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EL
RÁPIDO DESARROLLO
Carta apostólica de
Juan
Pablo II,
a los responsables
de las Comunicaciones Sociales (24 de enero de 2005)
1.
Un signo del progreso que experimenta la sociedad actual consiste, sin
duda, en el rápido desarrollo de las tecnologías en el campo de los
medios de comunicación. Al contemplar estas novedades en continua
evolución resulta aún más actual cuanto se lee en el Decreto del
Concilio Ecuménico Vaticano II “Inter mirifica” promulgado por mi
predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, el 4 de diciembre de 1963:
“Entre los maravillosos inventos de la técnica que, sobre todo en
nuestros tiempos, ha extraído el ingenio humano, con la ayuda de Dios,
de las cosas creadas, la Madre Iglesia acoge y fomenta con peculiar
solicitud aquellos que miran principalmente al espíritu humano y han
abierto nuevos caminos para comunicar, con extraordinaria facilidad,
todo tipo de noticias, ideas y doctrinas” (1).
I. UN CAMINO FECUNDO TRAZADO POR EL DECRETO “INTER MIRIFICA”
2.
Transcurridos más de cuarenta años desde la publicación de aquel
documento, se hace oportuna una nueva reflexión sobre los “desafíos”
que las comunicaciones sociales plantean a la Iglesia, la cual, como
indicó Pablo VI, “se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos
poderosos medios” (2). De hecho, la Iglesia no ha de contemplar tan
sólo el uso de estos medios de comunicación para difundir el Evangelio
sino, hoy más que nunca, para integrar el mensaje salvífico en la
‘nueva cultura’ que precisamente los mismos medios crean y amplifican.
La Iglesia advierte que el uso de las técnicas y de las tecnologías de
la comunicación contemporánea es parte integrante de su propia misión
en el tercer milenio.
Movida por esta
conciencia, la comunidad cristiana ha dado pasos significativos en el
uso de los medios de comunicación para la información religiosa, para
la evangelización y la catequesis, para la formación de los agentes de
pastoral en este sector y para la educación de una madura
responsabilidad de los usuarios y destinatarios de los mismos
instrumentos de la comunicación.
3. Los desafíos para la nueva evangelización, en un mundo rico
en potencialidad comunicativa como el nuestro, son múltiples. Al tomar
en cuenta esta realidad he querido subrayar, en la Carta encíclica
“Redemptoris missio”, que el mundo de la comunicación es el primer
areópago del tiempo moderno, capaz de unificar a la humanidad
transformándola, como suele decirse, en “una aldea global”. Los medios
de comunicación social han alcanzado importancia hasta el punto de que
son para muchos el principal instrumento de guía e inspiración para su
comportamiento individual, familiar y social. Se trata de un problema
complejo, ya que tal cultura, antes que de “los contenidos”, nace del
hecho mismo de la existencia de nuevos modos de comunicar, dotados de
técnicas y lenguajes inéditos.
Vivimos en una
época de comunicación global, en que muchos momentos de la existencia
humana se articulan a través de procesos mediáticos o por lo menos
deben confrontarse con ellos. Me limito a recordar la formación de la
personalidad y de la conciencia, la interpretación y la estructuración
de lazos afectivos, la articulación de las fases educativas y
formativas, la elaboración y la difusión de fenómenos culturales, el
desarrollo de la vida social, política y económica.
En una visión
orgánica y correcta del desarrollo del ser humano, los medios de
comunicación pueden y deben promover la justicia y la solidaridad,
refiriendo los acontecimientos de modo cuidadoso y verdadero,
analizando completamente las situaciones y los problemas, y dando voz
a las diversas opiniones. Los criterios supremos de la verdad y la
justicia en el ejercicio maduro de la libertad y de la
responsabilidad, constituyen el horizonte dentro el cual se sitúa una
auténtica deontología en el aprovechamiento de los modernos y potentes
medios de comunicación social.
