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QUIEN CAMINA, ESTÁ SUJETO A CONTRADICCIONES


Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico CONSUDEC perteneciente a la segunda quincena de abril de 2004



En el editorial anterior tomamos la imagen del camino del pueblo hebreo por el desierto.

El tema del camino abordado desde una perspectiva de tipo más bien cuaresmal. (Aunque estábamos viviendo la Octava Pascual) Ese sentido tan propio que tiene el caminar por el desierto, en donde surgen estas cosas que anidan en el interior del corazón que hacen a nuestro conocimiento y a nuestra fidelidad.

Lo que textualmente compartí con ustedes es:

En el camino por el desierto se agudizan los sentidos.  En ese mundo sin aparentes estímulos exteriores, se sensibilizan las percepciones. En la inmensidad de un paisaje despojado, se encuentra uno con uno mismo. En nuestro caso, como nos hemos acostumbrado a disparar culpas a otro (el pueblo hablando contra Moisés y Aarón), se comete la imprudencia de hablar, murmurar o incluso combatir a quien camina a nuestro lado. Y es muy difícil sobrevivir solo en el desierto...

Quise hoy tomar los textos del libro de los Números, por que hay situaciones que no nos son ajenas y pueden iluminarnos respecto de lo que ocurre a veces en nuestras instituciones cuando se ha terminado el período de noviazgo, como suele decirse y comienza el tiempo de caminar en serio llevando adelante la misión encomendada y animando a otros a llevarla en la misma institución en que trabajamos.

En los textos elegidos encontramos protestas, quejas, murmuraciones. Los motivos son variados. Protestan por que falta agua, luego por que quieren conquistar un lugar sin para ello esforzarse, por celos en el poder o porque querían comer algo mejor en lugar del maná que diariamente recibían.

Todas estas situaciones por las que el Señor ha querido hacer pasar a su pueblo, conllevan la voluntad divina de purificar el corazón hasta hacerlo limpito. Hacerlo limpito para que el mismo Señor pueda habitar mansamente en él. Incluso despojado de caprichos y antojos, que tientan a comenzar siempre algo de nuevo o a manifestar disconformismo por todo....

Caminar significa dejarse guiar, duda, aprender todos los días. Continuar al día siguiente lo comenzado en el día de ayer y lo comenzado “antes de ayer” por otro...

El Señor nos hace caminar por el desierto para purificarnos, es cierto. Sin embargo esta purificación no es librarse de las contradicciones que todo camino conlleva, sino sobrellevarlas con paciencia ¡Y mucha!.

De todas maneras estamos hablando de lo que sería como la pasión de nuestros días o si prefieren, la cruz que tenemos que cargar diariamente: la necesidad de una constatación obsesiva por evaluar y afirmar que no hemos equivocado el camino, buscando certezas en los vaivenes y veleidades de las cosas de este mundo.

Es como un empecinamiento en buscar certezas en lo externo. Y buscarlas sólo en la alegría o en la felicidad. Y esto así no es del todo cierto. Un camino más seguro es la paz. La alegría es un sentimiento que puede ser inspirado por el mal espíritu. La paz sólo la da Dios.

Lo que entre otras cosas el camino cotidiano tiene de formador, es que por más que uno quiera “volar” andando más de la cuenta, no se puede. Hay un paso cotidiano que marchar, y un ritmo cotidiano que andar. No se puede ir más rápido. El problema serio es detenerse. El marchar con la masa polvorienta sin perder la visión del lugar al cual queremos ir, nos hace caminar más esperanzados.

Quien camina, está sujeto a contradicciones. Y de las contradicciones diarias, no creo que podamos librarnos en esta vida. Si lo que íntimamente perseguimos tiene como finalidad librarnos de las contradicciones, estamos desfasados.

El consuelo en el caminar viene más del hacer lo que tenemos que hacer que de la ausencia de contradicciones y la presencia de la alegría. (Que ojalá nunca falte...)

De allí que hoy quería tomar la imagen de otro camino. Esta vez más pascual. El camino de los discípulos de Emaús, que van con el Señor aunque sin reconocerlo. No buscaremos certezas en lo externo, sino, en lo interior: “...¿no ardía caso nuestro corazón....?”

No quiero abundar en muchos detalles de este texto por que ya ha sido trabajado por varios autores y en visiones muy ricas y enriquecedoras. (Lo primero que surge como diferencia es el diálogo entre éste que sostienen los discípulos de Emaús con el Señor, que aunque sin conocerse hablan animadamente y aquel que sostenía el pueblo hebreo con Moisés cuando le reprochaba las cosas que le faltaban....).

La mentalidad actual nos exige ver, tocar, palpar, demostrar, poseer el bien ya,  disfrutarlo ya. De hecho, el ateísmo post-moderno olvida o niega a Dios por que no lo ve ni lo puede tocar ni sentir y así se cae en la tentación de volcarse a la magia, por que claro, en la magia, ese dios en el cual se pretende depositar la fe, es fácilmente manejable. (Moisés y el becerro de oro)

Creo que es una muy buena pista para nuestra situación de cristianos post-modernos, encontrarnos con que el Señor camina a nuestro lado. Como lo hace con estos dos discípulos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. En el caminar nuestro hay mucho de Emaús: algo impide que los ojos reconozcan al Señor en el caminar.

Para constatar entonces, la certeza del camino elegido, que es una necesidad que a veces surge dominadora, nos quedan aquellas consoladoras palabras “...cómo ardía nuestro corazón cuando Él nos hablaba mientras caminaba con nosotros...”, que es la expresión elegida por San Lucas, para definir cómo es el sentimiento que nos acompaña cuando queremos caminar al lado del Señor.

Tenía algunas reflexiones más, pero ya no queda lugar. Retomo un párrafo de un editorial en el cual también hice referencia al camino.

Que camines humildemente con tu Dios. La tarea escolar es tarea cotidiana y como cotidiana que es, en el ritmo diario aparecen, emergen, todas las posibilidades que anidan en el corazón y el alma humanas. Está todo. Lo bueno y lo malo. Lo que se puede mostrar y lo que a veces aparece y hace avergonzar. Así también el Señor durante cuarenta años hizo caminar a su pueblo y lo conoció y lo amó. Y lo sostuvo y alentó a seguir caminando. No fue el camino del pueblo hebreo un camino exento de reproches,  celos, competencias, peleas y fidelidades. Tampoco el nuestro. Sin embargo  el Señor lo alentaba a seguir caminando, a no quedarse, a no volver, a no mirar hacia atrás. A mirar más allá de la mirada. A no desfallecer mirando las propias miserias sino a contemplar  las promesas hechas realidad en la fe y en la esperanza.


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