EL DOCENTE ES UN CREADOR
Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico
CONSUDEC perteneciente a la segunda quincena de marzo de 2004
Extractaré algunos párrafos del editorial anterior, para seguir
avanzando en la profundización de una temática que en cierto modo,
hace al caminar de los docentes.
“Puesto que lo que perseguimos –decíamos- es una idea de lo que
debería ser, perseguimos un fantasma, que impide alcanzar una meta
concreta.
Ahora
bien, como lo que perseguimos se convierte en inalcanzable y lo que
alcanzamos es considerado de poco valor, nos encontramos en un estado
de ansiedad, en lo que todo lo que hacemos es poco y lo que nos falta
hacer es tanto que nos agobia.
La
certeza que da el Señor, antes que mirar lo externo, mira a la
revelación interior que Él ha hecho a un alma amiga. Esto es lo que da
verdadera consistencia a nuestro obrar y verdadero sentido a lo que
hacemos”.
Ahora nos
fijamos cómo resuelve Atahualpa Yupanqui en una milonga suya, este
caminar sin rumbo, esta ansiedad y esta dispersión.
Los caminos son caminos
en la tierra y nada más.
Las leguas desaparecen
si el alma empieza a aletear.
Hondo sentir, rumbo fijo,
corazón y claridad.
Si el mundo está dentro de uno
afuera por qué mirar
Quien camina y avanza con estos criterios, tiene conciencia clara de
que su misión es transmitir una herencia que sabe que no es de su
propiedad pero que hace a la constitución de la personalidad de cada
uno de sus alumnos. Por lo tanto, afianza desde la raíz, la
pertenencia a la Patria y el mejor instrumento del cual dispone, es de
sí mismo. El docente es un creador. Un creador que suma. Todo docente
es un creador por naturaleza.
Sino se
tienen presentes estos criterios, la creatividad, corre el riesgo de
interpretarse como el hacer cada uno lo suyo. Aunque no sea ésta una
realidad limitada sólo al ámbito docente, suele ocurrir en una misma
institución se dé la aplicación de metodologías de aprendizaje
contrarias u opuestas.
Tal vez
allí percibimos esa la sensación de transitar por nuestra patria, con
problemas para mantener una unidad de criterio, de concepción y en
definitiva de cultura. Es como si camináramos por el mismo camino,
hacia la misma meta, pero sin hablarnos, pues cada vez que hablamos
discutimos...
Nuestra
cultura nacional se transmite en las escuelas del país, casi de
veinticuatro maneras distintas. No debería preocuparnos, si tuviéramos
veinticuatro visiones distintas de una misma realidad. Pero, como cada
una de las realidades se vive y se expresa como si fuera la única,
haciendo de una parte el todo, cuesta luego tener una visión de
integración.
Tampoco
es la consecuencia de la aplicación de la ley federal de educación. Es
un problema que acarreamos desde lejos. Desde antiguo.
Es
curioso que en el afán por expresar que la jurisdicción de la que
eventualmente se habla, es la más problemática de todas, se llega no
sólo a ventilar realidades, que en el consejo de nuestras abuelas
debería hacerse sólo hacia el interior (“... los trapos sucios se
ventilan adentro...”), sino que a veces pueden cometerse injusticias,
sobre todo cuando en apreciaciones generales de este tipo, se incluyen
docentes, -señores docentes- que están en la llaga viva del corazón de
la Patria, trabajando lo indecible por hacerla grande.
(Que
nuestra realidad educativa y de familia argentina es compleja, a esta
altura quién podría negarlo. O quién sería el ingenuo que no lo
advirtiera).
En el
editorial anterior también hablábamos del estar “como condenados”
siempre a empezar algo de nuevo. A derribar lo anterior y a empezar de
cero.
Una
conclusión lógica y algo rápida, nos diría que le tenemos miedo al
camino. O tal vez el cansancio del camino, impacientes como pueblo
joven que somos, nos lleva a mirar hacia atrás y recordar con
nostalgia algunas cosas que se dejaron. O con la misma mentalidad,
creer y pensar que nosotros lo vamos a hacer mejor.
Ustedes
conocen mucho mejor que yo ésto que en definitiva están viviendo cada
día. Y todo ello nos sugiere con mucha fuerza el tema del camino, que
es en lo que ahora me detendré un poco más.
El
problema o la realidad del camino, no es un tema menor en nuestro ser
de hombres y mujeres que aspiramos a un mundo mejor. Podemos, sí,
constatar que estamos en camino.
Yupanqui
nos obliga a pensar: “...los caminos son caminos en la tierra y nada
más, las leguas desaparecen si el alma empieza a aletear” y esta
temática que hoy redescubrimos en Atahualpa, nos sumerge en uno de los
dos temas basales de la literatura universal: la travesía (viaje).
Podemos
fijarnos cómo, don Atahualpa, utilizando imágenes y vocablos nuestros
(camino, tierra, legua, aletear) al menos, categorías muy familiares
para todos nosotros, nos transmite uno de los secretos más altos.
Aseguramos que estamos en presencia de un educador. O de un maestro,
con todos las letras. Nos hace entendible a todos, con lenguaje propio
y no desvalorizado ni chabacano, una realidad universal. En él se hace
carne precisamente, la definición de escuela con la que nos manejamos
cuya función es la transmisión sistemática y crítica de la cultura.
Don
Atahualpa, toma una realidad universal, la “mastica”, la hace propia y
luego la da de tal manera que todos la entendemos, aunque sin saber en
profundidad aún, que lo dicho corresponde a una verdad universal y
milenaria.
No es
menos cierto que lo que toma y vuelca así, de manera tan simple y tan
clara, ha necesitado mucho rumiar la cosa, mucha tierra caminada,
muchas cosas vistas, silencios optados, palabras muy amasadas, mucho
pensar hacia adentro. Mucho “...sentir hondo, rumbo fijo, corazón y
claridad...”
O tal vez
ese caminar polvoriento al que hace referencia, ha sido necesario para
permitir luego que “las leguas desaparezcan cuando el alma empieza a
aletear”. Darle un poco más de espacio a lo espiritual, llevando a un
segundo lugar lo material es una verdad de siempre que hace pleno al
hombre.
El P.
Amado Anzi SJ, gran jesuita, nos diría algo similar no ya hablando de
caminos sino de dolor. En su Evangelio Criollo, nos alcanza a decir en
párrafos maravillosos acerca de la Pasión: “...el dolor le pone al
alma, alas pa’volar como ave...”. No hace referencia al camino, como
la hace Yupanqui, pero asume en estos dos versos, la circunstancias de
dolor que conlleva todo camino bien caminado, toda vez que un buen
caminante no deja de ver, aunque sin detenerse, toda experiencia de la
existencia humana.
Y aún el
camino realizado por atajos, no está exento de miserias y pobrezas. La
primera es el haber tomado o elegido el más triste de los caminos que
es el de huir de uno mismo o de las propias responsabilidades. Aun
cuando con nuestra particular manera de proceder con ese sello tan
argentino, creamos que echarle la culpa a los demás o a las
circunstancias alcanzará para justificarnos, no quedaremos en paz.
El camino
se irá forjando al caminar. Los ojos abiertos sin temor de lo que
aparezca. Y allí adentro de uno mismo (“...afuera por qué
mirar...”), sigue latiendo como única certeza, la revelación
interior que el Señor ha hecho a un alma amiga.