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41° Curso de Rectores - Discurso inaugural


Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico CONSUDEC perteneciente a la primera quincena de febrero de 2004



Querido amigos: bienvenidos.

Nuestro título tiene que ver con lo que buenamente podemos hacer con la ayuda del Señor que nunca falta: “...la calidad es posible...”.

Cuando hablamos de calidad, hablamos de trabajo en cuerpo, en equipo. Un trabajo en cuerpo y en equipo que supone unión de los corazones. Esta es la afirmación central que quiero hacer, por que si falta la unión de los corazones, queda resentida la calidad, al menos cuando se trata de formar personas. Y la segunda afirmación, derivada de la otra, es que cuando formamos personas, es inevitable hacernos responsables, ejercitar bien el poder y esto con los riesgos que conlleva.

El planteo del día de hoy, entonces, tiene que ver con el poder, con el ejercicio del poder, con la autoridad, con cómo nos hemos manejado con la autoridad o con el poder en nuestras comunidades y en algún período de la historia.

“La calidad es posible...”. Hablamos de lo que podemos hacer, de aquellas cosas que dependen de nosotros, de cada uno, y que podrían mejorarse sin medios extraordinarios ni foráneos. Buscamos algo que nos objetive y nos dé esperanza, que nos pueda sacar de esos círculos centrípetos que nos llevan a ensimismarnos mal, buscamos esas convicciones hondas que nos ayuden a trabajar en comunidad. Toda vez que educar es tarea de la comunidad.

Sin necesidad de recurrir al Manual de Zonceras Argentinas del genio de Arturo Jauretche, podemos plantearnos algunas actitudes u opiniones, que distorsionando la verdad, están presentes entre nosotros, corroyendo nuestro sentido de la autoridad, haciendo imposible vivir como una verdadera comunidad y trabajar en equipo.

Formularlas como “zonceras nuestras” apunta a tener la piedad del humor que nos objetiva para tratar cosas graves con la conciencia de que saber reírse bien de uno mismo es un primer paso para cambiar.

- Nuestra primera zoncera es tirarle la culpa a los demás. Hemos tirado tantas culpas... “a la inmigración de finales de siglo XIX...”, “a la interrupción sistemática de los gobiernos democráticos...”, “a la Iglesia castradora...”, “a los países poderosos que nos imponen sus leyes...”, “a que los primeros hombres que llegaron a este continente eran presidiarios por eso somos todos chorros...”, “que afuera vamos a estar mejor que aquí...”, “que hay un ‘alguien’ que esperamos y que nos va a sacar de todo esto...”, “que los productos importados son mejores que los nuestros...”.

- Otra zoncera es la del: “...que se vayan todos y nos vamos a arreglar mejor...”. Esas comunidades en donde no hay un superior o un responsable, o si prefieren un coordinador. Esa comunidad que se rige por la famosa frase: “...lo decidimos entre todos”, como es imposible que no haya un ejercicio de poder, termina siendo gobernada por aquellos que tienen su sistema psicológico más complejo y retorcido. Eso sí, con un poder que no se ejerce de frente, sino desde atrás, o por atrás. Así la comunidad queda en manos de grupos dominantes con serios problemas de obrar con intención recta.

- Otra zoncera de nuestros días es el famoso: “...no hay que exponerlo tanto...!”. La pseudo protección de la autoridad, que en realidad es protección de sí mismo, para cosechar para sí mismo. Cada vez que se ha dado esa “protección” de la autoridad, se concreta en una justificación para no empeñar la palabra. Mucho menos el pellejo, olvidando aquello de Julián Zini “...que triste debe ser llegar a viejo con el alma y las manos sin gastar, que triste soledad la del pellejo que nunca se jugó por los demás...”.

- En el “...hay que protegerlo...”, subyace –aunque no me atrevería a decir que por malicia- una intencionalidad de aislamiento y la conducción, -pobre conducción- ya bastante alejada de la realidad cotidiana, termina por quedar sola, y sus dirigidos sacan un pobre provecho: con la autoridad aislada, siguen haciendo las cosas más o menos, pero sin que nadie los moleste.

- Otra zoncera. La consabida -y no menos famosa- frase: “...mis criterios no coinciden con los de los dirigentes y en conciencia no puedo seguir, por eso me voy...”, dejando el trabajo por la mitad. Por la mitad o menos y con un desorden mayúsculo, con fallas serias de responsabilidad, y el agravante de haber aceptado una designación sin prever las consecuencias. De allí que uno se incline a pensar, cuando no se obliga a pecado, que la renuncia se debió mucho más al trabajo no hecho por irresponsabilidad que a los problemas de conciencia. Había que trabajar y hacer todo lo que no se hizo...! Y lo dañino ocupó su lugar. Porque si los eticistas renuncian, la comunidad entonces queda en manos de los “corruptos”.

