Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico
CONSUDEC perteneciente a la primera quincena de mayo de 2004
La
urgencia de la unidad, de la solidaridad, del involucrarse con el
prójimo, son temas que ya hemos abordado varias veces. Voy a recordar
entonces, algunas ideas que he compartido con ustedes, desprendidas
del libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que San
Lucas, su autor, comienza el relato en primera persona. Es decir, se
involucra en la historia.
En la
lectura que hacemos, Lucas comienza a participar de la misión cuando
dice “tratamos”. Hasta allí son los otros los que van llevando
el sustantivo misional. También podríamos agregar que ese grupo, que
ha probado el sinsabor de la discusión y el distanciamiento, da un
empujón para comprometerse e identificarse con él y con la misión. De
allí en adelante, Lucas no será solamente el relator de
acontecimientos interesantes o de anécdotas del viajero, sino que será
la historia contada desde adentro. La historia de su viaje. De
los viajes que debió realizar por la Providencia. No dejará más de
hablar de nosotros. De utilizar la primera persona del plural
hasta la finalización del libro.
Se
involucra definitivamente en su tarea. La obra del Señor, pasa a ser
también su obra.
Si desde
esa primera tarea evangelizadora releemos la nuestra, podemos decir
que hasta que el docente no se involucra en la obra, la obra sigue
siendo “de otro”. Sus éxitos serán merecidos por su capacidad y los
fracasos tendrán que tener necesariamente un culpable, que por
supuesto no es él. Es necesario que el docente participe del triunfo
del prójimo como si fuera propio y que sienta con las mismas lágrimas
con que el docente que ha tenido un fracaso se entristece. Si en sus
palabras aún perdura la tercera persona del plural, su lenguaje será
-menos o más gracioso- un mero relato. Nosotros pretendemos que sea
historia. Historia que lleva parte de cada uno. Que se escribe y se
sufre y se siente y se goza con el corazón.
No son
necesarios ya más docentes “que hablen como quien habla de afuera”
sino que para todas las cosas que hoy ocurren, necesitamos docentes
que hablen y trabajen “desde adentro”. Es decir, la educación en la
Patria Argentina hoy necesita más “nosotros” y menos “ellos”.
En el
texto del domingo leemos esta verdadera estrategia del Señor
-auténtico y continuo desafío- para quienes seguimos peregrinos en la
tierra. (Tomado de los discursos de despedida).
Nos dice:
“...les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así
como yo los he amado, ámense también ustedes. En esto todos
reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan
los unos a los otros...”. (Jn. 13, 34-35).
Tal vez
hemos escuchado tantas veces esta frase que está un poco vaciada de
significado o al menos cuesta creerla por que suena a algo meramente
romántico. Pero es cierta y real. Y el Señor pone en el amor, la
garantía de la unidad y la forma en darse a conocer.
Prevee
que en tiempo de Pasión, “...muerto el pastor se dispersarán las
ovejas...”. Tal vez por eso mismo hace esta recomendación en el
transcurso de la ultima cena. Y nos viene muy bien a nosotros,
recordarlo hoy y en este tiempo que tiene tanto de Jerusalén...
Los
acontecimientos que padecemos nos sorprenden día a día por su
intensidad y por la tendencia fracturista que conllevan. Tal vez la
imagen no resulte del todo clara, pero estamos como inmersos en un
lodazal que impide acercarnos, reconocernos como hermanos, que tiende
a aislarnos y a dejarnos solos, y llevarnos hasta el desgarrante
¡sálvese quien pueda...!.
La
educación pública de gestión privada está viviendo desde hace años la
incertidumbre de no saber cuándo podrá retomarse el camino que hizo
que su servicio a la comunidad se destacara por calidad y equidad
social. O cuándo se le dará el golpe final para su desaparición
definitiva.
Ésto
último puede que suene fatalista, aunque no está lejos de suceder en
algunos casos reales. No afirmaría que hay intención premeditada y
dañina de perjudicar especialmente a las escuelas privadas, pero hoy,
muchas de las escuelas nuestras están amenazadas de extinción.
La
necesidad de actuar como ciudadanos responsables y comprometidos con
nuestro país, requiere que nos hagamos cargo de los deberes y
obligaciones que nos corresponden -y que reconozco lo hacemos- para
que también podamos disponer de nuestros derechos.
Como
país, tenemos necesidad de creer y necesidad de fortalecer la
responsabilidad social de la que tantas veces hablamos y de la que
tantas veces como sociedad, nos hemos apartado.
Probablemente, arrastrados por el endeudamiento y/o desarme del Estado
nacional o debido a su histórica inestabilidad, nos tienta la triste y
decadente comodidad de no meternos en problemas que no sean los
propios: ¡que cada cual resuelva sus conflictos!.
Sabemos
que educar hoy es entrar en problemas. El aula es junto al hogar,
escenario vital y principio de realidad, cómo ausentarse entonces de
lo que les pasa a nuestros alumnos, a la familia argentina, a nosotros
mismos.
En orden
a adoptar actitudes y criterios para nuestra marcha, pueden ayudarnos
las palabras del cardenal Jorge Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires
en su mensaje a las comunidades educativas el pasado 21 de abril:
“...¿para
qué educamos? ¿Por qué la Iglesia, las comunidades cristianas,
invierten tiempo, bienes y energías en una tarea que no es
directamente “religiosa”? ¿Por qué tenemos escuelas, y no peluquerías,
veterinarias o agencias de turismo? ¿Acaso por negocio? Habrá quienes
así lo piensen, pero la realidad de muchas de nuestras escuelas
desmiente esa afirmación. ¿Será por ejercer una influencia en la
sociedad, influencia de la cual luego esperamos algún provecho? Es
posible que algunas escuelas ofrezcan ese “producto” a sus “clientes”:
contactos, ambiente, “excelencia”. Pero tampoco es ése el sentido por
el cual el imperativo ético y evangélico nos lleva a prestar este
servicio. El único motivo por el cual tenemos algo que hacer en el
campo de la educación es la esperanza en una humanidad nueva, en otro
mundo posible. Es la esperanza que brota de la sabiduría cristiana,
que en el Resucitado nos revela la estatura divina a la cual estamos
llamados.”
Y
en otro párrafo:
“...nuestro
aporte específicamente cristiano es una educación que testimonie y
realice otra forma de ser humanos. Pero eso no será posible si nos
limitamos simplemente a “aguantar” las “lluvias”, “torrentes” y
“vientos”, si nos quedamos en la mera crítica y nos regodeamos en
estar “afuera” de aquellos criterios que denunciamos. Otra humanidad
posible... exige una acción positiva; si no, siempre va a ser “otra”
meramente invocada, mientras “ésta” sigue vigente y cada vez más
instalada.
Considero que una postura más activa exige indefectiblemente que
logremos superar algunas antinomias que, más que clarificarnos, nos
paralizan. Algunos antagonismos rígidos terminan extremando tanto los
claroscuros que “regalan” potencialidades a aquellas orientaciones que
consideramos más negativas. Un compromiso
real, decidido y responsable nos invita a dar un paso más en nuestro
discernimiento y superar algunos clichés muy arraigados en nuestras
comunidades. Para ello, entonces, les propongo tres desafíos
encadenados entre sí: tender a que nuestra tarea dé frutos sin
descuidar los resultados; privilegiar el criterio de gratuidad sin
perder eficiencia; y crear un espacio donde la excelencia no implique
una pérdida de solidaridad“.