CONSUDEC
Comentario editorial
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Por
el padre Hugo Salaberry SJ.
Fecundidad en tiempos de esclavitud
En el editorial pasado hablábamos del ser fecundos aun pese a la
esclavitud y como imagen utilizábamos un relato del Génesis. Agar, la
esclava egipcia, a quien Saray, dio por mujer a su esposo Abraham para
que pudiera tener descendencia.
Hay muchos textos
bíblicos que nos hacen esta referencia, es decir que situaciones de
suma esclavitud, no impedían la fecundidad. Por ejemplo, el pueblo
hebreo, sometido a dura esclavitud en Egipto, se reproducía cada vez
más: “Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y
crecían, de modo que los egipcios llegaron a temer a los israelitas.
Los egipcios redujeron a los israelitas a la condición de esclavos y
les hicieron insoportable la vida forzándolos a realizar trabajos
extenuantes...”. (Éx.1)
En este marco de
sufrimiento cotidiano en la vida de los hebreos, acontece el
nacimiento de Moisés. Es extraordinaria la actuación de la mamá de
Moisés y todo lo que hace para preservar la vida de su niño, condenado
a muerte antes de nacer por un edicto del Faraón.
Transcribo el
relato y de allí haremos algunas consideraciones, aunque la palabra de
Dios, es suficientemente clara y eficaz para lo que queremos
demostrar. Corresponde a los diez primeros versículos del capítulo 2
del Éxodo.
Un hombre de la
familia de Leví se casó con la hija de un levita.
La mujer concibió y
dio a luz un hijo; y viendo que era muy hermoso, lo mantuvo escondido
durante tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo más tiempo, tomó una
cesta de papiro y la impermeabilizó con betún y pez. Después puso en
ella al niño y la dejó entre los juncos, a orillas del Nilo. Pero la
hermana del niño se quedó a una cierta distancia, para ver qué le
sucedería. La hija del Faraón bajó al Nilo para bañarse, mientras sus
doncellas se paseaban por la ribera. Al ver la cesta en medio de los
juncos, mandó a su esclava que fuera a recogerla. La abrió, y vio al
niño que estaba llorando; y llena de compasión, exclamó: "Seguramente
es un niño de los hebreos".
Entonces la hermana
del niño dijo a la hija del Faraón: "¿Quieres que vaya a buscarte
entre las hebreas una nodriza para que te lo críe"? "Sí", le respondió
la hija del Faraón. La jovencita fue a llamar a la madre del niño, y
la hija del Faraón le dijo: "Llévate a este niño y críamelo; yo te lo
voy a retribuir". La mujer lo tomó consigo y lo crió; y cuando el niño
creció, lo entregó a la hija del Faraón, que lo trató como a un hijo y
le puso el nombre de Moisés, diciendo: "Sí, yo lo saqué de las aguas".
Sobre el momento
difícil y complejo, sobre la situación límite en la que transcurre
este hecho, quizá no es necesario abundar más.
Aunque la orden del
Faraón tenía otro origen, hemos de notar sin embargo, que por
asombrosa coincidencia de los tiempos, daba temor el número creciente
de los oprimidos y por eso se resuelve quitar la vida a los niños
recién nacidos.
No fueron
suficientes sin embargo tantas órdenes y tantas presiones para una
mujer creyente que con inteligencia, amor a su hijo y con una
confianza y fidelidad entrañable a su Dios, se las ingenia primero
para darlo a luz y ocultarlo (“...lo mantuvo escondido por tres
meses...”) y luego para seguir amamantándolo, merced a una estratagema
propia de una madre, ya con el consentimiento de la hija del faraón.
1º. Acepta el
riesgo que significaba mantener en secreto un niño varón recién
nacido. Pone en riesgo la vida de toda la familia para darle un tiempo
más de vida a esta vida incipiente.
