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HAY SITUACIONES QUE NO NOS SON AJENAS


Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico CONSUDEC perteneciente a la primera quincena de abril de 2004



“...Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén....”. (Lc. 9,51)

Tal vez los apóstoles querían seguir caminando en Galilea, y quizá el mismo Señor también. Y sin embargo era necesario tomar el camino que lo llevaría a la entrega definitiva.

Galilea significa tiempo de gozo, tiempo de compartir con amigos trabajos apostólicos y charlas informales, tiempo en que se discute sobre cualquier tema sin que cuenten las horas...

Es bastante notorio y claro que a medida que nos encaminamos hacia Jerusalén la Pasión despierta opiniones encontradas. El anonadamiento completo por el que quiso pasar el Señor, pone de manifiesto la verdad que anida en el interior de los corazones. No la verdad que uno quiere mostrar, sino la que verdaderamente hay allí en lo más íntimo. Aquí no podemos disimular.

No era algo imprevisto. El mismo Simeón, lo había profetizado en los lejanos días de la Presentación: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones...”.  (Lc. 2, 34-35). La Pasión despertó y siempre despertará juicios contradictorios. (Fíjense lo que está ocurriendo con la  película La Pasión de Cristo).

De allí que cuando el Señor se encamina decididamente a Jerusalén, encontrará adhesiones y rechazos aun entre sus mismos discípulos. Quienes los sigan en silencio apesadumbrado, quienes lo sigan como con una condescendencia fatalista, quienes se opongan a ese camino de renuncia, aunque no lo digan.

El camino del seguimiento del Señor, contiene estos ingredientes que en el fondo lo que hacen es darnos a conocer y dar a conocer, quiénes en realidad somos. Qué somos. Cuánto es el amor que nos une a Él. Cuál es la calidad de nuestra amistad. Cuál es nuestro grado de renuncia. Cuánto duran nuestros acuerdos. Qué importancia tiene esa empresa que sin ser nuestra, la encaramos como la más propia.

En la historia, los caminos no han sido fáciles. La travesía de Ulises, es paradigmática.

Más cercano a nosotros, leemos en el libro de los Números algunas incidencias del pueblo hebreo caminando por el desierto. 

En aquellos días, la muchedumbre que iba con los hijos de Israel estaba hambrienta, y los mismos israelitas se pusieron a llorar con ellos, diciendo:

“¡Quién pudiera comer carne! Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones, de los puerros y cebollas y ajos. Pero ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná” (Nm. 11, 4 y ss).


Otro texto de Libro de los Números:

En aquellos días, María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de la mujer que había tomado por esposa. Dijeron:

“¿Ha hablado el Señor sólo a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?” (Nm. 12, 1 y ss).


Otro texto:

En aquellos días, toda la comunidad de Israel empezó a dar gritos, y el pueblo lloró toda la noche. Los israelitas murmuraban contra Moisés y Aarón, y toda la comunidad les decía:

“Ojalá hubiéramos muerto en Egipto o por lo menos en el desierto! ¿Por qué nos ha traído el Señor a esta tierra, para que caigamos a espada y para que nuestras mujeres e hijos caigan cautivos? ¿No sería mejor volvernos a Egipto?”

Y se decían unos a otros:

“Nombremos un jefe y volvamos a Egipto”. (Nm. 14, 1 y ss)


Otro texto:

En aquellos días, la comunidad entera de los hijos de Israel llegó al desierto de Sin el mes primero, y el pueblo se instaló en Cadés. Faltó agua al pueblo y se amotinaron contra Moisés y Aarón. El pueblo riñó con Moisés, diciendo: ‘¡Ojalá hubiéramos muerto como nuestros hermanos, delante del Señor! ¿Por qué habéis traído a la comunidad del Señor a este desierto, para que muramos en él nosotros y nuestras bestias? ¿Por qué nos habéis sacado de Egipto, para traernos a este sitio horrible, que no tiene grano, ni higueras, ni granados, ni agua para beber?’  (Nm. 20, 1  y ss.).


Hemos seleccionado algunos textos sin ninguna clave previa de búsqueda. Solamente tomamos estos párrafos que meditamos en las lecturas de la Liturgia de las Horas en la última semana de Cuaresma ante de la Semana Santa.

En el camino por el desierto se agudizan los sentidos.  En ese mundo sin aparentes estímulos exteriores, se sensibilizan las percepciones. En la inmensidad de un paisaje despojado, se encuentra uno con uno mismo. En nuestro caso, como nos hemos acostumbrado a disparar culpas a otro (el pueblo hablando contra Moisés y Aarón), se comete la imprudencia de hablar, murmurar o incluso combatir a quien camina a nuestro lado. Y es muy difícil sobrevivir solo en el desierto...

Quise hoy tomar los textos del libro de los Números, por que hay situaciones que no nos son ajenas y pueden iluminarnos respecto de lo que ocurre a veces en nuestras instituciones cuando se ha terminado el período de noviazgo, como suele decirse y comienza el tiempo de caminar en serio llevando adelante la misión encomendada y animando a otros a llevarla en la misma institución en que trabajamos.

No quiero decir con esto que es fácil. Digo que no es imposible. Y quiero recalcar también, que no es cuestión de ciencia. De conocer acabadamente o no una disciplina, una técnica o una realidad.

Ni siquiera es cuestión de profesionalidad, aunque claro está, el poseer el conocimiento real de una ciencia y poder trasmitirla es una buena manera de caminar en una institución, aunque no se compartan del todo sus fines, toda vez que un buen profesional mantiene, por lo mismo, una lealtad a la institución, que la misma profesionalidad le impone.

En los textos elegidos encontramos protestas, quejas, murmuraciones. Los motivos son variados. Protestan por que falta agua, luego por que quieren conquistar un lugar sin para ello esforzarse, por celos en el poder o porque querían comer algo mejor en lugar del maná que diariamente recibían.

Todas estas situaciones por las que el Señor ha querido hacer pasar a su pueblo, conllevan la voluntad divina de purificar el corazón hasta hacerlo limpito. Hacerlo limpito para que el mismo Señor pueda habitar mansamente en él. Incluso despojado de caprichos y antojos, que tientan a comenzar siempre algo de nuevo o a manifestar disconformismo por todo....

Hacerlo limpito y dócil no para mirarse y regodearse sino para empujarlo a lucha cotidiana. A una audacia apostólica de conquista del Reino que no puede ser una lucha fratricida.

Encaminémonos decididamente a Jerusalén. Es tiempo de Pascua. Que María Santísima, Refugio de los débiles, Esperanza de los Pecadores, junto a su Hijo, siempre, no deje que nos soltemos de su mano.


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