II. DISCERNIMIENTO EVANGÉLICO Y COMPROMISO MISIONERO
4. También el mundo de los medios de comunicación necesita la
redención de Cristo. Para analizar, con los ojos de la fe, los
procesos y el valor de las comunicaciones sociales resulta de
indudable utilidad la profundización de la Sagrada Escritura, la cual
se presenta como un “gran código” de comunicación de un mensaje no
efímero y ocasional, sino fundamental en razón de su valor salvífico.
La historia de la
salvación narra y documenta la comunicación de Dios con el hombre,
comunicación que utiliza todas las formas y modalidades del comunicar.
El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para acoger
la revelación divina y para entablar un diálogo de amor con Él. A
causa del pecado, esta capacidad de diálogo ha sido alterada, sea a
escala personal o social, y los hombres han hecho y continúan haciendo
la amarga experiencia de la incomprensión y de la lejanía. Sin embargo
Dios no los ha abandonado y les ha enviado a su mismo Hijo (cf. Mc 12,
1 11). En el Verbo hecho carne el evento comunicativo asume su máxima
dimensión salvífica: de este modo se entrega al hombre, en el Espíritu
Santo, la capacidad de recibir la salvación y de anunciarla y
testimoniarla a sus hermanos.
5. La comunicación entre Dios y la humanidad ha alcanzado por
tanto su perfección en el Verbo hecho carne. El acto de amor a través
del cual Dios se revela, unido a la respuesta de fe de la humanidad,
genera un diálogo fecundo. Precisamente por esto al hacer nuestra, en
cierto modo, la petición de los discípulos “enséñanos a orar” (Lc 11,
1), podemos pedirle al Señor que nos guíe para entender cómo
comunicarnos con Dios y con los hombres a través de los maravillosos
instrumentos de la comunicación social. Reconducidos al horizonte de
tal comunicación última y decisiva, los medios de comunicación social
se revelan como una oportunidad providencial para llegar a los hombres
en cualquier latitud, superando las barreras de tiempo, de espacio y
de lengua, formulando en las más diversas modalidades los contenidos
de la fe y ofreciendo a quien busca lugares seguros que permitan
entrar en diálogo con el misterio de Dios revelado plenamente en
Cristo Jesús.
El Verbo encarnado
nos ha dejado el ejemplo de cómo comunicarnos con el Padre y con los
hombres, sea viviendo momentos de silencio y de recogimiento, sea
predicando en todo lugar y con todos los lenguajes posibles. Él
explica las Escrituras, se expresa en parábolas, dialoga en la
intimidad de las casas, habla en las plazas, en las calles, en las
orillas del lago, sobre las cimas de los montes. El encuentro personal
con Él no deja indiferente, al contrario, estimula a imitarlo: “Lo que
yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a plena la luz; y lo que
os digo al oído, proclamadlo desde los terrados” (Mt 10, 27).
Hay después un
momento culminante en el cual la comunicación se hace comunión plena:
es el encuentro eucarístico. Reconociendo a Jesús en la “fracción del
pan” (cf. Lc 24, 30 31), los creyentes se sienten impulsados a
anunciar su muerte y resurrección y a volverse valientes y gozosos
testigos de su Reino (cf. Lc 24, 35).
6. Gracias a la Redención, la capacidad comunicativa de los
creyentes se ha sanado y renovado. El encuentro con Cristo los
transforma en criaturas nuevas, les permite entrar a formar parte de
aquel pueblo que Él ha conquistado con su sangre muriendo sobre la
Cruz, y los introduce en la vida íntima de la Trinidad, que es
comunicación continua y circular de amor perfecto e infinito entre el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La comunicación
penetra las dimensiones esenciales de la Iglesia, llamada a anunciar a
todos el gozoso mensaje de la salvación. Por esto, ella asume las
oportunidades ofrecidas por los instrumentos de la comunicación social
como caminos ofrecidos providencialmente por Dios en nuestros días
para acrecentar la comunión y hacer más incisivo el anuncio (3). Los
medios de comunicación permiten manifestar el carácter universal del
Pueblo de Dios, favoreciendo un intercambio más intenso e inmediato
entre las Iglesias locales y alimentando el recíproco conocimiento y
colaboración.
