CONSUDEC
Comentario
Editorial 34
Por
el padre Hugo Salaberry SJ.
CONSTANCIA Y
FIRMEZA
Ya sé que la situación no está como para muchos latines, pero hoy
quiero hacer en primer lugar, una fe de erratas.
La oración en latín que
en el editorial anterior transcribí, tenía errores. Si bien habían
sido corregidos, fue enviada a la imprenta la copia sin corregir. Por
eso entonces es que pido mis disculpas y ahora sí transcribo la
oración colecta del 21º domingo durante el año, de acuerdo a un
correcto latín.
Deus, qui
fidelium mentes unius efficis voluntatis, da populo tuo id amare quod
praecipis, id desiderare quod promittis, ut inter mundanas varietates
ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia.
La oración es tan bonita
que la podemos repetir: “Dios, que haces que las mentes de los fieles
tengan una única voluntad danos (da a tu pueblo) amar (aquello)
lo que mandas y desear (aquello) lo que prometes, para que en medio de
las veleidades mundanas, nuestros corazones estén fijos allí donde se
encuentran los verdaderos gozos”. (o “allí donde los gozos son
verdaderos”).
Es una oración inspirada,
bien acuñada.
Habla por lo pronto de
veleidad. Y veleidad mundana.
El diccionario nos dice que
veleidad significa: Naturaleza inconstante y caprichosa. Cambio
repentino de ánimo, sin ninguna razón o fundamento. Y como sinónimos
de este vocablo, dice volubilidad, antojo, capricho.
Al agregar el
calificativo mundano, el autor nos dice también que el espíritu del
mundo nos vuelve así, tal como lo expresa el significado de veleidad.
Al hacer un examen de
conciencia, aunque concedamos en hacerlo de manera somera, encontramos
estas actitudes a veces paseando a sus anchas por nuestro corazón.
Se nos ha impregnado el
corazón de actitudes volubles: hacer lo que siento, lo que quiero, el
famoso “ser auténtico”.
Y nos ha jugado una mala
pasada, pues en este fundamento tan débil, difícilmente podamos
construir algo duradero, algo que permanezca. Algo que esté fijo más
allá de la frontera de nuestra propia individualidad.
Sin ir más
lejos, fíjense los estragos que ha hecho este descalabro económico del
país. Se nota que teníamos muchas más esperanzas puestas en el dinero
que en virtudes más sólidas. Sino no se explica tanta confusión y
tanto desencanto y desencuentro.
Y claro,
mientras estemos encadenados a nuestras propias apetencias, estaremos
irremediablemente encadenados a la necesidad de disimular errores o de emparchar soluciones, sin hallar la paz que necesitamos tan urgente.
En la misma
cita del diccionario, es bonito también leer las virtudes que pone
como antónimos de veleidad: constancia, firmeza.
Estas dos virtudes tan
genuinamente cristianas, nos traen a la memoria sin hacer demasiado
esfuerzo, a nuestros queridos maestros, a nuestros estimados docentes.
Constantes y firmes en
sus convicciones, a pesar del panorama triste y muchas veces
desalentador de nuestro país y de cada región.
Nuestros docentes, siguen
haciendo patria. Han puesto su corazón en el corazón de los hijos de
esta querida tierra argentina, que indefensos al fin, deberán
enfrentar desafíos heredados que ojalá puedan superar con solvencia,
con organización, con compañerismo, con más responsabilidad que
nosotros.
Nuestros docentes, saben
que les ha tocado y nos ha tocado, un tiempo de necesaria siembra y el
verdadero gozo, que por supuesto buscan, les dice que no verán esa
cosecha, que les corresponderá hacerla necesariamente a los más
jóvenes.
“Oh sembrador, que has
puesto en la besana tu amor, la espiga del mañana será tu recompensa
mejor...”.
La constancia y la
firmeza nos hablan también de cimiento. De buenas espaldas. De deseos
de hacer la cosas bien. De no bajar los brazos. De estar “al pie del
cañón”, como decimos vulgarmente.
Y quizá ninguno de
nuestros docentes estará “en el bronce”, pero ha marcado como con
hierro y a fuego, el corazón de aquellos quienes pasaron por sus
aulas.
Me
enorgullezco de decir, que las visitas he encontrado docentes, en los
lugares más apartados que día a día enseñan a trabajar juntos y
unidos, a ponerse de acuerdo y a respetar lo acordado. Y son muchos,
aunque no figuren en ninguna lista de records. Estos los hace mucho
más comprometidos como cristianos, como patriotas y como hombres, que
muchos sacrificios y discursos.
Me ha edificado el ver y
conocer, gente que soluciona sus problemas con tranquilidad y no a los
gritos, ventilando trapos ante quien esté delante.
Si quisiera utilizar una
imagen contraria a esta actitud, no dudaría en mencionar el
problema de la basura y el modo de resolverlo
que
hemos encontrado, gente que se dice civilizada.
Evidentemente la
costumbre de barrer la vereda, tirando la mugre y la suciedad hacia la
calle no es nueva ni desconocida para nosotros.
Es decir, podemos
conjeturar, que me saco la tierra de encima mío. La mando a la calle.
Claro que los coches y el
viento, se encargan de volverla a la vereda, muy poco tiempo después
de barrida. ¿No se han fijado qué poca es la gente que cuando barre su
vereda, junta la basura y la pone en una bolsa de residuos?
Como imagen
de conducta ciudadana, es bastante clara y expresiva de lo que somos,
incluso como país. Querer sacarse la mugre de encima, tirándosela a
otro, que por supuesto la devuelve es una veleidad. Querer
encontrar rápidamente algún culpable, algún chivo expiatorio, también
es una actitud veleidosa. En el caso del ejemplo que nos ocupa, la
culpa suele recaer en los cartoneros, que mantienen familias, con lo
que otros tiran.
Es para pensarlo ¿No?
Después de
todo esto, nos es lícito decir: que a mayor veleidad
–a más tiempo
perdido en veleidades– hay que oponer una mayor constancia y firmeza
para contrarrestar sus efectos tan corrosivos. Y el camino al que se
nos invita es aquel que “fija el corazón allí donde los gozos son
verdaderos”.
Porque en definitiva,
“...la alegría del Señor es nuestra fortaleza”.
Esta
editorial fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2388 del 25 de