su apostolado, en un
dinamismo de "pro-existentia" pastoral, es decir, un vivir para
Dios y para los otros, como Cristo, orientado hacia el Padre y totalmente
al servicio de los hermanos, en el don cotidiano de sí en un servicio
gratuito de amor, en comunión con la Trinidad. "Los pastores de la
grey de Cristo - afirma la Lumen gentium - a imagen del sumo y eterno
Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su ministerio
santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así cumplido,
ese ministerio será también para ellos un magnífico medio de
santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados
de la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y
predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de
servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. No
teman entregar su vida por las ovejas, y hechos modelo para la grey (cf. 1
P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día
mayor".
Ya el Directorio pastoral Ecclesiae imago había
dedicado un entero y detallado capítulo a las virtudes necesarias en un
obispo. En ese contexto, además de las referencias a las virtudes
sobrenaturales de la obediencia, de la perfecta continencia por amor del
Reino, de la pobreza, de la prudencia pastoral y de la fortaleza, se
encuentra además una llamada a la virtud teologal de la esperanza.
Apoyándose en ella el obispo con firme certeza espera
de Dios todo bien y pone en la divina Providencia la máxima confianza,
"acordándose de los santos Apóstoles y de los antiguos obispos,
quienes, aún experimentando graves dificultades y obstáculos de todo
género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios con toda franqueza
(cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31)".
Desde los primeros siglos del cristianismo, y hasta el
siglo veinte, muchos obispos han sido modelos de sabiduría teológica y
de caridad pastoral; han unido en su existencia el ministerio de la
predicación y de la catequesis, la celebración de los santos misterios y
la oración, el celo apostólico y el amor intenso por el Señor. Han
fundado Iglesias, reformado las costumbres, defendido la verdad; han sido
audaces testigos en el martirio y han dejado una huella en la sociedad,
con iniciativas de caridad y justicia, con gestos de coraje frente a los
potentes del mundo en favor del propio pueblo.
El ministerio de la
predicación
46.
La espiritualidad ministerial, radicada en la caridad pastoral y expresada
en triple oficio de enseñar, santificar y gobernar, no debe ser vivida
por el obispo al margen de su ministerio, sino en la unidad de vida de su
ministerio.
El obispo es ante todo ministro de la verdad que salva,
no sólo para enseñar e instruir sino también para conducir a los
hombres a la esperanza, y por lo tanto, al progreso en el camino de la
esperanza. Si, entonces, un obispo quiere verdaderamente mostrarse a su
pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza no puede hacer otra
cosa que alimentarse de la Palabra de Verdad, en total adhesión y plena
disponibilidad a ella, sobre el modelo de la santa Madre de Dios María,
que "ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de
parte del Señor" (Lc 1,45).
Dado que esta divina Palabra está contenida y
expresada en la Sagrada Escritura, a ella el obispo debe recurrir
constantemente, con una lectura asidua y un estudio diligente, para
obtener ayuda en su ministerio. Esto no solamente porque sería un vano
predicador de la Palabra de Dios al exterior si no la escuchase en su
interior, sino también porque vaciaría su ministerio en favor de la
esperanza. De hecho, el obispo se nutre de la Escritura para crecer en su
espiritualidad, en modo de desarrollar con veracidad su ministerio de
evangelizador. Sólo así, como S. Pablo, él podrá dirigirse a sus
fieles diciendo: "con la paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza" (Rm 15,4)
En el ministerio episcopal se repite la opción de los
apóstoles en el comienzo de la Iglesia: "Nosotros nos dedicaremos a
la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch 6,4). Como ha escrito
Orígenes: "Son éstas las dos actividades del Pontífice: o aprender
de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas varias veces, o
enseñar al pueblo. Mas, enseñe las cosas que él mismo aprendió de
Dios."
Orante y maestro de la
oración
47.
El obispo es también orante, aquel que intercede por su pueblo, con la
fiel celebración de la liturgia de las Horas, que también debe presidir
en medio de su pueblo.
Consciente que el será maestro de oración para sus
fieles sólo a través de su misma oración personal, el obispo se
dirigirá a Dios para repetir, junto con el salmista: "Yo espero en
tu palabra" (Sal 119, 114). La oración, en efecto, es un momento
expresivo de la esperanza o, como se lee en S. Tomás, ella misma es
"intérprete de la esperanza".
Es propio del obispo el ministerio de la oración
pastoral y apostólica, delante de Dios por su pueblo, a imitación de
Jesús que reza por los apóstoles (cf. Jn 17) y del apóstol Pablo que
reza por sus comunidades (cf. Ef 3,14-21; Flp 1,3-10). En efecto, él
también en su oración, debe llevar consigo toda la Iglesia rezando en
manera especial por el pueblo que le ha sido confiado.
Imitando a Jesús en la elección de sus Apóstoles
(cf. Lc 6,12-13), también él someterá al Padre todas sus iniciativas
pastorales y le presentará, mediante Cristo en el Espíritu sus
expectativas y sus esperanzas. Y el Dios de la esperanza lo colmará de
todo gozo y paz, para que abunde en la esperanza por la fuerza del
Espíritu Santo (cf. Rm 15,13).
Un obispo debe además buscar las ocasiones en las
cuales pueda escuchar la Palabra de Dios y rezar junto con el presbiterio,
con los diáconos permanentes, con los seminaristas y con los consagrados
y las consagradas presentes en la iglesia particular y, donde y cuando sea
posible, también con los laicos, en particular con aquellos que viven en
forma asociada su apostolado.
|