III. CAMBIO DE MENTALIDAD Y RENOVACIÓN PASTORAL
7. En los medios de comunicación la Iglesia encuentra un apoyo
excelente para difundir el Evangelio y los valores religiosos, para
promover el diálogo y la cooperación ecuménica e interreligiosa, así
como para defender aquellos sólidos principios indispensables para la
construcción de una sociedad respetuosa de la dignidad de la persona
humana y atenta al bien común. Asimismo la Iglesia los emplea con
gusto para la propia información y para dilatar los confines de la
evangelización, de la catequesis y de la formación, en la conciencia
de que su utilización da respuesta al mandato del Señor: “Id por todo
el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15).
Misión ciertamente
no fácil en nuestra época, en la cual se ha difundido en muchos la
convicción de que el tiempo de las certezas ha pasado
irremediablemente: el hombre debería aprender a vivir en un horizonte
de total ausencia de sentido, en busca de lo provisorio y de lo
fugaz (4). En este contexto, los instrumentos de comunicación pueden
ser usados “para proclamar el Evangelio o para reducirlo al silencio
en los corazones de los hombres” (5). Esto representa un serio reto
para los creyentes, sobre todo para los padres, familias y para
cuantos son responsables de la formación de la infancia y de la
juventud. Es oportuno que, con prudencia y sabiduría pastoral, se
fomente en las comunidades eclesiales la dedicación al trabajo en el
campo de la comunicación, y así contar con profesionales capaces de un
diálogo eficaz con el vasto mundo mediático.
8. Valorizar los medios de comunicación no es sólo tarea de
“entendidos” del sector, sino también de toda la comunidad eclesial.
Si, como se ha dicho antes, las comunicaciones sociales comprenden
todos los ámbitos de la expresión de la fe, es la vida cristiana en
conjunto la que debe tener en cuenta la cultura mediática en la que
vivimos: desde la liturgia, suprema y fundamental expresión de la
comunicación con Dios y con los hermanos, a la catequesis que no puede
prescindir del hecho de dirigirse a sujetos influenciados por el
lenguaje y la cultura contemporáneos.
El fenómeno actual
de las comunicaciones sociales impulsa a la Iglesia a una suerte de
“conversión” pastoral y cultural para estar en grado de afrontar de
manera adecuada el cambio de época que estamos viviendo. De esta
exigencia se deben hacer intérpretes, sobre todo, los Pastores: es
importante trabajar para que el anuncio del Evangelio se haga de modo
incisivo, que estimule la escucha y favorezca la acogida (6). En
sintonía con los Pastores deben obrar todos los organismos de consejo
y de coordinación de modo que, en su campo específico, se identifiquen
las líneas pastorales más adecuadas para una eficaz acción misionera.
Las personas consagradas, según su propio carisma, tienen una especial
responsabilidad en este campo de las comunicaciones sociales. Una vez
formadas espiritual y profesionalmente, “presten de buen grado sus
servicios, según las oportunidades pastorales […] para que se eviten,
de una parte, los daños provocados por un uso adulterado de los medios
y, de otra, se promueva una mejor calidad de las transmisiones, con
mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en valores humanos y
cristianos” (7).
9. Al tener precisamente en cuenta la importancia de los medios
de comunicación, hace ya quince años que juzgué insuficiente dejarlos
a la iniciativa individual o de grupos pequeños y sugerí que se
insertaran con claridad en la programación pastoral (8). Las nuevas
tecnologías, en especial, crean nuevas oportunidades para una
comunicación entendida como servicio al gobierno pastoral y a la
organización de las diversas tareas de la comunidad cristiana.
Piénsese, por ejemplo, en Intenet: no sólo proporciona recursos para
una mayor información, sino que también habitúa a las personas a una
comunicación interactiva (9). Muchos cristianos ya están usando este
nuevo instrumento de modo creativo, explorando las potencialidades
para la evangelización, para la educación, para la comunicación
interna, para la administración y el gobierno. Junto a Internet se van
utilizando nuevos medios y verificando nuevas formas de utilizar los
instrumentos tradicionales. Los periódicos, las revistas, las
publicaciones varias, la televisión y la radio católicos siguen
siendo, todavía hoy, indispensables en el panorama completo de las
comunicaciones eclesiales.
