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VOLVER AL INTERIOR DEL CORAZÓN


Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico CONSUDEC perteneciente a la primera quincena de marzo de 2004



Retomar el libro del Deuteronomio que tomé la última vez, me inspira nuevamente.

El texto al cual hago referencia es aquel en el que el Señor les dice a su Pueblo a través de Moisés: “...el mandamiento que yo te prescribo hoy no es inalcanzable. Está cerca de ti. En tus labios y en tu corazón”.

En el intento por sugerir algunas cosas que son posibles, puedo llegar a cansar. Por ello y por adelantado les pido disculpas. Pero es indudable que la lectura de la Palabra no sólo me agrada sino que me resulta muy sugerente.

También desde allí quiero compartir con ustedes, que siempre nos siguen, la lectura sobre la cual meditamos en el editorial anterior. Esta vez la tomaré desde la mirada que a su vez hace San Pablo en su Carta a los Romanos. “La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. El que cree en Él, no quedará confundido”.  (Rom.10, 8-13)

Creo que de alguna manera estamos como confundidos, cuando nos movemos en el terreno de lo que habría que hacer o bien de lo que deberíamos tener para hacer mejor las cosas. Y esto no nos ha resultado de mucha ayuda. Puesto que lo que perseguimos es una idea de lo que debería ser, perseguimos un fantasma, que impide alcanzar una meta concreta. O quizá se alcanza, pero al estar la atención fija en lo que deberíamos y no en la realización -que aunque pequeña, realización después de todo- es como si volviéramos a comenzar sin haber llegado a un fin. Estamos como condenados a comenzar siempre algo nuevo.

O bien otra: puesto que lo que esperamos es siempre mayor, no quedamos conformes con pequeñas realizaciones que a diario están presentes y que por no ser grandes, pasan desapercibidas.

No sé a ciencia cierta cuál es el origen de este modo de proceder, lo que sí podemos asegurar, es que estas cosas se dan y se dan en nosotros.

Ahora bien, como lo que perseguimos se convierte en inalcanzable y lo que alcanzamos es considerado de poco valor, nos encontramos en un estado de ansiedad, en lo que todo lo que hacemos es poco y lo que nos falta hacer es tanto que nos agobia. ¿Se entiende en dónde veo la confusión? o empleando el mismo tiempo verbal de San Pablo, ¿en dónde quedamos confundidos?.

¿No les pasa a uds. algo así también?

De allí quizá que las palabras del Señor suenen tan consoladoras. “No es inalcanzable...!, está dentro de ti, en tus labios y en tu corazón”.

Tal vez busquemos certezas en donde no se las puede hallar. Queremos consolidarnos sin quedar confundidos buscando certezas o seguridades en lo externo. Se invierte el sentido de certeza. Se busca fuera, una certeza que se da en cada uno. Al menos determinadas certezas.

La certeza que da el Señor, antes que mirar lo externo, mira a la revelación interior que Él ha hecho a un alma amiga. Se trata en todo caso más de fortalecer el esqueleto que abundar en andamios.

Si la búsqueda de plenitud, la ponemos con tanto afán en la aprobación que los demás tienen que hacer de nuestra actividad, dependientes de la opinión acerca de nuestro trabajo y de la necesidad de buscar denodadamente factores externos que faciliten nuestra actividad, seguiremos transitando el camino de la ansiedad que hasta ahora en nada nos ha beneficiado.

Así seguiremos teniendo esa necesidad de la aprobación externa, ese esperar que el otro nos confirme lo que solos no nos conforma, la medalla de honor que nos destaque, la búsqueda del quedar bien con figuras destacadas para que nos reconozcan oportunamente o la adulación a quien viene a decir, desde afuera, recetas de lo que tenemos que hacer en casa, para que nos califiquen dentro de una norma de calidad y así diferenciarnos vanidosamente del resto.

Instancias comunes que se viven en nuestras instituciones, que nos confunden y que, peor aun, sin querer, ayudan a confundir a quienes se acercan a nosotros.

El poner las fortalezas en cuestiones externas, no sólo no nos hace fuertes sino que nos debilita, pues estamos constantemente movidos por los vaivenes de las opiniones o de las cosas que nos hacen falta para consolidarnos. Como se darán cuenta, éste no es un camino que nos pueda hacer madurar en lo personal, en lo comunitario y menos en la relación con el Señor como para cumplir sus mandamientos.

Lo que entonces quiero destacar con más énfasis, es que dentro de la inestabilidad del mundo, la llamada del Señor a trabajar por su Reino, por los más necesitados, por los más pequeños, debe resonar una y mil veces en el interior para desde allí fortalecernos. Otra cosa que nos haga fuertes, con convicciones sólidas, con principios coherentes, no hay. O buscamos dentro nuestro, en la aceptación de los mandatos que el Señor nos hace, o bien el otro camino es el de la incertidumbre de lo que vendrá o de la búsqueda estéril de certezas que el mundo no puede dar, sobre todo cuando se las busca en algo tan inestable como la opinión que los demás tienen de uno mismo o en la caducidad de las cosas de este mundo.

Por otro lado, cuando ponemos tantas esperanzas en opiniones o en elementos externos, al carecer de los mismos, se pierde el sentido de lo que se hace. Cuando la búsqueda está regida por esa invitación que resuena en lo interior, aun con medios más que limitados, se tiene la certeza de estar haciendo lo que se debe hacer, aunque eventualmente se encuentre oposición o falta de medios.

“...toda nueva ley será fecunda en la medida en que se apoye en la única ley que no pasa, que resiste al tiempo: la ley del amor, lo que San Ignacio llamaba “interna ley de la caridad”. Una ley que considera a Dios ser supremo y que respeta y ama al ser humano, y busca su dignidad y su felicidad. Una ley no escrita sino grabada a fuego por Dios en lo profundo de nuestro corazón y del corazón de todos nuestros hijos y alumnos. Todas las demás, aún las más geniales, fecundas y bien intencionadas, van a la deriva de los tiempos, de las necesidades, de las circunstancias, de los vaivenes políticos o de las ideologías.

En definitiva esa será la clave, el elemento que nos permita discernir cuál es la ley que nos rige, que sustenta nuestros esfuerzos. Y será el signo infalible para juzgar si nuestras instituciones: familia, colegio, parroquia, realmente son humanas y cristianas, o si como tristemente se ve en muchos casos, nos hemos ido acostumbrando, y en definitiva vuelto “cómplices piadosos” del mismo sistema cruel que criticamos”. (Educar es difícil, posible y bello. Pág. 71)

Volver al interior del corazón se hace una necesidad, porque allí encontramos la verdadera fuerza y razón de nuestros actos. Es en el corazón donde nos encontramos con el Señor que le da sentido a nuestras actividades. En los tiempos que vivimos nos parece que no tenemos “tiempo” para ese encuentro, aunque sabemos que lo necesitamos y nos hace bien.

El camino hacia nuestro interior es un trabajo continuo y perseverante. Allí vamos a encontrar la paz que sólo nos da la presencia y la Palabra del Señor. Y esto no es inalcanzable. “...está cerca de ti, en tus labios y en tu corazón...”.


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