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Comentario editorial 57

Por el padre Hugo Salaberry SJ.



Fecundidad en tiempos de esclavitud


En el editorial pasado hablábamos del ser fecundos aun pese a la esclavitud y como imagen utilizábamos un relato del Génesis. Agar, la esclava egipcia, a quien Saray, dio por mujer a su esposo Abraham para que pudiera tener descendencia.

Hay muchos textos bíblicos que nos hacen esta referencia, es decir que situaciones de suma esclavitud, no impedían la fecundidad. Por ejemplo, el pueblo hebreo, sometido a dura esclavitud en Egipto, se reproducía cada vez más: “Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de modo que los egipcios llegaron a temer a los israelitas. Los egipcios redujeron a los israelitas a la condición de esclavos y les hicieron insoportable la vida forzándolos a realizar trabajos extenuantes...”. (Éx.1)

En este marco de sufrimiento cotidiano en la vida de los hebreos, acontece el nacimiento de Moisés. Es extraordinaria la actuación de la mamá de Moisés y todo lo que hace para preservar la vida de su niño, condenado a muerte antes de nacer por un edicto del Faraón.

Transcribo el relato y de allí haremos algunas consideraciones, aunque la palabra de Dios, es suficientemente clara y eficaz para lo que queremos demostrar. Corresponde a los diez primeros versículos del capítulo 2 del Éxodo.

Un hombre de la familia de Leví se casó con la hija de un levita.

La mujer concibió y dio a luz un hijo; y viendo que era muy hermoso, lo mantuvo escondido durante tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo más tiempo, tomó una cesta de papiro y la impermeabilizó con betún y pez. Después puso en ella al niño y la dejó entre los juncos, a orillas del Nilo. Pero la hermana del niño se quedó a una cierta distancia, para ver qué le sucedería. La hija del Faraón bajó al Nilo para bañarse, mientras sus doncellas se paseaban por la ribera. Al ver la cesta en medio de los juncos, mandó a su esclava que fuera a recogerla. La abrió, y vio al niño que estaba llorando; y llena de compasión, exclamó: "Seguramente es un niño de los hebreos". 

Entonces la hermana del niño dijo a la hija del Faraón: "¿Quieres que vaya a buscarte entre las hebreas una nodriza para que te lo críe"? "Sí", le respondió la hija del Faraón. La jovencita fue a llamar a la madre del niño, y la hija del Faraón le dijo: "Llévate a este niño y críamelo; yo te lo voy a retribuir". La mujer lo tomó consigo y lo crió; y cuando el niño creció, lo entregó a la hija del Faraón, que lo trató como a un hijo y le puso el nombre de Moisés, diciendo: "Sí, yo lo saqué de las aguas".

Sobre el momento difícil y complejo, sobre la situación límite en la que transcurre este hecho, quizá no es necesario abundar más.

Aunque la orden del Faraón tenía otro origen, hemos de notar sin embargo, que por asombrosa coincidencia de los tiempos, daba temor el número creciente de los oprimidos y por eso se resuelve quitar la vida a los niños recién nacidos.

No fueron suficientes sin embargo tantas órdenes y tantas presiones para una mujer creyente que con inteligencia, amor a su hijo y con una confianza y fidelidad entrañable a su Dios, se las ingenia primero para darlo a luz y ocultarlo  (“...lo mantuvo escondido por tres meses...”) y luego para seguir amamantándolo, merced a una estratagema propia de una madre, ya con el consentimiento de la hija del faraón.

1º. Acepta el riesgo que significaba mantener en secreto un niño varón recién nacido. Pone en riesgo la vida de toda la familia para darle un tiempo más de vida a esta vida incipiente.

2º. Lo deja a merced de las aguas pero vigilado. Hay, sin duda, un conocimiento previo de lo que sucedía junto al Nilo. Toma una decisión que podríamos llamar límite. Y recaudos... Existe un margen de riesgo que está previsto y aceptado. Tal vez porque no había más remedio (“...no pudo ocultarlo más...”). Igual, el niño no queda a merced de las aguas y de la suerte que le toque.

3º. El papel de la hermana del niño es crucial, oportuno, inteligente. “...se quedó a cierta distancia para ver qué le sucedería...”.

4º.  Aparece en el momento preciso. Y ofrece una nodriza para que cuide al recién nacido, que por supuesto no es otra que la madre del niño. El niño regresa a su casa paterna por una sutil maniobra de la madre.

Afirmar que este pequeño relato es palabra inspirada, con todo lo que eso significa, es decir poco. Literariamente es un párrafo brillante. Es una descripción escueta de una escena que logra comunicar todo un mundo de valores y de relaciones humanas y religiosas.

Nos es permitido recordar aquí, dos de las diez recomendaciones de Horacio Quiroga en su Decálogo del cuentista:

“Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: ‘Desde el río soplaba un viento frío’, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes”.

“No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”.

Sacamos algunas conclusiones más.

El amor, sobre todo el amor de una mujer y de una madre, es apasionadamente creativo. “Todo lo cree, todo lo espera, no pasará jamás...”, nos dirá San Pablo en su carta a los Corintios.

Esclavo no quiere decir tonto. Da la impresión que a veces esperamos demasiado de las circunstancias externas o un momento paradisíaco que por supuesto nunca llega.

Se llega a estar tan pendiente de lo externo que termina por anularse la capacidad de ser fecundos al estar la misma capacidad puesta en lo que no dejan hacer los demás o las circunstancias. ¡Qué bien nos haría poner todas nuestras fuerzas en ver qué podemos hacer con lo que somos, con lo que tenemos y en las circunstancias –buenas o malas, mejores o peores– que nos tocan vivir!. 

Hay en el pasaje del Éxodo una convención de familia, nosotros podríamos decir de comunidad religiosa o bien de comunidad de trabajo, que es primero acordada y luego respetada.

Una astucia. Una sagacidad para moverse en el campo enemigo que es para pensar. (E imitar). En todo caso, no pondríamos a la madre de Moisés entre los que se pasan la vida llorando por las oportunidades perdidas, por lo que no pudo hacer porque no la dejaban o por situaciones idílicas que jamás se presentarán. Está frente a un problema real, al que enfrenta con un realismo propio de esos tiempos y de esos momentos con una creatividad y audacia muy propia de los que aman.  

Fecundidad en tiempos de esclavitud. Ese sigue siendo el desafío. Contra toda infecundidad, tanto la que se excusa aduciendo razones del pasado –como si el pasado hubiera tenido condiciones más favorables de las cuales partir– como la que se excusa soñando con futuribles que hacen vivir a disgusto el presente. Las razones para la infecundidad siempre revelan falta de esperanza, ya sea que se disfracen con los vestidos escandalosos de la post-modernidad o con los vestidos de luto que se ponen los defensores de la pre-modernidad.

En cambio las razones para la fecundidad brotan de la fe, de la esperanza puesta solo en Cristo, de la caridad discreta y creativa que, en la maternidad de Agar o la madre de Moisés como en la multiplicación de los panes, sabe poner lo que tiene al servicio del Señor para que obre el milagro. La pregunta que el Señor nos hace para suscitar nuestra fecundidad apostólica, sigue siendo ‘¿cuántos panes tenéis?’.


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