VERDAD, BONDAD Y BELLEZA
Comentario editorial del padre Hugo Salaberry SJ. en el periódico
CONSUDEC perteneciente a la segunda quincena de julio de 2004
Palabras de bienvenida al inaugurar un nuevo curso, cuyo título
es
“Formar Niños para una nueva cultura de la verdad”
Tengo la esperanza de que este tiempo que transcurre, plagado de
circunstancias diversas, contradictorias y anárquicas, en el que
estamos o nos sentimos a merced de los acontecimientos, pueda
fortalecer los vínculos familiares, tan necesarios en todo momento,
máxime ahora ante la ausencia de valores convocantes y tiempo en que
la imagen es más fuerte que la idea.
El
subjetivismo nos acosa, nos asedia y muchas veces nos puede. Nos
cuesta como país tener una mirada federal. Fácilmente la problemática
que a cada uno aqueja, se vislumbra como totalizante y mayor de todas
y excluyente de otras realidades. Es fácil también, quedar al margen
olvidando la solidaridad, cuando las cosas marchan mejor.
Cuando
hablamos de subjetividad hablamos de la reacción subjetiva placer o
dolor, quietud o malestar, que se origina en un sujeto como
consecuencia de un estado de conocimiento o de deseo o de una acción
ya verificada; es, por lo tanto, el fenómeno subjetivo o interior por
excelencia.
Doctrinalmente diríamos que es la concepción filosófica que hace del
sujeto, del yo o del espíritu, el fundamento principal o único del
saber y de la acción.
Si
quisiéramos señalar algún aspecto de la doctrina, el primero considera
la subjetividad como el único valor posible, siendo ella el criterio
de lo verdadero y de lo falso, de lo bueno y de lo malo, lo justo y lo
injusto. No hay más verdad ni realidad que la del sujeto que conoce o
cree conocer, las cosas.
Podríamos
ver una segunda acepción en aquellos sistemas que hacen de la
subjetividad el punto de partida de toda investigación filosófica,
afirmando que en último caso todos los problemas han de pasar por la
conciencia, que aún los más abstractos y objetivos conservan siempre
el sello de la subjetividad.
Si
consideramos el subjetivismo desde el punto de vista psicológico,
podemos referirnos a la actitud subjetivista como tendencia del
individuo a encerrarse dentro de su propia personalidad y a valorar
las cosas según sus sentimientos e ideas. Como cierta incapacidad para
colocarse el hombre, en cualquier cuestión de que se trate, en un
punto de vista objetivo, esto es, independiente de la subjetividad,
incluso como propósito deliberado o intención refleja de considerar el
mundo moral como sometido a las conveniencias del yo.
La
actitud subjetivista puede dar lugar a una falsa interpretación de los
tres valores: verdad, bondad y belleza.
Un
subjetivismo lógico llega a negar toda distinción objetiva entre lo
verdadero y lo falso y reduce la certeza a un estado, puramente
subjetivo, de adhesión a una relación entre conceptos o entre hechos y
representaciones.
El
subjetivismo ético puede desconocer igualmente el fundamento objetivo
de las ideas morales, que atribuye a la satisfacción individual o
simpática.
El
subjetivismo estético supedita la apreciación de la belleza al gusto
individual, negando la existencia de normas objetivas y universales.
Si por
momentos las presentes consideraciones hacen resaltar los riesgos,
problemas y defectos que nos aquejan, no tiene esto un sentido de
lamento, sino de convocatoria al desafío específico de la hora que nos
toca vivir.
Ese
desafío consiste sin duda en salvar al hombre de la deshumanización,
ayudarlo a encontrarse a sí mismo y a ubicarse frente a sus altos
destinos, salvar la vida del deterioro y pérdida de calidad, rescatar
los valores del espíritu de la esclavitud del materialismo y de sus
propios estado de ánimo.
Indudablemente la educación encierra para el hombre la ansiada clave
que le permite vivir en plenitud porque le brinda la capacidad
profunda de autoconducir su vida hacia un horizonte que le dé sentido.
Constituye, por lo tanto, el campo prioritario donde juega su
felicidad y los valores supremos de su existencia.
Surge
aquí la necesidad de cultivar la observación, la apertura a la
realidad, la respetuosa actitud contemplativa ante la naturaleza, el
criterio para discernir, la actitud sanamente crítica y valorativa, la
capacidad de interpretar los hechos y el sentido de los signos de los
tiempos. En síntesis, voluntad de verdad y justicia como fidelidad al
ser, prudencia como virtud rectora hacia los fines propios de cada
cosa: ubicarse.
El
momento de la verdad y el modo de conducir a ella forman parte de la
verdad más allá del mundo del sujeto, incluye al prójimo y al
contexto. No basta estimar que lo que uno dice es verdad. Es necesario
tener en cuenta qué habrán de entender, y más aún qué resonancia
desencadenará esa comunicación de una realidad. Y cuando con una
verdad no se construye comunión, no se está plenamente en la verdad.
