CONSUDEC
Comentario editorial
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Por
el padre Hugo Salaberry SJ.
DIVINO MAESTRO
Hemos vivido otra ceremonia inolvidable en el Consudec y como no podía
ser de otra manera ni otro el evento, se trata de la entrega de las
distinciones Divino Maestro que año tras año desde 1977 se realiza.
Aprecio y estimo
esta fiesta como una de las más significativas, sino la más grande,
que tiene el Consejo y de lejos la más conmovedora y la más
consoladora. Tiene un sentido profundo de gratitud a estos “nuestros
padres”, por su constancia y coraje apostólicos. Su pasado es para
nosotros presente esperanzador y futuro cierto.
Este año recibieron
la distinción, 36 docentes de todo el país, desde Tierra del Fuego
hasta Jujuy. Una de ellas, post-mortem, fue para el Prof. Pedro
Arruvito y entregada a su hijo Pedro Adolfo.
Entre los
innumerables comentarios que despierta este hecho de tanta densidad
para la educación argentina, algunas personas me preguntaban por qué
esta distinción se entrega a personas tan grandes. A mí, al rezar
contemplándolos, me surgen algunas gracias que me edifican y quisiera
compartir con ustedes.
Agradecimiento
En primer lugar, al
distinguirlos, se recupera la memoria completa de todo este ejército
de docentes que están en nuestros cimientos y el traerlos al presente,
de alguna manera, no deja de tener una connotación más que grande de
valorar, imitar, agradecer, en fin, de aquello de: “... a mí me
gustaría ser como él...”.
Identidad
También aprendemos
de ellos su lección de identidad y pertenencia. Estos Divinos Maestros
han dejado tras de sí una marca en sus alumnos, sus compañeros de
comunidad, sus familias, en donde les tocó trabajar. Ese sello tan
particular que pueden tener los nuestros, nuestros docentes argentinos
todos, de una identidad muy definida.
Tal vez, su propia
personalidad los ha destacado mucho. Pero es claro que si fuera sólo
eso, no nos podrían ayudar mucho. Si la bondad y el buen ser
dependiesen de los recursos humanos y naturales de cada persona,
arreglados estaríamos nosotros!
Pertenencia
Me inclino a pensar
que su indiscutible identidad, tiene más que ver con su pertenencia,
su adhesión a un proyecto común de institución, que con sus aptitudes
personales, por otra parte innegables.
Quizá es raro en
estos tiempos, pero nos hace muy bien a todos, el darnos cuenta de que
estos hombres y mujeres, lejos de diluir su entidad personal en las
instituciones a las que han pertenecido, consiguieron una fortaleza
interior que ahora nos guía, nos marca un rumbo, nos define, nos
identifica. De allí el porqué de la pertenencia. Sin pertenencia no
hay identidad. La identidad la da la pertenencia.
No sólo han amado
lo que han hecho, sino que han amado el lugar en donde desempeñaron su
tarea profesional. Han pertenecido con gozo no exento de luchas y
tristezas a una determinada institución que los vio llegar, tal vez
como invitados, tal vez como peregrinos y allí pusieron su tienda.
Quizá, ¿por qué
no?, fueron recibidos con esa esperanza latente de una vida fecunda o
de una vida institucional que debía florecer, tuvieron la puerta
abierta de un seno que quería confiar en ellos y formarlos para una
patria mejor y aceptando ese ofrecimiento generoso, entregaron
generosamente su vida y lo mejor de sí para consagrar lo profano y
redimir lo cautivo.
¡Qué alejados de
ingratitud lo pudimos percibir todos! En esa misma plenitud de vida
que transmitían nuestros “Divinos Maestros”, pudimos alcanzar a
distinguir el sello inconfundible de los que son agradecidos.
A nadie se le dio
por reafirmar compulsivamente sus convicciones ni arrebatar el
micrófono para arengar con discursos cargados de efusividad, a una
“multitud”, que debe hacer lo que ellos no hicieron...
En todo caso,
manifestaron con una sencillez muy digna de ser tenida en cuenta, la
“incomodidad” de recibir un premio que claramente no había sido ni el
motivo ni el fin de su brillante tarea apostólica y docente.
Una más
Son personas que no
se han ido de ningún lugar “dando un portazo”.
¿Habrán tenido
motivos para hacerlo? Estimamos que su larga y fecunda vida les ha
mostrado más de una vez, motivos suficientes para ello.
Sin embargo su
presencia no es una presencia que se impone porque “se hace escuchar”
o porque “se hace sentir”, sino más bien porque tal vez nunca se han
hecho notar mucho. Al menos por interés personal.
Una presencia
despojada de la necesidad del discurso aprobatorio constante,
reemplazado en sus vidas por el hacer lo que hay que hacer, aunque
nadie lo vea. De allí quizá, que su presencia haya sido tan elocuente
y nos “dijeron” tantas cosas sin hablar.
No dudaría de la
firmeza de carácter de ninguno de los que han recibido la distinción
y a pesar de ello, su carácter no les ha impedido trabajar en cuerpo.
No se permitieron
ese vicio de ricos, de quedar enredados en la, por cierto, compleja
trama cotidiana del tejido social y han preferido ser un punto más en
las manos del Artesano que todo lo sabe, lo hace y lo puede, antes que
ser un punto suelto.
¿Ustedes se dan
cuenta, mis estimados y queridos amigos, lo bien que nos vendrían
estas actitudes que reconocimos en nuestros Divinos Maestros, para
conformar la patria que queremos?
En nuestra tarea
docente, con dejar de buscar la aprobación constante, hacer lo que
tenemos que hacer aunque nadie lo note (esto es imposible), ponernos
de acuerdo para trabajar y seguir trabajando con constancia en donde
estamos, estaríamos en poco tiempo en otro país.
En fin. Sin que sea
un criterio absoluto, en la entrega y elección de candidatos para la
distinción, en la que no intervenimos pues se eligen los que son
propuestos, se ha tratado, en definitiva, de besar heridas antes que
lamentar accidentes.
Que el Señor,
Divino Maestro, con la luz de estos discípulos suyos, nos ayude a
conocerlo, amarlo, seguirlo y en el caminar podamos ser cada vez más,
sin el formalismo de: “...tratamos de impedírselo porque no era uno
de los nuestros...”.