Los contenidos
–que, naturalmente, se deben adaptar a las necesidades de los diversos
grupos–, tendrán siempre por objeto hacer a las personas conscientes
de la dimensión ética y moral de la información (10). Del mismo modo,
es importante garantizar la formación y la atención pastoral de los
profesionales de la comunicación. Con frecuencia estas personas se
encuentran ante presiones particulares y dilemas éticos que emergen
del trabajo cotidiano; muchos de ellos “están sinceramente deseosos de
saber y de practicar lo que es justo en el campo ético y moral” y
esperan de la Iglesia orientación y apoyo (11).
IV. LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, ENCRUCIJADA DE LAS GRANDES
CUESTIONES SOCIALES
10. La Iglesia, que en razón del mensaje de salvación confiado
por su Señor es maestra de humanidad, siente el deber de ofrecer su
propia contribución para una mejor comprensión de las perspectivas y
de las responsabilidades ligadas al actual desarrollo de las
comunicaciones sociales. Precisamente porque influyen sobre la
conciencia de los individuos, conforman la mentalidad y determinan la
visión de las cosas, es necesario insistir de manera clara y fuerte
que los instrumentos de la comunicación social constituyen un
patrimonio que se debe tutelar y promover. Es necesario que las
comunicaciones sociales entren en un cuadro de derechos y deberes
orgánicamente estructurados, sea desde el punto de vista de la
formación y responsabilidad ética, cuanto de la referencia a las leyes
y a las competencias institucionales.
El positivo
desarrollo de los medios de comunicación al servicio del bien común es
una responsabilidad de todos y de cada uno (12). Debido a los fuertes
vínculos que los medios de comunicación tienen con la economía, la
política y la cultura, es necesario un sistema de gestión que esté en
grado de salvaguardar la centralidad y la dignidad de la persona, el
primado de la familia, célula fundamental de la sociedad, y la
correcta relación entre las diversas instancias.
11. Se imponen algunas decisiones que se pueden sintetizar en
tres opciones fundamentales: formación, participación, diálogo.
En primer lugar es
necesaria una vasta obra formativa para que los medios de comunicación
sean conocidos y usados de manera consciente y apropiada. Los nuevos
lenguajes introducidos por ellos modifican los procesos de aprendizaje
y la cualidad de las relaciones interpersonales, por lo cual, sin una
adecuada formación se corre el riesgo de que en vez de estar al
servicio de las personas, las instrumentalicen y las condicionen
gravemente. Esto vale, de manera especial, para los jóvenes que
manifiestan una natural propensión a las innovaciones tecnológicas y
que, por eso mismo, tienen una mayor necesidad de ser educados en el
uso responsable y crítico de los medios de comunicación.
En segundo lugar,
quisiera dirigir la atención sobre el acceso a los medios de
comunicación y sobre la participación responsable en la gestión de los
mismos. Si las comunicaciones sociales son un bien destinado a toda la
humanidad, se deben encontrar formas siempre actualizadas para
garantizar el pluralismo y para hacer posible una verdadera
participación de todos en su gestión, incluso a través de oportunas
medidas legislativas. Es necesario hacer crecer la cultura de la
corresponsabilidad.
Por último, no se
debe olvidar las grandes potencialidades que los medios de
comunicación tienen para favorecer el diálogo convirtiéndose en
vehículos de conocimiento recíproco, de solidaridad y de paz. Dichos
medios constituyen un poderoso recurso positivo si se ponen al
servicio de la comprensión entre los pueblos y, en cambio, un “arma”
destructiva, si se usan para alimentar injusticias y conflictos. De
manera profética, mi predecesor el beato Juan XXIII, en la encíclica
“Pacem in terris”, había ya puesto en guardia a la humanidad sobre
tales potenciales riesgos (13).