Hacer
concientizar problemáticas que de ningún modo podremos gobernar ni
conducir, normalmente no es sino imprudencia, alarde y ostentación de
saberlo todo o incapacidad de autogobernarse: a menudo resentimiento,
impaciencia y falta de experiencia. (Por Ej.: la verdad como látigo).
Ayudar a
crecer y madurar exige atención al momento oportuno y requiere su
tiempo de proceso. Dejar en la inconsciencia cuando se necesita y se
puede provechosamente asumir una realidad para modificarla, es
traicionar a las personas, los grupos y la sociedad, ya que la toma de
conciencia es el primer paso para un proceso de libertad y madurez
personal y comunitaria.
La
educación que suprime el juicio crítico, que no despierta el sano
sentido crítico, que no cultiva la creatividad, que se mueve sólo en
términos de adaptación a la cultura vigente y observancia de un modelo
rígidamente estático de sociedad, no es verdadera educación, sino
amaestramiento, domesticación y abuso del dominio de unos sobre otros.
Son
igualmente manipulaciones las visiones reduccionistas o
unidimensionales del hombre y de la sociedad. Cultivar una
personalidad y una sociedad cuya función totalizante sea la economía o
la política, o la técnica o el enfrentamiento compulsivo y esto como
sistema preponderante y omnipresente que no deje vislumbrar
alternativas, es deformar al hombre.
Una
familia, una escuela, una institución, centrada exclusiva y
excluyentemente en el negocio, el comercio, el arte, el desarrollo
científico-técnico, no sólo le niegan al hombre una educación
integral, sino que efectivamente lo cercenan, porque además de
reducirle el acceso al horizonte de lo humano, lo condicionan
estructurando en su mente una deformación que, en mayor o menor
escala, le quita plasticidad para la percepción de otras realidades
que exigen mayor capacidad de abstracción y trascendencia.
Sin
embargo, una lucha obsesiva contra la manipulación o contra cualquier
ideología puede terminar a su vez en otro caso de manipulación.
Una
auténtica actitud liberadora parte de la verdad y del amor que
edifican y destierra la ignorancia y el odio que destruyen.
Es tiempo
de establecer nuevos vínculos con nuevos compañeros de ruta y el mismo
caminar nos anima a religar los vínculos que nos unen con la Patria y
con la familia argentina.
En este,
nuestro caminar diario, el Señor permite, en chiquito, tener un
panorama de lo que somos como país. Son muchas las experiencias
vividas que nos indican que superar la dificultad de caminar juntos,
de ponernos de acuerdo, de hablar con tranquilidad las cosas que nos
interesan, aún los temas económicos, cuesta. Y mucho.
La
posibilidad de dar un portazo, de dejar a otro los problemas y los
trabajos no realizados por descuido o desorden es un deporte que ya
conocemos y hemos jugado... y que el desorden generalizado que apaña
el propio sigue vigente, también lo sabemos.
Ahora
tenemos que ver, “...quién levanta el muerto...”.
Esto que
somos y percibimos, somos institucionalmente como país. Tal vez el
aprendizaje mejor de este tiempo deba ser, superar la búsqueda del yo
mentiroso, o al menos que nos confunde, y buscar la verdad que nos
empuja al prójimo.
Han
ocurrido muchas cosas que nos obligan amorosamente a mirar hacia lo
Alto y elevar nuestra acción de gracias, porque en medio de tantas
contradicciones, adversidades, hechos negativos que nos quieren
proyectar maliciosamente hacia nosotros mismos con el riesgo de
equivocar fácilmente el camino, el Señor ha querido aparecerse
constantemente como en nuevas navidades y nos obliga a mirar más allá.
Más adentro.
Nos
empuja a conocerlo en el Pesebre, entre los pobres, en medio de los
chicos, en el día a día, con una mirada despojada de toda fantasía,
mirándolo y adorándolo en esta austera belleza de una vida común, en
la que nada sobra y en la que tampoco nada falta.
De allí,
que queremos “Formar niños para una nueva cultura de la verdad” y
aspiramos a:
-Entronizar a Dios en las conciencias, exaltando sobre lo material,
lo espiritual.
-Que en
la conciencia encaje exactamente la justicia.
-Hacer
comprender que el fin de la vida no es la riqueza sino la virtud.
-Que el
individualismo es egoísta y destructor.
-Que el
conflicto humano es esencialmente un conflicto entre la fe y la
incredulidad.
-Suprimir
la mala competencia que tiende a la lucha desleal y aniquiladora y
buscar los alumnos bien educados.
-La
acción y la preocupación del maestro que no se encamina sólo a formar
y desarrollar la inteligencia, sino que actúa sobre el alma de lo
niños, puede con una firme decisión, formar hombres, veraces, justos y
prudentes.
Dejamos
inaugurado así, este décimo cuarto Curso de Julio.
Los
invito a rezar la Oración a Nuestra Señor de Itatí y a ponernos en sus
manos.