CONSUDEC
Comentario editorial 56
Por
el padre Hugo Salaberry SJ.
PARA TIEMPOS DE SERVICIO
Este mundo tan inquieto e impaciente nos ha impuesto algunos criterios
falsos de verdad a los que terminamos por darle un valor absoluto
cuando en realidad ni siquiera lo tienen relativo.
Uno de ellos es
buscar situaciones tan ideales para el trabajo, la misión, o la
concreción de la voluntad del Señor en la vida de cada uno, que por
supuesto ese paraíso nunca llega. Es el tiempo de los “deberías” o
los “habría que”.
Otro engaño es
releer la historia personal, de familia, de país, omitiendo las
realizaciones o analizando los hechos sólo -y obsesivamente- desde las
posibilidades perdidas, desde los tiempos fraguados, desde el lamento
por tener o no tener “lo que uno merece”.
Otro de los engaños
difundidos en esta nuestra época es que para ser fecundos o plenos, se
requiere como bien indispensable la libertad. Si no hay libertad, todo
bien se convierte en mal.
A la libertad se le
adjudica un valor tan supremo que casi reemplaza la creación y al
Creador. Es indudable que es un bien que vale. Es uno de los valores
de nuestro tiempo y tal vez, el más preciado. Coincidimos. Es un bien
que queremos para todos nosotros. Pero no es la única posibilidad de
la fecundidad. En la esclavitud, también se puede ser fecundo. Y por
ser fecundo, pleno.
Esa fuente eterna
de inspiración que es la Biblia, nos presenta un texto (tiene varios)
que podríamos resignificar como una esclavitud fecunda o la fecundidad
en la esclavitud.
El texto conocido
por todos es del capítulo 16 del libro del Génesis. El nacimiento de
Ismael (el hijo de Agar, la esclava egipcia de Saray, la mujer de
Abraham). Por lo tanto, iremos desmenuzando el texto.
Agar era esclava de
Saray. Que sea esclava no quiere decir que sea infecunda. De hecho
encuentra en el servicio (de esclava) la fecundidad.
(Bajo la figura de
la maternidad, manejaremos un significado amplio de fecundidad. Sin
forzar demasiado el texto, al utilizar esta categoría con amplitud,
podemos transferirla a otras realidades humanas).
Es decir, afirmamos
que podemos encontrar en el servicio, aún en la esclavitud, la
fecundidad. Digamos que no hay momentos ni tiempos ni lugares
“especiales” ni excluyentes para ser fecundos. El Señor nos hace
fecundos, aún en esas condiciones humanas desfavorables.
“Así al cabo de
diez años de habitar Abrám en Canaán, tomó Saray, la mujer de Abrám, a
su esclava Agar, la egipcia, y se la dio por mujer a su marido Abrám.
Se llegó, pues, él a Agar, que concibió.” (Gn. 3-4)
En el servicio,
encuentra Agar la fecundidad. Hay espacio para la maternidad aun en la
esclavitud. Se puede ser fecundo y pleno, con la plenitud que dá la
maternidad o la paternidad, aun en la esclavitud.
“Pero luego al
verse ella embarazada, miraba a su señora con desprecio.” (Gn. 16,4)
Notamos aquí una
segunda cuestión.
Ella es, que la
fecundidad está por sobre el servicio: (“...miraba con desprecio...”).
Puede que la fecundidad, aún la apostólica, haga menospreciar el
servicio o aun lo que fue causa de la fecundidad, toda vez que la
maternidad de Agar, fue precedida por un mandato de quien le daba la
posibilidad del trabajo.
No quiero abusar
demasiado el texto elegido. Pero el mismo nos inspira también y medio
al pasar, lo que significa nuestra pertenencia a las instituciones. Es
probable que la fecundidad apostólica, al desvincularse del servicio y
querer ganar autonomía, pierda descendencia.
No podríamos
deducir de aquí que al sentirse fuerte, o al menos con una supremacía
clara sobre Saray, Agar hace prevalecer un proyecto propio o al menos
un proyecto que ahora tiene su propio sello. De todas maneras recibe
maltrato de parte de Saray, percatada de la actitud de prescindencia
de su esclava.
Agar está en la
encrucijada de dos caminos posibles. Elige huir de la presencia de su
señora y el desierto: “...ella huyó de su presencia...”. Se puede
efectivamente huir del servicio sin interrumpir la fecundidad, que ya
no depende del servicio.
Sin embargo en su
derrotero y al planteo de realidad hecho por el Ángel de Dios: “¿de
dónde vienes y a dónde vas?”, el Señor le pide que vuelva al servicio.
Aún sabiendo lo que podía esperarle.
Este pedido del
Señor a través del Ángel, no es por cierto nada fácil ni llevadero.
Hay una dolorosa renuncia a su propia voluntad no exenta de
magnanimidad, muy propia de las almas grandes que confían más en los
designios del Señor que en sus sentimientos,
El Señor bendice el
fruto fecundo, por encima de las circunstancias y lo curioso es que el
Señor, aquí, promete descendencia. No consta que de haber huido no la
tendría. Sí constatamos, que el fruto es bendecido por el Señor y Él
jura descendencia. Le pone nombre. El Señor, con el retorno de Agar al
servicio, retoma como propio su proyecto y empeña su palabra.
Es bendecido el
fruto, no porque las circunstancias fueron las ideales sino por que es
elegido por el Señor, porque lo quiso o lo permitió así. A tal punto
que el Señor le da el nombre: se llamará Ismael, “Dios ha escuchado”.
Con la obediencia
de Agar, el “proyecto”, pasa a ser el proyecto del Señor, con los
particulares rasgos que su madre, le irá dando. Pudo ser sólo el hijo
de la esclava, pero con la bendición del Señor pasó a ser el padre de
muchedumbres. “Multiplicaré de tal modo tu descendencia, que por su
gran multitud no podrá contarse...”.
Entonces, frente a
este mundo cambiante y contradictorio, soberbio y esclavizante,
miramos a Agar.
Lo primero: su
irrenunciable adhesión al Señor. Una “pagana” que nos da lecciones de
fe.
Su disposición al
servicio, aún cuando éste le depara maltratos.
Su fidelidad a su
carácter y temperamento que no anula ni su ímpetu ni su sinceridad.
Su franqueza con el
Señor.
Su obediencia a un
mandato divino que nos deja entrever su dignidad de mujer
A tal punto que nos
recuerda la más grande de todas:
“Yo soy la Esclava
del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.