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CONSUDEC
Comentario editorial 52

Por el padre Hugo Salaberry SJ.


EVANGELIZAR ES EDUCAR


Aún con el fervor que nos contagiaran los docentes y catequistas que nos acompañaron en el II Encuentro de Pastoral y consolados con su amistosa presencia, les transcribo las palabras del comienzo.

“Para la charla de inauguración del Encuentro de Pastoral, tomaré por supuesto, nuestro documento rector: Educación y Proyecto de Vida. En este caso el número 145 y haré breves comentarios de los párrafos que lo integran (resaltados) y ojalá nos ayuden.

Parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia es educar al hombre: Cuando la Iglesia evangeliza y logra la conversión del hombre, también lo educa, pues la salvación (don divino y gratuito) lejos de deshumanizar al hombre lo perfecciona y ennoblece; lo hace crecer en humanidad. La evangelización es, en ese sentido, educación. 

Cuando nos planteamos los interrogantes, cómo el hombre crece en humanidad o cuándo el hombre es más hombre o cuál es el hombre más desarrollado. Porqué es más hondo o cuándo alcanza un mayor grado de humanidad. Cuál es el camino de crecimiento que sólo estará interrumpido por su muerte en esta tierra o a qué plenitud está llamado, plenitud perfectible o limitada, pero plenitud: satisfacción por lo que hace, alegría porque ocupa su lugar en este mundo y ha conseguido darle sentido a las actividades que realiza. (Darle y encontrarle).

Entonces, hablamos de compasión.

Es el ‘...denles ustedes de comer...’ del Señor en la Multiplicación de los Panes y del mismo parágrafo,  ‘...tuvo compasión de ellos por que estaban como ovejas sin pastor y estuvo enseñándoles largo rato...’.

La compasión como actitud, como sentimiento brota de la interioridad más honda del corazón y del alma humanos. Es la posibilidad de estar junto al que está al lado, para que sienta y conozca no sólo que no está solo sino que ese peso por él llevado se aligera porque en quien es su eventual compañero, encuentra una mano dispuesta y amiga.

Sin embargo, ésta asistencia, no se reduce a un derecho que tiene el necesitado que camina junto a mí, sino es una opción interna de éste mi estilo de vida que me impulsa a realizarla.

En virtud de ello, cuando hablamos de derechos sociales y humanos, para nosotros cristianos y católicos, permitirnos ser sólo custodios de los derechos, representa una perfección menor.

Me explico.

Los derechos hablan, por ser ley o norma, de algo que debo respetar porque así está acordado. No puedo ni debo olvidarme del hermano o del prójimo, porque tiene sus derechos que deben ser respetados y no puedo infringirlos. Estamos de acuerdo en eso. Pero no deja de ser una imposición. Se ‘me impone’ algo desde fuera de mí, que debo respetar.

Por ser ley, obligan. Los derechos  nos ‘obligan’ a pensar en los demás, entre otras cosas, porque es impensable que en pleno siglo XXI, haya personas que no tienen qué comer.

Estamos dentro del marco de la obligación. Tenemos que ayudar al prójimo porque es justo que lo hagamos o en justicia, corresponde que nos preocupemos para que sobrellevemos una convivencia en paz .

Ésto es bueno, pero para el hombre que no cree. Para el hombre sin fe.

Si partimos del hombre sin Dios, no es desconocido para ustedes, que, al hablar de la justicia,  estamos en presencia aquí de la virtud más alta a la que puede aspirar el hombre que no cree en la trascendencia.

Los griegos  sí, conocían muy bien esta virtud y la proclamaron como virtud ciudadana y por lo tanto social. Para los griegos, civilización alta si la hay, cuando hablaban de virtud, hablaban de la justicia. La justicia, es la ‘areté’. Aquí podemos tomar todas las definiciones de justicia y todos los tipos de justicia. También coincidiremos en la genialidad de los griegos y en lo conveniente de este pensamiento. 

Sin embargo seguimos moviéndonos dentro de la jurisdicción de la normativa externa que ‘obliga’ a realizar un bien, en el que por otra parte, estamos de acuerdo.

Si me permiten hacer un paralelo con la historia de la salvación, podríamos decir que en este caminar, regresaríamos al ámbito de los diez mandamientos.

Para la conformación de su pueblo, el Señor ‘impone’ pautas, normas, que deben ser cumplidas y respetadas. A tal punto que son un condicionamiento o si prefieren una condición para ser sus amigos, para ser sus hijos, para ser su pueblo, para ser o no ser Él mismo, su Dios.

(Mandamientos que por otra parte, regirán esa asamblea hasta la venida en carne del Señor que instaurará la ley superior de la caridad, en que por propia voluntad, pudiendo no hacerlo, sube a la cruz por nosotros).

La caridad, nos dice San Pablo, está por sobre las demás virtudes. El Señor, que es amor, caridad, es, nos dice el salmo: ‘...compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad...’. Llegamos en este punto, al rostro más genuino del Señor, cual es su compasión y misericordia.

Es natural que en esta tarea trabajamos con el producto de la época en la que vivimos. El Señor se encarnó, no porque el hombre fuera perfecto, sino porque era pecador. Se encarnó en una cultura, en un momento histórico y hoy, para nosotros, este momento, es nuestro momento, que vivido tan intensamente como lo vivió el Señor con sus apóstoles, puede ser para nosotros, vehículo de santidad. ¿Por qué no intentarlo?. Dichosos nosotros que vivimos en esta época, que en el decir de Pablo VI, casi nos obliga a ser santos.

Puesto que para educar no ha de perderse de vista la situación concreta e histórica del hombre, la Iglesia educadora debe tender a la síntesis entre fe y cultura, o sea, propiciar los valores que constituyen el núcleo de la cultura asumidos y realzados desde la fe de una manera profunda, sólida y duradera.

Por eso en el Documento de Puebla se afirma que ‘el educador cristiano desempeña una misión humana y evangelizadora’.

La actividad apostólica que pretendemos, pasa por el corazón de las personas. Es la persona la que realiza la unidad apostólica. Nosotros dependemos de ellas. ¡Gracias a Dios! Y lo hacemos en el uno a uno.

Respetando lo positivo de la cultura (como por ejemplo el saber sistemático), la educación católica promueve constantemente esa síntesis en quienes enseñan y en quienes aprenden, esperando alcanzar así no sólo a los individuos sino también a las sociedades.

El factor principal de esta educación evangelizadora es el maestro. A él le corresponde buscar la verdad y el bien con absoluto respeto a las personas y a la realidad para hacer en sí mismo la síntesis de fe y cultura que luego ayudará a plasmar en los otros. No tanto en los objetos transmisores de cultura cuanto en los corazones de los hombres y donde se realiza la síntesis de fe y cultura, de fe y vida.

Frente a la necesidad de respuestas a los interrogantes de la humanidad que somos y que componemos, frente a la duda y a la inercia del cómo empezar, la  Hna. Teresa de Calcuta, próximamente beatificada, nos anima a una buena manera de hacerlo.


Yo no pienso nunca en términos de muchedumbre en general,
sino de personas.

Si pensase en muchedumbres, no empezaría nunca.
Lo que importa es la persona.
Yo creo en el encuentro persona a persona.

Es fácil amar a los que viven lejos.
No siempre lo es a los que viven a nuestro lado.

Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar
el hambre de un necesitado,
que confortar la soledad y la angustia de alguien
que no se siente amado dentro del hogar que compartimos.

Lo importante para nosotros es el individuo, el uno.
Para amar a una persona, hay que acercarse a ella.

Para mí, cada persona es única en el mundo”.


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