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CONSUDEC
Comentario editorial 51

Por el padre Hugo Salaberry SJ.



EDUCAR CIUDADANOS PARA LA PAZ

(Reflexiones compartidas en la apertura del Curso de Julio)


1. Educar ciudadanos para la paz, es el tema que hemos elegido para este Curso de Julio del 2003 y el tema tiene que ver con una necesidad que tenemos como personas y como familia argentina, incorporada como sea pero incorporada al fin, a este nuevo orden mundial que se ha dado en llamar globalización, cuyas consecuencias aun no hemos medido en toda su envergadura, pero que tiene reminiscencias más que evidentes. Entre ellas, las formas despiadadas y cuasi trágicas en las que  se ha licuado o diluido la persona humana.


2. ¿Qué es lo importante? ¿Qué buscamos? Hay que tener en cuenta que hay necesidades internas básicas tanto personales como nacionales no satisfechas y que hacen al vivir en plenitud. Pero este mundo globalizado, nos ha hecho ilusionar con algunas cosas, que no hacen a nuestra plenitud humana ni a nuestra esencia argentina. Frente a la ilusión de adquirir cualquier objeto de consumo no ya el que necesitamos como algo vital y ante la imposibilidad de alcanzarlo, se despierta una agresión interior, que no estamos capacitados para resolver de manera fácil y que tiene su consecuencia directa en la agresión social, desmadrada, que todos conocemos y ante la cual estamos como impotentes.


3. Incluso los conflictos personales y familiares: es común ver, que cuestiones menores llevan a un estado tal de agresión de la que resulta difícil volver atrás. Y vuelvo a decir, que con mucha frecuencia esto es por cuestiones menores. Se termina discutiendo sobre cuestiones mayores o que podríamos decir correspondientes a macrodecisiones, cuando en realidad lo que estaba en cuestión era algo muy menor.

Esa dificultad de querer resolver cuestiones no de acuerdo a lo que es verdad o veraz, sino de acuerdo a la verdad que creo poseer, está muy difundida entre nosotros. También debo reconocer que esto no es sólo culpa del mundo globalizado sino también, de nuestra tan compleja constitución sociológica y psicológica.


4. La necesidad de constatar afectos, por ejemplo, la necesidad de recibir la aprobación en cada cosa que hacemos, la enfermedad de la sospecha continua, la de la suspicacia que paraliza y el caminar con temor por donde vamos, son algunas actitudes que emergen de esta nuestra agitada vida y nos hacen andar sin sosiego, cansados, abatidos, más irritables.


5. En este marco resulta un tanto difícil, a veces utópico, educar ciudadanos para la paz, puesto que no brotan naturalmente desde el interior de nosotros, ni actitudes agradecidas, ni palabras de aliento y de esperanza, sino más bien reproches y quejas, que como todos ustedes lo saben mejor que yo, no sólo no nos dejan en paz, sino que inquietan más este corazón nuestro ya bastante sacudido por otras tantas cosas.


6. Esos sentimientos y actitudes de hermandad, de filiación, de parentesco son en el fondo lo que este mundo globalizado nos ha hecho olvidar y andamos medio errantes en nuestra patria, sin saber bien hacia dónde vamos, sin saber bien qué queremos y sin saber bien quién nos quiere.


7. De todo lo dicho, sería tonto buscar una paz que se identifique con un quietismo o con una negación de conflictos. Esa paz, no es evidentemente la nuestra. Ni siquiera una ausencia de guerra es garante de que vivimos en paz. Buscamos una convivencia social armónica. Ni negadora de conflictos, ni dependiente de la pusilanimidad.


8. En todo caso nos volcamos con San Agustín, a definir la paz como “tranquilidad en el orden”. Y con Santo Tomás, agregamos que el orden, es “una conveniente disposición de las cosas: cada cosa en su lugar”. Nosotros decimos: cada uno en su lugar y haciendo lo que lo corresponde hacer allí en donde está trabajando o viviendo.


9. Y en lo social, un orden que se basa en la concordia política que busca el bien común. Decirlo es más fácil que cumplirlo, pero el concepto ya está. Y tiene unos cuantos siglos. Necesitamos corazones en concordia. Sentir juntos y querer unidos. Es claro que sin fuentes de trabajo remunerado, no resulta grato ni un asado con los amigos ni un día con la familia. Ésta posibilidad es más lejana para nosotros. Sin embargo, aspirar a la concordia que brota del perdón está al alcance de todos. Esto ahora. Y para el futuro, un proyecto común. En criollo diríamos más fácil: patear todos para el mismo lado


10. Es conveniente consignar aquí, que para nosotros, los creyentes, la certeza de la presencia de Dios es certeza de paz. Siempre dentro del ámbito espiritual, cuando hablamos de alegría, puede que podamos engañarnos. La alegría puede llegar a ser causada por el espíritu bueno o el malo, en el decir de San Ignacio.


11. Sin embargo, cuando hablamos de paz, la paz sólo la da el buen espíritu. Propio del buen espíritu entonces, es dejar esa tranquilidad tan particular a la que hace referencia el hermoso salmo 134:


“No está engreído mi corazón,
oh Dios,  ni mis ojos son altaneros.

Me mantengo en paz y silencio
como un niño destetado en brazos de su madre”.


12. He querido tomar esta imagen, además de las imágenes del evangelio, porque desde allí se desprende, al menos, esa actitud de confianza, de familiaridad, de comprensión, de sostén mutuo, dado en el caso del salmo, por el niño recostado en los brazos de su madre. Una imagen muy bella, en particular si tenemos presente este mundo tan convulsionado.


13. Si estamos dispuestos a retomar las imágenes del Señor en los evangelios de la resurrección, y releemos el tema de nuestro curso, ya en la nota inicial del cuadernillo les hablaba sobre el Señor que llega y trae la paz. No niega la cruz pues muestra sus llagas y no existen palabras de reproches para la actitud de la mayoría de sus apóstoles.

Por eso decimos: que queremos desde Consudec, una paz memoriosa: una paz que no niega ni la realidad, ni lo sucedido y acepta ambos. Una paz en camino: aunque no se vislumbre con toda nitidez el sendero, debemos ponernos a caminar. No digo correr. Caminar: haciendo cada  uno lo que tiene que hacer en el momento y en el lugar que le toca o le corresponde. Una paz valiente: que no quiera tener el miedo como conducta habitual ante un hermano de la misma familia argentina. Una paz inclusiva: que sea capaz de superar los conflictos con abnegación, con olvido de sí, con inteligencia.


14. Si prefieren, una paz que nos permita sobrellevar con paciencia antinomias y contradicciones, que nos hablan de densidad interior, de hondura, de madurez, de heroísmo, de Patria.

¿Cómo empezar entonces?  Un genio contemporáneo: Teresa de Calcuta


Yo no pienso nunca en términos de muchedumbre en general,
sino de personas.

Si pensase en muchedumbres, no empezaría nunca.
Lo que importa es la persona.
Yo creo en el encuentro persona a persona.

Es fácil amar a los que viven lejos.
No siempre lo es a los que viven a nuestro lado.

Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar
el hambre de un necesitado,

que confortar la soledad y la angustia de alguien
que no se siente amado dentro del hogar que compartimos.

Lo importante para nosotros es el individuo, el uno.
Para amar a una persona, hay que acercarse a ella.

Para mí, cada persona es única en el mundo.


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