- Otra zoncera. La crítica despiadada a cualquier tipo de conducción. “Son unos ineptos...”, cuando en realidad lo que subyace en el fondo del corazón de quien hace esta crítica, es un afán desmedido e indiscreto de protagonismo. Y esto no ocurre por falta de cultura. Es común encontrar personas con unos deseos enormes de tener algún cargo. Y esto lo acepto. Es más: considero una ambición lícita el poseer ese deseo. En lo que no concuerdo es en que haya apetencia de cargo, pero no de trabajo. Hay muchos afectos al cargo por la imagen que da, pero pocos por el trabajo, que es lo que hace grande a una Patria.

Estas son cosas enumeradas al pasar. Son una especie de herencia histórica. No es la historia la culpable. Son cosas nuestras. Somos más o menos así desde los comienzos. (Excluiría los siglos anteriores al Primer Gobierno Patrio) .Nos afectan a todos nosotros porque las llevamos dentro nuestro. La crisis de la dirigencia que tenemos, se da no sólo por el problema de los dirigentes, sino porque también tenemos problemas con la autoridad.

Si repasamos brevemente los gobiernos nuestros del siglo XIX, los datos históricos demuestran que esto que somos, lo somos más o menos desde los comienzos. No quiero demostrar que somos mejores o peores, remarcar una historia lejana de la cual me puedo reír o ironizar, cuando es parte de mi misma historia y como tal la venero.

En los primeros diez años como Nación independiente, tuvimos ocho gobiernos.

1806 - Virrey Sobremonte

1807 - Virrey Liniers

1809 - Virrey Cisneros

1810 - Mayo: Primera Junta

1810 - Diciembre: Junta Grande

1811 - Septiembre: Primer Triunvirato

1812 - Octubre: Segundo Triunvirato

1814 - Enero: Gervasio A. De Posadas Director Supremo

1815 - Enero: Carlos María de Alvear Director Supremo

1816 - Mayo : Juan martín de Pueyrredón Director Supremo

1819 - Junio: Rondeau Director Supremo

Y esto de tener varios gobiernos en poco tiempo, no es algo sólo de la Argentina colonial. La última crisis institucional grande con su sucesión de Presidentes, nos muestra que todavía estamos en la misma crisis de autoridad.

Ese pequeño recorrido que hemos hecho de los comienzos del siglo XIX, tiene como finalidad mostrarnos que esto que somos o padecemos, no es algo nuevo. Más bien sería un problema de impaciencia o lealtad. Lealtad a la patria, a las instituciones, a la familia.

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Qué camino nos queda?. El humor que nos objetiva no basta. Quisiera destacar actitudes y convicciones que construyen la comunidad.


Comenzar por nosotros mismos...

Voy a citar a un autor espiritual que nos habla de la “acusación de sí mismo”.

Cómo incide en la vida personal y de manera especial, cómo incide en la unión de los corazones dentro del seno de una comunidad.

“No es raro encontrar -en las comunidades locales o provinciales- banderías que pugnan por imponer la hegemonía de su pensamiento y de su simpatía. Esto suele suceder cuando la caritativa apertura al prójimo es suplida por las ideas de cada uno. Ya no se defiende el ‘todo’ de la comunidad (o de la familia), sino la ‘parte’ que me toca. Ya no se adhiere uno a la ‘unidad’ que va configurando el ‘cuerpo’, sino al ‘conflicto’ que divide, parcializa, debilita.

Acusarse a sí mismo supone una valentía poco común. Es renunciar a maquillajes para que aparezca la verdad. En la base misma del acusarse a sí mismo, radica la opción fundamental por el antiindividualismo, por el espíritu de comunidad. Supone una postura básicamente comunitaria.

La tentación del individualismo suele tener una ‘razón’ que justifica y tranquiliza a la vez. Y la razón tiene raigambre en el espíritu de sospecha y suspicacia.

El espíritu de sospecha y suspicacia pretende, en el fondo, una verdad que me asegure contra el hermano: será siempre, una verdad que justifique la falta de participación en comunidad.

La sospecha configura una ‘regla torcida’ en el corazón, la cual desfasa (‘hace torcida’) toda la realidad. Cualquier cosa que suceda es interpretada torcidamente, debido a la adhesión a la ‘regla torcida’.

La sospecha y la suspicacia conducen a los hombres a la típica amargura de quienes acusan a todos y llegan a acusar hasta el Señor”.


Querer lo nuestro

Saldremos adelante con la gente nuestra. O la gente que queda. Con gente que se fue no podemos contar, salvo la que viajó con trabajo asegurado y contratado, que obviamente piensa en volver. Por otro lado, vemos que muchos se han ido a lugares en donde no son bien recibidos. (Ni siquiera en España). Son como ciudadanos de segunda. Menospreciados y tratando de hacerse un lugar en donde no son bien vistos... Eso prefieren muchos de nuestros hermanos, antes que padecer entre todos y salir adelante con lo que somos y tenemos. ¡Qué diferencia al modo en que tratamos a los inmigrantes, en su mayoría italianos y españoles, que vinieron a poblar esta tierra a finales del 1800...