2º. Lo deja a
merced de las aguas pero vigilado. Hay, sin duda, un conocimiento
previo de lo que sucedía junto al Nilo. Toma una decisión que
podríamos llamar límite. Y recaudos... Existe un margen de riesgo que
está previsto y aceptado. Tal vez porque no había más remedio (“...no
pudo ocultarlo más...”). Igual, el niño no queda a merced de las aguas
y de la suerte que le toque.
3º. El papel de la
hermana del niño es crucial, oportuno, inteligente. “...se quedó a
cierta distancia para ver qué le sucedería...”.
4º. Aparece en el
momento preciso. Y ofrece una nodriza para que cuide al recién nacido,
que por supuesto no es otra que la madre del niño. El niño regresa a
su casa paterna por una sutil maniobra de la madre.
Afirmar que este
pequeño relato es palabra inspirada, con todo lo que eso significa, es
decir poco. Literariamente es un párrafo brillante. Es una descripción
escueta de una escena que logra comunicar todo un mundo de valores y
de relaciones humanas y religiosas.
Nos es permitido
recordar aquí, dos de las diez recomendaciones de Horacio Quiroga en
su Decálogo del cuentista:
“Si quieres
expresar con exactitud esta circunstancia: ‘Desde el río soplaba un
viento frío’, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas
para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de
observar si son entre sí consonantes o asonantes”.
“No adjetives sin
necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un
sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color
incomparable. Pero hay que hallarlo”.
Sacamos algunas
conclusiones más.
El amor, sobre todo
el amor de una mujer y de una madre, es apasionadamente creativo.
“Todo lo cree, todo lo espera, no pasará jamás...”, nos dirá San Pablo
en su carta a los Corintios.
Esclavo no quiere
decir tonto. Da la impresión que a veces esperamos demasiado de las
circunstancias externas o un momento paradisíaco que por supuesto
nunca llega.
Se llega a estar
tan pendiente de lo externo que termina por anularse la capacidad de
ser fecundos al estar la misma capacidad puesta en lo que no dejan
hacer los demás o las circunstancias. ¡Qué bien nos haría poner todas
nuestras fuerzas en ver qué podemos hacer con lo que somos, con lo que
tenemos y en las circunstancias –buenas o malas, mejores o peores– que
nos tocan vivir!.
Hay en el pasaje
del Éxodo una convención de familia, nosotros podríamos decir de
comunidad religiosa o bien de comunidad de trabajo, que es primero
acordada y luego respetada.
Una astucia. Una
sagacidad para moverse en el campo enemigo que es para pensar. (E
imitar). En todo caso, no pondríamos a la madre de Moisés entre los
que se pasan la vida llorando por las oportunidades perdidas, por lo
que no pudo hacer porque no la dejaban o por situaciones idílicas que
jamás se presentarán. Está frente a un problema real, al que enfrenta
con un realismo propio de esos tiempos y de esos momentos con una
creatividad y audacia muy propia de los que aman.
Fecundidad en
tiempos de esclavitud. Ese sigue siendo el desafío. Contra toda
infecundidad, tanto la que se excusa aduciendo razones del pasado
–como si el pasado hubiera tenido condiciones más favorables de las
cuales partir– como la que se excusa soñando con futuribles que hacen
vivir a disgusto el presente. Las razones para la infecundidad siempre
revelan falta de esperanza, ya sea que se disfracen con los vestidos
escandalosos de la post-modernidad o con los vestidos de luto que se
ponen los defensores de la pre-modernidad.
En cambio las
razones para la fecundidad brotan de la fe, de la esperanza puesta
solo en Cristo, de la caridad discreta y creativa que, en la
maternidad de Agar o la madre de Moisés como en la multiplicación de
los panes, sabe poner lo que tiene al servicio del Señor para que obre
el milagro. La pregunta que el Señor nos hace para suscitar nuestra
fecundidad apostólica, sigue siendo ‘¿cuántos panes tenéis?’.