12. Suscita un gran interés la reflexión sobre la participación
“de la opinión pública en la Iglesia” y “de la Iglesia en la opinión
pública”. Mi predecesor Pío XII, de feliz memoria, al encontrarse con
los editores de los periódicos católicos les decía que algo faltaría
en vida de la Iglesia si no existiese la opinión pública. Este mismo
concepto ha sido confirmado en otras circunstancias (14), en el código
de derecho canónico, bajo determinadas condiciones, se reconoce el
derecho a expresar la propia opinión (15). Si es cierto que las
verdades de fe no están abiertas a interpretaciones arbitrarias y el
respeto por los derechos de los otros crea límites intrínsecos a las
expresiones de las propias valoraciones, no es menos cierto que existe
en otros campos, entre los católicos, un amplio espacio para el
intercambio de opiniones, en un diálogo respetuoso de la justicia y de
la prudencia.
Tanto la
comunicación en el seno de la comunidad eclesial, como la de Iglesia
con el mundo, exigen transparencia y un modo nuevo de afrontar las
cuestiones referentes al universo de los medios de comunicación. Tal
comunicación debe tender a un diálogo constructivo para promover en la
comunidad cristiana una opinión pública rectamente informada y capaz
de discernir. La Iglesia, al igual que otras instituciones o grupos,
tiene la necesidad y el derecho de dar a conocer las propias
actividades pero al mismo tiempo, cuando sea necesario, debe poder
garantizar una adecuada reserva, sin que ello perjudique una
comunicación puntual y suficiente de los hechos eclesiales. Es éste
uno de los campos donde se requiere una mayor colaboración entre
fieles laicos y pastores ya que, como subraya oportunamente el
Concilio, “de este trato familiar entre los laicos y pastores son de
esperar muchos bienes para la Iglesia, porque así se robustece en los
seglares el sentido de su propia responsabilidad, se fomenta el
entusiasmo y se asocian con mayor facilidad las fuerzas de los fieles
a la obra de los pastores. Pues estos últimos, ayudados por la
experiencia de los laicos, pueden juzgar con mayor precisión y aptitud
tanto los asuntos espirituales como los temporales, de suerte que la
Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda cumplir con
mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo” (16).
V. COMUNICAR CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU SANTO
13. El gran reto para los creyentes y para las personas de
buena voluntad en nuestro tiempo es el de mantener una comunicación
verdadera y libre, que contribuya a consolidar el progreso integral
del mundo. A todos se les pide saber cultivar un atento discernimiento
y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante
la fuerza persuasiva de los medios de comunicación.
También en este
campo los creyentes en Cristo saben que pueden contar con la ayuda del
Espíritu Santo. Ayuda aún más necesaria si se considera cuan grandes
pueden ser las dificultades intrínsecas a la comunicación, tanto a
causa de las ideologías, del deseo de ganancias y de poder, de las
rivalidades y de los conflictos entre individuos y grupos, como a
causa de la fragilidad humana y de los males sociales. Las modernas
tecnologías hacen que crezca de manera impresionante la velocidad, la
cantidad y el alcance de la comunicación, pero no favorecen del mismo
modo el frágil intercambio entre mente y mente, entre corazón y
corazón, que debe caracterizar toda comunicación al servicio de la
solidaridad y del amor.
En la historia de
la salvación Cristo se nos ha presentado como “comunicador” del Padre:
“Dios... en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb
1,2). Él, Palabra eterna hecha carne, al comunicarse, manifiesta
siempre respeto hacia aquellos que le escuchan, les enseña la
comprensión de su situación y de sus necesidades, impulsa a la
compasión por sus sufrimientos y a la firme resolución de decirles lo
que tienen necesidad de escuchar, sin imposiciones ni compromisos,
engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto
moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas; el hombre
malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra
ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio.
Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás
condenado” (Mt 12,35-37).
14. El apóstol Pablo ofrece un claro mensaje también para
cuantos están comprometidos en las comunicaciones sociales -políticos,
comunicadores profesionales, espectadores-: “ Por lo tanto desechando
la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos
miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra
dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y
hacer el bien a los que os escuchan” (Ef 4,25.29).