Preferir lo nuestro

Quien desprecia o menosprecia las cosas nuestras, en realidad es alguien que nunca elaboró algo con sus propias manos. Quien lo ha hecho, al menos es capaz de reconocer el trabajo que supone un bien del que en esos momentos disfruta. Hay una conversión que debemos realizar. Empezar a mirar hacia adentro: primero en una mirada honesta y en segundo lugar, para darnos cuenta que lo mejor está en nuestra gente, en las cosas que tenemos y compartimos, en cada uno. Ni hablar de la tendencia a preferir lo de afuera a lo de adentro: telas sintéticas por algodón; hamburguesas por lomitos; papeles pintados por metal...!


Superar el subjetivismo

En ese afán de protagonismo o si quieren en esa apetencia indiscreta de ser tenido en cuenta, se manifiesta también una actitud que tiene como consecuencia la dificultad en mirar de manera objetiva cualquier realidad, incluso la realidad personal, pues todo análisis se hace desde la variable de sí mismo.

No sería esto tan problemático, como característica que subyace en el fondo del corazón, cuanto que hay un aditamento extra provocado por nuestro mundo postmoderno, de analizar todo desde el estado de ánimo o el gusto personal o la coyuntura.


No “opinar” sobre la historia, (sin conocerla al menos...)

El estudio de la historia se ha convertido en un conocimiento de opiniones... Se basa en relatos de anécdotas más o menos simpáticas con las que generalmente se ironiza sobre la suerte de personas protagonistas de la historia, se ridiculiza la patria que somos, y se terminan estudiando caricaturas de lo que fuimos, con lo cual, es de esperar que hacia el futuro tendremos mojigaterías de lo que somos.


No distraernos por mirar lo que hace el otro

La preocupación por mirar lo que hace el otro descuidando lo propio. Yo diría que éste es un clásico dentro de nuestra manera de ser. Muy preocupados por ver si lo que hace el que está al lado lo hace bien o no y por supuesto, cuando alguien se distrae mirando lo del otro, hace mal lo suyo... Un clásico argentino. Como la acusación siempre va dirigida a ese “ente” que hace mal las cosas ni sabe organizar ni gestionar, se vuelve a “zafar” de la responsabilidad que le corresponde a cada uno.

Decimos que haremos lo que otros dicen, pero en cuanto hay cierta disconformidad con lo resuelto, se quita la colaboración y no sólo eso sino que se empieza a obrar en contra.


Ponernos de acuerdo

Al recorrer como ya hemos hecho brevemente nuestra historia, reconocemos rasgos comunes a nosotros que han hecho lo que hoy somos. Una de ellas es la dificultad que tenemos para ponernos de acuerdo. En lo que se refiere a la educación, a la concepción enciclopedista habitual, aún luego de la reforma, hemos de añadir la dificultad de coordinar o articular los diversos contenidos disciplinares, y esto es así, no porque no se hayan previsto en la Ley trabajos interdisciplinares y coordinación de ciclos o contenidos. No podemos mejorar el aprendizaje de los alumnos porque muchas veces no podemos ponernos de acuerdo entre nosotros.

Así como al pasar, en estos días he leído un artículo, en el cual se asegura que la desigualdad de los niveles educativos entre las jurisdicciones tiene por causa, la implementación de la Ley Federal de Educación. Yo diría que lo que la ley ha hecho, es poner de manifiesto las desigualdades que ya existían antes de la Ley. En ese sentido nos ha venido muy bien, pues nos hecho conocer, desigualdades que antes no conocíamos. O no queríamos ver.

Es cierto que nos hace quedar bien porque precisamente la jurisdicción que tiene mejor rendimiento, según el mismo artículo, es la que tiene mayor proporción de institutos privados. La mitad. Y la jurisdicción que tiene más problemas de rendimiento, es una de las jurisdicciones que tiene una proporción de privados menor.

Sumemos esfuerzos y consideremos objetivamente la obra que tenemos por delante, sin privilegiar intereses individuales por sobre los de la institución, para no resentir la calidad en la educación, pues pierde consistencia y entidad la línea formativa. No es tiempo de desacreditar el trabajo y menos la ciencia de los otros.

Es tiempo de almas y corazones vigorosos. Nos unimos a San León Magno: “En esto consiste el vigor de los corazones fieles y la luz de las almas verdaderamente grandes, en creer sin sombra de dudas lo que no pueden ver y en poner sus deseos más allá de su mirada”.


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