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Comentario editorial 5
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Por el padre Hugo Salaberry SJ.



FECUNDOS EN LA LIBERTAD


Venimos hablando de la posibilidad de ser fecundos aun en la esclavitud y le hemos dedicado a ello dos o tres editoriales. El tema da para mucho más, sin embargo tan próximos a la Navidad, nos es necesario meditar no sólo sobre la posibilidad de ser fecundos en la esclavitud, sino sobre la posibilidad de ser fecundos en la libertad y más aún, la más alta de todas las posibilidades: de ser libres, aun en este mundo y en esta tierra, conociendo la verdad.

El mensaje que nos trae el Señor en su venida en carne, es mensaje de salvación porque es mensaje de libertad. Por ello, al hablar de libertad, hablamos de verdad y de paz.

Si echamos una mirada humana sobre la Encarnación del Hijo, el hecho de mayor trascendencia en la historia de la humanidad, podemos decir que en ese momento el mundo gozaba de paz política. La paz octaviana. Disuelto el segundo Triunvirato, terminadas las guerras civiles, con todo el Mediterráneo apropiado, (Mare Nostrum), Octavio vivía días de paz imperiales.

Es necesario señalar también que el pequeño mundo palestino se encontraba dominado por el imperio romano. Paz en el mundo, sufrimiento en la familia palestina por la dominación, noche para el pueblo judío que esperaba la restauración del reino davídico...: en estas circunstancias nace la verdad, la luz que ilumina a todo hombre. 

La verdad que nos hará libres, como dice el mismo Señor en el Evangelio.

A riesgo de omitir algunas mediaciones, quiero detenerme, al menos un momento, en las circunstancias que rodearon este nacimiento.

El nacimiento del Señor ocurre en un tiempo real. Un tiempo como el nuestro. El Señor se encarna en esa realidad pecadora del hombre, en ese momento histórico por Él elegido, en ese pequeño lugar del mundo conocido.

Por la tradición sabemos que la Virgen María, sabía leer, algo nada común para la época. Tal vez por pertenecer a la tribu de Leví, a la clase sacerdotal. No nos consta de San José. Lo suponemos. Decimos entonces, que el Señor pertenece a una familia con instrucción.

Tampoco podemos suponer que estarían al corriente de todas las novedades políticas del momento. Periódicos no había, pero había otras fuentes de información, sin duda. (San Pablo, por ejemplo, más curioso de la realidad política de su tiempo, según consta en los Hechos de los Apóstoles, se enteró de algunas novedades por informantes. En este caso, un sobrino).

No nos consta, vuelvo a decir, del conocimiento político diario de San José y de la Virgen. Respecto de la masacre de los niños menores de dos años, posterior al nacimiento del Señor, fueron advertidos en sueños de no permanecer en el lugar.

Nos consta que:

San José tenía su profesión y vivía de ella: era carpintero. No era el oficio de carpintero de aquel momento como es el de hoy ni estaba considerado de la misma manera. Igual, tenía su profesión. San José era un hombre común de trabajo

No había en ellos temor ni rechazo a la pobreza. Su vida de familia fue una vida pobre, aun cuando el Señor alternó con personas de mucho dinero y de mucha influencia en la comunidad política de entonces. Ni sus padres, ni Él, fueron personas económicamente solventes. Vivían de su trabajo y al día. (“El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza...”).

Aceptaron hechos no previstos, inesperados como el destierro y la persecución, que no bastaron para derrumbar la fortaleza de estos elegidos, ni su iniciativa ni su razonamiento. El conocimiento y el acompañamiento de la Verdad, les otorga un valor determinado que los hace estar, no afuera, sino arriba de los acontecimientos cotidianos.

Tenían una fuerte conciencia de su misión en este mundo y de la finalidad de todo lo humano. Quizá manifestado en el hecho de que no hay repetición de los llamados del Señor, tanto a María Santísima en la Anunciación como a San José en su sueño. (No ocurre así con todos los apóstoles, por ejemplo, algunos de los cuales fueron llamados más de una vez, según consta en el evangelio).

Cuidan el hombre más que las posesiones. Para salvar el pequeño Niño de Belén, se van al destierro, dejando, como podemos fácilmente deducirlo, todas sus pertenencias.

Cuidaron la unidad familiar de manera tal que tiene plena vigencia en este nuestro mundo de hoy. Las actividades familiares fueron comunes a todos sus miembros hasta que el Señor, quizá con unos treinta años, salió de su casa para cumplir, ahora sí públicamente, con su misión. Hasta allí vivía sujeto a sus padres...

En todo esto hay un respeto por los tiempos y las formalidades humanas, en las cuales se manifiesta de modo claro, digo yo, la eternidad  y la in-formalidad del Dios, que todo lo sabe, que todo lo prevé, que todo lo perdona, que todo lo ordena.

En fin. Dios comienza a partir de una familia, para llevar adelante el cambio que se avecinaba. Pudo elegir otros caminos, pero eligió ése. Pudo comenzar por el poder temporal y prefirió el lugar cotidiano.

El Señor se acerca nuevamente a nosotros, a las comunidades educativas, a la familia argentina y al mundo en una nueva Navidad.

Si quisiéramos pedirle algo para todos, además de ‘ofrecerle todas nuestras personas para el trabajo’, podríamos pedirle lo que nos sugiere la lectura de este Misterio tan comentado como insondable.

Darle gracias por este nuestro tiempo en que vivimos y en el que tenemos la posibilidad de servirlo y santificarnos.

No tratar de arreglar el mundo y sus problemas, tanto como tratar de arreglarnos nosotros. Cada uno.

No desfallecer ante las contradicciones que a diario surgen, en el trabajo, en la familia y en especial en lo personal, tantas veces aturdidos por voces, gritos, ruidos que nos desenfocan de lo propio y nos hacen combatir con armas que no son las nuestras.

No tenerle miedo a la pobreza. La mayor de las pobrezas sigue siendo no conocer al Señor ni su Salvación. Y allí somos ricos. El Señor nos alienta, la Madre nos consuela y los santos nos iluminan el camino.

Que todo lo que nos ocurre sea ocasión de aprendizaje. Lo bueno para repetirlo y lo malo para evitarlo. 

Más que de los hechos políticos mundiales, en los que no tenemos participación, que nos ocupemos de protagonizar desde cada lugar, desde cada escuela, la utopía de un mundo mejor.

Volver a la familia. Es posible reconstruir desde el seno familiar, esta tierra que se ha olvidado de parentescos y se encuentra hastiada de individualismo. Desde ella podemos conocer la Verdad y la verdad nos hará libres.

Que la Sagrada Familia de Belén, “donde no cuentan las apariencias”, nos alcance del Señor estas gracias que le pedimos.


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