A los operadores de
la comunicación y especialmente a los creyentes que trabajan en este
importante ámbito de la sociedad, aplico la invitación que desde el
inicio de mi ministerio de Pastor de la Iglesia he querido lanzar al
mundo entero: “¡No tengáis miedo!”.
¡No tengáis miedo
de las nuevas tecnologías!, ya que están “entre las cosas
maravillosas” –”Inter mirifica”– que Dios ha puesto a nuestra
disposición para descubrir, usar, dar a conocer la verdad; también la
verdad sobre nuestra dignidad y sobre nuestro destino de hijos suyos,
herederos del Reino eterno.
¡No tengáis miedo
de la oposición del mundo! Jesús nos ha asegurado “Yo he vencido al
mundo” (Jn 16,33).
¡No tengáis miedo
de vuestra debilidad y de vuestra incapacidad! El divino Maestro ha
dicho: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt
28,20). Comunicad el mensaje de esperanza, de gracia y de amor de
Cristo, manteniendo siempre viva, en este mundo que pasa, la
perspectiva eterna del cielo, perspectiva que ningún medio de
comunicación podrá alcanzar directamente: “Lo que ni el ojo vio, ni el
oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los
que le aman. “ (1Cor 2,9).
A María, que nos ha
dado el Verbo de vida y ha conservado en su corazón las palabras que
no perecen, encomiendo el camino de la Iglesia en el mundo de hoy. Que
la Virgen Santa nos ayude a comunicar, con todos lo medios, la belleza
y la alegría de la vida en Cristo nuestro Salvador.
Desde el Vaticano, 24 de enero de 2005, memoria de san Francisco de
Sales, patrono de los periodistas.
Juan Pablo II
Notas:
(1) N. 1.
(2)
Exhortación Apostólica “Evangelii nuntiandi” (8 de diciembre de 1975):
AAS 68 (1976), 35.
(3) Cf.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post sinodal “Christifideles
laici” (30 de diciembre de 1998), 18 24: AAS (1989), 421 435; cf.
Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, Instrucción
pastoral “Ætatis novæ” (22 de febrero de 1992), 10: AAS 84 (1992), 454
455.
(4) Cf.
Juan Pablo II, Carta encíclica “Fides et ratio” (14 de septiembre de
1998), 91: AAS 91 (1999), 76 77.
(5)
Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, Instrucción
pastoral “Ætatis novæ” (22 de febrero de 1992), 4: AAS 84 (1992), 450.
(6) Cfr
Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, “Pastores gregis”, 30:
L’Osservatore Romano, 17 octubre 2003, p.6.
(7) Juan
Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, “Vita consecrata” (25 marzo 1996),
99: AAS 88 (1996), 476.
(8) Juan
Pablo II, Carta enc. “Redemptoris missio” (7 diciembre 1990), 37: AAS
83 (1991), 282-286.
(9) Cf.
Pont. Consejo para las Comunicaciones Sociales, “La Iglesia e
Internet” (22 febrero 2002), 6: Ciudad del Vaticano, 2002, pp.13-15.
(10) Cf. Conc. Ecum.
Vat. II, Decr. Inter mirifica, 15-16; Pont. Comisión para los
Comunicaciones Sociales, Inst. pastoral “Communio et progressio” (23
mayo 1971), 107: AAS 63 (1971) 631-632; Pont. Consejo para las
Comunicaciones Sociales, inst. pastoral “Ætatis novæ” (22 febrero
1992), 18: AAS 84 (1192), 460.
(11) Cf. Ibid., 19:
l.c.
(12) Cf. Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 2494.
(13) Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la 37 jornada mundial de las comunicaciones sociales (24
enero 2003): “L’Osservatore Romano”, 25 enero 2003, p. 6.
(14) Cf. Conc. Ecum.
Vat. II, “Lumen Gentium”, 37; Pont. Comisión para las Comunicaciones
Sociales, Inst. pastoral “Communio et progressio” (23 mayo 1971),
114-117: AAS (1971), 634-635.
(15) Can. 212, § 3:
“Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio
conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores
sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia
y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de
la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida
cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas”.
(16) Conc. Ecum. Vat.
II, “Lumen gentium”, 37
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2518 del 23 de marzo de 2005
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